«Recuperar el orgullo de nuestra conciencia nacional»

0,,18150859_303,00Mensaje de Felipe VI. Su primer mensaje de Navidad, que debe analizarse junto al discurso de proclamación de 19 de junio y al de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, el 24 de octubre, todos de este año y los tres de su directa responsabilidad (aunque hay que suponer que consultados con el Gobierno de la Nación, sobre todo el primero y el de anoche).
Veamos  el escenario. Palacio de la Moncloa pero un saloncito hogareño sin bandera ni otros símbolos de autoridad en primer plano ni referencias religiosas específicas. Dos fotos muy personales: el Rey y la Reina en actitud cariñosa y el matrimonio con las niñas, ambas sin atuendo especial. Quizá se quiere presentar al Jefe del Estado como un profesional en su casa, en un rincón cómodo de su salón, explicando a unos visitantes amables cómo ve él su situación en esta coyuntura. Sólo casi al final de su parlamento, al ampliar el foco de la cámara, aparecerán en otro rincón del salón la bandera nacional, una foto del relevo y una referencia minimalista al Portal de Belén. Quizá se quiere significar con ello que este hombre tiene tras de sí toda una estructura política… pero, puesto que quiere agradecer la amistad recibida de la gente del común y buscar el apoyo de todos los ciudadanos, se presenta ante ellos de la forma más personal posible.
Atrevámonos a glosarlo: tenemos todo el derecho y hacerlo nos permitirá comprenderlo mejor y utilizarlo si fuera necesario; por muy personal y hogareño que se presente el mensaje, las palabras del Jefe del Estado son importantes para nuestra vida en común, para nuestra convivencia social y nacional.
Contundencia y claridad frente a la corrupción, aunque emplee palabras muy generales:
«las conductas que se alejan del comportamiento que cabe esperar de un servidor público, provocan, con toda razón, indignación y desencanto», «principios éticos que reconocer, valores cívicos que preservar», «necesitamos una profunda regeneración de nuestra vida colectiva»… lenguaje comedido pero, por lo que dice y por lo que calla (¿para qué necesita, como insinuaban algunos, referirse explícitamente al procesamiento de su hermana?) y, sobre todo, por lo que ha hecho en estos meses últimos, su compromiso parece firme: «la lucha contra la corrupción es un objetivo irrenunciable.» Y en relación con esto, es bueno que el Jefe del Estado se refiera a la paradoja de que, mientras «Los índices de desempleo son todavía inaceptables y frustran las expectativas de nuestros jóvenes y de muchos más hombres y mujeres que llevan tiempo en el paro.», «Es cierto que nuestras empresas son punteras en muchos sectores en todo el mundo; pero también lo es que nuestra economía no ha sido capaz, todavía, de resolver de manera definitiva este desequilibrio fundamental.» Es bueno porque, en mi opinión, es ese desequilibrio la causa y efecto de la corrupción, el caldo de cultivo en el que florecen todas las corrupciones, económicas, políticas y, sobre todo, intelectuales.
Claridad y contundencia frente al secesionismo catalán: los que nos hemos sorprendido o escandalizado de ver al Rey de España conduciendo un coche con Artur Mas (pendiente de una querella por desobediencia al Tribunal Constitucional) de copiloto, en un acto institucional en una de las fábricas emblemáticas de Cataluña, entre risas y bromas, podemos ver ahora, leer, cómo ese mismo Rey (que quizá hizo ese gesto tan discutible y tan discutido para, primero, hacer alarde de «buen rollito» y, después, hacer alarde de absoluta intolerancia a la secesión) reivindica la plena legitimidad y vigencia de la Constitución, «
nuestra unidad histórica y política», sin ninguna concesión retórica a quienes hablan de empezar de nuevo, de iniciar un proceso constituyente; a quienes dan por amortizada la Carta Magna que nos dimos a la salida del anterior régimen. Y no olvidemos que esos que reniegan de ella no son cuatro gatos sino fuerzas muy importantes y con mucho poder, sea la Generalitat, el PSOE o la nueva estrella Podemos… de forma que si Felipe VI mantiene que «Es evidente que todos nos necesitamos. Formamos parte de un tronco común del que somos complementarios los unos de los otros pero imprescindibles para el progreso de cada uno en particular y de todos en conjunto.» [subrayado mío]; si el Jefe del Estado se afianza en esto, merecerá todo nuestro apoyo, todo el apoyo de cuantos españoles, de derecha o izquierda, de una u otra condición, sabemos que tenemos grandes problemas en España pero partirla o repartirla (o estar ensayando cada generación nuevos regímenes para satisfacer a los aventureros) no es la solución sino justamente la agravación de todos los problemas. Todo el apoyo de cuantos, después de reflexionar profundamente, llegamos a la misma conclusión que Felipe VI: «lo que hace de España una nación con una fuerza única, es la suma de nuestras diferencias que debemos comprender y respetar y que siempre nos deben acercar y nunca distanciar.» [subrayado mío]. Todo el apoyo… y así, juntos, asumir «la responsabilidad de corregir los fallos y mejorar y acrecentar los activos de la España de hoy, con la vista puesta en un futuro que nos pertenece a todos los españoles.» [subrayado mío].
Firmeza para reivindicar su asunción de la Jefatura del Estado: «
España se dio a sí misma y al mundo un ejemplo de seriedad y dignidad en el desarrollo del proceso de abdicación de mi padre el Rey Juan Carlos y de mi proclamación como Rey; todo ello de acuerdo con nuestra Constitución.» Firmeza oportuna, en esta hora difícil de España, frente a los «republicanos», nostálgicos o de nuevo cuño, y los «constituyentes» aventureros que, por estupidez o egoísmo, estarían dispuestos a añadir una división más a las muy graves creadas por los que se han aprovechado de la crisis para hacer aún más grande el foso entre potentados y menesterosos; firmeza necesaria frente a los que desafían al Estado exigiendo derechos ilegítimos y muy dañinos para el conjunto de los españoles.
Para resumir, el mensaje del Jefe del Estado, a pesar de su tono moderado, pone el dedo en la llaga y nos habla a todos, sin eufemismos, sin ambages ni perífrasis, de la Nación española, del pueblo español, de los problemas de ambos y de la necesidad de que todos, él el primero, nos esforcemos en resolverlos, pero que lo hagamos aprovechando la democracia que supimos darnos, con el esfuerzos de tantos, de acuerdo con las leyes que aprobamos por inmensa mayoría. Y para todo ello, y porque cree que podemos hacerlo, nos convoca a todos a
«recuperar el orgullo de nuestra conciencia nacional». Yo me apunté a ello hace tiempo. Quiero que pueda sentirme orgulloso de ser español: quiero que la bandera nacional esté en todos los organismos y centros oficiales de mi país; quiero que la lengua común no esté perseguida en ningún territorio español y quiero que los derechos y libertades, los servicios que presta el Estado, sean de todos y para todos. A partir de ahí defenderé con entusiasmo la pluralidad y la diversidad de España, que tanto nos enriquecen. Naturalmente, me gustaría que mi país no tuviera tantas miserias, que los políticos que me representan fueran más inteligentes y más honrados y que nuestras leyes, nuestra democracia en suma, fuera más democracia (más poder del demos, de la gente, menos demagogia); que nuestras instituciones, incluyendo la Jefatura del Estado, fueran más asumidas y controladas 63753433por la ciudadanía… pero con lo que tenemos ahora me conformo si lo que me ofrecen como alternativa es caer en los brazos de los que viven de sembrar el odio a España y entre los españoles y los que, combinando marketing y demagogia, manipulan a la gente más ingenua para, sobre ellos (y contra ellos), encaramarse al Poder.

 

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Prensas y conatos, libros y lechuzas

(Con MdelC)

20141209-lledo1Acto solemne de entrega del XVIII Premio Antonio de Sancha en el muy adecuado Auditorio de Casa del Lector, en el Matadero de Madrid. 9 de diciembre de 2014. Con las autoridades competentes: Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Ignacio Wert (que cita bien a Antonio de Sancha, explicándonos sus «prensas y conatos», y nos anima a perseverar en nuestra noble labor a los editores; César Antonio Molina, Director de la Casa (y que fuera también ministro del ramo) que intervendrá en la conversación con el maestro sobre su pensamiento; Juan Cruz, periodista y escritor (¡y privilegiado alumno del premiado!) que interviene también en esa conversación, donde le recuerda, entre otras cosas, la anécdota de cuando, siendo niño don Emilio, el padre le dijo: «niño: mira que si tu alguna vez…»; Isabel Rosell, Directora General de Archivos, Museos y Bibliotecas de la CAM.; Rosalina Díaz Valcárcel, Presidenta de la Asociación de Editores, con su discurso siempre claro, siempre amable y reivindicativo; Amalia Martín, expertísima en estas celebraciones… y los viejos amigos del Gremio… y mucho público interesado en tan importante acto.
Buen premio y mejor premiado, don Emilio Lledó, que tanto nos ha enseñado, a  través de sus libros y artículos, a los que no tuvimos la suerte de asistir a sus aulas (a mí, especialmente, con su magnífico El epicureísmo). El buen pedagogo enseña en todo momento, sobre todo con el ejemplo. Y por eso, cuando él habla de su biblioteca, cuando él nos cuenta, de forma amena pero «rigurosamente filosófica», cómo su hogar está lleno de libros amigos, libros exigentes (que te obligan a pensar), libros amables (que te sacan de dudas y te estimulan)… Don Emilio Lledó pone el énfasis ahí: sus libros son libros reales, físicos, tangibles, manejables, que pueden comunicarse con él a través de todos los sentidos, sin ninguna intermediación ni energía externa. Él profesor Lledó juega con la palabra ebook que por su fonética podría ser la lechuza francesa (hibou) y, como buen intelectual atento a todo lo importante que está pasando (que es todo), nos desmuestra que también está atento a las inteligentes viñetas de El Roto y recuerda una muy importante sobre los libros («—Antes nos quemaban, ahora nos digitalizan. —No es lo mismo. —Ya veremos.») y cuenta entrañables anécdotas como la citada más arriba, o la de su primer viaje a Alemania con aquellas maletas de madera de los viajeros modestos, sin Erasmus…
Don Emilio (que ha recordado el famoso diálogo del Fedro de Platón entre Taus y Thetus sobre la escritura y la memoria, no duda en calificar de disparate la noticia «finlandesa» (parece que mal interpretada y mal tratada en las redes sociales y los media) de suprimir la escritura a mano y la caligrafía. Él, como gran erudito, sabe que la inteligencia comienza en nuestras manos («El hombre piensa porque tiene manos»  dice Aristóteles, atribuyéndole la frase a Anaxágoras) y que cuando las utilizamos para aprehender, aprendemos. Por eso, él (y cuantos le seguimos) sabe que la caligrafía en las escuelas es tan necesaria como la ortografía, como todas las disciplinas (por algo se llama así a los saberes y a los estudios) para educarnos en las técnicas necesarias para desarrollar el lenguaje hablado, escrito, leído, etc. y, sobre todo, para desarrollar en cada educando el amor hacia ese prodigio del lenguaje humano. Por eso don Emilio, que ha reconocido modestamente que no conocía casi nada de la ingente labor de Antonio de Sancha y ahora, después de elrotodocumentarse, le produce una gran admiración, valora a los editores, que, en tanto que trabajadores de la cultura escrita, se ocupan de facilitar que el pensamiento humano, en cualquiera de sus formas, llegue de la mejor manera a sus destinatarios.
Una lección de modestia, de amor por el conocimiento, de amor por la gente… de sabiduría. Y una jornada estimulante (incluyendo el generoso cóctel que se sirvió después y los numerosos corrillos y conversaciones que facilitó).

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De revoluciones y otros problemas (II)

(Para JPM y otros compañeros honrados de las prisiones de
Carabanchel, Soria y Segovia)

23-05-2010-acto-antigua-carcel-de-carabanchel-foto-la-memoria-viva-fuen13«No, Sire, es una revolución.» No sé si la famosa frase de La Rochefoucauld en respuesta a la exclamación de Luis XVI ante la toma de la Bastilla (detonante de la Revolución francesa) tiene hoy la popularidad que tenía cuando yo estudiaba y enseñaba Historia pero creo que sigue siendo muy útil plantearnos la diferencia entre un motin o rebelión y una revolución. Claro que las revoluciones de nuestro tiempo no tienen la virulencia de la francesa, ni siquiera cuando se dan en las plazas de Tahrir, en El Cairo, o de la Independencia, en Kiev, pero sigue siendo verdad que una revolución no es una bronca o un litigio que pueden resolverse con «diálogo», conversaciónes o mediante los tribunales ordinarios de Justicia; una revolución es algo mucho más profundo y aunque comience siendo una cuestión de legitimidad o legalidad jurídica o de orden público, pronto se convierte en un movimiento de masas que rebasa cualquier marco jurídico para situarse en el ámbito, mucho más complejo, de la política: de la política no cómo la entienden la mayoría de nuestros profesionales de la res publica (que transforman esa noble actividad en uso y abuso del Poder… y del erario público) sino de la política en su sentido más genuino, como forma que tiene toda sociedad de organizarse, de manera tranquila y ordenada o, en tantas ocasiones, en medio de turbulencias y convulsiones de todo tipo; de la política con sus múltiples y complejos elementos y cuestiones entre los que sería inútil ignorar la muy importante cuestión de la fuerza; la fuerza que es al final la que puede mantener o generar legitimidades, reales o espurias, sobre las que se establecerán después las legalidades consecuentes… o viceversa, en un proceso nunca perfecto y nunca definitivo; de la política, en suma, que nos afecta a todos, que nos involucra a todos y que nos exige a todos y cada uno un claro compromiso.
Sería suicida participar en una revolución u oponerse a ella sin tener en cuenta la fuerza que tenemos y la que tiene el adversario. Por supuesto, no estoy limitando la cuestión a efectivos militares y cañones… pero tampoco ignoro que estos pueden intervenir en última instancia lo mismo que tiene que intervenir la fuerza de las normas, de las ideas, de la propaganda, de los sentimientos, de  etc., etc. Por muy políticamente incorrecto que parezca, no se puede plantear ninguna acción política seria sin tener en cuenta todos estos factores. Incluso, aunque la revolución se presente como «resistencia pacífica» en cualquiera de sus variantes o como festivos «procesos participativos», si el objetivo final es dar una vuelta completa a la situación existente nos encontramos ante una revolución, la denominemos «blanca», «de terciopelo», o con cualquier otro nombre atractivo, incluyendo el que, con extraordinario cinismo, emplean el de «derecho a decidir». Naturalmente que, independientemente de la legitimidad que se invoque, la revolución sólo es viable, según todos los tratadistas de prestigio sobre esta cuestión (y según nos enseña la historia), cuando mucha gente no acepta el orden establecido y el Poder no puede mantener la Autoridad; y, desde luego, en el proceso revolucionario se dan todo tipo de vaivenes y desórdenes, todo tipo de simulacros, todo tipo de oportunidades no solo para las personas honradas que se entregan a esa causa (equivocada o acertada) con abnegación sino también para  todo tipo de caudillos, de logreros, de aventureros.
Por eso, hay que calificar la situación que se vive en Cataluña de revolucionaria o, si se quiere ser extremadamente prudente, de pre-revolucionaria. La mayoría de la gente de «arriba», y hay que incluir aquí tanto a los de Cataluña como a los del resto de España1, no sabe bien cómo controlar la situación y una gran parte de la gente de «abajo» tiene sentimientos confusos e imprecisos, cuando no miedo o impulsos extremistas y, en general, una gran desafección a nuestro régimen político y un deseo confuso de cambio, una propensión a la quimera que les hace vulnerables a todas las demagogias. Ciertamente, cuando nos encontramos con cientos de miles de personas en la calle dispuestas a negar el orden establecido y a seguir a unos líderes decididos a imponer otro orden nuevo, unas autoridades que han traicionado su juramento de lealtad a la Constitución y que plantean acciones claramente de golpe de Estado, y, frente a eso, un Gobierno central que se limita a decir que esa situación no es legal y que la va a prohibir el Tribunal Constituional; cuando todo esto se da no como un accidente o anécdota sino como un proceso, creo que se puede afirmar que nos enfrentamos a una revolución, por muy camuflada que se presente, por mucho que se invoquen las urnas (mientras se incumplen todas las leyes que fueron establecidas, precisamente, de acuerdo con las urnas); una revolución enmascarada, disfrazada de «movimiento o proceso soberanista», con muchos simulacros ridículos… pero una revolución; una revolución zigzagueante y con descalabros… pero una revolución. Una revolución que crece y se fortalece día a día combinando los movimientos de masas con actos de golpe de Estado.
Tampoco es totalmente nueva esta situación. España es país de revoluciones, de pronunciamientos y asonadas, de grandes movimientos de masas, de guerras civiles, de golpes de Estado, de muchas quimeras… Pero no por eso debemos acomplejarnos y pensar que somos especiales: ninguna de las naciones con las que podemos parangonarnos consiguió su orden actual sin terribles batallas internas y externas, sin grandes movimientos de masas, sin guerras civiles; lo que sí nos diferencia de muchas de esas naciones es que nuestro Estado actual es grande, complejo y costoso… pero débil, muy poco eficiente a la hora de evitar el ataque de los truhanes y logreros y pusilánime a la hora de garantizar la libertad e igualdad de todos los españoles.  Pero así es la vida: mientras no aprendamos del todo a organizar las cosas mediante la razón; mientras haya tantos intereses contrarios a la libertad y tantos ideales confusos, avanzaremos en medio de turbulencias y convulsiones… e, incluso, podemos retroceder si nos comportamos de forma estúpida. Por eso debemos esforzarnos en comprender las causas reales de lo que está pasando y en buscar las soluciones adecuadas, sin utopías ni maniqueísmos, pero sin falsas equidistancias, relativismos engañosos o, lo que sería mucho más grave, indolencia. Por supuesto, hay que tener en cuenta la tipología de las revoluciones y, fijándose bien y analizando con la mayor inteligencia posible la revolución que se está dando, desde hace decenas de años, en Cataluña, de manera larvada o manifiesta, acertar en la calificación, en el diagnóstico, para acertar también en su tratamiento.
Veamos algunos rasgos peculiares: desde hace décadas, la mayoría de las instituciones autonómicas y municipales de Cataluña, muchos empresarios y organizaciones, la mayoría de los medios de comunicación, una creciente nómina de «intelectuales» (muy especialmente, la mayoría de los docentes), se dedican sistemáticamente a desarrollar victimismos, falsear gravemente la historia, adoctrinar a los niños y jóvenes en el odio a lo español, a inventar agravios («Espanya ens roba»), a despreciar la bandera y los demás símbolos nacionales, a destruir el bilingüismo natural y enriquecedor, menospreciando el idioma común de todos los españoles… y, consecuentemente con todo ello, mantener un desacato permanente a las leyes y las sentencias de los tribunales, legítima y legalmente establecidos, un desafío permanente al Estado, una chulería insultante, disfrazada de «derechos democráticos» y «clamores populares»2. Con ello todo lo que se consigue, mientras se mantiene el pulso a la Autoridad legítima, es derrochar recursos, fracturar y enfrentar a la población (ya es vox populi que numerosas familias y grupos de amigos no pueden conversar pacíficamente de este asunto); y, por supuesto, si se llegara a esa quimérica independencia, el perjuicio para el conjunto de la nación española sería inmenso pero mucho mayor aún para la creada, ex novo, nación catalana, que podría verse fuera de instituciones y mercados fundamentales y necesitada de la protección de la «odiada España» para volver a ellos.  Pero quizá el rasgo más peculiar, más excepcional, de todos es el hecho de que toda esta batalla se está promoviendo desde la cómoda posicición de los despachos y coches oficiales, utilizando todos los recursos del Estado y, consecuentemente, gastando en ella ingentes cantidades del erario español, es decir de los impuestos que pagamos todos. El corolario de todo esto es que el Estado, los sucesivos gobiernos nacionales y hasta la más alta institución de la Nación, han venido aplicando unos discursos y unas políticas erráticos, que han permitido, y hasta estimulado, el envalentonamiento, las bravatas de los promotores de esta revolución. Cuando se dieron las primeras manifestaciones de evidente desacato y deslealtad (desprecio de la bandera nacional, persecución del idioma castellano, mofa de las sentencia de los tribunales y profusión de actos de abierta rebelión frente al Estado) los respectivos gobiernos, tanto de «centro-izquierda» como de «centro-derecha» evitaron afrontar el problema o se limitaron a decir «Hablando se entiende la gente» y chalanearon con los separatistas buscando acuerdos a corto plazo (y siempre en beneficio de  su bando y en perjuicio de una auténtica política nacional).
A mí me parece claro que esta revolución, planteada a partir de premisas gravemente falsas y cada día menos camuflada, es solo beneficiosa para la minoría corrupta o ignorante que la ha promovido, mientras que es gravemente perjudicial para la inmensa mayoría de los ciudadanos de Cataluña. Como, además, está tolerada y costeada por el Estado y, desgraciadamente, se apoya, en gran medida, en la indolencia cómplice de gran parte parte de la sociedad española (que, con la falsa idea de que hay que evitar cualquier conflicto, ha permitido que éste creciera de forma descomunal), como las fuerzas que deberían haberla abortado han dejado que creciera hasta límites intolerables, y muy peligrosos, creo que también podríamos calificarla de revolución estúpida. Pero, ¡cuidado!, la revolución es estúpida pero algunos de sus promotores son muy listos y se han beneficiado y se beneficiarán enormemente de ella… pase lo que pase. La familia que es símbolo de la «patria catalana moderna» se ha enriquecido hasta límites escandalosos, de forma legal pero (todo parece indicar) también de forma ilegal, mafiosa; los polítiquillos que en un régimen normal no hubieran pasado de desempeñar puestos secundarios, se ven encumbrados y con emolumentos y privilegios elevados, desarrollando relaciones nacionales e internacionales que les serán muy útiles si todo esto, como es posible, acaba en un gran fiasco; muchos empresarios y mucha gente que ha puesto su profesión de docente o periodista al servicio de la secesión (de la «revolución») no han dejado de percibir subvenciones, premios y privilegios.
Por supuesto, nada más lejos de mi intención que negar que hay un problema de identidad en Cataluña, muchos sentimientos que vienen de siglos, aunque hayan sido avivados artificialmente ahora, cuestiones graves de convivencia que hay que abordar (como lo hay en otras partes de España y en muchos países de nuestro entorno). No se trata de negar la historia o la realidad presente, como hacen los secesionistas; pero lo que sostengo es que mientras esos sentimientos los manipulen oportunistas y corruptos, mientras cientos de miles de personas se sientan acosados por los separatistas y abandonados por el Gobierno central y, por ello, impelidos a cubrirse con la señera estelada y perder su propia identidad, sus lazos familiares, su cultura; mientras haya miles y miles de niños educados en la mentira histórica y el odio a la Nación española… mientras ocurra todo esto, los sentimientos e intereses de una parte respetable, pero minoritaria al fin, de catalanes son menos importantes que la libertad, la convivencia, los derechos de todos los españoles que hoy están en serio peligro e imperiosamente necesitados de ser resueltos mediante una política nacional firme que haga frente sin más rodeos al separatismo, al golpismo, que haga inviable la secesión. Y firme significa principios sólidos, lenguaje claro y autoridad fuerte, con todas las consecuencias. En suma, limitarse a decir que los secesionistas no tienen razón, que están equivocados y esperar que el tiempo y los errores de los rebeldes solucionen el problema es la peor política que se puede seguir y, afirmo, la más dañina y peligrosa para propios y extraños; y si lo que se pretende es descargar en el Poder judicial la tarea de impedir la revolución, el golpe de Estado, hay que tener en cuenta la verdad de Perogrullo de que la ejecución de las sentencias tienen que estar garantizadas por el Poder ejecutivo: si obtenemos de un tribunal una sentencia que el inculpado se niega a acatar y no hacemos otra cosa que parlotear el inculpado, el rebelde, se envalentona y consigue nuevos adeptos. Ciertamente, una política de principios exigirá grandes esfuerzos pero la deserción, tanto si se hace de golpe como si se hace poco a poco, sería mucho más peligrosa. Y, por otra parte, no quiero olvidar que, al lado de políticas de oposición a los atropellos separatistas, de aplicación de la Ley con todas sus consecuencias, también hay que desarrollar políticas de reafirmación de todo cuanto hemos hecho juntos, de regeneración de la vida pública, de valorar las grandes ventajas que se han obtenido de permanecer unidos respetando la diversidad, de nuestra cultura de siglos… como he intentado explicar en otras ocasiones en este blog o en otras publicaciones, de lo que me permito dar dos referencias: http://librosyabrazos.es/2012/03/19/viva-la-pepa/ y http://edicionesdelatorre.com/boletines/ET-BI35.pdf
En conclusión, no hay que ser pesimistas: estamos a tiempo, como ya tuve ocasión de escribir en septiembre de 2013 (Somos más, tenemos más fuerza y mejores razones) y antes y después de esa fecha. Pero, eso sí, este asunto exige que le prestemos toda nuestra atención, que sepamos distinguir lo fundamental de lo accesorio, identificar la contradicción principal y las secundarias, conocer bien las fuerzas de todo tipo de que disponemos y buscar las alianzas necesarias. Que nos afiancemos en la Verdad, en la Libertad, que comprendamos que no salimos de un régimen autoritario, hace un par de generaciones, para retroceder a la edad media, donde banderías de todo tipo, envueltas en símbolos arcaicos o inventados, ocultan en la mayoría de los casos objetivos de mero expolio y ambición personal; que si fuimos capaces de acabar con la Dictadura, con grandes sacrificios, no fue para llegar a esta debacle sino para hacer un país y un «Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político» y cuya «soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».

Y unas nota finales. Para los temerosos y asustados: En esta revolución no hay revolucionarios como los que, equivocados o no, acabaron con su gesta con tiranías terribles porque estaban dispuestos a morir o a triunfar, no hay patriotas dispuestos a sacrificar todo para liberar a su país de la «opresión extranjera»: nuestros «revolucionarios» catalanes, salvo alguna excepción honrosa, tienen demasiado apego a su beneficio personal, a su cómodo puesto de funcionarios y si se encuentran con una acción decidida del Gobierno español, armarán mucho ruido e inventarán todo tipo de nuevos victimismos… pero no presentarán una resistencia sólida. Para los equidistantes: La posición neutral entre verdugos y víctimas, entre delincuentes y honrados, entre golpistas y constitucionalistas… es, objetivamente, apoyar a los primeros y traicionar a los segundos (recuérdese la famosa frase «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor»). Para los periodistas: Vuestra importantísima profesión os exige, hoy más que nunca, eludir los eufemismos y las vaguedades y aplicar la frase española «Al pan, pan y al vino, vino.» Para cuantos (desde la Corona al ciudadano más modesto) nos opusimos al golpe de Estado del 23-F: Esto es más grave: un despedazamiento de la Nación (que comenzaría en Cataluña pero no pararía, ni mucho menos, ahí) tendría consecuencias trágicas para la mayoría de la ciudadanía y para varias generaciones. Para utópicos y enfurecidos: Recuérdese que los mejor puede resultar enemigo de lo bueno; tenemos lo que tenemos: se trata no de alimentar la quimera de que se puede resolver todo y pronto sino de prepararse para una batalla larga y compleja, donde habrá que asumir responsabilidades… y riesgos. Para funcionarios de cualquier rango y condición: Como ha señalado muy inteligentemente Antonio Muñoz Molina, una de las grandes fuentes de la corrupción imperante en España ha sido «el descrédito y el deterioro de la función pública»; en esta grave cuestión tienen, todos los funcionarios, la oportunidad de dignificar su trabajo, cumpliendo cabalmente su cometido. Para los que quieren «hacer algo» (Dubsek dixit): Cuando se produce una revolución, tanto los que ganan como los que pierden, tantos los que han aplaudido como los que han reprobado, si no sacan consecuencias del resultado y de los costes económicos y, sobre todo humanos, que ha conllevado, su participación habrá sido inútil. Así, por ejemplo, la «Revolución del 68», la «Primavera de Praga» y, más cercanas, la «Revolución naranja» de Ukrania en 2004-2005 o la «Primavera árabe» de 2010. Así que ante una situación compleja, un problemacárcel antigua de fernando gonzalez 1.jpg tan serio, a los que nos enfrentamos, es obligado preguntar/se ¿Qué hacer? La pregunta (que tuvo gran resonancia a partir del libro de Lenin en 1902) es breve pero exige de cada uno una respuesta amplia y meditada. Invito a leer la mía en el apartado III de este artículo.

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1 El Gobierno español, con mayoría absoluta y todos los medios legales a su alcance, no se atreve a restaurar la autoridad del Estado y a proteger, con todas las consecuencias, a todos los ciudadanos de esa comunidad y el principal partido de la oposición presenta constantes vaivenes, equidistancias ridículas y una tendencia enfermiza a menospreciar la actual Constitución… y ambos flanqueados por una «progresía boba» que no distingue entre democracia y demagogia y un no pequeño grupo de empresarios que saben pescar en ríos revueltos.
2 Algunos ejemplos: «derecho democrático» a que una minoría, una parte, decida en contra de la mayoría, del todo; «clamor popular» reclamando un nuevo estatuto que es aprobado en referéndum por menos de la cuarta parte de la población y con un absentismo de la mitad; «Proceso participativo» como sucedáneo de un referéndum, sin ninguna garantía legal y en el que participa solo un tercio de la población.

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De revoluciones y otros problemas (I)

(Para mis hijos y para los hijos de todos los «progres» anti y post franquistas)

 revolucion-francesaIgual que ciertos errores de ortografía o de alimentación van pasando de padres a hijos, de una generación a otra (por ejemplo, todavía hay profesores que explican a los niños que las mayúsculas no deben llevar tildes; por ejemplo, todavía hay padres que creen que la mejor alimentación para sus hijos es comer a la carta), también ciertos errores políticos, estos mucho más graves, han pasado de padres a hijos, de generación a generación; por ejemplo, una calificación grosera, sectaria, maniquea, «inmovilista» y, en consecuencia, gravemente errónea, del Régimen franquista. Para evitar confusiones desde el primer momento, diré que yo considero que ese régimen, tras ganar una terrible guerra civil y consolidarse en una más terrible postguerra, ejerció una dictadura férrea contra cuantos se opusieron, por una vía u otra, a él. Pero también  diré que, si a partir de esta primera formulación (que espero aparezca muy clara para «propios y extraños») añadimos que ese régimen se mantuvo inmóvil durante casi cuarenta años, que no tuvo nada positivo y que, en consecuencia, cualquier régimen alternativo era mejor, cometeremos un gravísimo error, ayudaremos a las fuerzas más reaccionarias (sobre todo las que se envuelven en banderas de simulacros de libertad) a someter y hasta destruir nuestra sociedad (también aquí quiero ser muy claro).
Pero ese gravísimo error se cometió. No supimos ver que el estalinismo y sus distintas variantes eran más crueles que el franquismo; que la ETA mataba más despiadadamente que los gobiernos de Franco (al menos los de la segunda y tercera época) que el «derecho de autodeterminación» que defendíamos orgullosamente para vascos, gallegos, catalanes… y cualquier  «otro pueblo del Estado Español» iba a alimentar lo peor de nuestra tradición: el separatismo, las taifas, las tribus, el odio entre españoles. No supimos prever que el foso entre ricos y pobres, que la opresión de los capitalistas salvajes sobre los trabajadores mal organizados, podía ir a peor y que las organizaciones que montábamos para liberar a los oprimidos podían convertirse en nuevas formas de explotarlos.
Y ahora nos encontramos con que (muchos de) nuestros «camaradas revolucionarios» (sobre todo los más oportunistas e ignorantes), en el mejor de los casos, se han apoltronado y legislan para establecer privilegios y prebendas de todo tipo para ellos y, en el peor, se han dedicado a robar a manos a llenas del erario público aunque para ello hayan tenido que pervertir y debilitar el Estado hasta límites insólitos. Ahora comprobamos que nuestros aliados nacionalistas nos invitaban a cantar con ellos canciones protesta en su lengua materna para, unos años después, prohibirnos educar a nuestros hijos en la nuestra; ahora sabemos que su odio, artificial y grotesto en tantos sentidos, hacia lo español los alienta a establecer nuevas fronteras, inventar naciones-estado, donde solo podrán sentirse cómodos los que se sometan a sus planes sectarios.
Pero, sobre todo y como consecuencia de todo ello, no supimos ver que «la Revolución» es un asunto muy complejo y delicado, que no puede resolverse con etiquetas ni mucho menos reducir el concepto a que revolución/revolucionario es aquel/aquello que libera a la humanidad de toda opresión. Los antifranquistas nos sentíamos seguros al afirmar: «Por mucho que tú quieras explicarla y desmenuzarla, la palabra revolución tiene una connotación absolutamente positiva, de evolución, de paso adelante, de ruptura para mejorar las cosas […] de vinculación con la base de la población, con los explotados, con el pueblo. Es así. Sea o no correcto, esa es la connotación que tiene esa palabra en el lenguaje político.» Pero no es así: no solo porque el diccionario es tajante al definir revolución como «Cambio violento en las instituciones políticas de una nación  – Cambio importante en el estado o gobierno de las cosas»; es decir, que tan revolución es la de los bolcheviques antizaristas como la de los nazis alemanes genocidas; tan revolución es la que intentaron las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, de Ramiro Ledesma, como la que intentaron los que, bajo las consignas de Unión Hermanos Proletarios (Uníos en alguna otra versión), siguieron las consignas izquierdistas de Largo Caballero en 1934… Y si unas revoluciones venían por la «izquierda» y otras por la «derecha», todas coincidían en  remitirse a una legitimidad superior a la legalidad, a una misión sagrada de salvar al pueblo o a la clase social, ¡o a la entera Humanidad!, y todas ellas bebían, tácita o explítamente, en las fuentes de la Revolución francesa, aplicando su terrible principio de que el fin sagrado de La Revolución justifica cualquier medio, incluyendo el Terror y el Gran Terror. Por eso creo que es un serio error de conceptualización que cometíamos los que creíamos entonces (y que cometen los que creen todavía) que solo es revolución y es buena revolución la que se basa en «catecismos» izquierdistas, la que presenta románticamente al pueblo avanzando hacia su liberación, y que cualquier otra forma de «cambio violento en las instituciones políticas de una nación» no es digna de tal nombre y podemos despreciarla porque solo la plantearán y desarrollarán unos cuantos reaccionarios. Y si mucha gente «normal» (sin especial preparación política) se ha dejado llevar a esa idea de revolución=progreso-libertad-felicidad, hay que atribuirlo a los potentes aparatos de agrit-prop que los «revolucionarios» (desde la Revolución francesa a nuestros aprendices de revolucionarios que padecemos aquí y ahora) han puesto en pie, combinando hábilmente grandes verdades con grandes mentiras.  Los bolcheviques y los nazis, y los de UHP o JONS eran todos ellos revolucionarios, todos tenían tras de sí inmensas masas, convencidas, románticamente, de que estaban inciando una era luminosa. Pero ojalá que los que tuvieron el valor de reaccionar ante las barbaridades de Lenin/Stalin o Hitler y sus epígonos (etiquetados por sus verdugos de «reaccionarios») hubieran podido parar su revolución. Por eso, en mi modesta opinión, no se trata de caer en la trampa maniquea de revolución=bueno para el pueblo, reacción=malo para el pueblo, sino de saber identificar bien las situaciones revolucionarias, la tipología de cada revolución y la reacción que provoca, y en consecuencia, tomar partido.
Tomar partido en la mejor disposición personal, intelectual, afectiva posible para que no nos ocurra como a Unamuno: don Miguel, admirable por tantas cosas, en un estado de vehemencia y vacilación, apoyó alternativamente a la República y al franquismo para renegar, a la postre, de ambos (reflejando así la terrible situación de no pocos intelectuales de entonces). Espero no estar yo ahora en la misma circunstancia. Espero aprovecharmatanza_atocha lo que he aprendido en estos años para, sin perder los principios que me llevaron a oponerme a la dictadura franquista, ser un poco más inteligente que entonces y, junto a esos principios, legar a mis hijos (y a cuantos quieran aceptarlo) una visión más correcta de los males de nuestra patria y de las posibilidades de corregirlos… Pero eso se verá con más detalle en el apartado II de este artículo.

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Elogio de la erudición y la memoria

octaviopazBiblioteca Nacional de España. Martes, 18 de noviembre de 2014. «La obra y la figura de Octavio Paz en la prensa española», en el centenario del nacimiento del Nobel (¡y Cervantes!) mexicano, a cargo de Luis María Anson y Tulio H. Demichelli, que son presentados por Carlos Alberdi. Acto importante, con «media entrada» en un día de fútbol (España-Alemania). Anson comienza agradeciendo a los asistentes haber preferido Octavio Paz en vez de partido y, sin transición, define a Paz como el hombre más inteligente (detrás de Toynbee) que ha conocido. Y a partir de ahí, con gran erudición y buena oratoria, un aluvión de referencias a Paz, por supuesto como gran poeta pero también como erudito –gran conocedor de todas la cultura occidental pero también de la oriental–, como ensayista –su colosal Hora cumplida (1929-1985)–, como «el más importante filosofo de México del siglo xx».
Anson que asegura que no es un experto en la obra de Paz, sí puede afirmar que lo conoce a fondo como persona. Nos cuenta anécdotas de su larga e intensa relación con él (a las que se añaden las de Demichelli) para acercarnos a un hombre amable, leal con sus amigos (veladas en el café de Madrid El Espejo donde Paz, Rosales y el propio Anson rivalizaban en recitar poemas de muy diversas procedencia); formidable orador y conversador, pero sencillo y discreto y que no presumía nunca de haber leído incansablemente no solo lo más importante de la literatura occidental sino también de la oriental y, por ello, conociera a fondo los poemas de Li Po ¡y los de Mao tse-tung!, El diario de un loco de Xun Lu, los haikus de Matsuo Bashô y otros maestros, el I Ching… y, ¡maravilla!, el poema épico Manás, que cuenta la epopeya del pueblo kirguís (una minoría étnica en China) y que tiene cuatro veces más versos que la Iliada
Uno, aunque conoce algo de la obra de Paz, no puede menos que sentirse impresionado ante tal grado de erudición, ante la evidencia de una obra colosal, que está al alcance de tanta gente… Pero Luis María Anson acompaña, no solo por amistad personal sino por emulación, muchos de los tramos del largo y fecundo camino de Paz. Flanqueado, discreta pero eficazmente, por Tulio H. Demichelli, Anson, gran lector de poesía, puede relacionar la extraordinaria poesía de Quevedo o Góngora con la (reconocido por el propio Cervantes) poesía «menor» del autor del Quijote (que, no lo olvidemos, puede vanagloriarse de ser, junto con Shakespeare, el más grande escritor de Europa) pero que tiene uno de los grandes poemas de nuestra lengua (el soneto con estrambote) cuyo final, con alarde de memoria, dicción y oportunidad, recita Ansón: «Y luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuése, y no hubo nada.») . Pero también puede Anson hablarnos de los poetas del 27 y sus epígonos, puede recitar de memoria poemas de Alberti, como el magnífico soneto para María Asunción Mateo («Tú sabes bien que en mí no muere la esperanza, / que los años en mí no son hojas, son flores, / que nunca soy pasado, sino siempre futuro»). Por cierto, este soneto está publicado, reproduciendo facsimilarmente el manuscrito de Rafael, por primera vez en Ediciones de la Torre, en la Antología comentada que preparó María Asunción (igual que publicamos, facsimilarmente y a todo color, el poema que le dedicó, con motivo de la antología para niños que ella preparó en abril de 1984). Siguiendo con Alberti, Anson nos cuenta cómo el poeta del Puerto de Santa María, antes de su vuelta pública y triunfal en 1977 estuvo, discretamente y protegido por José María Pemán (al que, por cierto, no reconocía su valía como gran poeta, aunque sí como gran articulista) en 1969, y hace referencia, salpicando de sabrosas anécdotas, a su obra teatral El hombre deshabitado o recita versos de A la pintura o El ceñidor de Venus desceñido.
Anson acompaña a Paz… y también viceversa, como cuando el mexicano elogió la aparición, en primicia, en el periódico ABC dirigido a la sazón por Anson, de los impresionantes «Sonetos del amor oscuro» de Federico García Lorca. O como cuando recita ¡de memoria y en el idioma original!la oda 11 de Horacio, con el famoso carpe diem Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi / finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios / temptaris numeros.» […] O como cuando cita el poema épico vietnamita Kieu…Un sinfín de referencias, todas ellas perfectamente justificadas para enaltecer la figura del homenajeado. Alusiones y comentarios sobre Ortega, la primera inteligencia de España de su tiempo; sobre Menéndez Pelayo, que tiene una gigantesca obra y que hizo una magnífica gestión de la BNE… aunque no valorara suficientemente la profesión de periodista; sobre Bergson, Gide y Camus, los tres grandes pensadores de Francia; sobre Huizinga, sobre Unamuno; anécdotas de Rafael de Penagos, de Marcos Ana, José Luis Pellicena, la bellísima Aitana Sánchez Gijón…
Está claro que Anson, como Paz, también ha leído mucho, de aquí y de allá, de todas las épocas, de todas las ideologías y, como además, tiene una portentosa memoria, puede hacer amena cualquier conversación, importante cualquier intervención pública. ComoLuis María Anson_Tulio H. Demicheli y Carlos Alberdi esta, con ese aluvión, esa multitud de datos, anécdotas, comentarios, reflexiones, citas literarias, poemas… Cultura amable y estimulante que, en esta noche en la que otras multitudes intentan apartarse de las tensiones que nos producen las diversas crisis y fechorías de nuestra sociedad actual, nos refuerza a los que creemos que el conocimiento nos ayuda a ser libres.

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El juego de los dilemas

banderaesteladaDoña Flora Morata, que desde mayo de este año ya no está entre nosotros y con la que compartí durante muchos años puestos de responsabilidad en el Gremio de Editores, tenía la agradable costumbre de felicitarme por el día de San José; me gustaba doblemente esa felicitación porque venía de una persona conservadora y muy creyente que respetaba mi ateísmo progresista pero, sobre todo, de una colega (y maestra) que no era pródiga en felicitaciones en nuestra vida profesional. Sin embargo, durante un LIBER (en 2004 o 2005) me felicitó calurosamente porque presenció una discusión, relativamente tensa, en la que yo manifesté claramente frente a mi oponente que si tuviera que elegir entre Maragall (entonces líder del PSC y presidente de la Generalitat, que ya protagonizaba un peligroso salto hacia el separatismo) y Rajoy (entonces exministro en varias carteras y lider del Partido Popular, partido que se oponía, aunque sin demasiada consistencia, a ese separatismo), yo me inclinaría decididamente por Rajoy. Flora quedó gratamente impresionada: ¡un «rojo» prefiriendo a un «reaccionario» frente a un socialista separatista!
Quizá acababa de inventar yo (¡qué original!) «el juego de los dilemas». Un «juego» que puede tener muchos elementos lúdicos pero que también puede realizarse en circunstancias dramáticas y hasta trágicas: qué hacer cuando nos reclaman la bolsa o la vida, qué hacer cuando tenemos que socorrer a una u otra víctima… Qué hacer no cuando tenemos que tomar partido entre una cosa claramente buena y otra claramente mala (que ahí la solución al dilema es fácil) sino cuando tenemos que elegir entre lo malo y lo peor.
Pero hagamos una consideración previa: ¿siempre tenemos que elegir?, ¿siempre tenemos que elegir entre la bolsa y la vida?, ¿siempre tenemos que apoyar a un dirigente mediocre o a otro dirigente mediocre? ¡Depende! Si el atracador es más débil que nosotros podemos simplemente decirle: «¡Ni la bolsa ni la vida!»; si tenemos líderes con más poder que Rajoy y Mas, podemos hacerles una pedorreta a ambos y marcharnos con el líder más fuerte y acertado que ellos. Y, por otra parte, puede haber situaciones en que podamos negarnos a participar en el juego, en que nos abstengamos de decidir. Pero lo habitual será que tengamos que enfrentarnos a los dilemas que nos plantea la vida. Por ejemplo, es posible que ahora tengamos que decidirnos entre Mas (que con chulería sediciosa y golpista desafía al Estado y a la Nación) y Rajoy (que, a pesar de trampas y vacilaciones, jura y perjura que no negociará sobre la soberanía nacional). Pero para no poner siempre el ejemplo catalán, veamos otros dilemas. Por ejemplo, el que parece que tendrán que resolver, a corto plazo, los militantes honestos de Izquierda Unida: si es verdad que su organización se debilita y camina inexorablemente hacia su desaparición y que, por tanto, para seguir manteniéndose en el territorio de la izquierda tienen que elegir entre el PSOE y Podemos, ¿qué formación elegir? Otro ejemplo: si un número considerable de españoles consideramos que necesitamos un partido de ámbito nacional que defienda decididamente el fortalecimiento del Estado, la aplicación de la ley, la oposición a las fuerzas centrífugas, la regeneración de la vida pública… y los dirigentes de UPyD y de Ciudadanos no encuentran la forma de reunir ambas fuerzas, ¿a cuál de los dos partidos debemos apoyar?
Juego, como se ve, apasionante, donde, primero, tenemos que identificar bien el dilema; segundo, tenemos que ver si las circunstancias nos obligan a resolverlo o tenemos otra banderaespañolasalida, y tercero, si nos sentimos obligados, tenemos que acertar. No es fácil, por supuesto, acertar en ciertos dilemas como los que se presentan en este tiempo a la sociedad española. Pero merece la pena esforzarse en ello porque si nos equivocamos, por acción o por omisión, lo pagaremos muy caro.

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Un hombre llora

El ángulo desde el que se hace la foto permite ver, en primer plano a la derecha, a un hombre, de medio perfil, sentado sobre una cama, con un pequeño ordenador sobre las piernas en cuya pantalla se aprecia un texto; a medio plano, a los pies de la cama, dos perrillos, un bichón maltés y un yorsay; y al fondo, una pantalla de televisión encendida. Si nos fijamos bien, en la pantalla del televisor se ve una escena de la película de Yaron Zilberman El último concierto y la cara del hombre está contraída y su mejilla surcada por abundantes lágrimas, y si aproximamos una lupa a la pantalla del miniordenador podemos apreciar el título («CARTA A MIS NIETAS Y SUS CONTEMPORÁNEOS») y unas líneas del texto que parece haber estado escribiendo aquél, donde se lee: «Nunca debemos considerarnos propietarios ni del espacio ni del tiempo: somos unos invitados a este pequeño y hermosos planeta o quizá, en el mejor de los casos, unos inquilinos plenamente legitimados para habitarlo pero que debemos cuidar amorosamente. Sí, llenos de amor debemos cuidar este espacio y este tiempo que ocupamos por casualidad y solo un instante cósmico.» ¿Por qué llora el hombre? Quizá porque en la película se hace referencia a la última etapa de la vida de Beethoven y el impresionante testamento que nos dejó con su música sublime o cómo su cuarteto n.º 14 fue lo último que quiso escuchar, cinco días antes de su muerte, Schubert; quizá porque la historia de Zilberman que gira en torno a los cuatro miembros de una cuarteto famoso (y la hija de dos de ellos) que interpreta esa imponente obra  del sordo genial, muestra en todo su dramatismo la relación de la vida con el Arte, la necesidad peligrosa de desatar las pasiones, el miedo a la muerte… y el miedo a la vida; quizá porque lo del instante cósmico le ha hecho reflexionar sobre la fugacidad de la existencia humana y quizá por todas estas cosas a la vez y por otras que, como los virus invasivos, se aprovechan de las ocasiones en que las defensas se debilitan.

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Retrato y literatura

ElenaPoniatowskaBiblioteca Nacional, Exposición «Retrato y Literatura – Los retratos de los Premios Cervantes de la BNE». 39 retratos, de distinta calidad artística, pero todos ellos entrañables por cuanto nos presentan al escritor en relación con su obra literaria. Desde Guillén a Elena Poniatowska, pasando por Gerardo Diego, Rafael Alberti, Francisco Ayala, Mario Vargas Llosa, José Hierro, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute… Así hasta 39 gigantes de la literatura en Español que, nadie puede negarlo, es una de las más grandes literaturas de la humanidad. Naturalmente, podrían estar aquí otros muchos grandes escritores en español (Rulfo, Ángel González, Cortázar…) pero los que forman esta lista impresionante son todos y cada uno de ellos, magníficas cumbres de la mejor literatura.
Es emocionante pasear por la exposición, de la mano de Ana Santos (Directora de la BNE) y Jesus Marchamalo (Comisario de la exposición), en medio de un centenar de personas, muchas amigas, como Paloma, la hija de García Nieto, Pureza Canelo, directora de la Fundación Gerardo Diego, el poeta Javier Lostalé, Ramido Domínguez, colega y sin embargo amigo… y tantos otros (como las viudas de Borges y Ayala). Es un privilegio saber que en mi catálogo figuran diversas ediciones de varios de los premiados y  constatar que con alguno de estos gigantes, en mi ya larga vida de editor, he tenido una relación personal, además de profesional: he estado en casa de Dámaso Alonso (del que edité una estupenda antología para niños), comentando la belleza de un retrato de su esposa y la hermosura de su Biblioteca; he publicado varias ediciones de libros de Rafael Alberti y he tenido centenares de conversaciones con él  (¡aquellas magníficas cenas de los viernes con Rafael, María Asunción, María Luisa, Jacobo Muchnik,!…); he plantado un árbol con José Hierro (en el Instituto Juan de la Cierva) del que también edité una antología de su poesía en la colección Alba y Mayo; he recibido el sincero  abrazo que me dio Ana María Matute por haber defendido con tanto ardor en Oslo su magnífico Olvidado Rey Gudu. Ediciones de libros de Jorge Guillén, Gerardo Diego, Nicolás Guillén enriquecen mi catálogo y en nuestra gran antología Poesía cada día aparecen prácticamente todos los poetas premiados. He tenido la suerte de asistir a bastantes de las entregas del Premio, conversado fugazmente con los premiados… Pero, sobre todo, he tenido la ocasión, como tantos millones de lectores, de acercarme a la magna obra de cada uno de estos gigantes (lamentablemente leemos a los clásicos menos de lo que debiéramos) y he intentado aprovechar para mejorar mi personalidad (y, al tiempo, disfrutar plenamente) los regalos que contenían su escritura.
Pero después de la emoción viene la reflexión. El premio Cervantes, que alguno de sus premiados empareja con el Nobel, es una parte de la riqueza literaria de nuestra lengua, nuestra cultura, ¡nuestra civilización!, que puede parangonarse con las mejores del mundo; una literatura que puede llegar directamente a casi 500 millones de personas, una literatura que nos habla de todos los tiempos, de todos los lugares del mundo (desde un modesto pueblo de Extremadura a la gran urbe de Méxido DF, pasando por Barcelona o los Andes o La habana) y, sobre todo, de todos los tipos de personas de nuestra especie. Desde el Cid hasta el Quijote, desde Celestina a Pijoaparte, Desde Olga Arellano a Azarías, desde Azenaida Parzenós a la Maga… los grandes escritores, de las distintas épocas, nos fueron presentando personajes completos  dónde podíamos vernos reflejados en una u otra medida o de los que podríamos obtener, por positivo o por negativo, un ejemplo de vida. Volviendo a la exposición, uno puede ver, presididos por las figuras de los cuadros, en los magníficos paneles y mesas de la exposición, IMG_1885referencias de la obra de estos autores, ediciones y cartas valiosas, frases e informaciones, noticias, todas ellas de alto valor cultural.Con una lengua así, con una literatura así, uno puede sentirse orgulloso, no pedante ni arrogante, pero sí orgulloso; uno puede confiar en que podemos relacionarnos con todas las culturas pero sin renegar, sino todo lo contrario, de la nuestra.
Se puede ver la exposición, virtualmente gracias al archivo de RTVE

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El tiempo, la distancia y el respeto

unicornioTom, el magnífico personaje de la obra de Tennessee Williams #‎ElZooDeCristal‬, concluye su reflexión sobre la situación del momento que refleja la obra (el crack de 1929 y sus consecuencias) afirmando que «el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares». Alguien por error podría cambiar el adjetivo afirmando que es la distancia más corta; no es así: después de su deambular, no tanto por el espacio, por las ciudades por las que le ha llevado su vida errante, cuanto por el tiempo, los meses o años que han transcurrido, Tom sabe que no puede volver a la vida que llevaba con su madre y con su hermana. Y todos deberíamos saber, como ya nos dijo el sabio Heráclito, que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, que la vida no se para, y que incluso en las personas que intentan anclarse en un determinado momento de su biografía, la vida avanza inevitablemente. No podemos volver a aquel abrazo que nos regalaban nuestros padres cuando éramos pequeños, no podemos repetir el primer beso erótico/asustado de la adolescencia… ¡no podemos retener el «momento», por muy enamorados fáusticamente que estemos! No podemos volver al pasado, no podemos retener a la persona a la que abandonamos (o que nos abandonó); no somos el héroe Odiseo que, después de buscar aventuras por el mundo retorna a Ítaca para encontrar una Penélope sumisa (entretenida durante veinte años en tejer y destejer) ni el aldeano Peer Gint, que encuentra al final el abrazo y la canción amorosos de Solveig… Estamos en el mundo real, en el río de Heráclito, y cuando volvemos a nuestro lugar de salida, el tiempo ha establecido una distancia implacable y no encontramos a las mismas personas, las mismas situaciones, los mismos privilegios, las mismas condiciones. Solo el tiempo compartido, solo si hubiéramos pasado de la alocada juventud a la sosegada e inteligente madurez al lado de nuestra Penélope o nuestra Solveig, al lado de esos dos seres entrañables de la familia de Tom (Laura y Amanda), solo así podríamos pretender que nos recibieran con los brazos abiertos, entregadas y amorosas. Solo el tiempo compartido nos mantiene unidos, solo en él el abrazo es mutuo y no violento, solo así no hay posesión sino amor. Y si no respetamos esta ley del tiempo, tampoco estaremos en condiciones de respetar a esaszoodecristal personas, de reconocer que el tiempo transcurrido de forma diferente para dos seres (por mucho que en su momento hubieran unido sus pulsos y sus sueños), los ha separado inexorablemente.

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Silvia y sus fans

Hall del Centro Cultural de la Villa frente a las puertas del Teatro Fernán Gómez. Silvia Marsó ha concluido con gran éxito el estreno de #‎ElZooDeCristal‬ y entre las muchas personas que la esperan para felicitarla directamente hay cuatro jóvenes de su entusiasta Clubs de Fans que la abrazan. Tres chicas y un muchacho, encendidos por la posibilidad de charlar con su amiga/ídolo. Dos generaciones que podrían perfectamente responder a la propuesta de «alianza de generaciones»: la juventud del que llega con los ojos abiertos, las manos limpias, y la sangre bullendo con ansias de transformar el mundo y la doble juventud de la persona madura que sabe que no se puede transformar todo de golpe pero que el teatro, el buen teatro, es un instrumento valioso para llegar a la conciencia de la gente. Silvia, que ha dejado los vestidos de época en el camerino, ataviada ahora de manera informal, más bella aún que en el escenario, plena de energía, muestra su expresión alegre a pesar de la fatiga de las horas del último ensayo antes de salir a escena y de las casi dos horas de esfuerzo especial que requiere la obra de Tennessee Williams, y sus fans que ríen y abrazan espontáneamente con sus caras iluminadas por el entusiasmo. Todos felices… incluyendo el torpe y deslumbrado fotógrafo, al que (como al personaje inolvidable de La hoja roja) se le veló la película de su cámara.

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