25. Juguemos limpio, hermano

¡Juguemos la partida (o el combate, si te empeñas) noblemente, hermano! Mirémonos a los ojos mientras discutimos y mantengamos las manos a la vista. ¡No mintamos! Te reconozco el derecho a no querer mantener nuestra fraternidad a partir de ahora pero no admito que niegues a nuestros padres comunes, por muy discutible que fuera su personalidad ni más compleja que fuera su historia. Por supuesto, no se nos ocurra esconder un puñal en la manga. ¡Juguemos limpio, hermano, aunque sólo sea porque si uno juega sucio manchará indefectiblemente al otro y perjudicará a toda la familia! Acepto que puedas considerarte legítimo dueño de una parte de la hacienda y que desees separarte con tu parte pero no puedo admitir que establezcas tú, con el apoyo de cualquier notario desaprensivo, las nuevas escrituras de propiedad. Hemos compartido tormentas y cosechas con los demás hermanos, con toda la familia, durante tanto tiempo que, para dejar de hacerlo, tendremos que ver fanega a fanega, árbol a árbol, quién puede disponer de ellos… porque en cada una de esas fanegas hay sangre de nuestros antepasados comunes (¿podrás negarme que la historia nos enseña que fueron juntos a conquistar mundos, que pelearon codo a codo cuando sintieron amenazada la hacienda y hasta su propia diginidad y su vida?). Pero, sobre todo, en todas esas tierras cultivadas con tremendo esfuerzo por miembros de toda la familia, en todos esos edificios levantados ladrillo a ladrillo, hay sudor de otros hermanos, de tus hijos pero también de los míos. Te aseguro que no pretendo imponerte por la fuerza lo que tienes que hacer, pensar o decir pero no puedo admitir que tú me lo impongas a mí. Acepto que, en lo que nos afecta a cada uno, tengamos autonomía para decidir nuestros proyectos y nuestros comportamientos, pero no puedo tolerar que en lo que afecta al conjunto tú decidas por tu cuenta; por muchos problemas y desavenencias que hayamos tenido (sobre cuya importancia será difícil que nos pongamos de acuerdo) lo cierto es que llevamos mucho tiempo juntos, con mucha más unidad que diversidad, como para que alguien pretenda deslindar espacios e intereses abruptamente y de forma unilateral. Por otra parte es evidente que tú no puedes decidir qué otros hermanos y en qué condiciones se quedan contigo o a cuáles apartas de tu lado o los sometes a tu dominio… Estamos unidos, hermano, por el tiempo y el espacio, por la hacienda compartida y aunque te reconozco que no siempre hemos actuado con justicia, ni los unos ni los otros, estoy convencido de que es mucho más lo que nos empuja a la fraternidad, al trabajo en común, que lo que nos separa. A pesar de ello, si tú quieres separarte no te pondré un muro de fuerza y rencor para retenerte… pero habrás de hacerlo respetando escrupulosamente todas las reglas que nos han traído hasta aquí y no podrás decidir tú por tu cuenta qué parte de la hacienda o qué miembros de la familia te corresponden. Juguemos limpio, hermano, y eso hará que, pase lo pase, el peor odio de cuantos destruyen al hombre, el odio entre hermanos, no nos manche.

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24. Fascinación

Muchos se preguntan el porqué de esa fascinación que una parte significativa de la izquierda (empleo aquí el término en su sentido más lato) ha sentido siempre por los terroristas etarras; por qué en la etapa de la Dictadura eran admirados y ensalzados y por qué en la etapa de la Transición, y ahora, cualquier paso que éstos dan alejándose tácticamente de la violencia terrorista, aunque sea un paso corto, no irreversible y con condiciones, les parece a aquéllos un paso muy valioso. Hasta donde yo sé, hay tres cosas, tres señuelos, que siempre nos han fascinado a esa izquierda boba (debo llamarla así e incluirme, puesto que en algún momento y frente a alguna situación extrema yo milité en esa izquierda, por mucho que me fueran expulsando de todos los sitios por inseguro, disidente, etc.):

La primera es el aire primigenio, ancestral, bucólico, que siempre ha intentado dar el movimiento etarra: ¡la vuelta a las raíces sagradas, el comunismo primitivo, todos iguales y felices, etc.! Pero nos olvidábamos de que, en nuestra sociedad, ya no quedan buenos salvajes, ya no hay razas puras ni paisajes vírgenes, todo ha sido mezclado y, para bien y para mal, vivimos en una civilización totalmente diferente a la tribu.

La segunda era la capacidad de matar (la violencia es la partera de la historia, Marx dixit; es preciso romper huevos para hacer una tortilla, Mao dixit, y todo eso); admirábamos en ellos, en los violentos, lo que en nuestros sueños de izquierdismo infantil querríamos haber hecho nosotros y no nos habíamos atrevido: y así, imaginariamente, hemos acompañado a los «revolucionarios» para expropiar al expropiador y ejecutar al dictador, para arrebatar la calle a las fuerzas de orden público (y a cualquier ciudadano que no se sumara a la causa), para establecer un «orden revolucionario» que amedrentaba a los acomodados y convertía en verbena la vida de los humildes…

Y, por último, la tercera fascinación era la de pensar que la gente que reclama toda la libertad, que está dispuesta a imponer por unos u otros medios el derecho a decidir, etc. son avanzados, progresistas, etc. Queríamos «avanzar» con ellos, queríamos decidir con ellos; aunque, ¡oh, paradoja!, lo que estábamos decidiendo fuera lo más contrario a nuestros intereses legítimos: una nación diversa pero unida por la historia y por el bienestar general, un Estado fuerte capaz de garantizar la libertad y los derechos de sus ciudadanos…

Desgraciadamente, en mi modesta opinión, queda todavía en nuestro país bastante izquierda boba y algunos que la utilizan para sus miserables intereses. Y, al final, unos y otros se hacen cómplices de esa política siniestra de querer imponer a los demas ―fuera de las reglas del juego que nos hemos dado, fuera de la historia y de la democracia y recurriendo a prácticas fascistas o nazis o mafiosas― una ideología totalitaria y dogmática y, con ello, aunque digan todo lo contrario, regresan a periodos oscuros y reaccionarios, caminan en el sentido contrario al que los idealistas de la izquierda nos señalaron: la libertad, la igualdad, la fraternidad…

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23. NO a la guerra

Asturias («Paraíso Natural»). Los Valles del Oso, paso entre las grandes montañas y la meseta castellana: el árbol domina prodigiosamente a la piedra y al asfalto; el hombre se adapta al entorno sin intentar destruirlo; en cualquier dirección que se mire, el paisaje sobrecoge y estimula; inteligentes empresarios de tipo medio o pequeño desarrollan un turismo (hasta ahora) humano y ecológico; la gente, afectuosa, ayuda a hacer cada lugar visitado más amable; el Desfiladero de las Xanas («Es más pequeño que el Cares pero mucho más bello», tienen razón), con excelente y baratísima comida casera en Pedroveya… ¡El oso pardo protegido, como símbolo del derecho de la Naturaleza! Arriba, rapaces; en los bosques, los jabalíes; en los ríos, truchas y salmones. Castaños centenarios con bellísimas obras de arte talladas, por el tiempo, en sus troncos. La música sublime del viento entre las ramas o del agua entre las piedras. Uno se siente vegetal, sin pasiones, y hasta mineral, con ciclos milenarios… Pero, de pronto, la realidad humana: en el borde de un pequeño túnel la pintada reclama «NO a la guerra»… De acuerdo: No a la guerra; ¿qué guerra, la primera de Iraq, la segunda, la de Afganistán, las decenas de guerras que asolan el Tercer Mundo con millones de víctimas (¡esos centenares de miles de niños asesinados que componen la alfombra que pisan los opulentos en su siniestro camino hacia el derroche!)? Gritemos con todas nuestras fuerzas: ¡NO A LA GUERRA, A CUALQUIER GUERRA, A TODAS LAS GUERRAS!… Sin embargo, hay que reflexionar: la guerra acompaña al hombre desde las sociedades más primitivas y tenemos que comprender por qué… ¡El reparto! El reparto justo y necesario o el reparto criminal que produce la codicia. Hay que completar la consigna: «NO a la guerra, SÍ a compartir.» ¡Tenemos que aprender a compartir! Tenemos que aprender a compartir el espacio y el tiempo, el trabajo y los frutos del trabajo, los abrazos y los sueños… Tenemos que aprender a hacer un nuevo reparto que supere al de los animales salvajes (quizá el animal más salvaje, hasta hoy, ha sido el hombre); no podemos aceptar que el más fuerte se reserve «la parte del león», pero tampoco podemos formar colmenas u hormigueros (nazismo, estalinismo)… Asturias va quedando atrás, hay que volver a Madrid: en el puerto de Pajares, la bruma dificulta el camino y produce un poco de inquietud; pero enseguida se abre la gran meseta: León nos recuerda que aquí se intentaron las primeras Cortes democráticas (en una u otra medida) de Europa y el famoso dicho castellano se hace presente: «Nadie es más que nadie».

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22. Sincronicidad

Mucho antes de que Carl Gustav Jung lo definiera como el fenómeno de la sincronicidad (la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero sin ninguna causa común), realmente desde los inicios del pensamiento complejo, de la civilización, el hombre se ha planteado la cuestión de la casualidad, de la causalidad, del milagro… Además del famoso escarabajo del psiquiatra suizo hay miles de «sincronicidades» registradas. Realmente, sea necesidad o azar, causa o casualidad, sea un fenómero indefinible, es especialmente estimulante que, cuando las brumas parecen vencer al sol y los duros grises imperar sobre los brillantes verdes, tu faz aparezca de pronto frente a mí, reflejada desde algún lejano punto de la Red, y sea tan bella como aquella primera ocasión en que al elevar la mirada desde el suelo al cielo vi tu cara iluminada y tu sonrisa acogedora invitándome a caminar, a grandes zancadas, hacia nuevos horizontes.

 

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21. Rebeca

No es bueno celebrar el cumpleaños deambulando por las calles de una ciudad que te tiene que resultar extaña y ajena, acompañando a tu madre en la triste profesión de la mendicidad. Tus 8 años deberían ser una fiesta colorida y ruidosa, en un ambiente modesto pero limpio y con tu fresca mirada abierta al futuro… A pesar de todo, ¡Felicidades, Rebeca! Que cumplas muchos años y cada vez en mejores circunstancias. Aquí tienes mi pequeño regalo de cumple. Y te deseo de todo corazón que seas capaz de esforzarte por superar esta situación miserable en la que la vida, tus padres, te han situado; que comprendas que tendrás que trabajar duro para formarte y crecer con perspectivas, para trazar tu propio itinerario, para no seguir los pasos que te van indicando tus progenitores. Sin perder, por supuesto, tu cariño y tu respeto por ellos (quizá no pudieron hacer otra cosa desde que decidieron abandonar su natal Rumanía y venir al mundo acomodado) pero decidida a salir del terrible círculo vicioso de la miseria… 

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20. Doctora

El paciente se pone en manos de la doctora. Pasó el tiempo en que la mujer sólo tenía el cuerpo del varón a su disposición cuando nacía y se ocupaba de su crianza o cuando moría y se ocupaba de la mortaja. Entre esos dos extremos la mujer sólo podía tener el cuerpo varonil como poseedor, sobre todo en la alcoba. Pero ahora la mujer se ha ganado, con gran esfuerzo, el derecho a entrar en el laboratorio, en el quirófano, en la cátedra, en la tribuna… y, por ello, también se ha ganado el derecho a entrar en el cuerpo del hombre: todas las especialidades de la medicina, incluida la urología, están al alcance de la fémina. Y la mujer puede auscultar, explorar, hurgar, penetrar ese cuerpo que antes le estaba vedado. El hombre, que antes hubiera rechazado esa situación o aprovechado para gallear, se encuentra ahora a merced de la mujer… Pero no siente miedo (como, a la inversa, tantas mujeres han sentido en manos de los ginecólogos) porque comprende que la mujer (rehaciendo, corrigiendo, la obra del dios bíblico) al auscultarlo, al penetrarlo, lo acaricia y al hacerlo lo moldea: lejos de destruir su virilidad la potencia al transmitirle la ternura.

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19. Jugar con fuego

Quizá sea el fuego, la capacidad de dominarlo, lo que más nos diferencie de los otros animales. Hemos hecho hogueras para mejorar los alimentos y el bienestar de los hogares, para alejar a los depredadores, para eliminar los trastos viejos, para unir en la fiesta la tierra y el cielo… aunque también, ¡ay!, para quemar bosques y poblados, libros ¡y hasta personas! El fuego es el motor de nuestro devenir. Pero no lo dominamos del todo: desde los tiempos mitológicos hasta hoy el fuego nos acompaña pero en no pocas ocasiones no como el esclavo obediente sino como el rebelde que en cualquier momento puede volverse peligroso, letal. De ahí la expresión «jugar con fuego», la advertencia de que si jugamos con el fuego podemos abrasarnos. Y sin embargo, el hombre, siempre intrépido, no ha dejado de jugar con ese elemento fundamental de la naturaleza desde que se atrevió a mirar a las estrellas y quiso incorporar a su vida aquellas hogueras maravillosas… Y jugó, juega, con fuego en la guerra y en la paz, en la industria y en el arte, en el trabajo y en la fiesta, en los sueños y en las pasiones. Y se abrasa, nos abrasarmos, en no pocas ocasiones. Prevenimos a nuestros niños de que no pueden «jugar con fuego» pero los hacemos participar en una sociedad llena de hogueras, físicas y espirituales. Y esas hogueras en muchas ocasiones nos alumbran y nos iluminan, nos transportan a los cielos pero en otras nos hunden en los infiernos.

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18. Sara

Cruzaste el mar y cambiaste de continente. Te alejabas de la pobreza y estabas decidida a trabajar duramente para que tus hijos pudieran estudiar e integrarse en la sociedad de las libertades y la prosperidad posibles. Tus bellos ojos negros buscaban horizontes y tu honesta boca se abría a la sonrisa porque sabías que el futuro sería mejor que el pasado… Todavía no te atreves a enfrentarte a la tiranía del varón, al dominio de todos los varones de tu sociedad; mantienes el  hiyab y todas las sumisiones que puede conllevar pero en lo más profundo de tu ser sabes que la sociedad evoluciona y que los siglos oscuros están periclitando, que tu hija avanzará mucho más deprisa que tú, y que también tú, aun dentro de tu hábito, sentirás cada día tu cuerpo menos prisionero y tu mente más capaz de abrirse a todos los vientos.

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17. La segunda oportunidad

En alguna medida la vejez es una maravillosa segunda oportunidad. Parecería como si, al llegar a las últimas curvas del camino, uno pudiera ver de nuevo muchas de las cosas que enfrentó en la juventud y, en esta ocasión, corregir o modificar el comportamiento y alcanzar nuevas cotas de humanismo, nuevos valores. Cuando uno afronta, en la vejez, cuestiones profesionales, familiares, ideológicas, políticas… habiendo tenido ocasión de superar las torpezas que conlleva el ímpetu juvenil y habiendo alcanzado la calma necesaria para sentir y pensar profundamente, parece que todo se hace más claro: en el ámbito familiar, aprendemos a amar más y mejor, apreciamos la belleza y vitalidad de los jóvenes que se incorporaron a nuestra familia, percibimos intensamente la vida que irradia de los niños que nacieron, nos sentimos más cerca de todos los familiares, incluso los lejanos; en el ámbito ideológico y político, si actuamos inteligentemente, captamos mejor la relatividad de todos los ideales y todos los intereres, rechazamos más las mezquindades de los profesionales de la manipulación humana y, al tiempo, evitamos las miserias de la ambición, la ira y el rencor… En esta etapa de la vida, si sabemos aprovecharla, podemos disfrutar de la belleza que la luz tamizada del ocaso proyecta sobre todas las cosas y podemos abordar con alegría el hecho ineludible de que se acaba la jornada pero, al tiempo, la certidumbre de que  la noche dará paso a un nuevo día lleno de luz y calor.

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16. Interrogantes

¿Por qué no me estremezco? ¿Por qué ante tu presencia no se enciende todo mi cuerpo como antaño?… ¿Por qué al rozar tus senos, en el abrazo amigo, no vuelo al infinito? ¿Por qué no te suplico, como en tantas ocasiones, que me permitas la caricia rendida para sentirme un dios con todo el universos entre sus manos?… ¿Por qué tu beso fresco, buscando ávidamente mi tímida comisura, no activa los volcanes? ¿Por qué el cielo no cambia, no multiplica sus formas, sus colores?… ¿Por qué por vez primera no sufro intensamente por haber perdido tus juegos, tus caricias? ¿Por qué no anhelo ya tus galopadas de medianoche, tus risas matutinas, tu abrazo de hasta luego vida mía?… ¿Por qué al verte radiante en brazos de otro hombre no mato o muero como animal salvaje herido y, en cambio, sonrío dulcemente como cuando un buen padre comprueba que su hija ya es toda una mujer?… ¿Por qué tan graves cambios y preguntas?… Porque, a pesar de todo, me invade la ternura al contemplarte, escruto tu mirada, tus andares, me lleno de alegría al constatar que permanece tu belleza, quizá más grande y poderosa que hace años… ¿Será que el amor, cuando es profundo, domina y atempera las pasiones?… O, quizá, ¿será la senectud que llega sonriente a hacerme comprender que el tiempo y el espacio son siempre relativos, tanto como las emociones, a confirmar que Vida y Muerte no pueden disociarse, van unidas, que no son antagónicas sino complementarias?

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