La mesonera de Orihuela

La bella mesonera de la pedanía de Correntías Medias de Orihuela, mirada amable y sonrisa infantil, no lee libros, ni siquiera los de Miguel Hernández: sus esfuerzos los dedica a la casa y al restaurante donde atiende cariñosamente a los clientes. Lo suyo no es la lectura, ni siquiera los poemas de Miguel Hernández, ni la discusión metafísica sino el trajín de preparar los mejores ingredientes para el menú y cuidar los fogones de leña para que los clientes se vayan plenamente satisfechos… Por eso la honesta mesonera de Orihuela, infantil sonrisa y amable mirada, no visita el Museo Arqueológico Comarcal de Orihuela (y, por tanto, no puede admirar, por ejemplo, la famosa escultura de Bussy conocida como La Diablesa). Ni tampoco puede seguir la impresionante «ruta de Miguel Hernández»: Casa Natal, Casa-Museo, Tahona de Carlos Fenoll, Plaza de Ramón Sijé, Seminario diocesano de San Miguel (convertido en cárcel en los momentos de la represión más dura, donde estuvo Hernández), etc. Tampoco visitará otros lugares de interés como la sepultura de Ramón Sijé, el monumento de Miguel Hernández… Ni siquiera visitará el barrio de San Isidro, vestido con los apasionados murales que se hicieron, en homenaje al poeta, en el año 76 y recientemente restaurados (aunque, por otra parte, eso le evita ver cómo los amigos del terrorismo etarra manipulan y manchan la respetable bandera republicana). Tampoco podrá visitar la exposición escultórica «del Mar», donde la bella y simpática Carolina explica las excelentes figuras en madera, piedra, cerámica, hierro y cemento (que nos traen evocaciones del cercano Mediterráneo), antes de ir a la Casa-Museo de Miguel Hernández a recibir allí a los emocionados visitantes y, si se tercia, recitar con ellos poemas de Miguel.
La laboriosa mesonera de Orihuela, sonrisa infantil y mirada amable, no participará en las veladas de «Ithaca», con Mamen, con Carlos y Antonia, con Ana-abuela, Ana-madre y Ana-hija, con Coque, Martita, Quique… Se perderá así (en la XIII Ithaca-Velada) el precioso cuento de José Luis Zerón sobre cucarachas; los poemas de Ada Soriano sobre las mujeres maltratadas; las canciones «a capella» o en karaoke de la bella y jovencísima Ada Zerón (I will be there, I will be there = Estaré ahí, estaré ahí); la emotiva nana de Fernando Pastor a su hija Alba Marina («Si llega la mañana, si el alba llega, / será un alba marina de las arenas»); el sugerente poema de Manuel-Roberto Leonís, invitándonos a abrir ventanas al mundo; el poema de M.ª Engracia Sigüenza sobre París… Sí, la sencilla mesonera de Orihuela, amable mirada e infantil sonrisa, no conocerá el último libro de Natxo Vidal, con una buena representación de la «poesía de la existencia», ni la preocupación de Javier Catalán por la memoria histórica, ni podrá imaginar un cuento sobre la leyenda de la mujer de Lot que ocupa una gran parte de la velada. Por otra parte, la discreta mesonera de Orihuela, sonrisa amable y mirada infantil, no tendrá ocasión de sorprenderse de que en una misma familia el padre reivindique sentimentalmente el franquismo (buena ocasión para releer el llamado «testamento de Franco», una excelente pieza literaria y un documento político digno de ser debatido) y el hijo combata vehementemente esta ideología, pero ambos sean igualmente respetuosos y hospitalarios.
La tímida mesonera de Orihuela, infantil mirada y amable sonrisa, no participará en ningún «viaje a Ítaca» (Kavafis) ni podrá por tanto participar en animadas y sugerentes conversaciones sobre los sabios griegos más o menos conocidos, sobre nuestros abuelos sumerios, sobre las leyendas bíblicas y los elementos históricos o legendarios de Cristo… ni siquiera sobre los suaves cerros de la sierra oriolana que, a la espalda de su hogar, miran desde hace milenios cómo se desarrolla una de las grandes cunas de la civilización (el mundo mediterráneo).
La juvenil mesonera de Orihuela, mirada infantil y sonrisa amable, oye los atronadores sones de la Fiesta del Rocío que se celebra en el pueblo, donde casi un centenar de niñas y muchachas bailan y cantan en honor a la famosa romería andaluza, y, sin duda, siente el deseo imperioso de correr a la fiesta… pero seguirá ocupada en sus tareas. La alegre mesonera de Orihuela, mirada infantil y sonrisa amable, gusta de jugar con Ana («una de las niñas más guapas del mundo», según reconoce la propia interesada) y se admira noblemente de contar entre sus clientes a escritores y editores y, aunque reconoce que no participa en la riquísima vida cultural de la zona ni se involucra en los problemas intelectuales y sociales, puede sentir el orgullo, superior a cualquier otro, de vivir de su trabajo.
En algún momento pienso que la mesonera de Correntías Medias es, quizás, la más hernandiana de las personas de Orihuela y que si Miguel pudiera buscaría la amistad de esta mujer: su amable sonrisa e infantil mirada, su trabajo honesto, su capacidad para sorprenderse, su inocencia y su evidente afecto por la gente, sin la menor duda están más cerca del autor de «Vientos del Pueblo» que las personas «cultas» y acomodadas de la ciudad e, incluso, más que algunos «intelectuales» que pueden teorizar sobre su obra…
(Y que conste que mi admiración y afecto por la mesonera de Orihuela no es sólo por haber preparado y servido el mejor arroz con conejo que he comido nunca.)

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