Carta a una amiga que me anima a escribir

Gracias por animarme a escribir, por confiar en que puedo hacerlo («Tienes que escribir otro libro, no sólo relatos cortos.‏», «Tienes que meterte en la cabeza que no eres sólo un buen editor.») Escribir, como cualquier arte, exige una fuerza titánica de la que yo, evidentemente, no estoy sobrado: cualquier ayuda es buena y la ayuda de una persona que conoce el arte en general (que vive en él) y la literatura en particular, es buenísima ayuda… ¡Escribir, no sólo leer y editar, escribir!

El hombre, desde que tomó conciencia de ser una especie superior, se preocupó de escribir la crónica de su paso por la tierra: pinturas y esculturas, totémicas o religiosas (y, por supuesto, lúdicas), monumentos, relatos realistas o imaginativos transmitidos oralmente… hasta llegar al prodigio de la literatura, la capacidad de fijar y transmitir la historia a partir de un código (en un proceso permanente de depuración y simplificación). El hombre, nuestra especie, ha ido escribiendo sobre la piel de nuestro planeta y en el corazón de las personas una crónica inmensa, compleja, plural, tan apasionante como los propios hechos que cuenta; una historia que deslumbraría a cualquier otra especie inteligente que pudiera habitar cualquier otro planeta, que fascinaría a todos los dioses de todos los olimpos y todos los paraísos…

La Literaratura, sin despreciar, por supuesto, otros lenguajes, antes bien apoyándose en ellos, nos regala así el milagro de participar espiritualmente en todos los lugares y en todos los tiempos donde el hombre dejó su huella, de ser parte de todas las tragedias, todos los dramas, todas las comedias o farsas por las que la Humanidad ha pasado y sigue pasando. Ser parte, «estar allí», pero, por el salto que resulta del paso del acontecimiento a la crónica (más que por la distancia de espacio o tiempo), podemos hacerlo sin ser dominados por el sufrimiento insoportable o el júbilo desmesurado, podemos evitar los grandes dolores y sufrimientos de nuestros congéneres que estuvieron materialmente allí, podemos transformar la sangre en lágrimas (menos letales) y, al tiempo, disfrutar con sus fiestas, con sus alegrías… Leer así lo acontecido como también hay que leer la propia biografía: releer la carta, el documento, la referencia, etc., del padre muerto, de la mujer que nos abandonó, del amigo que nos traicionó, del hijo que nos hizo su primer (y entrañable) dibujo donde fue capaz de garabatear PAPÁ Y MAMÁ; tener todo eso para tenerlos presentes, pero para que el recuerdo sea plácido, tranquilo, desprovisto del dolor lacerante o el júbilo desmesurado de aquellos momentos, para que las lágrimas y las sonrisas sean suaves y reconfortantes.

Sí, sería maravilloso escribir, aunque sólo fuera un parágrafo, una línea de esa Crónica de la Humanidad que significa la gran litreratura, la Literatura. Porque es verdad (y yo lo tengo reivindicado como editor) que, por ejemplo, ese primer libro que conocemos, La epopeya de Gilgamesh, no hubiera llegado a nosotros sin la acción de las personas que trasladaron el relato a las tablillas (escribas/editores), los que las conservaron y difundieron (bibliotecarios/libreros), los que las hicieron inteligibles para todas las lenguas (traductores), pero ha llegado merced sobre todo al escritor, al creador de la forma de la historia, al «biógrafo» que fijó, depurándola de contingencias, la epopeya de un ser humano y, con ello, pone a nuestro alcance toda una civilización, ¡nos invita a participar en ella! Por eso te aseguro que me gustaría ser escritor, dejar escrita alguna epopeya importante, alguna crónica digna de ser editada y atesoradas en las bibliotecas.. ¡Qué no daría yo por dominar este oficio sublime! Narrar alguna aventura del hombre, acaecida o imaginada, para que otros puedan, al leerla, recrearla; cuánto me gustaría disfrutar de esa experiencia en vida y saber a mi muerte que, cuando yo ya no sea más que un recuerdo borroso en mis descendientes, lo que dije, lo que escribí puede ser escuchado, revivido, por otras gentes que, con ello y en alguna medida, participan de mi vida, evitan mi muerte total…

Sí, me gustaría seguir tu cariñoso consejo («¡Tienes que escribir una novela maravillosa y presentarte a Premios! ¡Asoma la cabeza!») ¡Una novela maravillosa!… Una novela, el género supremo de la Literatura… La novela, la buena novela, crea un mundo virtual completo donde, a modo de espejo inteligente, se refleja perfectamente la realidad seleccionada de un mundo real y, con ello, nos abre horizontes y caminos para nuevos mundos; con la novela, con la buena novela, podemos viajar en el tiempo y en el espacio en todas las direcciones y hasta donde podamos imaginar y, sobre todo, viajamos hacia nuestro interior, buscando y a veces encontrando nuestros pliegues y rincones más recónditos. Acotar el mundo real, seleccionar las partes que deben reflejarse en ese espejo para crear el mundo virtual o de ficción y dejarlo todo suficientemente claro para que quien lo mire lo comprenda y, al tiempo, lo suficientemente abierto para que cada lector pueda recrearlo (y recrearse a sí mismo) es, como decía antes, tarea de titanes… Pero, claro, ¡claro que me gustaría! Una novela que hablara de los anhelos del hombre, de las angustias del hombres, de los miedos del hombre (de mis propios anhelos, miedos y angustias)… de la prodigiosa capacidad de las personas, varón o mujer, para equivocarse una y otra vez y seguir intentando alcanzar la perfección, de seguir cayendo y levantándose cada día (y cada noche), de perderse una y mil veces por todos los caminos y seguir señalando horizontes y mantener, altivamente, la determinación de alcanzarlos. Del hombre y la mujer (de mí mismo) buscando, en su cósmico abrazo, la belleza de la Naturaleza o del Arte, el inabarcable e incomprensible Infinito, la felicidad, ¡la Vida! El amor del hombre y la mujer, el amor en cualquiera de sus formas. La lucha del hombre contra la ignorancia y la injusticia… Una novela que creara personajes tan magistralmente trazados que consiguieran enamorar a los lectores más exigentes; personajes capaces de representar, de simbolizar al hombre y la mujer de nuestro tiempo, de nuestra sociedad, de todas las sociedades y todos los tiempos. Un héroe y una heroína que se sumaran a esa excelsa galería de hombres y mujeres arquetípicos, ejemplares, maravillosos, creados por los grandes escritores de todos los tiempos, de todas las lenguas… Pero, sobre todo, esas masas de seres anónimos, oprimidos secularmente, sacrificados para mantener la estúpida avaricia, el poder espúreo. Y, especialmente, esos millones y millones de niños maltratados: los del «primer mundo», saturados de cachivaches y faltos de afecto; los del «segundo mundo» que ha dado a sus niños un turbio pasado y un incierto futuro; los del «tercer y cuarto mundos», con los huesos y la sangre de los cuales se construyen las avenidas por donde transitan jactanciosos los parásitos opulentos… Si yo pudiera crear esa gran novela, querida amiga, si yo pudiera añadir un modesto granito de arena a esa montaña formada por el género cumbre de la Literatura, sería inmensamente feliz…

Pero no hay que ser pretencioso, no hay que soñar demasiado: conformémonos con escribir algo agradable e interesante, capaz de despertar un cierto interés de un pequeño número de lectores, capaz de producir una sonrisa empática de los amigos. Sigamos escribiendo, aunque sea sólo una pequeña nota del editor, a pie de página, de una modesta página de los millones de páginas que consituyen la Gran Crónica de la Humanidad…. Sigamos escribiendo, a ver qué sale. Pero, sobre todo, sigamos leyendo… ¡Hay tanto que leer!

Con todo cariño.

 

 

 

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0 respuestas a Carta a una amiga que me anima a escribir

  1. José María: preciosa la “Carta a una amiga”. Y qué bien escrita. Yo también te animo a escribir, a ver si luego encuentras un editor que publique tus libros… Un abrazo. Enrique Fernández de Córdoba y Calleja

    • Gracias, Enrique. Intentaré corresponder a la confianza que me otorgáis los amigos. A ver si consigo algo que merezca la pena.publicarse… pero ya sabes, tú que hiciste un excelente libro de homenaje a tu abuelo Saturnino Calleja, que no es tarea fácil.
      Un abrazo,
      José María

  2. Comprendo tus ansias, José María. Eso sería maravilloso, el sueño de todo escritor. Pero estoy más de acuerdo con tu conclusión: escribir lo mejor que se pueda, sin más aspiración que ser honesto, interesar al lector y usar bien el lenguaje. Y lo más a menudo que se pueda, añado yo. El resto lo pone el lector. Y con su bagaje, también el momento, las modas, las necesidades y la sensibilidad imperante. Al menos tú puedes publicarte, sacar a la luz cosas tan bellas como aquel librito tuyo, 35 notas de un editor, tan bien hecho y tan bien escrito.

    • Gracias, Mercedes. Tú que escribes tan bien y que has visto publicados algunos de tus libros (como, por ejemplo, «Un jardín en Virginia» que incluimos en nuestra colección Alba y Mayo Narrativa), bien sabes los esfuerzos que hace el escritor.
      Un abrazo,
      José María

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