La segunda oportunidad

En alguna medida la vejez es una maravillosa segunda oportunidad. Parecería como si, al llegar a las últimas curvas del camino, uno pudiera ver de nuevo muchas de las cosas que enfrentó en la juventud y, en esta ocasión, corregir o modificar el comportamiento y alcanzar nuevas cotas de humanismo, nuevos valores. Cuando uno afronta, en la vejez, cuestiones profesionales, familiares, ideológicas, políticas… habiendo tenido ocasión de superar las torpezas que conlleva el ímpetu juvenil y habiendo alcanzado la calma necesaria para sentir y pensar profundamente, parece que todo se hace más claro: en el ámbito familiar, aprendemos a amar más y mejor, apreciamos la belleza y vitalidad de los jóvenes que se incorporaron a nuestra familia, percibimos intensamente la vida que irradia de los niños que nacieron, nos sentimos más cerca de todos los familiares, incluso los lejanos; en el ámbito ideológico y político, si actuamos inteligentemente, captamos mejor la relatividad de todos los ideales y todos los intereres, rechazamos más las mezquindades de los profesionales de la manipulación humana y, al tiempo, evitamos las miserias de la ambición, la ira y el rencor… En esta etapa de la vida, si sabemos aprovecharla, podemos disfrutar de la belleza que la luz tamizada del ocaso proyecta sobre todas las cosas y podemos abordar con alegría el hecho ineludible de que se acaba la jornada pero, al tiempo, la certidumbre de que  la noche dará paso a un nuevo día lleno de luz y calor.

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