La «Antígona» de Ochandiano y la Guerra Civil española

Naves del Español en Matadero de Madrid. Antígona, de Jean Anouilh, versión y dirección de Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego. Intérpretes: David Kammenos, Najwa Nimri, Berta Ojea, Toni Acosta, Sergio Mur, Rubén Ochandiano y Nico Romero; piano: Ramón Grau. De 6 de febrero a 17 de marzo de 2013.

En 1942 Jean Anouilh, en plena ocupación alemana y ya presente la Resistencia, hace una versión sobre el mito de Antígona (que el gran Sófocles, creador del teatro clásico griego junto a Esquilo y Eurípides, inmortalizara, veinticinco siglos antes, en su drama homónimo) situando la acción en la época actual y con un evidente paralelismo entre Creonte, el tirano de Tebas, y el mariscal Petain, y entre Antígona y la Resistencia.

Setenta años después Rubén Ochandiano (joven y brillante actor y director) nos presenta una «Antígona de Jean Anouilh» en «versión y dirección de Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego»: «Una Antígona atemporal, desgarradora, llena de emoción y ternura, que representa la lucha de la justicia ante las leyes opresivas y un canto a la libertad.» Atemporal pero en un lugar que nos resulta cercano: «Nos encontramos un país lleno de deudas y liderado por un gobernante corrupto que, además de subir los impuestos, ha establecido una serie de leyes absurdas e inhumanas, como por ejemplo, hacer que el cadáver del revolucionario Polinice se pudra a la intemperie». Esfuerzo meritorio aunque, como sin duda quieren los buenos profesionales del teatro, discutible. Para empezar, el texto y sobre todo el contexto de Anouilh están tan modificados que exigiría una presentación más explícita de que la obra es, fundamentalmente, algo más más que una «versión»; por otra parte, el escenario es magnífico pero el montaje me resultó un tanto abigarrado y confuso, sobre todo porque no parece necesario que ciertos parlamentos se hagan en francés y porque el uso de micrófonos deshace uno de los encantos del teatro cual es el de seguir, también con el oído, el movimiento de los intérpretes. Pero, sobre todo, me parece importante las cuestión ideológica, presente, como no puede ser de otra manera, en Sófocles, en Anouilh… y en Ochandiano: ese país en el que «nos encontramos» nos resulta familiar y por ello nos dificulta en gran manera la identificación del «gobernante corrupto», porque parece evidente que no nos encontramos, aquí y ahora, con un problema de un «gobernante corrupto» sino de un sistema político que viene degradándose y corrompiéndose desde hace tiempo, unas instituciones debilitadas, una clase política donde se cobijan tahúres y rufianes de todo tipo y una ciudadanía sumida en una compleja y profunda crisis, económica, social y, sobre todo, moral. Una situación que no se puede reducir a una persona; una situación que, en mi modesta opinión, necesita algo más que una Antígona, en cualquier versión que se presente, para ser entendida.

Pero la propia «versión» de Ochandiano tiene algo que nos puede servir en gran medida. En el brillante parlamento de Creón en el que intenta convencer a su sobrina Antígona de lo inútil de su sacrificio, el rey explica que Polinice y Eteocles se han matado en una lucha fratricida en la que ninguno tenía otro motivo que la ambición de poder, siendo por tanto despreciables ambos pero que, por razones políticas (demagógicas) ha decidido encumbrar a uno de ellos y denigrar al otro arbitrariamente… Si el autor hubiera seguido por ese derrotero esta Antígona hubiera podido ser más que la defensora de una familia (Sófocles) o la Resistencia (Anouilh), la Lucidez, que tanto necesitamos para enterrar de una vez a los muertos de la Guerra Civil, que son todos nuestros muertos. Pero Ochandiano y Dorrego abandonan esa vía y dejan que la tragedia se consume: el odio y la muerte deben seguir señoreando la escena…

En todo caso, y para concluir de la forma más positiva que se me ocurre, la obra merece la pena y quizá fuera bueno acudir al «Encuentro con el público» a celebrar el jueves 28 de los corrientes. Con una condición: que ese día no se fume; porque, hablando de corrupción, ¿qué sentido tiene que casi todos los personajes y durante casi toda la obra enciendan cigarrillos y fumen? Además de «un país lleno de deudas y liderado por un gobernante corrupto», ¿tenemos un país donde las compañías teatrales se buscan un sobresueldo haciendo publicidad subliminal de las grandes, y corruptas, compañías tabaqueras?

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