Amor en Europa

amour_love-290936946-mmedAmor, de Michael Haneke (guión y dirección), con Jean-Louis Trintignant (Georges) y Emmanuelle Riva (Anne) en los papeles protagonistas. Éxito de crítica y público: taquilla elevada y elogios en todas partes. Por ejemplo: «Implacable honestidad acerca de la vejez, la enfermedad y la muerte» (Deborah Young: The Hollywood Reporter); «Quizás la película más inolvidablemente honesta sobre la vejez que se haya hecho nunca.» (Owen Gleiberman, Entertainment Weekly); «La historia de amor más auténtica del cine reciente (…) obra absoluta.» (Sergi Sánchez, La Razón); «Puntuación: **** (sobre 4)» (Jordi Batlle Caminal, La Vanguardia); «Conmociona y arrasa.» (Luis Martínez, El Mundo). Palma de Oro, Cannes 2012; Oscar a la mejor película de habla no inglesa 2013… ¿Nada que objetar, pues? ¿Nos rendimos a una historia que nos conmueve, a una interpretación excelente, a una fotografía deslumbrante y a una dirección eficaz?

Veamos. Si se trata de valorar una obra de arte que el autor presenta de forma irónica, sí, nos rendimos; si queda claro que la realidad que se refleja está bien acotada y, lejos de inducirnos al error, nos demuestra que esa realidad es más mezquina que tierna, mucho más digna de ser combatida en sus raíces que aprobada en sus consecuencias, aplaudimos sin reservas; si además de mover nuestra compasión por los que que sufren, impulsa sobre todo nuestro espíritu crítico, nuestra capacidad para invertir unas tendencias que amenazan con señorear nuestro continente, agradecemos al artista su contribución… Pero no tengo tan claro que todas esas premisas se hayan cumplido: no conozco suficientemente los motivos e intenciones últimas de Haneke (y alguna declaración que ha hecho tampoco me saca de dudas) pero parece claro que la recepción que ha tenido la obra no va en el sentido que he citado. En efecto, los elogios de la crítica y la empatía que despierta la película en muchos espectadores, parecen que conducen más a aprobar, sin reservas, el comportamiento de Georges y Anne que a criticarlos; más a considerar el final que nos ofrece Haneke como el gran triunfo del amor en vez de su gran fracaso…

Alguien puede pensar que esto que digo es producto de la osadía, de la ignorancia o de la proyección sobre el hecho social de la circunstancia personal y recibiré con humildad y gratitud cualquier refutación que se me haga. Pero hasta entonces, me reafirmo: el «Amor» de Haneke no es admirable ni envidiable, no es un amor a imitar ni a desear para nadie, para nuestros padres, para nosotros, para nuestros hijos. Y no afirmo esto por el trágico desenlace sino porque, hasta donde la cinta nos deja ver, hasta donde podemos entrar en el alma de sus excelentemente trazados personajes, el amor de Georges y Anne es un amor que quizá nació ya vuelto hacia sí mismo, blindado a los demás pero, en todo caso, se ha desarrollado en ese sentido y se ha convertido en un amor asustado, estrecho y solitario, un amor aséptico y frío, sin carnalidad, de ventanas y corazones cerrados; un amor sin comunicación vertical ni horizontal: un amor sin hijos y nietos bien educados y amorosos y en comunicación diaria, sin amigos con los que inercambiar vivencias; sin vecinos amistosos, sin niños invasivos, sin ruidos y sin olores de la gente que vienen desde la calle… un amor egoísta y, por ello, pobre.

¿Es ésta la Europa que estamos haciendo? Sería, entonces, una Europa acomodada, de alta tecnología y amplia cultura pero de personas tristes y solitarias, de parejas escondidas sin más amor que el mutuo o de individuos cuyo familia habitual es su mascota. Sabemos que algunas culturas de economía de mera subsistencia sacrifican a sus ancianos porque no pueden mantenerlos cuando éstos no son capaces de valerse por sí mismos: ¿vamos a trasladar esta terrible ley a nuestros continente sustituyendo la economía por los sentimientos? Esperemos que no sea así: hagamos todo lo que esté en nuestra mano para que Anne y Georges no pasen de ser unos representantes de una exigua parte de nuestra sociedad: ancianos sin esperanza, enfermos y solitarios. Cierto que Europa envejece y la familia se atomiza pero no estamos condenados a la soledad, a la tristeza: debemos educar a nuestros hijos en el amor, en todos los amores incluyendo el amor familiar, el amistoso, el social, el nacional, el amor universal como valor inherente, e imprescindible, a la condición humana… Debemos mantener nuestras ventanas, nuestros teléfonos, nuestros corazones abiertos al exterior, debemos cultivar lo colectivo además de lo individual, tenemos que aprender a disfrutar y a sufrir también con los demás: conciliar, compadecer, concelebrar, compartir, ¡convivir!… Eso sí será una «implacable honestidad acerca de la vejez, la enfermedad y la muerte», una lucha inteligente y generosa contra el individualismo egoísta, contra la subsiguiente soledad, contra la muerte sórdida… Y así, enlazaremos en esta Europa nuestra un tanto desorientada, debilitada, envejecida y quizá ensimismada, con el Humanismo, con ese movimiento ideológico, social y cultural que consiguió entrar en la modernidad manteniendo lo mejor de la Edad Media y reivindicando lo mejor de la Antigüedad; enlazaremos con los Dante, Nebrija, Moro, Erasmo, Vives, Montaigne… y tantos otros que nos enseñaron, mucho más que el gusto por la belleza codificada, el gusto por la vida, la lucha contra la muerte. Porque nuestro continente, que pudo superar sus imperios inhumanos, su Inquisición, sus guerras internacionales centenarias y crueles, sus guerras civiles, sus revoluciones sangrientas, sus dos guerras mundiales, tantas atrocidades que espantaron y seguirán espantando a las generaciones… Europa, que sufrió todo eso, también debe reivindicar haber desarrollado la civilización que es hoy el objetivo de la humanidad entera: las libertades civiles y religiosas, los derechos humanos, la solidaridad, la belleza, la alegría… Y así podrá enfrentarse al terrible hecho de la muerte, que nos ha de llegar a todos y cada uno de los seres humanos, sin tener que oscilar entre la religión dogmática que intenta persuadirnos de que nuestro mundo no es más que un valle de lágrimas en breve tránsito hacia un Más Allá quimérico y la eutanasia como final gris a una vida gris aunque acomodada; en ambos casos una existencia sin devenir, es decir, sin historia. Pero no puede ser así: nuestra civilización, nuestra historia es, debe ser, un enlace y una renovación permanente de las generaciones, una mejora constante de la especie, una acumulación enriquecedora de progreso tecnológico pero, sobre todo, social y moral donde la Vida y la Muerte dialogan y se enfrentan pero donde aquélla triunfa siempre sobre ésta. En esta historia debemos combatir el aislamiento y la soledad impuesta o voluntaria, debemos mezclarnos y reunirnos, apoyarnos los unos a los otros… en la vida y en la muerte.

Así, en mi opinión, debemos abordar la historia colectiva y así, también, la particular. La pregunta que hay que hacer a los familiares, y a los médicos, no es si aplicamos la eutanasia sino si están dispuestos a acompañar a los enfermos, a compadecerlos (a padecer con ellos). Además de los enfermeros o cuidadores, los hijos deben bañar a sus padres con el mismo amor que bañan a sus hijos, deben cuidarlos, acariciarlos… Sí, por encima de risas o llantos, de cantos, meramente individuales, la sociedad europea debe aprender a formar coros de ancianos, maduros, jóvenes y niños, mezclados y rozándose unos con otros, capaces de llevar la alegría a todos los rincones, capaces de abrir todas las ventanas que la gente asustada ha ido cerrando y hasta sellando… Resonarán, así, universalmente, los bellos versos de Schiller, volando en las luminosas notas de Beethoven: «Alegría, hermosa chispa de los dioses / […] todos los hombres se vuelven hermanos / allí donde se posa tu ala suave.» Así la muerte será un hecho doloroso pero no sórdido, dramático pero no miserable, concreto pero no solitario: la Muerte tendrá como aliados para ejercer su necesario e inevitable papel el tiempo, la enfermedad, el accidente pero jamás la soledad: moriremos cada uno de nosotros como hemos vivido, en colectividad, en sociedad, sabiendo que venimos de nuestros antecesores y nos perpetuamos en nuestros descendientes, biológicos o sociales, sabiendo que nuestro cuerpo, después de expirar, no será un cadáver abandonado en una habitación cerrada, que seremos velados y llorados… Moriremos como hemos vivido, como seres sociales, capaces de dar y recibir amor de muchas personas. Ese amor de vida y no el que parece presentarnos Haneke es el que ha hecho a Europa y el que necesita nuestro continente para seguir siendo la parte más avanzada de la Humanidad.

Esta entrada fue publicada en Crítica, Reflexiones. Guarda el enlace permanente.

12 respuestas a Amor en Europa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.