62. Maureen Ada Otuya y Jenny Sofía Rebollo Tuirán

Vengo desde el ayer, desde el pasado oscuro,
con las manos atadas por el tiempo,
con la boca sellada desde épocas remotas.
Vengo cargada de dolores antiguos
recogidos por siglos,
arrastrando cadenas largas e indestructibles.
Vengo de lo profundo del pozo del olvido,
con el silencio a cuestas,
con el miedo ancestral que ha corroído mi alma
desde el principio de los tiempos.

Mucho mejor que las mías, las bellas palabras de
Jenny Londoño para denunciar
estos terribles asesinatos.

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61. La mesonera de Orihuela

La bella mesonera de la pedanía de Correntías Medias de Orihuela, mirada amable y sonrisa infantil, no lee libros, ni siquiera los de Miguel Hernández: sus esfuerzos los dedica a la casa y al restaurante donde atiende cariñosamente a los clientes. Lo suyo no es la lectura, ni siquiera los poemas de Miguel Hernández, ni la discusión metafísica sino el trajín de preparar los mejores ingredientes para el menú y cuidar los fogones de leña para que los clientes se vayan plenamente satisfechos… Por eso la honesta mesonera de Orihuela, infantil sonrisa y amable mirada, no visita el Museo Arqueológico Comarcal de Orihuela (y, por tanto, no puede admirar, por ejemplo, la famosa escultura de Bussy conocida como La Diablesa). Ni tampoco puede seguir la impresionante «ruta de Miguel Hernández»: Casa Natal, Casa-Museo, Tahona de Carlos Fenoll, Plaza de Ramón Sijé, Seminario diocesano de San Miguel (convertido en cárcel en los momentos de la represión más dura, donde estuvo Hernández), etc. Tampoco visitará otros lugares de interés como la sepultura de Ramón Sijé, el monumento de Miguel Hernández… Ni siquiera visitará el barrio de San Isidro, vestido con los apasionados murales que se hicieron, en homenaje al poeta, en el año 76 y recientemente restaurados (aunque, por otra parte, eso le evita ver cómo los amigos del terrorismo etarra manipulan y manchan la respetable bandera republicana). Tampoco podrá visitar la exposición escultórica «del Mar», donde la bella y simpática Carolina explica las excelentes figuras en madera, piedra, cerámica, hierro y cemento (que nos traen evocaciones del cercano Mediterráneo), antes de ir a la Casa-Museo de Miguel Hernández a recibir allí a los emocionados visitantes y, si se tercia, recitar con ellos poemas de Miguel.
La laboriosa mesonera de Orihuela, sonrisa infantil y mirada amable, no participará en las veladas de «Ithaca», con Mamen, con Carlos y Antonia, con Ana-abuela, Ana-madre y Ana-hija, con Coque, Martita, Quique… Se perderá así (en la XIII Ithaca-Velada) el precioso cuento de José Luis Zerón sobre cucarachas; los poemas de Ada Soriano sobre las mujeres maltratadas; las canciones «a capella» o en karaoke de la bella y jovencísima Ada Zerón (I will be there, I will be there = Estaré ahí, estaré ahí); la emotiva nana de Fernando Pastor a su hija Alba Marina («Si llega la mañana, si el alba llega, / será un alba marina de las arenas»); el sugerente poema de Manuel-Roberto Leonís, invitándonos a abrir ventanas al mundo; el poema de M.ª Engracia Sigüenza sobre París… Sí, la sencilla mesonera de Orihuela, amable mirada e infantil sonrisa, no conocerá el último libro de Natxo Vidal, con una buena representación de la «poesía de la existencia», ni la preocupación de Javier Catalán por la memoria histórica, ni podrá imaginar un cuento sobre la leyenda de la mujer de Lot que ocupa una gran parte de la velada. Por otra parte, la discreta mesonera de Orihuela, sonrisa amable y mirada infantil, no tendrá ocasión de sorprenderse de que en una misma familia el padre reivindique sentimentalmente el franquismo (buena ocasión para releer el llamado «testamento de Franco», una excelente pieza literaria y un documento político digno de ser debatido) y el hijo combata vehementemente esta ideología, pero ambos sean igualmente respetuosos y hospitalarios.
La tímida mesonera de Orihuela, infantil mirada y amable sonrisa, no participará en ningún «viaje a Ítaca» (Kavafis) ni podrá por tanto participar en animadas y sugerentes conversaciones sobre los sabios griegos más o menos conocidos, sobre nuestros abuelos sumerios, sobre las leyendas bíblicas y los elementos históricos o legendarios de Cristo… ni siquiera sobre los suaves cerros de la sierra oriolana que, a la espalda de su hogar, miran desde hace milenios cómo se desarrolla una de las grandes cunas de la civilización (el mundo mediterráneo).
La juvenil mesonera de Orihuela, mirada infantil y sonrisa amable, oye los atronadores sones de la Fiesta del Rocío que se celebra en el pueblo, donde casi un centenar de niñas y muchachas bailan y cantan en honor a la famosa romería andaluza, y, sin duda, siente el deseo imperioso de correr a la fiesta… pero seguirá ocupada en sus tareas. La alegre mesonera de Orihuela, mirada infantil y sonrisa amable, gusta de jugar con Ana («una de las niñas más guapas del mundo», según reconoce la propia interesada) y se admira noblemente de contar entre sus clientes a escritores y editores y, aunque reconoce que no participa en la riquísima vida cultural de la zona ni se involucra en los problemas intelectuales y sociales, puede sentir el orgullo, superior a cualquier otro, de vivir de su trabajo.
En algún momento pienso que la mesonera de Correntías Medias es, quizás, la más hernandiana de las personas de Orihuela y que si Miguel pudiera buscaría la amistad de esta mujer: su amable sonrisa e infantil mirada, su trabajo honesto, su capacidad para sorprenderse, su inocencia y su evidente afecto por la gente, sin la menor duda están más cerca del autor de «Vientos del Pueblo» que las personas «cultas» y acomodadas de la ciudad e, incluso, más que algunos «intelectuales» que pueden teorizar sobre su obra…
(Y que conste que mi admiración y afecto por la mesonera de Orihuela no es sólo por haber preparado y servido el mejor arroz con conejo que he comido nunca.)

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60. Hermosa paternidad

(Para Unai)

«Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro». Esta máxima es muy popular y la he visto atribuida a orígenes tan dispares como el Corán o José Martí (del que tomo la cita literalmente). Posiblemente sea anterior a ambos pero, en todo caso, ya pertenece a la sabiduría popular y no tiene copyright. Y es una gran máxima: el compromiso con la Naturaleza (el respeto y la gratitud que le debemos), el compromiso con la perpetuación de la Especie (la necesidad de reproducirnos y, en ese sentido, nuestros hijos pueden ser biológicos, adoptados o simplemente los niños de la siguiente generación a la que debemos proteger) y el compromiso con el Conocimiento (fijar nuestro pensamiento o nuestro testimonio y ponerlo al servicio de los demás). Pero quizá nada como nuestra aportación a la continuidad de la especie, nada como sentir que nos prolongamos y mejoramos en nuestros hijos. Es posible que no haya nada mejor que puedan hacer un hombre y una mujer que tener un hijo: quizá ahí se concentren todas sus esperanzas, todos sus horizontes, toda su capacidad de amar. Tal vez, por encima de los dogmas religiosos, nada nos acerque tanto a la «inmortalidad del alma» como la idea de comprobar que, cuando nosotros hemos recorrido la mayor parte del camino de la vida y vemos ya sus últimas curvas, sabemos con certeza que la vida no se acaba, que continúa en nuestros hijos, en la siguiente generación. Quizá, también, se sienta la «resurrección de la carne» en el sublime momento de la fecundación y en el más sublime aún del parto… Sí, quizá nada tan hermoso como tener un hijo y acompañarlo en su crianza y su educación, en su desarrollo como adulto, como ciudadano… Quizá nada tan gratificante como saber que los cuidados que le hemos prodigado, los valores que le hemos enseñado, la dignidad, la bondad, el respeto, la alegría… los recibimos de él ahora, como es mi caso, aumentados y enriquecidos.

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59. Pareja

Antesala de una consulta médica. Muchos pacientes a la espera de ser recibidos por el médico especialista. Sin embargo, el fotógrafo ha acotado, de entre todos ellos, una pareja, un hombre y una mujer de mediana edad que permanecen muy juntos, aunque en silencio. Ella, de faz bellísima y figura grácil, aparenta, sin duda, bastante menos edad de la que se podría calcular. Él, todo lo contrario, por el gesto grave, la mueca de autocontrol y el cuerpo un tanto encogido, aparece como un hombre envejecido, sometido a fuertes tensiones. En cambio, la expresión de ella, la atención que le presta, y una suave caricia de ánimo que hace, nos sugiere una belleza interior quizá superior a la que se ve a primera vista. Por ello, si nos fijamos más atentamente, la expresión de él también refleja un cierto alivio, una cierta seguridad en lo que podríamos definir como una «virilidad mutuamente sostenida», antes de enfrentarse al especialista en una de las enfermedades que amenazan directamente a la condición de varón.

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58. Despacio

(Con V y con U)

Despiértate despacio. Saluda con fruición, mas lentamente, al nuevo día. Dedica unos minutos a repasar tus sueños (tus sueños en el sueño o la vigilia). Levántate con calma, disfruta los momentos del aseo y canta alegremente bajo el agua; vístete con cuidado y prepara lo que debas llevarte a tu jornada… pero antes desayuna, tomándote tu tiempo, saboreando los buenos alimentos que han de cargarte de energía para iniciar gozosamente la jornada.

Trabaja sin agobio, con ahínco pero sin crispación, sin sufrimiento. Procura hacer tu mejor obra cada día pero no desesperes si no consigues la máxima eficacia.

Retorna a tu hogar sin apresuramientos y cambia allí de ritmo y de faena. Disfruta en los rincones de tu casa del placer de ser y estar sin hacer nada, de dejar que te lleguen los recuerdos impregnados de risa o de nostalgia.

En día de fiesta o de descanso, aprovecha el privilegio de elegir alegremente tu paseo. Disfrútalo con placidez, parándote a escuchar las mil melodías que el mundo nos ofrece, a mirar, deleitándote, los mil matices de la flor silvestre o del crepúsculo, los muchos horizontes que se abren a tu paso.

Lee cuanto puedas pero sin prisas, reflexiona al tiempo que degustas el lenguaje. Contempla la Belleza muy despacio. Deja que la admiración por lo creado, ya sea por la Naturaleza o por el Hombre, penetre a lo más hondo de tu alma.

Ama tranquilo. Acaricia con parsimonia el cuerpo de la persona amada, emplea todos tus sentidos, con mucha calma, conversa con sosiego y suavemente con ella, en un diálogo siempre nuevo y siempre repetido.

…………………………

Así, si vives despacio, si avanzas en la vida con mesura, podrás disfrutar de todas las bellezas del camino y llegarás a la última curva sin demasiada fatiga, sin rencores ni amargura, dispuesto a pasar al otro lado con la satisfacción de haber dejado un buen recuerdo en este mundo.

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57. La Pasión según San Mateo

(Con Uxía)

BachAuditorio Nacional. 22, 23 y 24 de marzo de 2013. Johann Sebastian Bach: La Pasión según San Mateo. Orquesta y Coro Nacionales de España, Escolanía del Sagrado Corazón de Rosales. Dirección: Ton Koopman.

Más de dos horas y media de música y canto para intentar abordar el misterio del sacrificio de Cristo (la idea secular de que alguien ha de sacrificarse para salvarnos). Una de las más importantes piezas de toda la historia de la música. Se estrenó en 1729, con muchos menos medios técnicos que los que el espectador de hoy puede contemplar. (En efecto, una magnífica sala, una orquesta pequeña, como estableció el maestro, pero selecta y dos coros excelentes.) La obra fue discutida por los puristas del pietismo y luego olvidada, como en general toda la gigantesca obra de Bach, hasta que Mendelson la recuperó un siglo después. Bach había revisado varias veces la música e incluyó, además de las palabras de san Mateo, las del poeta C. F. Henrici, su colaborador habitual, y otros textos luteranos. Un concierto extraordinario, un privilegio poder disfrutarlo, una excelente ocasión para reflexionar…

Centremos esa reflexión, para esta ocasión, en el coro infantil, en sus más de cuarenta componentes, de edades entre 6 y 14 años, muy bien preparados por Belén Sirera. Apreciemos sus bellas voces, su ordenada presencia, sus expresiones serias pero felices… Pero, ayudados por la obra del genio, vayamos más lejos, pensemos en cómo percibirán ellos (y todos los niños que puedan conocer esta impresionante obra), desde su mundo puro e inocente, la tragedia que refleja el oratorio y cómo lo vivirán cuando lleguen a la edad adulta, a la edad madura. Cuando llegue esa edad porque quiero pensar que ahora los niños tienen que verlo como una historia menos real, más fantasiosa, como tantos cuentos que llevan oídos desde la cuna, sin participar de la angustia de los adultos.

Sí, los niños no deben sentir el dolor que refleja el evangelista y que recoge (y subraya, con sus bellísimas notas) Bach. «¡Miradlo, por su gracia y su amor, / soportar la madera que forma su cruz!»; los niños no deben sentir el arrepentimiento de los «pecadores»: «Contrición y arrepentimiento / hacen que el corazón se parta en dos.»; ni, mucho menos, participar en intrigas y traiciones: «Y le ofrecieron treinta monedas de plata. Y a partir de entonces buscó la ocasión para traicionarlo»; como tampoco asumir culpas: «Soy yo quien debería expiar, / con las manos y los pies / atados en el infierno.»; ni sentirse liberados de una culpa original por el sacrificio ajeno: «El tormento de su alma / expía mi muerte; / su sufrimiento me reportará dicha.»; ni ver la pasión como inevitable: «Está listo / para beber la copa, la amargura / de la muerte, / la copa en que se han vertido los pecados/ de este mundo con su terrible hedor, / porque le agrada al amado Dios.»; no, los niños no deben recibir el mensaje, explícito o subliminal, de que hay personas que nacen para cumplir el designio de su padre, que, incluso cuando llegan a adultos, deben someterse a la voluntad de éste : «Padre mío, si no es posible que pase de mí este cáliz a menos que beba de él, hágase entonces tu voluntad.»; personas que tienen su destino escrito, que no pueden ni siquiera intentar liberarse del sacrificio porque éste es inexorable, ya que si no, «¿cómo habrían de cumplirse las Escrituras? Así es como ha de ser.» Y por ello el elegido «[…] hubo de ser sacrificado por nosotros / y llevar la pesada carga / de nuestros pecados en la cruz.»

Es seguro que estos niños que nos deleitan con sus limpias voces, no entienden, no participan de esta terrible tragedia… pero quizá debamos pedir, «a quien corresponda», que jamás lleguen a hacerlo, que nunca participen de una interpretación de la religión que se basa en un reparto profundamente injusto de las responsabilidades, un sacrificio de inocentes para que se salven los culpables… y todo el dolor, toda la pasión, que eso conlleva; que jamás tengan que depender de la voluntad de un padre todopoderoso, de los designios de las «Escrituras»; para que no mueran exclamando, con desesperación, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Pero si los niños, que son la parte más pura, más auténtica de nuestra sociedad, no deben participar de esa visión de la Pasión… ¿debemos hacerlo los adultos? Los creyentes ¿deben asumir la visión atribuida a san Mateo y los demás evangelistas según la interpretación realizada por las iglesias cristianas? Quizá tampoco los adultos deben admitir un sacrificio que no ha conseguido ni conseguirá (la historia de veinte siglos lo demuestra), la transformación de la naturaleza del hombre, su paso de «lobo» a «cordero». En efecto, las terribles palabras de Pedro «No conozco a ese hombre» serán repetidas una y otra vez hasta nuestros días por mucho que cada año rememoremos aquel terrible acontecimiento que inauguró nuestra era y que ha devenido parte sustantiva de nuestra civilización. Quizá los adultos tengamos que asumir que la humanidad no puede ser un rebaño irresponsable, por el que que deba sacrificarse ningún pastor, que no debe haber siervos amedrentados, capaces de negar su compromiso como hizo el fundador de la iglesia católica por tres veces, sino ciudadanos optimistas, responsables, valientes y liberados de las angustias del «pecado». Que nadie debe sufrir burla y escarnio por nosotros, que tenemos que aprender a convivir sin necesidad de erigir cruces y hogueras, que nuestro siglo nos está exigiendo un sentido menos trágico, más alegre de la vida, con menos sacrificios, menos amor metafísico y más amor real.

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56. La Primavera

Un polígono industrial en el sur de Madrid. Naves viejas y descuidadas, escasez de vehículos y transeúntes, chimeneas apagadas, poca o nula actividad; en una de las paredes, casi borrados por el tiempo y la intemperie, eslóganes anarco-estalinistas con llamadas a la huelga general: un paisaje taciturno… Pero, de pronto, una hilera de almendros, en una de las aceras, combate con sus luminosos blancos y rosas, el sombrío gris circundante: los árboles han resistido el acoso industrial y desarrollan alegremente su ciclo vital, sus flores abiertas evocan las cosechas de antaño y las que pueden venir… Sobre las paredes sucias, sobre los edificios tristes, sobre las miserias de la economía de los hombres… ¡la Primavera!

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55. Sorolla

Museo Sorolla. Madrid, 17 de marzo de 2013. Los visitantes vuelven a la Casa- Museo Sorolla. La casa que habitó en la última década creativa de su vida el gran pintor Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Cercedilla-Madrid, 1923). La Primavera se asoma a pesar de la llovizna y la luz, la luz que siempre invocó el maestro valenciano y que supo acoger en su inteligente y hermosa casa-museo, la luz tímida pero resuelta, ayuda a ampliar la mirada. El naturalismo del pintor, el naturalismo en el arte y en la vida, que tanto ayuda al hombre, señorea todo el espacio, desde el jardín que sobrevive al acoso de los edificios rudos y envidiosos que hoy lo rodean, hasta la más pequeña tablilla sobre la que el maestro bocetaba el futuro cuadro; señorea la casa (de arquitectura ecléctica la baratísima y excelente guía y los amables y documentados celadores nos recordarán las peleas de Sorolla con su arquitecto Enrique Repullés pero de eficacia insuperable para el fin que fue levantada) y señorea la pequeña pero bien nutrida colección de cuadros que alberga.

Los visitantes pueden recorrer unas estancias espléndidas, llenas de luz pero también y sobre todo de calor humano, de referencias familiares, de objetos valiosos de inteligente coleccionista —muebles (un brasero tan útil en su tiempo como bello hoy, ¡ese maravilloso sofá con dosel protector y librería íntima!), cerámica (Toledo se derrama en el patio andaluz), libros (¡un poemario del genio JRJ con dedicatoria entrañable!), ¡la paleta y los pinceles del maestro casi centenarios y magníficamente conservados, devenidos en objetos cuasi sagrados!… Los visitantes no pueden ver muchas de las obras mundialmente famosas (más de 2.200 están catalogadas) como los impresionantes murales que realizó para la Spanic Society of America con el nombre de «Visión de España», obras que están hoy en grandes museos del mundo (como el Prado) o en manos privadas, pero pueden contemplar otras muchas, entre ellas algunos de los cuadros más queridos por Sorolla, los más íntimos y personales, los que recogen paisajes y retratos familiares, los que contienen la luz (¡y la brisa… y el viento!) del mundo mediterráneo (una de las cunas de nuestras civilización) en el que se formó el pintor; los cuadros que su inteligente y generosa esposa-musa, doña Clotilde García del Castillo, y su hijo Joaquín (no así las hijas María Clotilde y Elena), cedieron al Estado para ponerlos al alcance de la gente normal; cuadros donde la luz funde a las personas y el paisaje en un conjunto impresionista, como Nadadores, Jávea o Instantánea y cuadros donde las personas reflejan el drama de la vida cotidiana como, por ejemplo, Trata de blancas, Madre o Una investigacióncuadros donde se concentra toda la sabiduría y sensibilidad del artista, todo su estilo, como Pescadoras valencianas y, sobre todo, los dedicados a sus hijos y a su amada esposa.

Un pequeño pero hermoso museo, bien acondicionado y pleno de arte, donde el visitante puede ver la vida y la belleza entrelazadas, el ser humano y su permanente lucha por elevarse por encima de sus miserias, como esa reproducción del poema de Juan Ramón «Mariposa de luz» que adorna una de sus paredes y que, sin duda, refleja también la personalidad de Sorolla: «La belleza se va cuando yo llego / A su rosa. / Corro, ciego, tras ella… / La medio cojo aquí y allá… / ¡Sólo queda en mi mano / la forma de su huida!» El visitante, que no puede dejar de moverse en un mundo rudo y envidioso, agradece que los grandes hombres sigan persiguiendo la luz, la mariposa, la flor, la Belleza… aunque sólo puedan retener en su mano, para compartir con nosotros, «la forma de su huida».

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54. Familiar

Una quincena de personas en una casa pequeña, apelotonadas en torno a una mesa y una comida: una celebración; sin duda ha habido intercambio de regalos, tartas y velas, cánticos, juegos y bromas. Tres generaciones mezcladas: niños, jóvenes maduros y algún anciano; todas las edades. Risas, alegría… Todos se rozan con todos, todos emplean sus sentidos (la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto) para interactuar, para aprender, para disfrutar. Los viejos pueden comprobar que la vida no se acaba en ellos, que muchos de sus genes, los más hábiles, caminan hacia la eternidad; los jóvenes pueden experimentar, una vez más, el valor de la familia, el grupo humano más importante; los niños no analizan pero intuyen que la historia comenzó mucho antes de que ellos nacieran y que ellos pueden y deben continuarla; todos perciben, de una manera u otra, la necesidad del amor, la felicidad posible. En ese reducido ámbito de una casa modesta, la vida se eleva por encima de los palacios y las opulencias porque desparecen los egoísmos, se estimulan los mejores sentimientos; la individualidad se potencia pero, al tiempo, el grupo se cohesiona y, con ello, cada individuo se siente protegido, parte de una unidad más grande, miembro de un colectivo indestructible. Fuera, hay múltiples dificultades y problemas, en ocasiones un mundo hostil… pero en el hogar, en familia, todo se puede resolver. Como los primeros humanos, que acondicionaron las cuevas para defenderse de los depredadores y fortalecer los lazos familiares tanto horizontal como verticalmente, las familias se reúnen en el hogar y lo celebran. La vida bulle, la fiesta continúa… Otro día quizá tengan que reunirse para el duelo pero también lo harán colectivamente, también se mezclarán varias generaciones y se rozarán y se abrazarán y todos comprenderán que la familia sobrevive a todas las dificultades, que las generaciones se enlazan, que es necesario el amor, que es posible la felicidad.

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53. Amor en Europa

amour_love-290936946-mmedAmor, de Michael Haneke (guión y dirección), con Jean-Louis Trintignant (Georges) y Emmanuelle Riva (Anne) en los papeles protagonistas. Éxito de crítica y público: taquilla elevada y elogios en todas partes. Por ejemplo: «Implacable honestidad acerca de la vejez, la enfermedad y la muerte» (Deborah Young: The Hollywood Reporter); «Quizás la película más inolvidablemente honesta sobre la vejez que se haya hecho nunca.» (Owen Gleiberman, Entertainment Weekly); «La historia de amor más auténtica del cine reciente (…) obra absoluta.» (Sergi Sánchez, La Razón); «Puntuación: **** (sobre 4)» (Jordi Batlle Caminal, La Vanguardia); «Conmociona y arrasa.» (Luis Martínez, El Mundo). Palma de Oro, Cannes 2012; Oscar a la mejor película de habla no inglesa 2013… ¿Nada que objetar, pues? ¿Nos rendimos a una historia que nos conmueve, a una interpretación excelente, a una fotografía deslumbrante y a una dirección eficaz?

Veamos. Si se trata de valorar una obra de arte que el autor presenta de forma irónica, sí, nos rendimos; si queda claro que la realidad que se refleja está bien acotada y, lejos de inducirnos al error, nos demuestra que esa realidad es más mezquina que tierna, mucho más digna de ser combatida en sus raíces que aprobada en sus consecuencias, aplaudimos sin reservas; si además de mover nuestra compasión por los que que sufren, impulsa sobre todo nuestro espíritu crítico, nuestra capacidad para invertir unas tendencias que amenazan con señorear nuestro continente, agradecemos al artista su contribución… Pero no tengo tan claro que todas esas premisas se hayan cumplido: no conozco suficientemente los motivos e intenciones últimas de Haneke (y alguna declaración que ha hecho tampoco me saca de dudas) pero parece claro que la recepción que ha tenido la obra no va en el sentido que he citado. En efecto, los elogios de la crítica y la empatía que despierta la película en muchos espectadores, parecen que conducen más a aprobar, sin reservas, el comportamiento de Georges y Anne que a criticarlos; más a considerar el final que nos ofrece Haneke como el gran triunfo del amor en vez de su gran fracaso…

Alguien puede pensar que esto que digo es producto de la osadía, de la ignorancia o de la proyección sobre el hecho social de la circunstancia personal y recibiré con humildad y gratitud cualquier refutación que se me haga. Pero hasta entonces, me reafirmo: el «Amor» de Haneke no es admirable ni envidiable, no es un amor a imitar ni a desear para nadie, para nuestros padres, para nosotros, para nuestros hijos. Y no afirmo esto por el trágico desenlace sino porque, hasta donde la cinta nos deja ver, hasta donde podemos entrar en el alma de sus excelentemente trazados personajes, el amor de Georges y Anne es un amor que quizá nació ya vuelto hacia sí mismo, blindado a los demás pero, en todo caso, se ha desarrollado en ese sentido y se ha convertido en un amor asustado, estrecho y solitario, un amor aséptico y frío, sin carnalidad, de ventanas y corazones cerrados; un amor sin comunicación vertical ni horizontal: un amor sin hijos y nietos bien educados y amorosos y en comunicación diaria, sin amigos con los que inercambiar vivencias; sin vecinos amistosos, sin niños invasivos, sin ruidos y sin olores de la gente que vienen desde la calle… un amor egoísta y, por ello, pobre.

¿Es ésta la Europa que estamos haciendo? Sería, entonces, una Europa acomodada, de alta tecnología y amplia cultura pero de personas tristes y solitarias, de parejas escondidas sin más amor que el mutuo o de individuos cuyo familia habitual es su mascota. Sabemos que algunas culturas de economía de mera subsistencia sacrifican a sus ancianos porque no pueden mantenerlos cuando éstos no son capaces de valerse por sí mismos: ¿vamos a trasladar esta terrible ley a nuestros continente sustituyendo la economía por los sentimientos? Esperemos que no sea así: hagamos todo lo que esté en nuestra mano para que Anne y Georges no pasen de ser unos representantes de una exigua parte de nuestra sociedad: ancianos sin esperanza, enfermos y solitarios. Cierto que Europa envejece y la familia se atomiza pero no estamos condenados a la soledad, a la tristeza: debemos educar a nuestros hijos en el amor, en todos los amores incluyendo el amor familiar, el amistoso, el social, el nacional, el amor universal como valor inherente, e imprescindible, a la condición humana… Debemos mantener nuestras ventanas, nuestros teléfonos, nuestros corazones abiertos al exterior, debemos cultivar lo colectivo además de lo individual, tenemos que aprender a disfrutar y a sufrir también con los demás: conciliar, compadecer, concelebrar, compartir, ¡convivir!… Eso sí será una «implacable honestidad acerca de la vejez, la enfermedad y la muerte», una lucha inteligente y generosa contra el individualismo egoísta, contra la subsiguiente soledad, contra la muerte sórdida… Y así, enlazaremos en esta Europa nuestra un tanto desorientada, debilitada, envejecida y quizá ensimismada, con el Humanismo, con ese movimiento ideológico, social y cultural que consiguió entrar en la modernidad manteniendo lo mejor de la Edad Media y reivindicando lo mejor de la Antigüedad; enlazaremos con los Dante, Nebrija, Moro, Erasmo, Vives, Montaigne… y tantos otros que nos enseñaron, mucho más que el gusto por la belleza codificada, el gusto por la vida, la lucha contra la muerte. Porque nuestro continente, que pudo superar sus imperios inhumanos, su Inquisición, sus guerras internacionales centenarias y crueles, sus guerras civiles, sus revoluciones sangrientas, sus dos guerras mundiales, tantas atrocidades que espantaron y seguirán espantando a las generaciones… Europa, que sufrió todo eso, también debe reivindicar haber desarrollado la civilización que es hoy el objetivo de la humanidad entera: las libertades civiles y religiosas, los derechos humanos, la solidaridad, la belleza, la alegría… Y así podrá enfrentarse al terrible hecho de la muerte, que nos ha de llegar a todos y cada uno de los seres humanos, sin tener que oscilar entre la religión dogmática que intenta persuadirnos de que nuestro mundo no es más que un valle de lágrimas en breve tránsito hacia un Más Allá quimérico y la eutanasia como final gris a una vida gris aunque acomodada; en ambos casos una existencia sin devenir, es decir, sin historia. Pero no puede ser así: nuestra civilización, nuestra historia es, debe ser, un enlace y una renovación permanente de las generaciones, una mejora constante de la especie, una acumulación enriquecedora de progreso tecnológico pero, sobre todo, social y moral donde la Vida y la Muerte dialogan y se enfrentan pero donde aquélla triunfa siempre sobre ésta. En esta historia debemos combatir el aislamiento y la soledad impuesta o voluntaria, debemos mezclarnos y reunirnos, apoyarnos los unos a los otros… en la vida y en la muerte.

Así, en mi opinión, debemos abordar la historia colectiva y así, también, la particular. La pregunta que hay que hacer a los familiares, y a los médicos, no es si aplicamos la eutanasia sino si están dispuestos a acompañar a los enfermos, a compadecerlos (a padecer con ellos). Además de los enfermeros o cuidadores, los hijos deben bañar a sus padres con el mismo amor que bañan a sus hijos, deben cuidarlos, acariciarlos… Sí, por encima de risas o llantos, de cantos, meramente individuales, la sociedad europea debe aprender a formar coros de ancianos, maduros, jóvenes y niños, mezclados y rozándose unos con otros, capaces de llevar la alegría a todos los rincones, capaces de abrir todas las ventanas que la gente asustada ha ido cerrando y hasta sellando… Resonarán, así, universalmente, los bellos versos de Schiller, volando en las luminosas notas de Beethoven: «Alegría, hermosa chispa de los dioses / […] todos los hombres se vuelven hermanos / allí donde se posa tu ala suave.» Así la muerte será un hecho doloroso pero no sórdido, dramático pero no miserable, concreto pero no solitario: la Muerte tendrá como aliados para ejercer su necesario e inevitable papel el tiempo, la enfermedad, el accidente pero jamás la soledad: moriremos cada uno de nosotros como hemos vivido, en colectividad, en sociedad, sabiendo que venimos de nuestros antecesores y nos perpetuamos en nuestros descendientes, biológicos o sociales, sabiendo que nuestro cuerpo, después de expirar, no será un cadáver abandonado en una habitación cerrada, que seremos velados y llorados… Moriremos como hemos vivido, como seres sociales, capaces de dar y recibir amor de muchas personas. Ese amor de vida y no el que parece presentarnos Haneke es el que ha hecho a Europa y el que necesita nuestro continente para seguir siendo la parte más avanzada de la Humanidad.

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