Fascinación

Muchos se preguntan el porqué de esa fascinación que una parte significativa de la izquierda (empleo aquí el término en su sentido más lato) ha sentido siempre por los terroristas etarras; por qué en la etapa de la Dictadura eran admirados y ensalzados y por qué en la etapa de la Transición, y ahora, cualquier paso que éstos dan alejándose tácticamente de la violencia terrorista, aunque sea un paso corto, no irreversible y con condiciones, les parece a aquéllos un paso muy valioso. Hasta donde yo sé, hay tres cosas, tres señuelos, que siempre nos han fascinado a esa izquierda boba (debo llamarla así e incluirme, puesto que en algún momento y frente a alguna situación extrema yo milité en esa izquierda, por mucho que me fueran expulsando de todos los sitios por inseguro, disidente, etc.):

La primera es el aire primigenio, ancestral, bucólico, que siempre ha intentado dar el movimiento etarra: ¡la vuelta a las raíces sagradas, el comunismo primitivo, todos iguales y felices, etc.! Pero nos olvidábamos de que, en nuestra sociedad, ya no quedan buenos salvajes, ya no hay razas puras ni paisajes vírgenes, todo ha sido mezclado y, para bien y para mal, vivimos en una civilización totalmente diferente a la tribu.

La segunda era la capacidad de matar (la violencia es la partera de la historia, Marx dixit; es preciso romper huevos para hacer una tortilla, Mao dixit, y todo eso); admirábamos en ellos, en los violentos, lo que en nuestros sueños de izquierdismo infantil querríamos haber hecho nosotros y no nos habíamos atrevido: y así, imaginariamente, hemos acompañado a los «revolucionarios» para expropiar al expropiador y ejecutar al dictador, para arrebatar la calle a las fuerzas de orden público (y a cualquier ciudadano que no se sumara a la causa), para establecer un «orden revolucionario» que amedrentaba a los acomodados y convertía en verbena la vida de los humildes…

Y, por último, la tercera fascinación era la de pensar que la gente que reclama toda la libertad, que está dispuesta a imponer por unos u otros medios el derecho a decidir, etc. son avanzados, progresistas, etc. Queríamos «avanzar» con ellos, queríamos decidir con ellos; aunque, ¡oh, paradoja!, lo que estábamos decidiendo fuera lo más contrario a nuestros intereses legítimos: una nación diversa pero unida por la historia y por el bienestar general, un Estado fuerte capaz de garantizar la libertad y los derechos de sus ciudadanos…

Desgraciadamente, en mi modesta opinión, queda todavía en nuestro país bastante izquierda boba y algunos que la utilizan para sus miserables intereses. Y, al final, unos y otros se hacen cómplices de esa política siniestra de querer imponer a los demas ―fuera de las reglas del juego que nos hemos dado, fuera de la historia y de la democracia y recurriendo a prácticas fascistas o nazis o mafiosas― una ideología totalitaria y dogmática y, con ello, aunque digan todo lo contrario, regresan a periodos oscuros y reaccionarios, caminan en el sentido contrario al que los idealistas de la izquierda nos señalaron: la libertad, la igualdad, la fraternidad…

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