Carta a María

Anunciación¡Ave, María! Te saludo con respeto y afecto. Y con toda la solidaridad de la que soy capaz. Sé que te ha correspondido, en esta ruleta caprichosa que es la vida humana, un rol bien complicado, doloroso, y no quisiera añadir a ello con mis palabras más zozobra…
Mas debo ser sincero, María, hablarte con palabras serenas y afectuosas… pero no alejadas de la verdad. Creo que no debiste someterte a los designios de un ser superior por muy dios que lo consideraras: jamás deberías haber pronunciado las terribles palabras que te convertían en esclava, jamás debiste tolerar que tu cuerpo, tu vida fueran destinados a una misión que no era la tuya, la que tú habías pensado para ti; debiste decirle a Gabriel, con respeto pero con toda determinación, que no podías aceptar ser destinada, apenas adolescente, a ser la madre de Dios en la Tierra, a pasar mil penalidades para traer un hijo al mundo destinado a ser inmolado para resolver los problemas de otros, a sacrificar a tu esposo, a renunciar a tu cuerpo y a tu propio proyecto de persona…
Sé que es muy difícil para una joven de tu tiempo y de tu entorno familiar y social resistirse a los dictados de los poderosos. Hubiera sido un cuasimilagro que te hubieras enfrentado a toda tu familia, a toda tu gente, a tu cultura, a tu religión… ¿Lo intentaste? Quizá, sí; quizá, en un momento de rebeldía, de lucha por la libertad y, sobre todo, por la dignidad de la mujer, pensaste en negarte a ser un mero instrumento de los planes de un Dios-hombre o de un Hombre-dios, quizá te propusiste gritar tu rebeldía a los cuatro vientos y enfrentarte a todas las represalias, quizá te juraste a ti misma perder la vida antes que entregar tu cuerpo para que un ser exterior a ti decidiera lo que debería hacer ese cuerpo y lo que tendría prohibido hacer; es posible que, un instante antes de someterte, de entregarte en cuerpo y alma, te atrevieras a pensar que debías rebelarte y caer en la lucha antes de parir un hijo destinado a enfrentarse a una tarea imposible, a morir en plena juventud, víctima de las batallas de otros, de las seculares guerras de poder, de las redes de las ambiciones de los hombres…
Pero no lo hiciste, María, y, a partir de tu renuncia a cambiar el curso de la historia que te habían impuesto, tu vida fue un cúmulo de entregas, de abnegaciones, de sacrificios. Los demás, los que trafican con el miedo, los que montan estructuras a partir de los mártires, vieron cumplidas sus expectativas y pudieron realizar sus proyectos a partir de la muerte de tu hijo… pero tú, sin duda, sólo podías llorar, desgarrarte de dolor, morirte por dentro al tiempo que moría el fruto de vientre… Y así año tras año; un ciclo solar tras otro se repite la historia: el Ángel del Señor te anuncia, tu repites las palabras «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra…» Y, un año tras otro, te sometes a un destino que, sin duda, no puedes entender del todo, que te obliga a un matrimonio absurdo, una gestación arriesgada, un parto peligroso en un mísero pesebre, con la zozobra de no saber si tu hijo será víctima del infanticidio de Herodes… Y luego, año tras año asistirás a su pasión y muerte, al juicio cruel de los poderosos, al escarnio que las turbas harán con tu hijo, a una crucifixión atroz. Lo llevarás al sepulcro y sentirás el dolor más profundo que puede sentir una madre: sentirás que tu hijo, el ser que gestaste durante nueve meses, que pariste y amamantaste con dolor, que criaste y educaste con tanto esfuerzo, se muere en ti, dentro de ti, y con él se muere la Vida y te deja una oquedad, un vacío que ya nada en el mundo puede llenar… Y luego te dirán que tu hijo ha resucitado y que su muerte ha salvado a la Humanidad entera del pecado, del error, de la miseria, y que comienza una nueva era donde el hombre será hermano del hombre, donde las madres parirán hijos para la paz y no para la guerra, para la vida y no para la muerte… Pero tú verás que año tras año, ciclo tras ciclo, todos los males que combatió tu hijo y que creyó erradicar para siempre entregando su vida permanecen e incluso (en algunas circunstancias) se incrementan y verás que la Humanidad es así y que ningún dios ni ningún mesías puede salvarla desde fuera, para todos y para siempre, porque los verdaderos cambios sólo pueden producirse desde dentro y no para todos y no para siempre…
Pero los poderosos que establecieron el itinerario vital de tu hijo y el tuyo siguen instrumentalizándoos, encargándoos la tarea de seguir propagando la «buena nueva», de anunciar una y otra vez la salvación de los hombres… Y así te han enviado a Zaragoza, a Tepeyac, a Lourdes, a Knock, a Fátima, a Beauraing, a Siracusa, a Kibeho y a otros muchos lugares como, recientemente, a Medjugorje, siempre con mensajes simplistas o incomprensibles, pero siempre sin abordar los verdaderos problemas, siempre buscando la sumisión de las personas a poderes superiores al Hombre, su integración en y tributo a las estructuras religiosas…
Y tú sigues obedeciendo, María; bajas del altar una y otra vez a repetir tu mensaje, a defender los mismos valores, a glorificar un cielo y una tierra masculinos, donde la mujer es cantada con palabras lisonjeras pero apartada sistemáticamente del Poder y de la Hacienda, reservados al varón, a ese ser que se dice creado a imagen y semejanza de Dios. Y vuelves al altar sin aprovechar la ocasión de tu aparición para denunciar de una vez la injusticia que se cometió contigo en tu lugar y en tu tiempo y la que se comete cada día y en todos los lugares con todas las mujeres…
Y las mujeres que, en el mejor de los casos, ven en ti un modelo a seguir y se entregan a la crueldad de los hombres malvados o a la estulticia de los estúpidos o, en el peor, se resignan pensando que el sacrificio en este «valle de lágrimas» es el precio a pagar para alcanzar el Paraíso prometido (aunque nunca visto) siguen minusvaloradas, despreciadas, maltratadas. Millones y millones de mujeres siguen sufriendo vejaciones y malos tratos, terribles códigos o cánones religiosos donde se las declara inferiores, costumbres bárbaras como la ablación genital o la entrega de las niñas a maridos-traficante, a la prostitución, a las mil y una formas de esclavismo. Incluso en las sociedades que se jactan de haber superado esta terrible lacra, sigue habiendo discriminación implícita y generalizada y demasiados casos de violación y otros tipos de violencia hasta el asesinato machista y cobarde.
Por eso deberías rebelarte, María, deberías enfrentarte al fin al Poder patriarcal y violento. Deberías proclamar que ninguna mujer puede ser obligada a someterse a los designios del hombre, a parir hijos para la guerra y el sufrimiento; que la mujer debe participar en igualdad de derechos y condiciones en el Trabajo y en sus frutos, en su organización. Y, sobre todo, que nadie debe inmolarse al servicio de las ambiciones de los que, so pretexto de salvar a las gentes, aspiran, en el fondo, a someterlas. Sí, María, deberías rebelarte y negarte rotundamente a entregarte y, sobre todo, a entregar a tu hijo…
Sé que tú sola no puedes llevar a cabo esta titánica batalla, María. Si lo intentaras sola es seguro que serías aniquilada. Pero tú puedes ver que, después de veinte siglos, millones de mujeres y de hombres, con mayor o menor acierto pero con la determinación de defender la dignidad y la libertad, se enfrentan a la tiranía, se entregan a la hermosa tarea de acabar con el esclavismo en cualquiera de sus formas… No estás sola, María, no dependes sólo de un todopoderoso varón y las estructuras que se forman a partir de él. Hay toda una humanidad de mujeres y hombres entre los que puedes sentir, por fin, la sensación de ser mujer con todas las consecuencias, de ser persona con todos los derechos y oportunidades…
Es el momento, María. ¡Rebélate, desobedece! Por favor, baja del altar de una vez para siempre y renuncia a propagar el mensaje patriarcal y tiránico. Deja de ser la virgen sumisa para poder ser la mujer digna. No te aparezcas a seres pueriles y manipulables: mézclate con esa multitud creciente, lucha entre esos individuos, mujeres y hombres, que no quieren celebrar sacrificios humanos, que no quieren vírgenes ni mesías sino personas. Porque si no lo haces así, María, esas gentes que luchan por cerrar el periodo masculino, unilateral y grosero, brutal de la Humanidad para dar paso al tiempo humano, al tiempo de lo femenino y lo masculino complementándose y armonizándose, esas gentes, María, acabarán apartándote de la Historia y te enviarán definitivamente al mundo de la ficción y tu hijo y tú pasaréis a ser meros protagonistas de los relatos fantásticos que se cuentan a los niños o mero objeto de estudio de los especialistas que buscan cuánto hay de verdad y cuánto de mentira en la Leyenda.
Con respeto y afecto.

Michelangelo's_Pieta_5450_cut_out_black

Esta entrada fue publicada en Cartas, Reflexiones. Guarda el enlace permanente.

10 respuestas a Carta a María

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.