Los Goya, una noche de intenciones.

¿Qué intención tenía Eva Hache cuando empezó la presentación de la 27 edición de la «Gala de los Goya» diciendo que pasábamos de Juan Carlos I a Príncipe don Felipe? Naturalmente, se refería a los edificios que albergaban la gala en los últimos años y en el presente pero la gente (casi toda importante) que llenaba el estupendo auditorio rió de buena gana la gracia y se dispuso a escuchar otras muchas alusiones, cómicas e inteligentes la mayoría, burdas y retrógradas algunas. La noche, la larga noche, prometía ser rica en gracias e intenciones tanto o más que en sonrisas estereotipadas, vestidos rimbombantes, tacones desmesurados, saludos cálidos entre gentes conocidas o desconocidas, etc. Alegrémonos de ser un pueblo que airea muchas de sus miserias, que fustiga a sus estafadores sin perder, salvo excepciones, su capacidad para la risa.

Intenciones de reivindicar la necesidad de un IVA más bajo para la cultura, y también denunciar algunas de las corrupciones que salen a la luz en estos días pero aprovechando para desgastar al ministro Wert, que aguantaba con sonrisa forzada las tarascadas, incluyendo veladas defensas del catalanismo soberanista y herido, víctima de la opresión española (por ejemplo, Candela Peña de forma emotiva pero confusa y José Corbacho de forma grosera). Intenciones de González Macho, presidente de la Academia, en su medido discurso para, sin dejar de reivindicar las mejores condiciones para la industria cinematográfica y en especial para la cultura, recordar que la cultura no puede ser patrimonio de la ceja, ni del bigote ni de la barba.

Intenciones de dos veteranos premiados: Concha Velasco y José Sacristán, reivindicando una profesión, la de los cómicos y, en general, la de cualquiera que se dedica a llevar arte y cultura a la gente, que exige una vocación a prueba de sacrificios a cambio del privilegio de sentir la admiración de los vecinos y familiares, de los compatriotas y hasta del mundo entero y el no menor privilegio de permanecer presente más allá de la muerte (muy emotivo la galería de los artistas que fallecieron en 2012). Sin olvidar el homenaje que José Sacristán dedicó al primer empresario que le dio la oportunidad de iniciar su carrera (Pedro Masó).

Intención del eufórico equipo creador de la gran triunfadora de la noche, Blancanieves (blanco y negro, mudo y con rótulos y música, como empezó el cine), quizá para recordarnos que las raíces de todas las artes no deben cortarse por mucho que los árboles que nacieron de ellas hayan desarrollado hermosas ramas. Lo mismo que debería ocurrir con los libros de hojas frente a cualquier otra tecnología que pretenda arrumbarlos. Intención de los creadores de Lo imposible (menos premiada a pesar de ser récord de taquilla) para recordarnos que los tsunamis, todo tipo de tragedias, son poderosos pero pueden ser neutralizados por los valores humanos.

Gala muy aceptable para reivindicar nuestro cine (aunque sea manifiestamente mejorable), para recordarnos que la Cultura se desarrolla sobre la base de industrias culturales pero alcanza sus mayores cumbres a partir de individuos capaces de sentir, pensar y actuar. Y fin de fiesta, hasta la alborada, en el impresionante edificio del Casino de Madrid, con buenos tentempiés, y nuevos abrazos, sonrisas, rivalidades en vestidos y tacones…

Y premios, muchos premios, agrupados en veintiocho categorías con cuatro finalistas y un ganador en cada una.

(Para ver la lista completa de los premios: http://premiosgoya.academiadecine.com/ganadores/

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