65. Amor, humor y muerte

  • ¡Privilegio! Después de unos días en las tierras, tan duras como bellas, de Soria, camino del bullicioso Mediterráneo, parada en Madrid y… ¡privilegio!: asistencia al ensayo de «Amor, humor y muerte», antología de textos clásicos y dramaturgia de Francisco Porres, en el pequeño y hermoso teatro Estudio 2 Manuel Galiana. Dos intérpretes en el desnudo escenario, con la mínima luz para poder leer y dos espectadores en las butacas. Dos intérpretes veteranos y de carrera plenamente consolidada: Julia Trujillo y Manuel Galiana. Teatro, cine, televisión, recitales, premios… a sus espaldas pero ellos han llegado puntuales y animados, con el mismo entusiasmo y la modestia de cuando eran principiantes. Como es natural en estos casos, no hay decorados ni focos que enmarquen o resalten la escena: la definición de Shakespeare se cumple plenamente aquí: el teatro es, esencialmente, dos actores, una manta y una pasión.

    ¡Pasión! A pesar de que se trata sólo de «pasar texto», al conjuro de las palabras hechas puro arte, actriz y actor se meten en situación y sus ojos se iluminan o ensombrecen, su voz vibra altanera en el orgullo o se quiebra en el dolor, y su mano se extiende solícita o acusadora en breve pero certero gesto, según convenga a la acción que se está relatando. Ya no son unos actores, ya no son Manuel Galiana y Julia Trujillo, ya sueltan «las amarras / y [entran] ya sin miedo / en el haz luminoso del teatro, / [y dicen] a los cuatro vientos / la múltiple belleza y locura de este arte». Ya son Juan Rana, deforme y licencioso; Rita Villalobos, famosa intérprete de jácaras; y Segismundo, que condensa en su monólogo la terrible tragedia de la pérdida de libertad; y Rosaura que se solidariza con él. Ya son los honrados aldeanos Casilda y Peribáñez, leyéndose mutuamente el abcedario de los recién desposados; ya son el cruel Enrique VIII repudiando a la española Catalina, su legítima esposa y víctima de la vesanía del monarca inglés… y son Pedro de Portugal e Inés de Castro, y son… Ellos dan vida a hombres y mujeres creados o recreados por los grandes autores del teatro clásico. En el escenario, ese mundo «de espejos mágicos», ya no está un actor del siglo XXI vestido con vaqueros y camisa sino el mendigo español del siglo XVII, cubierto de harapos y pidiendo «un maravedí» o, al menos, «medio mendrugo» en las gradas de San Felipe; o el Harpagón de Moliere, víctima de su avaricia. En el escenario, esa «patria de la imaginación», ya no está una actriz con ropa y belleza del siglo XXI sino una monja del siglo XVII, sor Juana Inés de la Cruz, que, en bellísimos optosílabos, da un imperecedero «aldabonazo en la conciencia» de los hombres: «Hombres necios que acusáis /a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis»; o la reina doña María, viuda del rey don Sancho, que defiende, como leona, sus derechos y a su hijo frente a los nobles ambiciosos; o la graciosa Clara de Lope de Vega, contándonos en alegre gatomaquia el parto de una gata.

    ¡Prodigio! El arte supremo del teatro, una vez más, hace el prodigio. Al conjuro de las palabras y los gestos de Manuel Galiana y Julia Trujillo, el teatro se llena de vida: «dos actores con una manta y una pasión» rompen todas las barreras de tiempos y espacios y dan vida sobre el escenario a todos los mundos: aquí está el ser humano y todas sus tragedias o comedias, sus farsas, sus verdades y mentiras enredadas durante siglos de civilización; aquí está la eterna búsqueda, y los eternos encuentros y desencuentros del hombre y la mujer; las tensiones inherentes a toda sociedad y sus imprescindibles pero imposibles equilibrios; los enfrentamientos entre pobres y ricos, pillos e ingenuos, viejos y jóvenes, poderosos y desheredados… Y ante ese prodigio, la sala se llena de seres procedentes de la Historia: aquí están Calderón y Lope, Tirso y Moliere, todos los grandes creadores y sus criaturas… Y todas las butacas se cubren con espectadores ávidos de dialogar con esos hacedores de mundos. ¡Bravo, bravo! Una vez más el Teatro es la Vida y la Vida es el Teatro.

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64. Santiago y la gente

¡La gente, las buenas gentes! Las personas sencillas que, habitualmente, se mueven por intereses e ideales «vulgares», que viven de forma sencilla, que pugnan por consumir un poco más o por dominar en las discusiones sobre fútbol, que se dejan atraer por los «famosos» de la tele, que rechazan las grandes discusiones sobre profundas cuestiones filosóficas o históricas… las gentes de «abajo», que son menospreciadas por los «intelectuales», por los poderosos, por los instalados en la parte de «arriba» de la sociedad, esas gentes que son explotadas por los grupos ociosos y parasitarios, que son manipuladas por los politicastros, nos dan, cuando llega la tragedia, un ejemplo supremo de compasión, de solidaridad: ellos acuden a socorrer al que sufre, ofrecen, de forma sencilla y espontánea, sincera, su sudor y su sangre, lloran con él, lo abrazan y consuelan, se olvidan de sus pequeños intereses y se convierten en grandes ejemplos de generosidad. Sea el 11-M o el 25-J, cuando la gente del pueblo encuentra la muerte masiva y estúpida, el dolor intenso, se encuentra, a la vez, con la gente «normal» que, antes que ninguna minoría «elevada», acude en su ayuda y le da el abrazo que necesita… ¡La gente, las buenas gentes! Una lección de humanidad que todos deberíamos aprender.

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63. Nelson Mandela

Nelson_Mandela-2008_(edit) Es hermoso llegar a los 95 años rodeado de la admiración y el respeto, del amor, de familiares y amigos; mucho más cuando estos amigos se cuentan por millones en todas las partes de la tierra. Es hermoso llegar a esa edad en esas condiciones, aunque sea luchando con la muerte, que acecha para cobrar su presa. Pero la muerte puede esperar un poco más a la puerta del hospital como esperó durante años a la puerta de los terribles calabozos donde Nelson Mandela (Madiba como lo llaman cariñosamente sus compatriotas) permaneció, en condiciones infrahumanas, durante 27 años de represión criminal por parte de la minoría blanca racista, explotadora y genocida que dominaba Sudádrica. Como esperó todos estos años en los que Mandela, una vez libre, dedicaba su vida a reconstruir un país y una sociedad que habían sido esquilmados y degradados hasta límites increíbles.
Sí, Mandela es un ejemplo imperecedero de resistencia a la estupidez y la crueldad humanas, de lucha inteligente por mejorar las condiciones de vida de las gentes normales y trabajadoras, por sacar de la miseria material y espiritual a los más débiles. Pero, sobre todo, es un ejemplo de cómo la rebeldía juvenil que produce la explotación e injusticia insitucionalizadas y que en tantas ocasiones cae en los mismos errores que combate, cómo esa rebeldía puede transformarse en una fuerza liberadora.
Hay muchos héroes en la Historia pero los más admirables son aquellos que han sido capaces de resistir en las circunstancias de soledad y tortura y los que han comprendido que la maldad humana, la explotación y la injusticia suprema de ciertos regímenes y sistemas no se resuelven con venganzas o chalaneos sino, bien al contrario, con el mantenimiento de los grandes principios de libertad y justicia, por un lado y, por otro, con la renuncia a la venganza; con el amor a los amigos y la reconciliación con el enemigo cuando éste abandona su proyecto de dominación ilícita. Mandela es sin duda, el mejor ejemplo contemporáneo de estos valores, el gran héroe del siglo XX y su ejemplo nos ilumina. Su titánica voluntad y su inteligente generosidad frente a la injusticia merece nuestra más sincera gratitud. Él consigue que recuperemos la confianza en la capacidad humana.
¡Felicidades, Señor, por estos hermosos y radiantes 95 años, que deseo se prolonguen cuanto sea posible! Permítame que una mi modesto canto al de los millones de sudafricanos y amigos de todo el mundo que celebran su onomástica, que sume a ellos mis deseos ardientes de que usted sobreviva una vez más al dolor y la muerte. Permítame que en este día festivo para la humanidad entera declare, con humildad pero con firmeza, que usted es la persona más ejemplar que dio el siglo XX, el más digno de ser admirado y seguido, la referencia más adecuada para luchar contra las injusticias y miserias de nuestra civilización y para desarrollar los grandes valores humanos que ella contiene; que usted se encuentra ya y se mantendrá, de manera destacada, en ese friso de la Historia donde se sitúan aquellos que, desde su individualidad, comprenden que somos una especie necesitada de vivir en sociedad, y que luchan honestamente porque en esa sociedad haya más libertad que represión, más igualdad que injusticia, más fraternidad que hostilidad.

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62. Maureen Ada Otuya y Jenny Sofía Rebollo Tuirán

Vengo desde el ayer, desde el pasado oscuro,
con las manos atadas por el tiempo,
con la boca sellada desde épocas remotas.
Vengo cargada de dolores antiguos
recogidos por siglos,
arrastrando cadenas largas e indestructibles.
Vengo de lo profundo del pozo del olvido,
con el silencio a cuestas,
con el miedo ancestral que ha corroído mi alma
desde el principio de los tiempos.

Mucho mejor que las mías, las bellas palabras de
Jenny Londoño para denunciar
estos terribles asesinatos.

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61. La mesonera de Orihuela

La bella mesonera de la pedanía de Correntías Medias de Orihuela, mirada amable y sonrisa infantil, no lee libros, ni siquiera los de Miguel Hernández: sus esfuerzos los dedica a la casa y al restaurante donde atiende cariñosamente a los clientes. Lo suyo no es la lectura, ni siquiera los poemas de Miguel Hernández, ni la discusión metafísica sino el trajín de preparar los mejores ingredientes para el menú y cuidar los fogones de leña para que los clientes se vayan plenamente satisfechos… Por eso la honesta mesonera de Orihuela, infantil sonrisa y amable mirada, no visita el Museo Arqueológico Comarcal de Orihuela (y, por tanto, no puede admirar, por ejemplo, la famosa escultura de Bussy conocida como La Diablesa). Ni tampoco puede seguir la impresionante «ruta de Miguel Hernández»: Casa Natal, Casa-Museo, Tahona de Carlos Fenoll, Plaza de Ramón Sijé, Seminario diocesano de San Miguel (convertido en cárcel en los momentos de la represión más dura, donde estuvo Hernández), etc. Tampoco visitará otros lugares de interés como la sepultura de Ramón Sijé, el monumento de Miguel Hernández… Ni siquiera visitará el barrio de San Isidro, vestido con los apasionados murales que se hicieron, en homenaje al poeta, en el año 76 y recientemente restaurados (aunque, por otra parte, eso le evita ver cómo los amigos del terrorismo etarra manipulan y manchan la respetable bandera republicana). Tampoco podrá visitar la exposición escultórica «del Mar», donde la bella y simpática Carolina explica las excelentes figuras en madera, piedra, cerámica, hierro y cemento (que nos traen evocaciones del cercano Mediterráneo), antes de ir a la Casa-Museo de Miguel Hernández a recibir allí a los emocionados visitantes y, si se tercia, recitar con ellos poemas de Miguel.
La laboriosa mesonera de Orihuela, sonrisa infantil y mirada amable, no participará en las veladas de «Ithaca», con Mamen, con Carlos y Antonia, con Ana-abuela, Ana-madre y Ana-hija, con Coque, Martita, Quique… Se perderá así (en la XIII Ithaca-Velada) el precioso cuento de José Luis Zerón sobre cucarachas; los poemas de Ada Soriano sobre las mujeres maltratadas; las canciones «a capella» o en karaoke de la bella y jovencísima Ada Zerón (I will be there, I will be there = Estaré ahí, estaré ahí); la emotiva nana de Fernando Pastor a su hija Alba Marina («Si llega la mañana, si el alba llega, / será un alba marina de las arenas»); el sugerente poema de Manuel-Roberto Leonís, invitándonos a abrir ventanas al mundo; el poema de M.ª Engracia Sigüenza sobre París… Sí, la sencilla mesonera de Orihuela, amable mirada e infantil sonrisa, no conocerá el último libro de Natxo Vidal, con una buena representación de la «poesía de la existencia», ni la preocupación de Javier Catalán por la memoria histórica, ni podrá imaginar un cuento sobre la leyenda de la mujer de Lot que ocupa una gran parte de la velada. Por otra parte, la discreta mesonera de Orihuela, sonrisa amable y mirada infantil, no tendrá ocasión de sorprenderse de que en una misma familia el padre reivindique sentimentalmente el franquismo (buena ocasión para releer el llamado «testamento de Franco», una excelente pieza literaria y un documento político digno de ser debatido) y el hijo combata vehementemente esta ideología, pero ambos sean igualmente respetuosos y hospitalarios.
La tímida mesonera de Orihuela, infantil mirada y amable sonrisa, no participará en ningún «viaje a Ítaca» (Kavafis) ni podrá por tanto participar en animadas y sugerentes conversaciones sobre los sabios griegos más o menos conocidos, sobre nuestros abuelos sumerios, sobre las leyendas bíblicas y los elementos históricos o legendarios de Cristo… ni siquiera sobre los suaves cerros de la sierra oriolana que, a la espalda de su hogar, miran desde hace milenios cómo se desarrolla una de las grandes cunas de la civilización (el mundo mediterráneo).
La juvenil mesonera de Orihuela, mirada infantil y sonrisa amable, oye los atronadores sones de la Fiesta del Rocío que se celebra en el pueblo, donde casi un centenar de niñas y muchachas bailan y cantan en honor a la famosa romería andaluza, y, sin duda, siente el deseo imperioso de correr a la fiesta… pero seguirá ocupada en sus tareas. La alegre mesonera de Orihuela, mirada infantil y sonrisa amable, gusta de jugar con Ana («una de las niñas más guapas del mundo», según reconoce la propia interesada) y se admira noblemente de contar entre sus clientes a escritores y editores y, aunque reconoce que no participa en la riquísima vida cultural de la zona ni se involucra en los problemas intelectuales y sociales, puede sentir el orgullo, superior a cualquier otro, de vivir de su trabajo.
En algún momento pienso que la mesonera de Correntías Medias es, quizás, la más hernandiana de las personas de Orihuela y que si Miguel pudiera buscaría la amistad de esta mujer: su amable sonrisa e infantil mirada, su trabajo honesto, su capacidad para sorprenderse, su inocencia y su evidente afecto por la gente, sin la menor duda están más cerca del autor de «Vientos del Pueblo» que las personas «cultas» y acomodadas de la ciudad e, incluso, más que algunos «intelectuales» que pueden teorizar sobre su obra…
(Y que conste que mi admiración y afecto por la mesonera de Orihuela no es sólo por haber preparado y servido el mejor arroz con conejo que he comido nunca.)

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60. Hermosa paternidad

(Para Unai)

«Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro». Esta máxima es muy popular y la he visto atribuida a orígenes tan dispares como el Corán o José Martí (del que tomo la cita literalmente). Posiblemente sea anterior a ambos pero, en todo caso, ya pertenece a la sabiduría popular y no tiene copyright. Y es una gran máxima: el compromiso con la Naturaleza (el respeto y la gratitud que le debemos), el compromiso con la perpetuación de la Especie (la necesidad de reproducirnos y, en ese sentido, nuestros hijos pueden ser biológicos, adoptados o simplemente los niños de la siguiente generación a la que debemos proteger) y el compromiso con el Conocimiento (fijar nuestro pensamiento o nuestro testimonio y ponerlo al servicio de los demás). Pero quizá nada como nuestra aportación a la continuidad de la especie, nada como sentir que nos prolongamos y mejoramos en nuestros hijos. Es posible que no haya nada mejor que puedan hacer un hombre y una mujer que tener un hijo: quizá ahí se concentren todas sus esperanzas, todos sus horizontes, toda su capacidad de amar. Tal vez, por encima de los dogmas religiosos, nada nos acerque tanto a la «inmortalidad del alma» como la idea de comprobar que, cuando nosotros hemos recorrido la mayor parte del camino de la vida y vemos ya sus últimas curvas, sabemos con certeza que la vida no se acaba, que continúa en nuestros hijos, en la siguiente generación. Quizá, también, se sienta la «resurrección de la carne» en el sublime momento de la fecundación y en el más sublime aún del parto… Sí, quizá nada tan hermoso como tener un hijo y acompañarlo en su crianza y su educación, en su desarrollo como adulto, como ciudadano… Quizá nada tan gratificante como saber que los cuidados que le hemos prodigado, los valores que le hemos enseñado, la dignidad, la bondad, el respeto, la alegría… los recibimos de él ahora, como es mi caso, aumentados y enriquecidos.

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59. Pareja

Antesala de una consulta médica. Muchos pacientes a la espera de ser recibidos por el médico especialista. Sin embargo, el fotógrafo ha acotado, de entre todos ellos, una pareja, un hombre y una mujer de mediana edad que permanecen muy juntos, aunque en silencio. Ella, de faz bellísima y figura grácil, aparenta, sin duda, bastante menos edad de la que se podría calcular. Él, todo lo contrario, por el gesto grave, la mueca de autocontrol y el cuerpo un tanto encogido, aparece como un hombre envejecido, sometido a fuertes tensiones. En cambio, la expresión de ella, la atención que le presta, y una suave caricia de ánimo que hace, nos sugiere una belleza interior quizá superior a la que se ve a primera vista. Por ello, si nos fijamos más atentamente, la expresión de él también refleja un cierto alivio, una cierta seguridad en lo que podríamos definir como una «virilidad mutuamente sostenida», antes de enfrentarse al especialista en una de las enfermedades que amenazan directamente a la condición de varón.

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58. Despacio

(Con V y con U)

Despiértate despacio. Saluda con fruición, mas lentamente, al nuevo día. Dedica unos minutos a repasar tus sueños (tus sueños en el sueño o la vigilia). Levántate con calma, disfruta los momentos del aseo y canta alegremente bajo el agua; vístete con cuidado y prepara lo que debas llevarte a tu jornada… pero antes desayuna, tomándote tu tiempo, saboreando los buenos alimentos que han de cargarte de energía para iniciar gozosamente la jornada.

Trabaja sin agobio, con ahínco pero sin crispación, sin sufrimiento. Procura hacer tu mejor obra cada día pero no desesperes si no consigues la máxima eficacia.

Retorna a tu hogar sin apresuramientos y cambia allí de ritmo y de faena. Disfruta en los rincones de tu casa del placer de ser y estar sin hacer nada, de dejar que te lleguen los recuerdos impregnados de risa o de nostalgia.

En día de fiesta o de descanso, aprovecha el privilegio de elegir alegremente tu paseo. Disfrútalo con placidez, parándote a escuchar las mil melodías que el mundo nos ofrece, a mirar, deleitándote, los mil matices de la flor silvestre o del crepúsculo, los muchos horizontes que se abren a tu paso.

Lee cuanto puedas pero sin prisas, reflexiona al tiempo que degustas el lenguaje. Contempla la Belleza muy despacio. Deja que la admiración por lo creado, ya sea por la Naturaleza o por el Hombre, penetre a lo más hondo de tu alma.

Ama tranquilo. Acaricia con parsimonia el cuerpo de la persona amada, emplea todos tus sentidos, con mucha calma, conversa con sosiego y suavemente con ella, en un diálogo siempre nuevo y siempre repetido.

…………………………

Así, si vives despacio, si avanzas en la vida con mesura, podrás disfrutar de todas las bellezas del camino y llegarás a la última curva sin demasiada fatiga, sin rencores ni amargura, dispuesto a pasar al otro lado con la satisfacción de haber dejado un buen recuerdo en este mundo.

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57. La Pasión según San Mateo

(Con Uxía)

BachAuditorio Nacional. 22, 23 y 24 de marzo de 2013. Johann Sebastian Bach: La Pasión según San Mateo. Orquesta y Coro Nacionales de España, Escolanía del Sagrado Corazón de Rosales. Dirección: Ton Koopman.

Más de dos horas y media de música y canto para intentar abordar el misterio del sacrificio de Cristo (la idea secular de que alguien ha de sacrificarse para salvarnos). Una de las más importantes piezas de toda la historia de la música. Se estrenó en 1729, con muchos menos medios técnicos que los que el espectador de hoy puede contemplar. (En efecto, una magnífica sala, una orquesta pequeña, como estableció el maestro, pero selecta y dos coros excelentes.) La obra fue discutida por los puristas del pietismo y luego olvidada, como en general toda la gigantesca obra de Bach, hasta que Mendelson la recuperó un siglo después. Bach había revisado varias veces la música e incluyó, además de las palabras de san Mateo, las del poeta C. F. Henrici, su colaborador habitual, y otros textos luteranos. Un concierto extraordinario, un privilegio poder disfrutarlo, una excelente ocasión para reflexionar…

Centremos esa reflexión, para esta ocasión, en el coro infantil, en sus más de cuarenta componentes, de edades entre 6 y 14 años, muy bien preparados por Belén Sirera. Apreciemos sus bellas voces, su ordenada presencia, sus expresiones serias pero felices… Pero, ayudados por la obra del genio, vayamos más lejos, pensemos en cómo percibirán ellos (y todos los niños que puedan conocer esta impresionante obra), desde su mundo puro e inocente, la tragedia que refleja el oratorio y cómo lo vivirán cuando lleguen a la edad adulta, a la edad madura. Cuando llegue esa edad porque quiero pensar que ahora los niños tienen que verlo como una historia menos real, más fantasiosa, como tantos cuentos que llevan oídos desde la cuna, sin participar de la angustia de los adultos.

Sí, los niños no deben sentir el dolor que refleja el evangelista y que recoge (y subraya, con sus bellísimas notas) Bach. «¡Miradlo, por su gracia y su amor, / soportar la madera que forma su cruz!»; los niños no deben sentir el arrepentimiento de los «pecadores»: «Contrición y arrepentimiento / hacen que el corazón se parta en dos.»; ni, mucho menos, participar en intrigas y traiciones: «Y le ofrecieron treinta monedas de plata. Y a partir de entonces buscó la ocasión para traicionarlo»; como tampoco asumir culpas: «Soy yo quien debería expiar, / con las manos y los pies / atados en el infierno.»; ni sentirse liberados de una culpa original por el sacrificio ajeno: «El tormento de su alma / expía mi muerte; / su sufrimiento me reportará dicha.»; ni ver la pasión como inevitable: «Está listo / para beber la copa, la amargura / de la muerte, / la copa en que se han vertido los pecados/ de este mundo con su terrible hedor, / porque le agrada al amado Dios.»; no, los niños no deben recibir el mensaje, explícito o subliminal, de que hay personas que nacen para cumplir el designio de su padre, que, incluso cuando llegan a adultos, deben someterse a la voluntad de éste : «Padre mío, si no es posible que pase de mí este cáliz a menos que beba de él, hágase entonces tu voluntad.»; personas que tienen su destino escrito, que no pueden ni siquiera intentar liberarse del sacrificio porque éste es inexorable, ya que si no, «¿cómo habrían de cumplirse las Escrituras? Así es como ha de ser.» Y por ello el elegido «[…] hubo de ser sacrificado por nosotros / y llevar la pesada carga / de nuestros pecados en la cruz.»

Es seguro que estos niños que nos deleitan con sus limpias voces, no entienden, no participan de esta terrible tragedia… pero quizá debamos pedir, «a quien corresponda», que jamás lleguen a hacerlo, que nunca participen de una interpretación de la religión que se basa en un reparto profundamente injusto de las responsabilidades, un sacrificio de inocentes para que se salven los culpables… y todo el dolor, toda la pasión, que eso conlleva; que jamás tengan que depender de la voluntad de un padre todopoderoso, de los designios de las «Escrituras»; para que no mueran exclamando, con desesperación, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Pero si los niños, que son la parte más pura, más auténtica de nuestra sociedad, no deben participar de esa visión de la Pasión… ¿debemos hacerlo los adultos? Los creyentes ¿deben asumir la visión atribuida a san Mateo y los demás evangelistas según la interpretación realizada por las iglesias cristianas? Quizá tampoco los adultos deben admitir un sacrificio que no ha conseguido ni conseguirá (la historia de veinte siglos lo demuestra), la transformación de la naturaleza del hombre, su paso de «lobo» a «cordero». En efecto, las terribles palabras de Pedro «No conozco a ese hombre» serán repetidas una y otra vez hasta nuestros días por mucho que cada año rememoremos aquel terrible acontecimiento que inauguró nuestra era y que ha devenido parte sustantiva de nuestra civilización. Quizá los adultos tengamos que asumir que la humanidad no puede ser un rebaño irresponsable, por el que que deba sacrificarse ningún pastor, que no debe haber siervos amedrentados, capaces de negar su compromiso como hizo el fundador de la iglesia católica por tres veces, sino ciudadanos optimistas, responsables, valientes y liberados de las angustias del «pecado». Que nadie debe sufrir burla y escarnio por nosotros, que tenemos que aprender a convivir sin necesidad de erigir cruces y hogueras, que nuestro siglo nos está exigiendo un sentido menos trágico, más alegre de la vida, con menos sacrificios, menos amor metafísico y más amor real.

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56. La Primavera

Un polígono industrial en el sur de Madrid. Naves viejas y descuidadas, escasez de vehículos y transeúntes, chimeneas apagadas, poca o nula actividad; en una de las paredes, casi borrados por el tiempo y la intemperie, eslóganes anarco-estalinistas con llamadas a la huelga general: un paisaje taciturno… Pero, de pronto, una hilera de almendros, en una de las aceras, combate con sus luminosos blancos y rosas, el sombrío gris circundante: los árboles han resistido el acoso industrial y desarrollan alegremente su ciclo vital, sus flores abiertas evocan las cosechas de antaño y las que pueden venir… Sobre las paredes sucias, sobre los edificios tristes, sobre las miserias de la economía de los hombres… ¡la Primavera!

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