«Los puentes de Madison» – Una reflexión sobre la libertad y la belleza

los-puentes-de-madison-00He visto esta obra maestra dos o tres veces en el cine y bastantes más en la TV pero el otro día me traje el video de la biblioteca pública, por si acaso… y esta mañana me desperté temprano con la idea de escribir algo sobre ella: es una de las obras incluidas en un listado que tengo de grandes obras sobre las que me gustaría escribir sendos artículos bajo el nombre genérico de «Tres notas didácticas sobre…».
Aunque mis hijos y otros amigos opinan que me dejo llevar de la pasión, creo que Los puentes de Madison (Clint Eastwood, USA,1995) es una de las grandes películas norteamericanas de los últimos 40 o 50 años.
Gran cine (y muy comercial porque combina los recursos del bestseller de Robert James Waller para entusiasmar al gran público con los matices de la magistral dirección y no menos magistral interpretación de Clint Eastwood y Meryl Streep, bien acompañados por guionista, secundarios, música… y toda la buena industria del cine norteamericano). Excelente película, estúpidamente maltratada por los Oscar, según autorizados críticos, y que contiene, tal como yo la he visto, una excelente lección sobre la libertad y la belleza, digna de ser estudiada a fondo.
Recordemos la cabal presentación que hace Filmaffinity.com.
«La apacible pero anodina vida de Francesca Johnson (Meryl Streep), un ama de casa que vive en una granja con su familia, se ve alterada con la llegada de Robert Kincaid (Clint Eastwood), un veterano fotógrafo de la revista National Geographic, que visita el condado de Madison (Iowa) para fotografiar sus viejos puentes. Cuando Francesca invita a Robert a cenar, un amor verdadero y una pasión desconocida nacerá entre ellos.»
Y a partir de ahí, una dirección e interpretación magistrales, como he dicho, para ir llevando al interior del espectador la presentación de los cuerpos (Stekel), el olor y el paisaje, la casualidad (él conoce Bari, la ciudad natal de ella), los roces casuales-no-impedidos, la maravillosa sensación del temblor, los encuadres fotográficos (verdaderas postales), la aproximación de los cuerpos… contados (con una música de fondo magnífica no sólo en su tema central, de Lennie Nichaus y el propio Eastwoot, sino en los fragmentos de Bellini o Saint-Saens o las canciones contemporáneas) con una inteligentísima combinación de tiempos y de voces narrativas, hasta desembocar en un final dramático pero que retorna (con otras personas y en otro tiempo) al principio de la historia.
Una historia más de un hombre y una mujer («Adán y Eva, como siempre») pero contada de tal suerte que, como todas las grandes obras del género, nos hace reír y llorar a su lado, concelebrar con ellos su mágico encuentro y sufrir con ellos su drama… y, sobre todo, nos permite hacer una reflexión sobre la libertad y la belleza, los dos valores-anhelos que, junto con la bondad, hacen de nuestra especie, el fruto supremo del cosmos conocido.
¿Romántico? ¡Claro! Cómo no serlo tras ver a Robert ofrecer a Francesca unas florecillas y ante la sorpresa de él por la broma de ella, ver su primera risa, todavía imprecisa. Cómo no zambullirse en el romanticismo, más tarde, cuando se consolida el cortejo y él hace que ella ría con plena libertad, con todo el cuerpo, y pone en ebullición esos millones de células que sienten la llamada de la perennidad de la Vida y caminan tumultuosamente por todo el cuerpo buscando la psique para que ella (la psique, el alma), que puede consolidar el impulso, lo haga sin ninguna traba y con todas las consecuencias. Cómo no evocar con ellos la «Canción de Aengus, el vagabundo» de Yeats «(Y besaré sus labios y tomaré sus manos; / Y caminaré por la larga hierba de colores, / Y aferraré hasta el fin de los tiempos / Las plateadas manzanas de la luna, / Las doradas manzanas del sol.» Cómo no ayudar a Robert a poner la mesa mientras ella termina la cena, ambos en la cocinaiCómo no participar de sus dudas y regates, de sus miedos… Cómo no bailar con ellos, cómo no abrazar ese abrazo maravilloso que se produce entre un hombre y una mujer con el mismo ardor que en el origen de la especie… Cómo no admirar el prodigio que realiza el amor cuando ambos son capaces de enlazar sus vivencias en Bari como si hubieran convivido allí… Cómo no enamorarse románticamente de la belleza (física y espiritual) madura, plena, de ella y de la hermosa virilidad de él (Jung, el ánima…). Y más cuando la narración fílmica (ya sabemos: imagen, sonido, texto, etc.) y la combinación de tiempos y voces narrativas son perfectos. Sabemos que se trata de una historia de amor artística… pero contada de tal forma que bien pudiera ser completamente real. Una historia de amor profunda pero vehemente de dos personas en la plenitud, la madurez, de la vidaii.

Por eso también empatizamos con Fracesca cuando se escucha su relato de cómo se ha ido encerrando en la casa y en su rol de madre y esposa resignada/frustrada. Y reivindicamos con Robert «Los viejos sueños eran buenos sueños; no se realizaron pero me alegro de haberlos tenido.»; o lo apoyamos cuando advierte (al darse cuenta de la turbación de ella): «Francesca, no estamos haciendo nada malo; nada que no pudiera contarle a sus hijos.» Y eso vale para «antes de» y para «después de», aunque la madre sólo se atreva a decírselo a sus hijos en forma de testamento. Por eso nos ponemos en el lugar de Robert cuando dice «No sé si voy a poder hacerlo, ¿sabes? […] intentar concentrar toda mi vida entre hoy y el viernes.» Por eso nos solidarizamos con él cuando confirma que sólo ella (a la que estuvo buscando en todos sus viajes) es todo su mundo («Esa clase de certeza sólo se presenta una vez en la vida.»); con su lucha contra su «destino»: «No quiero necesitarte […] porque no puedo tenerte.» para, a continuación, suplicar, desesperadamente, desesperanzadamente: «¡Ven conmigo!» cuando, al final, igual que ella tomó en el primer encuentro, la decisión de acogerlo, toma ahora la decisión de sacrificarse… y sacrificarlo a él, en favor de la vida mediocre de su familia. Por eso también lloramos con Francesca y Robert (con la gran Meryl Streep y el gran Clint Eastwood) en la impresionante escena de la despedida final. Por eso comprendemos por qué ella, cuando se queda sola, busca la amistad de la vecina adúltera que había sido marginada.
Cuando he comentado esta película con diversas personas, no son pocas las que se preguntan si la decisión de ella de permanecer en su familia y dejar que él se marche no sería equivalente a la renuncia de él a permanecer en el pueblo y seguir intentando convencerla a ella. Creo que no: la situación de cada uno, en ese terreno, es bien distinta y la única solución es la que él ha propuesto. Y él, ante la duda de ella, no puede hacer cosa que dejarla decidir y cuando la decisión es permanecer junto a su familia, no puede hacer otra cosa que, justamente por amor, renunciar a vivir con ella.
Por eso hay
mucho más que romanticismo en esta cinta. Hay una hermosa lección sobre la libertad y la belleza. Francesca ha descubierto que en su pequeño mundo hay una puerta que conduce al cosmos que podemos reproducir (mediante la libertad y la belleza) en nosotros mismos. Porque eso es el amor, eso es la fusión en uno solo de dos individuos que van errantes (sigamos con el romanticismo). Eso es el amor, tanto cuando se presenta como pasión que hay que encauzar como cuando se presenta en forma de fusión de la almas después de compartir la vida. Hay una puerta pero ella no se atreve a abrirla y se refugia en una situación de doble vida de ama de casa resignada y de recuerdo permanente y lacerante del amor perdido. No se atreve a abrirla… pero la dejará marcada para sus hijos. En efecto, él ha publicado, antes de morir, un libro sobre los cuatro días que estuvo con ella, con una dedicatoria impresa, «For F.», y con la reproducción de un poema de Byron: «Hay un placer en los bosques sin sendero… / Hay un éxtasis en la orilla solitaria…». Y la madre entrega ese libro y otros documentos, incluyendo un relato detallado de toda la historia desde el principio al final, a sus hijos. Ellos, que nunca entendieron a la madre, se escandalizan cuando conocen su «infidelidad» pero, al fin, comprenden y reciben con alegría el mensaje póstumo: «Haced lo que tengáis que hacer para ser felices en esta vida… ¡Hay tanta belleza!» Por fin han descubierto la «herencia oculta»iii que, Francesca les deja a sus hijos: un mapa espiritual donde está señalada la puerta que conduce a la libertad, a la belleza; una puerta que descargaella no se atrevió a traspasar pero que deja bien señalada para que sus hijos puedan hacerlo.

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i Los «12 poemas de enamorado» de Un hombre busca a una mujer comenzaron en una cocina de un chalet de un pueblo de la Moraña, cuando me puse a enharinar boquerones con mi anfitriona.
ii Aunque para que se vea que no todo es entusiasmo creo que los roles clásicos femenino y masculino se ponen aquí de manifiesto con cierta concesión a los estereotipos: ella se somete al impulso «femenino» del hogar seguro y  el sacrificio por la prole y él a la necesidad «masculina» de señorear el mundo, de buscar de algo que no sabe bien qué es.
iii Tengo pendiente desarrollar este tema sobre la herencia oculta que la mayoría de los hijos recibimos de nuestros padres y la que dejamos a nuestros hijos.
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9 respuestas a «Los puentes de Madison» – Una reflexión sobre la libertad y la belleza

  1. Ana Maria Rodriguez dijo:

    Fantástica, magistral descripción ! me has hecho vivirla. Su historia y la gran lección de vida que deja a sus hijos abriendo su alma, nos deja muy claro cual es el camino….

    Un abrazo

    • librosyabrazos dijo:

      Gracias, Ana. Me encanta saber que has disfrutado con mi comentario… Y lo de abrir el alma de nuestros hijos me parece una frase muy adecuada.

  2. Muy buena crítica; tocas todos los aspectos y desde la pasión. Yo comparto totalmente tu perspectiva: me uno a ese juego de tensiones hasta el éxtasis amoroso y a esa profunda frustración final. Creo que nadie debería renunciar a su Amor por los condicionamientos sociales. Conduce a vivir en una gran mentira. Y Clint Eastwood, magistral. Como siempre.

    • librosyabrazos dijo:

      Gracias, Marina. Me gusta compartir contigo la admiración por Clint Eastwood. Es uno de esos casos en los que el varón se va haciendo más viril (en el sentido más positivo de la palabra) según va cumpliendo años, hasta dejar tras de si una obra digna de incorporarse al acervo común.

  3. Elizabeth dijo:

    Tu comentario, querido amigo, sobre esta película que, también, es una de mis favoritas, es muy bello. Pero, desde mi humilde punto de vista, es una visión masculina porque, como mujer y como madre, lo veo distinto.
    Esta película la he visto, como vos, muchas veces y siempre la he desmenuzado hasta el más mínimo detalle. Me derrito de amor cuando Robert le dice “No te pediré disculpas por lo que te voy a hacer”, ay, caramba, eso es puro romanticismo y pasión. He desmenuzado esa película porque, sobre todo, yo la viví un poco.
    Esta es, repito, mi humilde opinión, basada en mis sencillos análisis personales desde el punto de vista emocional y psicológico:
    Cuando una mujer es madre, no es feliz en ninguna parte de la tierra ni el universo si abandona a sus hijos, no estamos hablando de adultos formados con sus vidas propias, sino de niños y adolescentes que aún necesitan a la madre y que quedarían muy marcados si ellas los dejara.
    Cuando una mujer es esposa de un hombre bueno, es difícil herirlo y sabemos que las mujeres fuimos hechas y criadas para no lastimar. El esposo de Francisca era medio torpe, campesino, no vibraba en la sintonía de ella, pero era bueno como hombre, la respetaba y la trataba muy bien. No es fácil herir a alguien así, aunque no es suficiente para no abandonarlo, desde luego, pero eso suma, haciendo una ecuación con lo anterior: los hijos.
    Como mujer, si la vida de Francesca era monótona, aburrida, sin brillo, la única persona culpable de eso era ella misma. No es correcto echarle la culpa al marido, a la familia, a la sociedad: cada ser humano tiene la capacidad más que de sobra de hallar pasiones que le den brillo a su vida y la voluntad de llevarlas a cabo.
    Por el otro lado, Robert tenía una vida incierta que le hacía feliz, y a la que tenía pleno derecho por elección y porque nada perdía con eso, pero no sabríamos si Francisca podría ser feliz con ello. El amor y la pasión que había vivido con él en su casa y en su pueblo podría no tener el mismo color, yendo por el mundo. Eso también suma a lo anterior, la pérdida era mayor que la ganancia.
    Lo plenamente acertado fue vivir ese amor entre los dos, disfrutarlo totalmente, a pleno, durante esos cuatro días, porque seguro que Francesca marcó un antes y después de su vida a partir de esa experiencia y es muy posible que su vida de después tenía otro color, con el recuerdo de lo vivido y de la felicidad que le dio.
    Eso, querido amigo, es lo que te quise decir en su momento y no tuvimos ocasión. Ese es mi humilde análisis y no hay culpas. Ni de la sociedad, ni de la familia, ni de los amantes. Asi se dio, y cada momento hay que vivirlo a pleno, lo que sea.
    La prueba de ello que es uno de sus hijos deshace su matrimonio y el otro lo afianza, porque comienzan a entender eso. Todo depende de cada individualidad y, repito, la culpa no es de nadie, porque al menos en ESTA película, cada uno es artífice de su destino y nadie más.
    Perdón por extenderme, era una conversación que te debía.
    Un abrazo grande, y mi cariño.

    • Elizabeth dijo:

      Por lo que veo, por tu segundo comentario en letra pequeña, no diferimos tanto 🙂 Pero, insisto, no se basa en la comodidad y la seguridad, sino en los sentimientos hacia los demás, y la responsabilidad por las consecuencias con las que no podríamos ser felices si cargamos con el daño hecho. La vida no siempre gira en torno de nosotros, la felicidad egoísta no es siempre verdadera felicidad.

  4. librosyabrazos dijo:

    Querida Elizabetth: ¡Muchas gracias por tu aportación, tan interesante! Es cierto que no diferimos tanto como podría parecer en una primera lectura… aunque yo sigo considerando que el mejor servicio que hace la madre a sus hijos es hacerles pensar sobre la abnegación, el sacrificio, los valores de la familia (la que disfrutamos con nuestros padres y la que construimos para nuestros hijos) y los valores de la individualidad. A sus hijos y a cada uno de nosotros. Por eso es una obra maestra, abierta a diferentes teorías y controversias.
    Pero lo más interesante es lo dices de nuestras conversaciones pendientes… A ver si aprovechamos las ocasiones.
    Besos.

  5. M. Cristina Monje Fuentes dijo:

    Es una película que, como tú, he visto ya varias veces. Supongo que quiero disfrutar no sólo de los paisajes, la música, sino también del romance, del encanto del cortejo, de la alegría del descubrimiento del amor, de la audacia de vivir plenamente aunque sepas que tendrá un final. Porque para mí, el final es el esperado y durante la película se nos van dando las claves que nos llevan a él, aunque nosotros rendidos a la magia de los momentos, nos neguemos a aceptarlo. Quizás más de una persona habrá vivido algo parecido, aunque quizás no haya tenido, ni vaya a tener, el valor de compartirlo con nadie y menos con sus hijos. Amar es siempre vivir. Gracias por plasmar en letras parte de lo que yo he sentido cada vez que la veo.

    • librosyabrazos dijo:

      Gracias a ti, querida Cristina, por aportar tu testimonio. Y me gusta tu afirmación: amar es siempre vivir (aunque pienso que también se podría expresar a la viceversa). En cuanto a que el final esté prefigurado… la historia está contada de tal forma que siempre mantiene el terrible dilema que vive ella: por eso, en la despedida final, cuando ella siente el impulso de abrir el coche y correr hacia él tiene que mentirse a sí para mantener el sacrificio que ha decidido hacer por su familia… La verdad es que es una película maravillosa y cuanto más la veo más admiro a Eastwood.

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