De revoluciones y otros problemas (II)

(Para JPM y otros compañeros honrados de las prisiones de
Carabanchel, Soria y Segovia)

23-05-2010-acto-antigua-carcel-de-carabanchel-foto-la-memoria-viva-fuen13«No, Sire, es una revolución.» No sé si la famosa frase de La Rochefoucauld en respuesta a la exclamación de Luis XVI ante la toma de la Bastilla (detonante de la Revolución francesa) tiene hoy la popularidad que tenía cuando yo estudiaba y enseñaba Historia pero creo que sigue siendo muy útil plantearnos la diferencia entre un motin o rebelión y una revolución. Claro que las revoluciones de nuestro tiempo no tienen la virulencia de la francesa, ni siquiera cuando se dan en las plazas de Tahrir, en El Cairo, o de la Independencia, en Kiev, pero sigue siendo verdad que una revolución no es una bronca o un litigio que pueden resolverse con «diálogo», conversaciónes o mediante los tribunales ordinarios de Justicia; una revolución es algo mucho más profundo y aunque comience siendo una cuestión de legitimidad o legalidad jurídica o de orden público, pronto se convierte en un movimiento de masas que rebasa cualquier marco jurídico para situarse en el ámbito, mucho más complejo, de la política: de la política no cómo la entienden la mayoría de nuestros profesionales de la res publica (que transforman esa noble actividad en uso y abuso del Poder… y del erario público) sino de la política en su sentido más genuino, como forma que tiene toda sociedad de organizarse, de manera tranquila y ordenada o, en tantas ocasiones, en medio de turbulencias y convulsiones de todo tipo; de la política con sus múltiples y complejos elementos y cuestiones entre los que sería inútil ignorar la muy importante cuestión de la fuerza; la fuerza que es al final la que puede mantener o generar legitimidades, reales o espurias, sobre las que se establecerán después las legalidades consecuentes… o viceversa, en un proceso nunca perfecto y nunca definitivo; de la política, en suma, que nos afecta a todos, que nos involucra a todos y que nos exige a todos y cada uno un claro compromiso.
Sería suicida participar en una revolución u oponerse a ella sin tener en cuenta la fuerza que tenemos y la que tiene el adversario. Por supuesto, no estoy limitando la cuestión a efectivos militares y cañones… pero tampoco ignoro que estos pueden intervenir en última instancia lo mismo que tiene que intervenir la fuerza de las normas, de las ideas, de la propaganda, de los sentimientos, de  etc., etc. Por muy políticamente incorrecto que parezca, no se puede plantear ninguna acción política seria sin tener en cuenta todos estos factores. Incluso, aunque la revolución se presente como «resistencia pacífica» en cualquiera de sus variantes o como festivos «procesos participativos», si el objetivo final es dar una vuelta completa a la situación existente nos encontramos ante una revolución, la denominemos «blanca», «de terciopelo», o con cualquier otro nombre atractivo, incluyendo el que, con extraordinario cinismo, emplean el de «derecho a decidir». Naturalmente que, independientemente de la legitimidad que se invoque, la revolución sólo es viable, según todos los tratadistas de prestigio sobre esta cuestión (y según nos enseña la historia), cuando mucha gente no acepta el orden establecido y el Poder no puede mantener la Autoridad; y, desde luego, en el proceso revolucionario se dan todo tipo de vaivenes y desórdenes, todo tipo de simulacros, todo tipo de oportunidades no solo para las personas honradas que se entregan a esa causa (equivocada o acertada) con abnegación sino también para  todo tipo de caudillos, de logreros, de aventureros.
Por eso, hay que calificar la situación que se vive en Cataluña de revolucionaria o, si se quiere ser extremadamente prudente, de pre-revolucionaria. La mayoría de la gente de «arriba», y hay que incluir aquí tanto a los de Cataluña como a los del resto de España1, no sabe bien cómo controlar la situación y una gran parte de la gente de «abajo» tiene sentimientos confusos e imprecisos, cuando no miedo o impulsos extremistas y, en general, una gran desafección a nuestro régimen político y un deseo confuso de cambio, una propensión a la quimera que les hace vulnerables a todas las demagogias. Ciertamente, cuando nos encontramos con cientos de miles de personas en la calle dispuestas a negar el orden establecido y a seguir a unos líderes decididos a imponer otro orden nuevo, unas autoridades que han traicionado su juramento de lealtad a la Constitución y que plantean acciones claramente de golpe de Estado, y, frente a eso, un Gobierno central que se limita a decir que esa situación no es legal y que la va a prohibir el Tribunal Constituional; cuando todo esto se da no como un accidente o anécdota sino como un proceso, creo que se puede afirmar que nos enfrentamos a una revolución, por muy camuflada que se presente, por mucho que se invoquen las urnas (mientras se incumplen todas las leyes que fueron establecidas, precisamente, de acuerdo con las urnas); una revolución enmascarada, disfrazada de «movimiento o proceso soberanista», con muchos simulacros ridículos… pero una revolución; una revolución zigzagueante y con descalabros… pero una revolución. Una revolución que crece y se fortalece día a día combinando los movimientos de masas con actos de golpe de Estado.
Tampoco es totalmente nueva esta situación. España es país de revoluciones, de pronunciamientos y asonadas, de grandes movimientos de masas, de guerras civiles, de golpes de Estado, de muchas quimeras… Pero no por eso debemos acomplejarnos y pensar que somos especiales: ninguna de las naciones con las que podemos parangonarnos consiguió su orden actual sin terribles batallas internas y externas, sin grandes movimientos de masas, sin guerras civiles; lo que sí nos diferencia de muchas de esas naciones es que nuestro Estado actual es grande, complejo y costoso… pero débil, muy poco eficiente a la hora de evitar el ataque de los truhanes y logreros y pusilánime a la hora de garantizar la libertad e igualdad de todos los españoles.  Pero así es la vida: mientras no aprendamos del todo a organizar las cosas mediante la razón; mientras haya tantos intereses contrarios a la libertad y tantos ideales confusos, avanzaremos en medio de turbulencias y convulsiones… e, incluso, podemos retroceder si nos comportamos de forma estúpida. Por eso debemos esforzarnos en comprender las causas reales de lo que está pasando y en buscar las soluciones adecuadas, sin utopías ni maniqueísmos, pero sin falsas equidistancias, relativismos engañosos o, lo que sería mucho más grave, indolencia. Por supuesto, hay que tener en cuenta la tipología de las revoluciones y, fijándose bien y analizando con la mayor inteligencia posible la revolución que se está dando, desde hace decenas de años, en Cataluña, de manera larvada o manifiesta, acertar en la calificación, en el diagnóstico, para acertar también en su tratamiento.
Veamos algunos rasgos peculiares: desde hace décadas, la mayoría de las instituciones autonómicas y municipales de Cataluña, muchos empresarios y organizaciones, la mayoría de los medios de comunicación, una creciente nómina de «intelectuales» (muy especialmente, la mayoría de los docentes), se dedican sistemáticamente a desarrollar victimismos, falsear gravemente la historia, adoctrinar a los niños y jóvenes en el odio a lo español, a inventar agravios («Espanya ens roba»), a despreciar la bandera y los demás símbolos nacionales, a destruir el bilingüismo natural y enriquecedor, menospreciando el idioma común de todos los españoles… y, consecuentemente con todo ello, mantener un desacato permanente a las leyes y las sentencias de los tribunales, legítima y legalmente establecidos, un desafío permanente al Estado, una chulería insultante, disfrazada de «derechos democráticos» y «clamores populares»2. Con ello todo lo que se consigue, mientras se mantiene el pulso a la Autoridad legítima, es derrochar recursos, fracturar y enfrentar a la población (ya es vox populi que numerosas familias y grupos de amigos no pueden conversar pacíficamente de este asunto); y, por supuesto, si se llegara a esa quimérica independencia, el perjuicio para el conjunto de la nación española sería inmenso pero mucho mayor aún para la creada, ex novo, nación catalana, que podría verse fuera de instituciones y mercados fundamentales y necesitada de la protección de la «odiada España» para volver a ellos.  Pero quizá el rasgo más peculiar, más excepcional, de todos es el hecho de que toda esta batalla se está promoviendo desde la cómoda posicición de los despachos y coches oficiales, utilizando todos los recursos del Estado y, consecuentemente, gastando en ella ingentes cantidades del erario español, es decir de los impuestos que pagamos todos. El corolario de todo esto es que el Estado, los sucesivos gobiernos nacionales y hasta la más alta institución de la Nación, han venido aplicando unos discursos y unas políticas erráticos, que han permitido, y hasta estimulado, el envalentonamiento, las bravatas de los promotores de esta revolución. Cuando se dieron las primeras manifestaciones de evidente desacato y deslealtad (desprecio de la bandera nacional, persecución del idioma castellano, mofa de las sentencia de los tribunales y profusión de actos de abierta rebelión frente al Estado) los respectivos gobiernos, tanto de «centro-izquierda» como de «centro-derecha» evitaron afrontar el problema o se limitaron a decir «Hablando se entiende la gente» y chalanearon con los separatistas buscando acuerdos a corto plazo (y siempre en beneficio de  su bando y en perjuicio de una auténtica política nacional).
A mí me parece claro que esta revolución, planteada a partir de premisas gravemente falsas y cada día menos camuflada, es solo beneficiosa para la minoría corrupta o ignorante que la ha promovido, mientras que es gravemente perjudicial para la inmensa mayoría de los ciudadanos de Cataluña. Como, además, está tolerada y costeada por el Estado y, desgraciadamente, se apoya, en gran medida, en la indolencia cómplice de gran parte parte de la sociedad española (que, con la falsa idea de que hay que evitar cualquier conflicto, ha permitido que éste creciera de forma descomunal), como las fuerzas que deberían haberla abortado han dejado que creciera hasta límites intolerables, y muy peligrosos, creo que también podríamos calificarla de revolución estúpida. Pero, ¡cuidado!, la revolución es estúpida pero algunos de sus promotores son muy listos y se han beneficiado y se beneficiarán enormemente de ella… pase lo que pase. La familia que es símbolo de la «patria catalana moderna» se ha enriquecido hasta límites escandalosos, de forma legal pero (todo parece indicar) también de forma ilegal, mafiosa; los polítiquillos que en un régimen normal no hubieran pasado de desempeñar puestos secundarios, se ven encumbrados y con emolumentos y privilegios elevados, desarrollando relaciones nacionales e internacionales que les serán muy útiles si todo esto, como es posible, acaba en un gran fiasco; muchos empresarios y mucha gente que ha puesto su profesión de docente o periodista al servicio de la secesión (de la «revolución») no han dejado de percibir subvenciones, premios y privilegios.
Por supuesto, nada más lejos de mi intención que negar que hay un problema de identidad en Cataluña, muchos sentimientos que vienen de siglos, aunque hayan sido avivados artificialmente ahora, cuestiones graves de convivencia que hay que abordar (como lo hay en otras partes de España y en muchos países de nuestro entorno). No se trata de negar la historia o la realidad presente, como hacen los secesionistas; pero lo que sostengo es que mientras esos sentimientos los manipulen oportunistas y corruptos, mientras cientos de miles de personas se sientan acosados por los separatistas y abandonados por el Gobierno central y, por ello, impelidos a cubrirse con la señera estelada y perder su propia identidad, sus lazos familiares, su cultura; mientras haya miles y miles de niños educados en la mentira histórica y el odio a la Nación española… mientras ocurra todo esto, los sentimientos e intereses de una parte respetable, pero minoritaria al fin, de catalanes son menos importantes que la libertad, la convivencia, los derechos de todos los españoles que hoy están en serio peligro e imperiosamente necesitados de ser resueltos mediante una política nacional firme que haga frente sin más rodeos al separatismo, al golpismo, que haga inviable la secesión. Y firme significa principios sólidos, lenguaje claro y autoridad fuerte, con todas las consecuencias. En suma, limitarse a decir que los secesionistas no tienen razón, que están equivocados y esperar que el tiempo y los errores de los rebeldes solucionen el problema es la peor política que se puede seguir y, afirmo, la más dañina y peligrosa para propios y extraños; y si lo que se pretende es descargar en el Poder judicial la tarea de impedir la revolución, el golpe de Estado, hay que tener en cuenta la verdad de Perogrullo de que la ejecución de las sentencias tienen que estar garantizadas por el Poder ejecutivo: si obtenemos de un tribunal una sentencia que el inculpado se niega a acatar y no hacemos otra cosa que parlotear el inculpado, el rebelde, se envalentona y consigue nuevos adeptos. Ciertamente, una política de principios exigirá grandes esfuerzos pero la deserción, tanto si se hace de golpe como si se hace poco a poco, sería mucho más peligrosa. Y, por otra parte, no quiero olvidar que, al lado de políticas de oposición a los atropellos separatistas, de aplicación de la Ley con todas sus consecuencias, también hay que desarrollar políticas de reafirmación de todo cuanto hemos hecho juntos, de regeneración de la vida pública, de valorar las grandes ventajas que se han obtenido de permanecer unidos respetando la diversidad, de nuestra cultura de siglos… como he intentado explicar en otras ocasiones en este blog o en otras publicaciones, de lo que me permito dar dos referencias: http://librosyabrazos.es/2012/03/19/viva-la-pepa/ y http://edicionesdelatorre.com/boletines/ET-BI35.pdf
En conclusión, no hay que ser pesimistas: estamos a tiempo, como ya tuve ocasión de escribir en septiembre de 2013 (Somos más, tenemos más fuerza y mejores razones) y antes y después de esa fecha. Pero, eso sí, este asunto exige que le prestemos toda nuestra atención, que sepamos distinguir lo fundamental de lo accesorio, identificar la contradicción principal y las secundarias, conocer bien las fuerzas de todo tipo de que disponemos y buscar las alianzas necesarias. Que nos afiancemos en la Verdad, en la Libertad, que comprendamos que no salimos de un régimen autoritario, hace un par de generaciones, para retroceder a la edad media, donde banderías de todo tipo, envueltas en símbolos arcaicos o inventados, ocultan en la mayoría de los casos objetivos de mero expolio y ambición personal; que si fuimos capaces de acabar con la Dictadura, con grandes sacrificios, no fue para llegar a esta debacle sino para hacer un país y un «Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político» y cuya «soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».

Y unas nota finales. Para los temerosos y asustados: En esta revolución no hay revolucionarios como los que, equivocados o no, acabaron con su gesta con tiranías terribles porque estaban dispuestos a morir o a triunfar, no hay patriotas dispuestos a sacrificar todo para liberar a su país de la «opresión extranjera»: nuestros «revolucionarios» catalanes, salvo alguna excepción honrosa, tienen demasiado apego a su beneficio personal, a su cómodo puesto de funcionarios y si se encuentran con una acción decidida del Gobierno español, armarán mucho ruido e inventarán todo tipo de nuevos victimismos… pero no presentarán una resistencia sólida. Para los equidistantes: La posición neutral entre verdugos y víctimas, entre delincuentes y honrados, entre golpistas y constitucionalistas… es, objetivamente, apoyar a los primeros y traicionar a los segundos (recuérdese la famosa frase «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor»). Para los periodistas: Vuestra importantísima profesión os exige, hoy más que nunca, eludir los eufemismos y las vaguedades y aplicar la frase española «Al pan, pan y al vino, vino.» Para cuantos (desde la Corona al ciudadano más modesto) nos opusimos al golpe de Estado del 23-F: Esto es más grave: un despedazamiento de la Nación (que comenzaría en Cataluña pero no pararía, ni mucho menos, ahí) tendría consecuencias trágicas para la mayoría de la ciudadanía y para varias generaciones. Para utópicos y enfurecidos: Recuérdese que los mejor puede resultar enemigo de lo bueno; tenemos lo que tenemos: se trata no de alimentar la quimera de que se puede resolver todo y pronto sino de prepararse para una batalla larga y compleja, donde habrá que asumir responsabilidades… y riesgos. Para funcionarios de cualquier rango y condición: Como ha señalado muy inteligentemente Antonio Muñoz Molina, una de las grandes fuentes de la corrupción imperante en España ha sido «el descrédito y el deterioro de la función pública»; en esta grave cuestión tienen, todos los funcionarios, la oportunidad de dignificar su trabajo, cumpliendo cabalmente su cometido. Para los que quieren «hacer algo» (Dubsek dixit): Cuando se produce una revolución, tanto los que ganan como los que pierden, tantos los que han aplaudido como los que han reprobado, si no sacan consecuencias del resultado y de los costes económicos y, sobre todo humanos, que ha conllevado, su participación habrá sido inútil. Así, por ejemplo, la «Revolución del 68», la «Primavera de Praga» y, más cercanas, la «Revolución naranja» de Ukrania en 2004-2005 o la «Primavera árabe» de 2010. Así que ante una situación compleja, un problemacárcel antigua de fernando gonzalez 1.jpg tan serio, a los que nos enfrentamos, es obligado preguntar/se ¿Qué hacer? La pregunta (que tuvo gran resonancia a partir del libro de Lenin en 1902) es breve pero exige de cada uno una respuesta amplia y meditada. Invito a leer la mía en el apartado III de este artículo.

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1 El Gobierno español, con mayoría absoluta y todos los medios legales a su alcance, no se atreve a restaurar la autoridad del Estado y a proteger, con todas las consecuencias, a todos los ciudadanos de esa comunidad y el principal partido de la oposición presenta constantes vaivenes, equidistancias ridículas y una tendencia enfermiza a menospreciar la actual Constitución… y ambos flanqueados por una «progresía boba» que no distingue entre democracia y demagogia y un no pequeño grupo de empresarios que saben pescar en ríos revueltos.
2 Algunos ejemplos: «derecho democrático» a que una minoría, una parte, decida en contra de la mayoría, del todo; «clamor popular» reclamando un nuevo estatuto que es aprobado en referéndum por menos de la cuarta parte de la población y con un absentismo de la mitad; «Proceso participativo» como sucedáneo de un referéndum, sin ninguna garantía legal y en el que participa solo un tercio de la población.

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