55. Sorolla

Museo Sorolla. Madrid, 17 de marzo de 2013. Los visitantes vuelven a la Casa- Museo Sorolla. La casa que habitó en la última década creativa de su vida el gran pintor Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Cercedilla-Madrid, 1923). La Primavera se asoma a pesar de la llovizna y la luz, la luz que siempre invocó el maestro valenciano y que supo acoger en su inteligente y hermosa casa-museo, la luz tímida pero resuelta, ayuda a ampliar la mirada. El naturalismo del pintor, el naturalismo en el arte y en la vida, que tanto ayuda al hombre, señorea todo el espacio, desde el jardín que sobrevive al acoso de los edificios rudos y envidiosos que hoy lo rodean, hasta la más pequeña tablilla sobre la que el maestro bocetaba el futuro cuadro; señorea la casa (de arquitectura ecléctica la baratísima y excelente guía y los amables y documentados celadores nos recordarán las peleas de Sorolla con su arquitecto Enrique Repullés pero de eficacia insuperable para el fin que fue levantada) y señorea la pequeña pero bien nutrida colección de cuadros que alberga.

Los visitantes pueden recorrer unas estancias espléndidas, llenas de luz pero también y sobre todo de calor humano, de referencias familiares, de objetos valiosos de inteligente coleccionista —muebles (un brasero tan útil en su tiempo como bello hoy, ¡ese maravilloso sofá con dosel protector y librería íntima!), cerámica (Toledo se derrama en el patio andaluz), libros (¡un poemario del genio JRJ con dedicatoria entrañable!), ¡la paleta y los pinceles del maestro casi centenarios y magníficamente conservados, devenidos en objetos cuasi sagrados!… Los visitantes no pueden ver muchas de las obras mundialmente famosas (más de 2.200 están catalogadas) como los impresionantes murales que realizó para la Spanic Society of America con el nombre de «Visión de España», obras que están hoy en grandes museos del mundo (como el Prado) o en manos privadas, pero pueden contemplar otras muchas, entre ellas algunos de los cuadros más queridos por Sorolla, los más íntimos y personales, los que recogen paisajes y retratos familiares, los que contienen la luz (¡y la brisa… y el viento!) del mundo mediterráneo (una de las cunas de nuestras civilización) en el que se formó el pintor; los cuadros que su inteligente y generosa esposa-musa, doña Clotilde García del Castillo, y su hijo Joaquín (no así las hijas María Clotilde y Elena), cedieron al Estado para ponerlos al alcance de la gente normal; cuadros donde la luz funde a las personas y el paisaje en un conjunto impresionista, como Nadadores, Jávea o Instantánea y cuadros donde las personas reflejan el drama de la vida cotidiana como, por ejemplo, Trata de blancas, Madre o Una investigacióncuadros donde se concentra toda la sabiduría y sensibilidad del artista, todo su estilo, como Pescadoras valencianas y, sobre todo, los dedicados a sus hijos y a su amada esposa.

Un pequeño pero hermoso museo, bien acondicionado y pleno de arte, donde el visitante puede ver la vida y la belleza entrelazadas, el ser humano y su permanente lucha por elevarse por encima de sus miserias, como esa reproducción del poema de Juan Ramón «Mariposa de luz» que adorna una de sus paredes y que, sin duda, refleja también la personalidad de Sorolla: «La belleza se va cuando yo llego / A su rosa. / Corro, ciego, tras ella… / La medio cojo aquí y allá… / ¡Sólo queda en mi mano / la forma de su huida!» El visitante, que no puede dejar de moverse en un mundo rudo y envidioso, agradece que los grandes hombres sigan persiguiendo la luz, la mariposa, la flor, la Belleza… aunque sólo puedan retener en su mano, para compartir con nosotros, «la forma de su huida».

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54. Familiar

Una quincena de personas en una casa pequeña, apelotonadas en torno a una mesa y una comida: una celebración; sin duda ha habido intercambio de regalos, tartas y velas, cánticos, juegos y bromas. Tres generaciones mezcladas: niños, jóvenes maduros y algún anciano; todas las edades. Risas, alegría… Todos se rozan con todos, todos emplean sus sentidos (la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto) para interactuar, para aprender, para disfrutar. Los viejos pueden comprobar que la vida no se acaba en ellos, que muchos de sus genes, los más hábiles, caminan hacia la eternidad; los jóvenes pueden experimentar, una vez más, el valor de la familia, el grupo humano más importante; los niños no analizan pero intuyen que la historia comenzó mucho antes de que ellos nacieran y que ellos pueden y deben continuarla; todos perciben, de una manera u otra, la necesidad del amor, la felicidad posible. En ese reducido ámbito de una casa modesta, la vida se eleva por encima de los palacios y las opulencias porque desparecen los egoísmos, se estimulan los mejores sentimientos; la individualidad se potencia pero, al tiempo, el grupo se cohesiona y, con ello, cada individuo se siente protegido, parte de una unidad más grande, miembro de un colectivo indestructible. Fuera, hay múltiples dificultades y problemas, en ocasiones un mundo hostil… pero en el hogar, en familia, todo se puede resolver. Como los primeros humanos, que acondicionaron las cuevas para defenderse de los depredadores y fortalecer los lazos familiares tanto horizontal como verticalmente, las familias se reúnen en el hogar y lo celebran. La vida bulle, la fiesta continúa… Otro día quizá tengan que reunirse para el duelo pero también lo harán colectivamente, también se mezclarán varias generaciones y se rozarán y se abrazarán y todos comprenderán que la familia sobrevive a todas las dificultades, que las generaciones se enlazan, que es necesario el amor, que es posible la felicidad.

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53. Amor en Europa

amour_love-290936946-mmedAmor, de Michael Haneke (guión y dirección), con Jean-Louis Trintignant (Georges) y Emmanuelle Riva (Anne) en los papeles protagonistas. Éxito de crítica y público: taquilla elevada y elogios en todas partes. Por ejemplo: «Implacable honestidad acerca de la vejez, la enfermedad y la muerte» (Deborah Young: The Hollywood Reporter); «Quizás la película más inolvidablemente honesta sobre la vejez que se haya hecho nunca.» (Owen Gleiberman, Entertainment Weekly); «La historia de amor más auténtica del cine reciente (…) obra absoluta.» (Sergi Sánchez, La Razón); «Puntuación: **** (sobre 4)» (Jordi Batlle Caminal, La Vanguardia); «Conmociona y arrasa.» (Luis Martínez, El Mundo). Palma de Oro, Cannes 2012; Oscar a la mejor película de habla no inglesa 2013… ¿Nada que objetar, pues? ¿Nos rendimos a una historia que nos conmueve, a una interpretación excelente, a una fotografía deslumbrante y a una dirección eficaz?

Veamos. Si se trata de valorar una obra de arte que el autor presenta de forma irónica, sí, nos rendimos; si queda claro que la realidad que se refleja está bien acotada y, lejos de inducirnos al error, nos demuestra que esa realidad es más mezquina que tierna, mucho más digna de ser combatida en sus raíces que aprobada en sus consecuencias, aplaudimos sin reservas; si además de mover nuestra compasión por los que que sufren, impulsa sobre todo nuestro espíritu crítico, nuestra capacidad para invertir unas tendencias que amenazan con señorear nuestro continente, agradecemos al artista su contribución… Pero no tengo tan claro que todas esas premisas se hayan cumplido: no conozco suficientemente los motivos e intenciones últimas de Haneke (y alguna declaración que ha hecho tampoco me saca de dudas) pero parece claro que la recepción que ha tenido la obra no va en el sentido que he citado. En efecto, los elogios de la crítica y la empatía que despierta la película en muchos espectadores, parecen que conducen más a aprobar, sin reservas, el comportamiento de Georges y Anne que a criticarlos; más a considerar el final que nos ofrece Haneke como el gran triunfo del amor en vez de su gran fracaso…

Alguien puede pensar que esto que digo es producto de la osadía, de la ignorancia o de la proyección sobre el hecho social de la circunstancia personal y recibiré con humildad y gratitud cualquier refutación que se me haga. Pero hasta entonces, me reafirmo: el «Amor» de Haneke no es admirable ni envidiable, no es un amor a imitar ni a desear para nadie, para nuestros padres, para nosotros, para nuestros hijos. Y no afirmo esto por el trágico desenlace sino porque, hasta donde la cinta nos deja ver, hasta donde podemos entrar en el alma de sus excelentemente trazados personajes, el amor de Georges y Anne es un amor que quizá nació ya vuelto hacia sí mismo, blindado a los demás pero, en todo caso, se ha desarrollado en ese sentido y se ha convertido en un amor asustado, estrecho y solitario, un amor aséptico y frío, sin carnalidad, de ventanas y corazones cerrados; un amor sin comunicación vertical ni horizontal: un amor sin hijos y nietos bien educados y amorosos y en comunicación diaria, sin amigos con los que inercambiar vivencias; sin vecinos amistosos, sin niños invasivos, sin ruidos y sin olores de la gente que vienen desde la calle… un amor egoísta y, por ello, pobre.

¿Es ésta la Europa que estamos haciendo? Sería, entonces, una Europa acomodada, de alta tecnología y amplia cultura pero de personas tristes y solitarias, de parejas escondidas sin más amor que el mutuo o de individuos cuyo familia habitual es su mascota. Sabemos que algunas culturas de economía de mera subsistencia sacrifican a sus ancianos porque no pueden mantenerlos cuando éstos no son capaces de valerse por sí mismos: ¿vamos a trasladar esta terrible ley a nuestros continente sustituyendo la economía por los sentimientos? Esperemos que no sea así: hagamos todo lo que esté en nuestra mano para que Anne y Georges no pasen de ser unos representantes de una exigua parte de nuestra sociedad: ancianos sin esperanza, enfermos y solitarios. Cierto que Europa envejece y la familia se atomiza pero no estamos condenados a la soledad, a la tristeza: debemos educar a nuestros hijos en el amor, en todos los amores incluyendo el amor familiar, el amistoso, el social, el nacional, el amor universal como valor inherente, e imprescindible, a la condición humana… Debemos mantener nuestras ventanas, nuestros teléfonos, nuestros corazones abiertos al exterior, debemos cultivar lo colectivo además de lo individual, tenemos que aprender a disfrutar y a sufrir también con los demás: conciliar, compadecer, concelebrar, compartir, ¡convivir!… Eso sí será una «implacable honestidad acerca de la vejez, la enfermedad y la muerte», una lucha inteligente y generosa contra el individualismo egoísta, contra la subsiguiente soledad, contra la muerte sórdida… Y así, enlazaremos en esta Europa nuestra un tanto desorientada, debilitada, envejecida y quizá ensimismada, con el Humanismo, con ese movimiento ideológico, social y cultural que consiguió entrar en la modernidad manteniendo lo mejor de la Edad Media y reivindicando lo mejor de la Antigüedad; enlazaremos con los Dante, Nebrija, Moro, Erasmo, Vives, Montaigne… y tantos otros que nos enseñaron, mucho más que el gusto por la belleza codificada, el gusto por la vida, la lucha contra la muerte. Porque nuestro continente, que pudo superar sus imperios inhumanos, su Inquisición, sus guerras internacionales centenarias y crueles, sus guerras civiles, sus revoluciones sangrientas, sus dos guerras mundiales, tantas atrocidades que espantaron y seguirán espantando a las generaciones… Europa, que sufrió todo eso, también debe reivindicar haber desarrollado la civilización que es hoy el objetivo de la humanidad entera: las libertades civiles y religiosas, los derechos humanos, la solidaridad, la belleza, la alegría… Y así podrá enfrentarse al terrible hecho de la muerte, que nos ha de llegar a todos y cada uno de los seres humanos, sin tener que oscilar entre la religión dogmática que intenta persuadirnos de que nuestro mundo no es más que un valle de lágrimas en breve tránsito hacia un Más Allá quimérico y la eutanasia como final gris a una vida gris aunque acomodada; en ambos casos una existencia sin devenir, es decir, sin historia. Pero no puede ser así: nuestra civilización, nuestra historia es, debe ser, un enlace y una renovación permanente de las generaciones, una mejora constante de la especie, una acumulación enriquecedora de progreso tecnológico pero, sobre todo, social y moral donde la Vida y la Muerte dialogan y se enfrentan pero donde aquélla triunfa siempre sobre ésta. En esta historia debemos combatir el aislamiento y la soledad impuesta o voluntaria, debemos mezclarnos y reunirnos, apoyarnos los unos a los otros… en la vida y en la muerte.

Así, en mi opinión, debemos abordar la historia colectiva y así, también, la particular. La pregunta que hay que hacer a los familiares, y a los médicos, no es si aplicamos la eutanasia sino si están dispuestos a acompañar a los enfermos, a compadecerlos (a padecer con ellos). Además de los enfermeros o cuidadores, los hijos deben bañar a sus padres con el mismo amor que bañan a sus hijos, deben cuidarlos, acariciarlos… Sí, por encima de risas o llantos, de cantos, meramente individuales, la sociedad europea debe aprender a formar coros de ancianos, maduros, jóvenes y niños, mezclados y rozándose unos con otros, capaces de llevar la alegría a todos los rincones, capaces de abrir todas las ventanas que la gente asustada ha ido cerrando y hasta sellando… Resonarán, así, universalmente, los bellos versos de Schiller, volando en las luminosas notas de Beethoven: «Alegría, hermosa chispa de los dioses / […] todos los hombres se vuelven hermanos / allí donde se posa tu ala suave.» Así la muerte será un hecho doloroso pero no sórdido, dramático pero no miserable, concreto pero no solitario: la Muerte tendrá como aliados para ejercer su necesario e inevitable papel el tiempo, la enfermedad, el accidente pero jamás la soledad: moriremos cada uno de nosotros como hemos vivido, en colectividad, en sociedad, sabiendo que venimos de nuestros antecesores y nos perpetuamos en nuestros descendientes, biológicos o sociales, sabiendo que nuestro cuerpo, después de expirar, no será un cadáver abandonado en una habitación cerrada, que seremos velados y llorados… Moriremos como hemos vivido, como seres sociales, capaces de dar y recibir amor de muchas personas. Ese amor de vida y no el que parece presentarnos Haneke es el que ha hecho a Europa y el que necesita nuestro continente para seguir siendo la parte más avanzada de la Humanidad.

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52. Los Goya, una noche de intenciones.

¿Qué intención tenía Eva Hache cuando empezó la presentación de la 27 edición de la «Gala de los Goya» diciendo que pasábamos de Juan Carlos I a Príncipe don Felipe? Naturalmente, se refería a los edificios que albergaban la gala en los últimos años y en el presente pero la gente (casi toda importante) que llenaba el estupendo auditorio rió de buena gana la gracia y se dispuso a escuchar otras muchas alusiones, cómicas e inteligentes la mayoría, burdas y retrógradas algunas. La noche, la larga noche, prometía ser rica en gracias e intenciones tanto o más que en sonrisas estereotipadas, vestidos rimbombantes, tacones desmesurados, saludos cálidos entre gentes conocidas o desconocidas, etc. Alegrémonos de ser un pueblo que airea muchas de sus miserias, que fustiga a sus estafadores sin perder, salvo excepciones, su capacidad para la risa.

Intenciones de reivindicar la necesidad de un IVA más bajo para la cultura, y también denunciar algunas de las corrupciones que salen a la luz en estos días pero aprovechando para desgastar al ministro Wert, que aguantaba con sonrisa forzada las tarascadas, incluyendo veladas defensas del catalanismo soberanista y herido, víctima de la opresión española (por ejemplo, Candela Peña de forma emotiva pero confusa y José Corbacho de forma grosera). Intenciones de González Macho, presidente de la Academia, en su medido discurso para, sin dejar de reivindicar las mejores condiciones para la industria cinematográfica y en especial para la cultura, recordar que la cultura no puede ser patrimonio de la ceja, ni del bigote ni de la barba.

Intenciones de dos veteranos premiados: Concha Velasco y José Sacristán, reivindicando una profesión, la de los cómicos y, en general, la de cualquiera que se dedica a llevar arte y cultura a la gente, que exige una vocación a prueba de sacrificios a cambio del privilegio de sentir la admiración de los vecinos y familiares, de los compatriotas y hasta del mundo entero y el no menor privilegio de permanecer presente más allá de la muerte (muy emotivo la galería de los artistas que fallecieron en 2012). Sin olvidar el homenaje que José Sacristán dedicó al primer empresario que le dio la oportunidad de iniciar su carrera (Pedro Masó).

Intención del eufórico equipo creador de la gran triunfadora de la noche, Blancanieves (blanco y negro, mudo y con rótulos y música, como empezó el cine), quizá para recordarnos que las raíces de todas las artes no deben cortarse por mucho que los árboles que nacieron de ellas hayan desarrollado hermosas ramas. Lo mismo que debería ocurrir con los libros de hojas frente a cualquier otra tecnología que pretenda arrumbarlos. Intención de los creadores de Lo imposible (menos premiada a pesar de ser récord de taquilla) para recordarnos que los tsunamis, todo tipo de tragedias, son poderosos pero pueden ser neutralizados por los valores humanos.

Gala muy aceptable para reivindicar nuestro cine (aunque sea manifiestamente mejorable), para recordarnos que la Cultura se desarrolla sobre la base de industrias culturales pero alcanza sus mayores cumbres a partir de individuos capaces de sentir, pensar y actuar. Y fin de fiesta, hasta la alborada, en el impresionante edificio del Casino de Madrid, con buenos tentempiés, y nuevos abrazos, sonrisas, rivalidades en vestidos y tacones…

Y premios, muchos premios, agrupados en veintiocho categorías con cuatro finalistas y un ganador en cada una.

(Para ver la lista completa de los premios: http://premiosgoya.academiadecine.com/ganadores/

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51. La «Antígona» de Ochandiano y la Guerra Civil española

Naves del Español en Matadero de Madrid. Antígona, de Jean Anouilh, versión y dirección de Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego. Intérpretes: David Kammenos, Najwa Nimri, Berta Ojea, Toni Acosta, Sergio Mur, Rubén Ochandiano y Nico Romero; piano: Ramón Grau. De 6 de febrero a 17 de marzo de 2013.

En 1942 Jean Anouilh, en plena ocupación alemana y ya presente la Resistencia, hace una versión sobre el mito de Antígona (que el gran Sófocles, creador del teatro clásico griego junto a Esquilo y Eurípides, inmortalizara, veinticinco siglos antes, en su drama homónimo) situando la acción en la época actual y con un evidente paralelismo entre Creonte, el tirano de Tebas, y el mariscal Petain, y entre Antígona y la Resistencia.

Setenta años después Rubén Ochandiano (joven y brillante actor y director) nos presenta una «Antígona de Jean Anouilh» en «versión y dirección de Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego»: «Una Antígona atemporal, desgarradora, llena de emoción y ternura, que representa la lucha de la justicia ante las leyes opresivas y un canto a la libertad.» Atemporal pero en un lugar que nos resulta cercano: «Nos encontramos un país lleno de deudas y liderado por un gobernante corrupto que, además de subir los impuestos, ha establecido una serie de leyes absurdas e inhumanas, como por ejemplo, hacer que el cadáver del revolucionario Polinice se pudra a la intemperie». Esfuerzo meritorio aunque, como sin duda quieren los buenos profesionales del teatro, discutible. Para empezar, el texto y sobre todo el contexto de Anouilh están tan modificados que exigiría una presentación más explícita de que la obra es, fundamentalmente, algo más más que una «versión»; por otra parte, el escenario es magnífico pero el montaje me resultó un tanto abigarrado y confuso, sobre todo porque no parece necesario que ciertos parlamentos se hagan en francés y porque el uso de micrófonos deshace uno de los encantos del teatro cual es el de seguir, también con el oído, el movimiento de los intérpretes. Pero, sobre todo, me parece importante las cuestión ideológica, presente, como no puede ser de otra manera, en Sófocles, en Anouilh… y en Ochandiano: ese país en el que «nos encontramos» nos resulta familiar y por ello nos dificulta en gran manera la identificación del «gobernante corrupto», porque parece evidente que no nos encontramos, aquí y ahora, con un problema de un «gobernante corrupto» sino de un sistema político que viene degradándose y corrompiéndose desde hace tiempo, unas instituciones debilitadas, una clase política donde se cobijan tahúres y rufianes de todo tipo y una ciudadanía sumida en una compleja y profunda crisis, económica, social y, sobre todo, moral. Una situación que no se puede reducir a una persona; una situación que, en mi modesta opinión, necesita algo más que una Antígona, en cualquier versión que se presente, para ser entendida.

Pero la propia «versión» de Ochandiano tiene algo que nos puede servir en gran medida. En el brillante parlamento de Creón en el que intenta convencer a su sobrina Antígona de lo inútil de su sacrificio, el rey explica que Polinice y Eteocles se han matado en una lucha fratricida en la que ninguno tenía otro motivo que la ambición de poder, siendo por tanto despreciables ambos pero que, por razones políticas (demagógicas) ha decidido encumbrar a uno de ellos y denigrar al otro arbitrariamente… Si el autor hubiera seguido por ese derrotero esta Antígona hubiera podido ser más que la defensora de una familia (Sófocles) o la Resistencia (Anouilh), la Lucidez, que tanto necesitamos para enterrar de una vez a los muertos de la Guerra Civil, que son todos nuestros muertos. Pero Ochandiano y Dorrego abandonan esa vía y dejan que la tragedia se consume: el odio y la muerte deben seguir señoreando la escena…

En todo caso, y para concluir de la forma más positiva que se me ocurre, la obra merece la pena y quizá fuera bueno acudir al «Encuentro con el público» a celebrar el jueves 28 de los corrientes. Con una condición: que ese día no se fume; porque, hablando de corrupción, ¿qué sentido tiene que casi todos los personajes y durante casi toda la obra enciendan cigarrillos y fumen? Además de «un país lleno de deudas y liderado por un gobernante corrupto», ¿tenemos un país donde las compañías teatrales se buscan un sobresueldo haciendo publicidad subliminal de las grandes, y corruptas, compañías tabaqueras?

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50. Yerma

Teatro María Guerrero de Madrid – 10 de enero 2013 – Yerma, de Federico García Lorca – Dirección de Miguel Narros – Intérpretes principales: Silvia Marsó, Marcial Álvarez e Iván Hermes – Música de Enrique Morente.

Yerma/Federico. Quizá sea necesario tener un alma impregnada de feminidad en un cuerpo con genitales de varón para comprender el drama de una mujer que desde que se sintió tal se preparó para traer hijos al mundo y se encuentra «seca» y despreciada; quizá sea esta condición del autor, esta capacidad para comprender el alma femenina, lo que ha hecho que Yerma, junto con las otras dos obras de la trilogía lorquiana (Bodas de sangre y La casa de Bernarda Alba) esté considerada como uno de los más hermosos alegatos contra el menosprecio hacia la mujer, contra el dominio del machismo sobre la sociedad entera. Yerma/Federico se transforma así, alcanza a ser Yerma/Tierra (sedienta y anhelando ser anegada y fecundada); Yerma/Fuego (en la sangre y en el sueño); Yerma/Agua (alimento, cauce, luz… pero también tormenta y aguacero); Yerma/Viento (viento en campo abierto para transportar las semillas y viento en las casas cerradas para volver locos a sus impotentes moradores).

Yerma/Miguel. La labor de un director avezado, capaz de superarse a sí mismo y, coordinando y dirigiendo un equipo técnico y artístico de gran categoría, traernos a Lorca y presentárnoslo lleno de fuerza y de actualidad, en un escenario capaz de contener el mundo.

Yerma/Silvia… Yerma/belleza: cuerpo joven, claro, lleno de luz, haciéndose hueco y nido, «llaga perfecta» para recibir el cuerpo y el alma del varón, buscando desesperadamente su destino de «hacedora de hombres». Yerma/fuerza, para enfrentarse al cerco levantado por el marido y el vulgo, por el frío y la avaricia, por la envidia y la lástima, capaz de romperse una y otra vez las alas contra los barrotes de la jaula, capaz de gritar por encima de todos los muros, buscando la libertad. Yerma/fragilidad, sometida a todos los vaivenes, vilipendiada, asustada. Yerma/víctima: incapaz de revelarse a sí misma, incapaz de rebelarse plenamente y golpeando, hasta romperse las manos, la única puerta que quiere atravesar (familia, «honra») para llegar a la maternidad, incapaz de aprovechar otras puertas o ventanas que, incluso en el sórdido ambiente en el que se mueve, le son ofrecidas… Yerma/tragedia, pasando del blanco al gris, de la risa al llanto, del anhelo del hijo al asesinato del hijo… Silvia/mujer, cercana y delicada y, al tiempo, Silvia/actriz (gran actriz), transformándose en Yerma, dominando el escenario y llevando a todos y cada uno de los espectadores la tragedia para que ellos comprendan que la tragedia, cualquier tragedia que se dé en cualquier tiempo y lugar, en cualquier persona, es la tragedia de lo humano, la tragedia de todos y cada uno de nosotros.

Silvia

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49. Virtual y real

Virtual. La imagen ha quedado fija después de dos horas de acción trepidante. Una mujer, joven y atractiva (Jessica Chaistan en La noche más oscura [Zero Dark Thirty] de Kathryn Bigelow) sola en el interior de un avión militar, con el rostro surcado por las lágrimas. Sabemos que ha trabajado para la CIA durante 12 años y se ha entregado en cuerpo y alma a la misión de cazar y matar a Osama Bin Laden, formando parte de un equipo de hombres y mujeres altamente cualificados, entrenados y pagados para perseguir a los enemigos. Hemos visto toda la tecnología y la fuerza militar de la primera potencia mundial al servicio de la causa de castigar, ejemplarmente, al hombre que se atrevió a desafiarlos. La mujer, que acaba de sentirse la gran vencedora, al identificar el cadáver del hombre más buscado del mundo después del «11-S», no sabe con certeza adónde va… pero quizá sí sabe bien de dónde viene. Viene de los viejos códigos del «ojo por ojo», de la vieja obsesión por conseguir el Imperio invencible, de la violencia y la mentira, de la Muerte… Quizá por eso llora amargamente. Al menos nosotros quisiéramos que su llanto fuera porque ha comprendido que la Muerte no puede vencer a la Muerte, que los imperios producen odios y envidias, codicias y ambiciones que conducen a nuevos imperios…

Real. La foto es oficial. El Jefe del Estado ha cumplido 75 años (37 de reinado) y su regia figura, por encima de achaques y fatigas, mantiene el porte y la prestancia inherentes a su condición… Sabemos que puede sentirse satisfecho con las tareas que realizó al servicio del país, después de haber sorteado inteligentemente tremendos obstáculos para llegar al Poder y hacerse perdonar algunos graves «deslices», pero también sabemos que tiene por delante algunas tareas quizá más arduas y complicadas y que necesitará de toda su fuerza e inteligencia para realizarlas. Por eso quisiéramos que percibiera nuestro apoyo condicional: «¡Felicidades, Majestad! Recuerde las hazañas que hizo por España y afronte con coraje y valor las que le quedan por realizar.» 

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48. Jornadas Sector del Libro de Madrid

Organizadas por el Gremio de Libreros y la Asociación de Editores, los días 12 y 13 de noviembre, en la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina. Aparte de los discursos de apertura (la respectivas presidentas) y cierre (la Directora General de Archivos, Libro, Museos y Bibliotecas), mesas (paritarias dos libreros dos editores) sobre: «Presente y futuro del libro y de la librería en Madrid: problemas, propuestas, estrategias y tendencias.» – «Comercio del libro y buenas prácticas: libros de texto, libros de derecho, venta institucional.» – «Relaciones institucionales: bibliotecas y compra pública. Plan estratégico del sector del libro. Sello y calidad de Librerías.» – «Comunicación y Marketing: Día del Libro, Noche de los Libros, Día de las Librerías, Feria del Libro; acciones promocionales individuales y/o colectivas.» y «Comercio electrónico y libro digital. Proyectos sectoriales, plataforma digital. Cegal en red. Todos tus libros.com.»

Insuficiente asistencia. Animados debates. Cierto pesimismo. Cierta confusión. Necesidad de reconocer la crisis; de desarrollar creatividad y unidad; de adaptarse a los cambios tecnológicos; de redefinir y combinar de forma sinérgica los diferentes roles (autor, editor, distribuidor, bibliotecario, librero…); de racionalizar los procesos productivos de distribución, logística, etc.; de mejorar sustancialmente la promoción. Tareas: combinar adecuadamente soporte papel y soporte digital; cuidar y «fidelizar» al cliente, desarrollar redes sociales en torno a la cultura… Reclamaciones: (para nosotros) todos los agentes del Libro deben cumplir honradamente las leyes y los acuerdos; (para la sociedad) un IVA cultural reducido.

En lo que a Ediciones de la Torre corresponde, ¿podríamos resumir todo esto en un acróstico como hicimos para en los casos de UMOC, ELIPSE, LEINOBLE, etc.? Probemos: IMADO: I ntervenir en el debate sobre contenidos y sobre continentes y soportes. – M imar al cliente. Comunicarse con él amablemente y ofrecerle, cada día, más por menos. – A plicar tecnologías eficientes: para documentarnos, para producir, para promocionar, para administrar… – D defender la marca. Reivindicar nuestra trayectoria y nuestro compromiso con el Libro y la lectura. – O ptimizar la calidad. No ofertar ningún contenido en cualquier formato que no tenga una calidad óptima en relación con el precio.  

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47. Carta a una amiga que me anima a escribir

Gracias por animarme a escribir, por confiar en que puedo hacerlo («Tienes que escribir otro libro, no sólo relatos cortos.‏», «Tienes que meterte en la cabeza que no eres sólo un buen editor.») Escribir, como cualquier arte, exige una fuerza titánica de la que yo, evidentemente, no estoy sobrado: cualquier ayuda es buena y la ayuda de una persona que conoce el arte en general (que vive en él) y la literatura en particular, es buenísima ayuda… ¡Escribir, no sólo leer y editar, escribir!

El hombre, desde que tomó conciencia de ser una especie superior, se preocupó de escribir la crónica de su paso por la tierra: pinturas y esculturas, totémicas o religiosas (y, por supuesto, lúdicas), monumentos, relatos realistas o imaginativos transmitidos oralmente… hasta llegar al prodigio de la literatura, la capacidad de fijar y transmitir la historia a partir de un código (en un proceso permanente de depuración y simplificación). El hombre, nuestra especie, ha ido escribiendo sobre la piel de nuestro planeta y en el corazón de las personas una crónica inmensa, compleja, plural, tan apasionante como los propios hechos que cuenta; una historia que deslumbraría a cualquier otra especie inteligente que pudiera habitar cualquier otro planeta, que fascinaría a todos los dioses de todos los olimpos y todos los paraísos…

La Literaratura, sin despreciar, por supuesto, otros lenguajes, antes bien apoyándose en ellos, nos regala así el milagro de participar espiritualmente en todos los lugares y en todos los tiempos donde el hombre dejó su huella, de ser parte de todas las tragedias, todos los dramas, todas las comedias o farsas por las que la Humanidad ha pasado y sigue pasando. Ser parte, «estar allí», pero, por el salto que resulta del paso del acontecimiento a la crónica (más que por la distancia de espacio o tiempo), podemos hacerlo sin ser dominados por el sufrimiento insoportable o el júbilo desmesurado, podemos evitar los grandes dolores y sufrimientos de nuestros congéneres que estuvieron materialmente allí, podemos transformar la sangre en lágrimas (menos letales) y, al tiempo, disfrutar con sus fiestas, con sus alegrías… Leer así lo acontecido como también hay que leer la propia biografía: releer la carta, el documento, la referencia, etc., del padre muerto, de la mujer que nos abandonó, del amigo que nos traicionó, del hijo que nos hizo su primer (y entrañable) dibujo donde fue capaz de garabatear PAPÁ Y MAMÁ; tener todo eso para tenerlos presentes, pero para que el recuerdo sea plácido, tranquilo, desprovisto del dolor lacerante o el júbilo desmesurado de aquellos momentos, para que las lágrimas y las sonrisas sean suaves y reconfortantes.

Sí, sería maravilloso escribir, aunque sólo fuera un parágrafo, una línea de esa Crónica de la Humanidad que significa la gran litreratura, la Literatura. Porque es verdad (y yo lo tengo reivindicado como editor) que, por ejemplo, ese primer libro que conocemos, La epopeya de Gilgamesh, no hubiera llegado a nosotros sin la acción de las personas que trasladaron el relato a las tablillas (escribas/editores), los que las conservaron y difundieron (bibliotecarios/libreros), los que las hicieron inteligibles para todas las lenguas (traductores), pero ha llegado merced sobre todo al escritor, al creador de la forma de la historia, al «biógrafo» que fijó, depurándola de contingencias, la epopeya de un ser humano y, con ello, pone a nuestro alcance toda una civilización, ¡nos invita a participar en ella! Por eso te aseguro que me gustaría ser escritor, dejar escrita alguna epopeya importante, alguna crónica digna de ser editada y atesoradas en las bibliotecas.. ¡Qué no daría yo por dominar este oficio sublime! Narrar alguna aventura del hombre, acaecida o imaginada, para que otros puedan, al leerla, recrearla; cuánto me gustaría disfrutar de esa experiencia en vida y saber a mi muerte que, cuando yo ya no sea más que un recuerdo borroso en mis descendientes, lo que dije, lo que escribí puede ser escuchado, revivido, por otras gentes que, con ello y en alguna medida, participan de mi vida, evitan mi muerte total…

Sí, me gustaría seguir tu cariñoso consejo («¡Tienes que escribir una novela maravillosa y presentarte a Premios! ¡Asoma la cabeza!») ¡Una novela maravillosa!… Una novela, el género supremo de la Literatura… La novela, la buena novela, crea un mundo virtual completo donde, a modo de espejo inteligente, se refleja perfectamente la realidad seleccionada de un mundo real y, con ello, nos abre horizontes y caminos para nuevos mundos; con la novela, con la buena novela, podemos viajar en el tiempo y en el espacio en todas las direcciones y hasta donde podamos imaginar y, sobre todo, viajamos hacia nuestro interior, buscando y a veces encontrando nuestros pliegues y rincones más recónditos. Acotar el mundo real, seleccionar las partes que deben reflejarse en ese espejo para crear el mundo virtual o de ficción y dejarlo todo suficientemente claro para que quien lo mire lo comprenda y, al tiempo, lo suficientemente abierto para que cada lector pueda recrearlo (y recrearse a sí mismo) es, como decía antes, tarea de titanes… Pero, claro, ¡claro que me gustaría! Una novela que hablara de los anhelos del hombre, de las angustias del hombres, de los miedos del hombre (de mis propios anhelos, miedos y angustias)… de la prodigiosa capacidad de las personas, varón o mujer, para equivocarse una y otra vez y seguir intentando alcanzar la perfección, de seguir cayendo y levantándose cada día (y cada noche), de perderse una y mil veces por todos los caminos y seguir señalando horizontes y mantener, altivamente, la determinación de alcanzarlos. Del hombre y la mujer (de mí mismo) buscando, en su cósmico abrazo, la belleza de la Naturaleza o del Arte, el inabarcable e incomprensible Infinito, la felicidad, ¡la Vida! El amor del hombre y la mujer, el amor en cualquiera de sus formas. La lucha del hombre contra la ignorancia y la injusticia… Una novela que creara personajes tan magistralmente trazados que consiguieran enamorar a los lectores más exigentes; personajes capaces de representar, de simbolizar al hombre y la mujer de nuestro tiempo, de nuestra sociedad, de todas las sociedades y todos los tiempos. Un héroe y una heroína que se sumaran a esa excelsa galería de hombres y mujeres arquetípicos, ejemplares, maravillosos, creados por los grandes escritores de todos los tiempos, de todas las lenguas… Pero, sobre todo, esas masas de seres anónimos, oprimidos secularmente, sacrificados para mantener la estúpida avaricia, el poder espúreo. Y, especialmente, esos millones y millones de niños maltratados: los del «primer mundo», saturados de cachivaches y faltos de afecto; los del «segundo mundo» que ha dado a sus niños un turbio pasado y un incierto futuro; los del «tercer y cuarto mundos», con los huesos y la sangre de los cuales se construyen las avenidas por donde transitan jactanciosos los parásitos opulentos… Si yo pudiera crear esa gran novela, querida amiga, si yo pudiera añadir un modesto granito de arena a esa montaña formada por el género cumbre de la Literatura, sería inmensamente feliz…

Pero no hay que ser pretencioso, no hay que soñar demasiado: conformémonos con escribir algo agradable e interesante, capaz de despertar un cierto interés de un pequeño número de lectores, capaz de producir una sonrisa empática de los amigos. Sigamos escribiendo, aunque sea sólo una pequeña nota del editor, a pie de página, de una modesta página de los millones de páginas que consituyen la Gran Crónica de la Humanidad…. Sigamos escribiendo, a ver qué sale. Pero, sobre todo, sigamos leyendo… ¡Hay tanto que leer!

Con todo cariño.

 

 

 

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46. El trovador

Bienvenido trovador. Gracias por tu canción. Tu voz, que en tantas ocasiones me deleitó pero en tantas otras mortificó mis oídos, viene hoy con un canto alegre e inteligente, me levanta el ánimo y me hace recuperar la esperanza que tenía en ti. Tu voz me trae los ecos de las canciones antiguas pero también actuales porque han sido tamizadas y reafirmadas por el devenir de los tiempos. Tu voz repite las bellas palabras nacidas de nuestra lengua y que a su vez la hicieron crecer y brillar en este babel que es la humanidad.

Tu voz, que en otras ocasiones fue vacilante o confusa, se suma hoy, con coraje, a otras muchas voces que te precedieron en la hermosa tarea de animar a las gentes al trabajo honrado y la fiesta noble, a la unión y la concordia. Tu voz, que convoca a «ciudadanos, ni héroes ni villanos», «tan fieramente humanos»; tu voz, que invoca «pan amasado con fe y dignidad», que pone en lo más alto del ideario «la libertad»…

Tu voz, en otros momentos estridente, recupera así lo mejor de tus melodías, y tu actitud, en otras ocasiones servil ante el poderoso, exhibe hoy el gesto altivo de los mejores trovadores, aquellos que cantaron al pueblo y para el pueblo sin someterse a censuras ni subvenciones.

Gracias, trovador. Quiero unir mi débil voz a la tuya, tan poderosa, e invitar a mis amigos a que se sumen a tu canto y ayuden a formar un coro que se oiga en todos los rincones de nuestro continente.

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