Un hombre llora

El ángulo desde el que se hace la foto permite ver, en primer plano a la derecha, a un hombre, de medio perfil, sentado sobre una cama, con un pequeño ordenador sobre las piernas en cuya pantalla se aprecia un texto; a medio plano, a los pies de la cama, dos perrillos, un bichón maltés y un yorsay; y al fondo, una pantalla de televisión encendida. Si nos fijamos bien, en la pantalla del televisor se ve una escena de la película de Yaron Zilberman El último concierto y la cara del hombre está contraída y su mejilla surcada por abundantes lágrimas, y si aproximamos una lupa a la pantalla del miniordenador podemos apreciar el título («CARTA A MIS NIETAS Y SUS CONTEMPORÁNEOS») y unas líneas del texto que parece haber estado escribiendo aquél, donde se lee: «Nunca debemos considerarnos propietarios ni del espacio ni del tiempo: somos unos invitados a este pequeño y hermosos planeta o quizá, en el mejor de los casos, unos inquilinos plenamente legitimados para habitarlo pero que debemos cuidar amorosamente. Sí, llenos de amor debemos cuidar este espacio y este tiempo que ocupamos por casualidad y solo un instante cósmico.» ¿Por qué llora el hombre? Quizá porque en la película se hace referencia a la última etapa de la vida de Beethoven y el impresionante testamento que nos dejó con su música sublime o cómo su cuarteto n.º 14 fue lo último que quiso escuchar, cinco días antes de su muerte, Schubert; quizá porque la historia de Zilberman que gira en torno a los cuatro miembros de una cuarteto famoso (y la hija de dos de ellos) que interpreta esa imponente obra  del sordo genial, muestra en todo su dramatismo la relación de la vida con el Arte, la necesidad peligrosa de desatar las pasiones, el miedo a la muerte… y el miedo a la vida; quizá porque lo del instante cósmico le ha hecho reflexionar sobre la fugacidad de la existencia humana y quizá por todas estas cosas a la vez y por otras que, como los virus invasivos, se aprovechan de las ocasiones en que las defensas se debilitan.

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