Somos más, tenemos más fuerza y mejores razones

Sí, somos más. Podemos oponer a los centenares, miles; a los miles, decenas de miles; a los centenares de miles, millones. En silencio o vitoreando, podemos llenar más calles y más plazas y, además, hacerlo mejor. Ya lo hicimos en otras ocasiones: llenamos las plazas y calles contra el golpismo, contra la guerra, contra el terror… No tengamos la menor duda: si se trata de salir a la calle para defender un régimen democrático que nos hemos dado entre todos y para todos, somos más, muchísimos más .
Sí, tenemos más fuerza. Tenemos la fuerza de la historia, la fuerza de contar con un Estado que se ha mantenido en pie durante siglos. Tenemos la fuerza de haber abierto, en lucha contra diversas tiranías, vías a la libertad en la época medieval y en la moderna y, más recientemente, la fuerza de haber conseguido, en una Transición que ha admirado al mundo entero, unas leyes democráticamente aprobadas que sostienen la legitimidad de la Nación, la garantía de la unidad del territorio y la seguridad de poder hacer cumplir todas las leyes que se derivan de la Constitución democráticamente aprobada en 1978. Una constitución que, por oportunismo o torpeza, dejó abiertas algunas vías para que algunos aventureros o iluminados pudieran debilitarla, pero que, por encima de eso, da suficientes fuerzas a quienes deciden vivir en una democracia pacífica y avanzada. Una constitución que puede defenderse con toda la fuerza frente a quienes la niegan y quieren destruirla sin atenerse a más leyes que la demagogia y la chulería.
Sí, tenemos mejores razones. No necesitamos inventarnos estados ni dirigentes falsos. No necesitamos jugar al victimismo demagógico. Tenemos una historia, naturalmente con luces y sombras, como todos los países del mundo, que sostiene muy honrosamente la situación actual a la que llegamos a la salida del régimen anterior, pero que arranca con toda legitimidad de la constitución del primer Estado central por la unión de las coronas de Aragón y Castilla, hace más de cinco siglos (uno de los primeros de Europa), que se reafirma en los siglos posteriores y que consigue una adaptación a la Modernidad, a través de las Cortes de Cádiz, hace ahora más de dos siglos. Tenemos razones muy poderosas, argumentos muy sólidos para defender, en un mundo globalizado y con grandes bloques que se mueven en torno a intereses muy fuertes, la necesidad de agruparse y no dividirse, la licitud y conveniencia de la unidad nacional, la integridad territorial, la soberanía inalienable de todo el pueblo español. Tenemos sólidos argumentos para explicar por qué una secesión de una parte de España tendría consecuencias dramáticas para la mayoría de la población de la parte en secesión (problemas económicos y sociales, familiares, enfrentamientos y divisiones…) y para todo el país en su conjunto. Podemos respetar y propiciar todas las diversidades pero todas, no sólo las que convengan a los que han hecho un negocio de reclamarse diversos, diferentes. España es una país con hermosas diversidades (como todos los países avanzados del mundo, sean grandes o pequeños), pero unido, económica, social y culturalmente, desde hace siglos, sin segregación ni guetos, sin colonias que puedan reclamar el «derecho de autodeterminación».
Sí, somos más, tenemos más fuerza y mejores razones. Sí, somos más, muchísimos más los que tenemos la legitimidad, el derecho y la fuerza para decidir. Naturalmente tenemos debilidades y amenazas: estamos gobernados por una clase política numerosa pero débil, lenguaraz y despilfarradora, con dos partidos nacionales enredados en una urdimbre de corrupciones, corruptelas y torpezas e incapaces de ponerse de acuerdo en temas tan fundamentales como la defensa de la Constitución o la formación de un frente común frente a las grandes amenazas exteriores o interiores. Amenazas reales: alguna gente en Europa y alguna gente en España saben que harían un gran negocio con la fragmentación y la debilitación de nuestro país. Pero no nos engañemos: aquellos que dirigen el ataque miserable al conjunto de la nación española tienen tanta o más corrupción como puede haber en nuestros dos grandes partidos españoles, son tanto o más torpes y, desde luego, mienten y manipulan a la gente mucho más que ellos. Y tenemos muchas fortalezas y oportunidades. Tenemos leyes e instituciones suficientes, tanto en nuestro entorno (Unión Europea, «mundo occidental») como en nuestro país. Tenemos el control de la hacienda, del ejército, de las fuerzas de seguridad, de las relaciones exteriores, etc. Se trata pues de, sin desmesura pero sin miedo, ejercer la autoridad que la ciudadanía ha otorgado y aplicar el poder ahí dónde haga falta porque hasta ahora son muchos más, muchos más millones los ciudadanos que necesitan y pueden defender la nación española, la patria española, las leyes españolas, el poder español frente a cualquier desafío de cualquier aventurero que intente amedrentarnos. Y, por supuesto, escuchando «a la calle», a todas las personas que, llevados por la emoción o por el interés, con acierto o sin acierto, se manifiestan reclamando cualquier cosa. Incluido el derecho a la «desafección» de lo español, el derecho a sentir o buscar una entidad diferente… Claro que el ciudadano tiene todo el derecho a salir a la calle a reclamar cualquier cosa y las fuerzas de orden público el deber de proteger ese derecho inalienable de expresión. Pero, los poderes públicos, nacionales, autonómicos o locales, no tienen ningún derecho a, saltándose las leyes democráticamente establecidas, instigar a esos ciudadanos a realizar movimientos ilegales, a embarcarlos en proyectos ilícitos, a promover odios tribales; no tienen derecho a, utilizando de forma artera los recursos que son de todos y empleando todo tipo de mentiras y artimañas, impedir el ejercicio de todos los derechos a todos los ciudadanos o negar las leyes y su aplicación en su ámbito respectivo.
Permítaseme, para concluir, una referencia personal. Llevo años reflexionando sobre el asunto que trato hoy y manifestando mi posición de la forma más clara que puedo. Por referirme a los últimos años:
En abril de 2010 escribí un poema sobre España como patria inclusiva y amable para todos:
http://www.edicionesdelatorre.com/boletines/ET-BI35.pdf,
en septiembre de 2011 publiqué una carta a un «hermano separatista», con el mayor respeto posible a sus pretensiones: http://librosyabrazos.wordpress.com/2011/10/16/juguemos-limpio-hermano/,
en septiembre de 2012 me manifesté claramente a favor de ejercer la autoridad con un poder tan legítimo como fuerte:
http://librosyabrazos.wordpress.com/2012/09/17/carta-abierta-a-pedro-crespo/ y a la necesidad de relacionar Ciudadanía y Patriotismo en la Educación:

http://librosyabrazos.wordpress.com/2012/09/25/educacion-y-patriotismo/ .

Al mes siguiente defendí la conveniencia de reivindicar una relación de fechas nacionales tan dignas de ser conmemoradas como otras fechas regionales:

http://librosyabrazos.wordpress.com/2012/10/11/12-o/,
y unos días después expresé mi posición sobre el tan traído y llevado «necesario diálogo»:
http://librosyabrazos.wordpress.com/2012/10/31/dialogo/
Es posible que, tras estas posiciones y pronunciamientos, algunos no vean sino un «nacionalismo español» grosero, una nostalgia de «pensamiento único». ¡Discutamos sobre esto! Enfrentemos los argumentos con datos ciertos y actitudes sinceras. Ya anticipo que el tema es complejo y que el nacionalismo encierra no pocos peligros… Pero, por supuesto, si alguien me obliga a elegir entre un nacionalismo que, apoyándose en un artificial «derecho a decidir», quiere dividir el país y llevar a las gentes al enfrentamiento y la aventura y otro que organiza la convivencia mediante una «Constitución [que] se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas», no tendré la menor duda y elegiré esta opción.
Por supuesto, ya sé que mi posición no tiene más importancia que la de cualquiera de los millones de ciudadanos que luchamos por conseguir y mantener una sociedad democrática, donde las leyes generales son más importantes que los intereses particulares, el todo más que las partes… No tiene más importancia pero tampoco menos.

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11 respuestas a Somos más, tenemos más fuerza y mejores razones

  1. Fernando Carratalá dijo:

    Querido José María: No me he olvidado de ti y de tu dolorido grito “orteguiano” ante quienes anhelan una España invertebrada. Al contrario: me siento tan español -y tan indignado- como tú. Y aplaudo tu recto proceder al denunciar públicamente la huida hacia ninguna parte de unos orates -esos que se llaman independentistas catalanes, que se han inventado una Historia que solo existe en su mente perturbada- que anteponen su negocio personal al bien común de los ciudadanos a los que arrastran al desastre con inútiles cantos de sirenas. Y es curioso -por no decir manifiestamente ilegal- que sea el representante del Estado -que tiene el deber de cumplir y hacer cumplir la Constitución- quien, con dañina vacuidad retórica, pretenda convencer a los catalanes de la existencia de una idílica “Arcadia catalana” desgajada de España. Va siendo hora ya de que el gobierno de España termine con esta escalada de despropósitos, y se diferencie del gobierno de la “Generalidad” haciendo cumplir las leyes a las que está obligado. Empezando por las sentencias del Tribunal Supremo. Porque el diálogo contra los intereses de la mayoría solo muestra la debilidad de quien convierte la acción de gobierno en irresponsabilidad.

    Un abrazo cordial en momentos difíciles para la paz social en algunos lugares de España.

    Fernando Carratalá

    • Gracias, Fernando. Es muy oportuna tu referencia a Ortega. Si nuestros políticos hubieran leído con atención y sin prejuicios a los intelectuales que lucharon el siglo pasado por racionalizar la vida española, seguramente no habríamos llegado a la terrible situación en la que nos encontramos.
      Un abrazo,
      José María

  2. Muy estimado José María:

    España siempre ha sido provinciana e invertebrada, sin sentido de Estado. Somos un caso raro en Europa, pero aunque sea triste reconocerlo, ésa es la realidad. La Constitución ha refrendado el provincianismo con su distinción entre “nacionalidades” y “regiones”. Invocar la actual Constitución para defender una unidad que ella misma ha dinamitado, es algo así como querer aparar el fuego con gasolina. Las bases de lo que está pasando están en la C.E. de 1978 y no se me ocurre ninguna salida a este problema absurdo que estamos padeciendo.

    Desde Galicia (España), recibe un fuerte abrazo.

    Juan Julio Alfaya
    JUANJULIOALFAYA@GMAIL.COM

    • Gracias por tu comentario, Julio. Estoy de acuerdo en algunas de tus apreciaciones… sólo hasta cierto punto porque es cierto que la Constitución tiene debilidades pero es lo mejor que tenemos para gobernar este país. Si la menospreciamos o incumplimos, será entonces cuando no tengamos «ninguna salida a este problema absurdo que estamos padeciendo». Por supuesto, no estoy diciendo que nuestra Constitución, cualquier constitución no pueda ser modificada: lo que sostengo y trato de transmitir a las personas razonables a las que me dirijo es que no se puede cambiar una constitución imponiendo el criterio de una minoría sobre la mayoría.
      Un abrazo,
      José María

  3. Enrique Pérez Mengual dijo:

    De acuerdo con lo que dices, amigo mío. Pero la Constitución del 78 contiene algunos errores; el mayor de todos la introducción del término nacionalidades. Todo por no haber leído a Azaña. Es evidente que ninguno de los padres de esa Constitución se había tomado la molestia de leer las memorias de nuestro más ilustre republicano. Ni siquiera Fraga. Ahí va un botón de muestra: CUADERNO DE LA POBLETA (1937) “Es asombroso que Barcelona se despierte cada mañana para ir cada cual a sus ocupaciones. La inercia. Nadie está obligado a nada, nadie quiere ni puede exigirle a otro su obligación. Histeria revolucionaria, que pasa de las palabras a los hechos para asesinar y robar; ineptitud de los gobernantes, inmoralidad, cobardía, ladridos y pistoletazos de una sindical contra otra, engreimiento de advenedizos, insolencia de separatistas, deslealtad, disimulo, palabrería de fracasados, explotación de la guerra para enriquecerse, negativa a la organización de un ejército, parálisis de las operaciones, gobiernitos de cabecillas independientes en Puigcerdá, La Seo, Fraga, Hospitalet, Port de la Selva, etcétera. Y, ¡ojo! Ahora viene lo más gordo: “Debajo de todo eso, la gente común, el vecindario pacífico, suspirando por un general que mande, y se lleve la autonomía, el orden público, la FAI, en el mismo escobazo”.
    Más adelante, en el mes de septiembre, escribe, como acusación a la Generalidad, lo siguiente: “Desde usurparme (y alGobierno de la República con quien lo comparto) el derecho de indulto., para abajo, no se ha privado de ninguna transgresión, de ninguna invasión de funciones. Asaltaron las fronteras, las aduanas, el Banco de España, Monjuich, los cuarteles, el parque, la Telefónica, la Campsa, el puerto, las minas de potasa… ¡Para qué enumerar! Crearon la Consejería de Defensa, se pusieron a dirigir su guerra, que fue un modo de impedirla, quisieron conquistar Aragón, decretaron la insensata expedición a Baleares, para construir la Gran Cataluña, de Prat de la Riva”. ¿No es mutatis mutandis lo que nos toca vivir ahora?
    No menos ilustrativo es lo que me dijo, recientemente, un veterano periodista de probada solvencia, refiriéndose al Tarradellas de la última época: “la impresión que me dio fue la de un viejo escarmentado”.
    Querido José María, o escarmientan, o nos comen por los pies.
    Un abrazo. Enrique

    • Tienes razón, Enrique. Leemos poco y mal… pero nunca es tarde para corregir este defecto nacional… Y en cuanto a la Constitución, por supuesto que ofrece posibilidades a los que quieren despreciarla o anularla… pero, en mi modesta opinión, si el Estado quiere aplicarla de forma coherente puede acabar con cualquier «desafío soberanista».
      Un abrazo,
      José María

  4. Una buena reflexión de Luis del Pino

    ¿Por qué ha naufragado el estado autonómico? Y la respuesta es que lo ha hecho por dos motivos:

    1) Por la existencia de partidos nacionalistas, que someten el estado a una permanente tensión centrífuga y buscan todos los recovecos legales para pervertir el modelo territorial.

    2) Por la complacencia de los dos grandes partidos nacionales, PP y PSOE, que no solo no han plantado cara a los nacionalistas, sino que han optado sistemáticamente por aprovechar esas tensiones nacionalistas para levantar sus propios chiringuitos territoriales.

    Por tanto, no es el modelo autonómico lo que ha fallado, sino que quien ha fallado son los actores encargados de aplicarlo. De hecho, la Constitución tiene suficientes mecanismos para corregir la deriva actual, pero no se quieren utilizar.

    Luis del Pino
    http://blogs.libertaddigital.com/enigmas-del-11-m/upyd-y-la-trampa-de-elefantes-de-la-reforma-constitucional-12508/

  5. Fany dijo:

    Hola, José María,aunque ya conozco tu vehemente forma de hablar y su poder de seducción, esta vez me has sorprendido porque noto un tono ácido y algo arrogante que no invita al diálogo sino a la confrontación. Porque ¿qué argumento es “somos más,tenemos más fuerza”…?Ni lo uno ni lo otro estuvieron siempre del lado de la razón.
    Creo que la independencia de Cataluña es una utopía que los políticos enarbolan, en situaciones oportunistas, para cohesionar y atrae a los pueblos hacia sus intereses de Poder.
    Es innegable que esta utopía ha calado en gran parte de la sociedad catalana, por la coyuntura de crisis económica que vive todo el país. Ante la desesperada situación sin salida, es fácil echar la culpa a los otros y poner la esperanza de salvación en un Estado propio que devolverá el bienestar social.Eso es lo que está pasando aquí, en Cataluña. Pero a pesar de eso,estoy convencida de que una consulta sobre este punto, no obtendría una mayoría; a lo sumo mostraría lo dividida que está la sociedad catalana; dato que haría que la razón se impusiera para evitar la fractura social, pues creo que los catalanes no son belicosos y resuelven los conflictos por medios pacíficos y la negociación.

    Sobre la Constitución, estoy de acuerdo con lo que se ha dicho en algunos comentarios: es ambigua en la terminología “nacionalidades” y “regiones” , como dejando una puerta trasera abierta a las emociones nacionalistas.

    Reformar la Constitución, supongo que se haría un proyecto y sería sometido a referendum y es ahí donde todos los españoles debemos hablar con nuestro voto. La Constitución es garantía para la estabilidad del país, pero si se someten a referendum las enmiendas, creo que sería legítimo.
    No obstante, creo que ,en la situación de crisis generalizada que vive el país, no es buen momento; la falta de serenidad impediría un debate objetivo y desapasionado.

    Un abrazo desde Barcelona

    • Muchas gracias por tu comentario, Fany. El tema es importante y todas las aportaciones son pocas. Lamentaría mucho que mi vehemencia hubiera podido derivar en arrogancia. Cataluña y los catalanes se merecen todos los respetos y ninguna «altanería, soberbia o sentimiento de superioridad» (primera definición del DRAE) hacia ellos. Pero creo que es innegable que una situación en la que, como tú misma señalas, «la independencia de Cataluña es una utopía que los políticos enarbolan, en situaciones oportunistas, para cohesionar y atraer a los pueblos hacia sus intereses de Poder», nos exige «valentía, decisión» (segunda definición del DRAE). Y en esa idea, mi afirmación de que «somos más, tenemos más fuerza y mejores razones» no pretende sostener que la minoría no pueda tener razón sino algo tan sencillo como que la minoría debe respetar las leyes que han sido establecidas por la mayoría, y sobre todo cuando participa de las estructuras e instituciones que esas leyes democráticas han establecido. Por eso me parecería un grave error histórico que cualquier institución catalana, reclamando un derecho inexistente, convocara una consulta ilegal y que el Estado y la ciudadanía lo permitieran, incluso aunque hubiera la absoluta seguridad de que el resultado de esa consulta fuera positivo para la unidad nacional. Por supuesto, hay que recordar una y otra vez que la Constitución no es perfecta ni intocable y, consecuentemente, puede ser reformada pero jamás por la vía de los hechos consumados: por ello y porque, como tú señalas, «los catalanes no son belicosos y resuelven los conflictos por medios pacíficos y la negociación» [y yo añadiría «como el resto de los españoles»], debemos esperar, y exigir, sin altanería pero sin miedo, que el Estado cumpla con su deber de respetar y hacer respetar la Constitución y todas las leyes que dimanan de ella, porque, estoy convencido, es sólo con estas premisas como se puede producir una diálogo democrático y evitar la confrontación.
      Con cariño,
      José María

  6. ana dijo:

    Querido José María: Me ha gustado mucho el texto que has escrito y pienso como tú. Un abrazo, Ana

    • ¡Gracias, Ana! Como decía en el Twitter, me he adherido al Manifiesto de los Libres e Iguales porque llevo mucho tiempo intentando hacer algo (desde la independencia de no pertenecer a ningún partido ni hacer seguidismo de ningún líder) y por eso he escrito sobre el secesionismo catalán (y otros ataques al país, al Estado y, en definitiva, a la convivencia en paz y libertad) varias veces, intentando razonar lo mejor posible. Espero que mis argumentos (aunque llegan a muy poca gente) puedan servir para algo.
      Abrazos,
      JM

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