Jugar con fuego

Quizá sea el fuego, la capacidad de dominarlo, lo que más nos diferencie de los otros animales. Hemos hecho hogueras para mejorar los alimentos y el bienestar de los hogares, para alejar a los depredadores, para eliminar los trastos viejos, para unir en la fiesta la tierra y el cielo… aunque también, ¡ay!, para quemar bosques y poblados, libros ¡y hasta personas! El fuego es el motor de nuestro devenir. Pero no lo dominamos del todo: desde los tiempos mitológicos hasta hoy el fuego nos acompaña pero en no pocas ocasiones no como el esclavo obediente sino como el rebelde que en cualquier momento puede volverse peligroso, letal. De ahí la expresión «jugar con fuego», la advertencia de que si jugamos con el fuego podemos abrasarnos. Y sin embargo, el hombre, siempre intrépido, no ha dejado de jugar con ese elemento fundamental de la naturaleza desde que se atrevió a mirar a las estrellas y quiso incorporar a su vida aquellas hogueras maravillosas… Y jugó, juega, con fuego en la guerra y en la paz, en la industria y en el arte, en el trabajo y en la fiesta, en los sueños y en las pasiones. Y se abrasa, nos abrasarmos, en no pocas ocasiones. Prevenimos a nuestros niños de que no pueden «jugar con fuego» pero los hacemos participar en una sociedad llena de hogueras, físicas y espirituales. Y esas hogueras en muchas ocasiones nos alumbran y nos iluminan, nos transportan a los cielos pero en otras nos hunden en los infiernos.

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