Juguemos limpio, hermano

¡Juguemos la partida (o el combate, si te empeñas) noblemente, hermano! Mirémonos a los ojos mientras discutimos y mantengamos las manos a la vista. ¡No mintamos! Te reconozco el derecho a no querer mantener nuestra fraternidad a partir de ahora pero no admito que niegues a nuestros padres comunes, por muy discutible que fuera su personalidad ni más compleja que fuera su historia. Por supuesto, no se nos ocurra esconder un puñal en la manga. ¡Juguemos limpio, hermano, aunque sólo sea porque si uno juega sucio manchará indefectiblemente al otro y perjudicará a toda la familia! Acepto que puedas considerarte legítimo dueño de una parte de la hacienda y que desees separarte con tu parte pero no puedo admitir que establezcas tú, con el apoyo de cualquier notario desaprensivo, las nuevas escrituras de propiedad. Hemos compartido tormentas y cosechas con los demás hermanos, con toda la familia, durante tanto tiempo que, para dejar de hacerlo, tendremos que ver fanega a fanega, árbol a árbol, quién puede disponer de ellos… porque en cada una de esas fanegas hay sangre de nuestros antepasados comunes (¿podrás negarme que la historia nos enseña que fueron juntos a conquistar mundos, que pelearon codo a codo cuando sintieron amenazada la hacienda y hasta su propia diginidad y su vida?). Pero, sobre todo, en todas esas tierras cultivadas con tremendo esfuerzo por miembros de toda la familia, en todos esos edificios levantados ladrillo a ladrillo, hay sudor de otros hermanos, de tus hijos pero también de los míos. Te aseguro que no pretendo imponerte por la fuerza lo que tienes que hacer, pensar o decir pero no puedo admitir que tú me lo impongas a mí. Acepto que, en lo que nos afecta a cada uno, tengamos autonomía para decidir nuestros proyectos y nuestros comportamientos, pero no puedo tolerar que en lo que afecta al conjunto tú decidas por tu cuenta; por muchos problemas y desavenencias que hayamos tenido (sobre cuya importancia será difícil que nos pongamos de acuerdo) lo cierto es que llevamos mucho tiempo juntos, con mucha más unidad que diversidad, como para que alguien pretenda deslindar espacios e intereses abruptamente y de forma unilateral. Por otra parte es evidente que tú no puedes decidir qué otros hermanos y en qué condiciones se quedan contigo o a cuáles apartas de tu lado o los sometes a tu dominio… Estamos unidos, hermano, por el tiempo y el espacio, por la hacienda compartida y aunque te reconozco que no siempre hemos actuado con justicia, ni los unos ni los otros, estoy convencido de que es mucho más lo que nos empuja a la fraternidad, al trabajo en común, que lo que nos separa. A pesar de ello, si tú quieres separarte no te pondré un muro de fuerza y rencor para retenerte… pero habrás de hacerlo respetando escrupulosamente todas las reglas que nos han traído hasta aquí y no podrás decidir tú por tu cuenta qué parte de la hacienda o qué miembros de la familia te corresponden. Juguemos limpio, hermano, y eso hará que, pase lo pase, el peor odio de cuantos destruyen al hombre, el odio entre hermanos, no nos manche.

Esta entrada fue publicada en Reflexiones y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Juguemos limpio, hermano

  1. Pingback: Somos más, tenemos más fuerza y mejores razones | Libros, abrazos y otros asuntos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.