La trampa del progresismo

Gorka Maneiro (al que admiro desde cuando, en 2016 y en circunstancias especialmente duras, se hizo cargo de la portavocía de UPyD  y al que di mi voto en las elecciones de ese año) publicó el martes 28 de mayo de 2019 y, sin duda, en relación con los pactos postelectorales de que tanto habla la prensa desde que se conocieron los datos de la jornada electoral del domingo anterior: «No se trata de sillas o sillones sino de condicionar cualquier apoyo al logro de determinadas medidas: justicia social, fiscalidad justa y progresiva, lucha contra fraudes laborales, reforma ley electoral, despolitización de la Justicia, igualdad, unidad de España…»   
Me pareció que Maneiro no acertaba del todo con ese planteamiento y le envié mi respuesta (es sabido que Twitter permite a cualquier miembro responder a otro) con el siguiente texto: «Por favor, no caigamos en la trampa del “progresismo”: la unidad de España debe estar en primer lugar y condicionando todas y cada una de las demás medidas.» Él me respondió: «No pretendía un orden: en todo caso, sin Estado no hay Estado del Bienestar y, a la vez, si el Estado no sirve para que haya más igualdad o justicia social, ¿para qué quiero un Estado? ¿Me explico?»
Como no acaba de convencerme esa explicación y no me parece oportuno provocar una polémica condicionada por la brevedad que impone Twitter, desarrollo mis argumento en este escrito, que luego haré llegar a Gorka.

Para empezar, creo que hay que formular la pregunta que se hace Maneiro («[…]si el Estado no sirve para que haya más igualdad o justicia social, ¿para qué quiero un Estado?») de manera inversa: ¿se puede luchar por la justicia social, contra todas injusticias, sin la existencia previa del Estado? Y la respuesta, siempre en mi modesta opinión, es rotundamente no.
Para seguir, hay que hacer un ejercicio de realismo, de sentido común: por mucho que lo intentemos no será posible conseguir una sociedad perfecta. De hecho, cuantos lo han intentado, valiéndose de doctrinas, dogmas y sectas, fracasaron (y provocaron sangrientas tragedias). Siempre tendremos que luchar por la justicia social, por la mejor fiscalidad, contra los fraudes laborales… por montones de causas, y tendremos que defender la separación de poderes, la despolitización de la Justicia, la igualdad de derechos y oportunidades… Pero para todo ello necesitamos un marco sólido y claramente acotado, un terreno de juego con las reglas bien claras y un reconocimiento general de ambos elementos que neutralice a los que, desde fuera o desde dentro, intentan negarlos, destruirlos o, al menos, debilitarlos. En suma, necesitamos el Estado, un Estado fuerte como la mejor garantía de la unidad nacional pero también como mejor instrumento «para que haya más igualdad o justicia social».
Para concluir: el Estado, y especialmente el Estado social y democrático de Derecho, es la mejor garantía de un territorio seguro y defendido, una Hacienda común, unas leyes que defienden a todos los ciudadanos… Naturalmente, en no pocas ocasiones, estos principios no se cumplen, soportamos abusos y falsedades, pero es dentro de ese marco nacional, estatal, donde mejor podemos combatirlos. Por eso es prioritario defender al Estado, por eso no podemos poner esa defensa como una tarea más al lado de las laborales, fiscales, electorales, etcétera, porque todas ellas dependen del Estado, un Estado lo más justo y fuerte posible.
Por supuesto que dentro («por debajo») del Estado puede haber instituciones locales o autonómicas que acerquen el Poder (legislativo, ejecutivo o judicial) y la Administración (todos los servicios que presta el Estado) a la ciudadanía, pero siempre sometidos a la autoridad superior del Estado central. Y también sabemos que nuestro Estado puede participar en organizaciones supranacionales, pero siempre que no pongan en riesgo su soberanía. O sea, cualquier descentralización que signifique negar la Autoridad superior del Estado o cualquier participación en organizaciones internacionales que ponga en cuestión la soberanía nacional deben ser combatidas con toda determinación.
¿Verdades de Pero Grullo? Sí, pero verdades muy necesarias, que deben ser expresadas con toda claridad y firmeza, en una situación en que fuerzas muy reaccionarias dentro de España e intereses oscuros fuera de ella intentan por diversos medios que el Estado sea «residual» (Pascual Maragall dixit, tras la aprobación del Estatuto de Cataluña) en varias regiones de nuestro país y la llamada «construcción europea», que abre muchas posibilidades, contiene también no pocos peligros de que el «eje franco-alemán» (u otros ejes) condicionen el progreso y la independencia en España.
¿Nacionalismo españolista? ¡No quisiera! Creo sinceramente que hay que ser patriota pero no nacionalista… pero si por defender, sin complejos ni relativismos, la Constitución puedo ser acusado de nacionalista… ¡qué le vamos a hacer!
La Nación, el Estado, el Estado-Nación, ¿son, tienen que ser, por naturaleza, eternos? ¡No, por supuesto! Todo lo que ha nacido, hasta las estrellas, está condenado a morir pero tendrán que producirse inmensos cambios en nuestra sociedad, en el mundo entero para que el Estado, y en concreto nuestro Estado pueda/deba desaparecer. Y lo más progresista (sin comillas), lo más avanzado, lo más democrático, que se puede hacer en relación con el Estado, con nuestro Estado-Nación es respetarlo, defenderlo y considerarlo el marco y el eje central de la lucha por la justicia social, por las libertades, por la convivencia. Sin caer en ninguna de las trampas que el «progresismo» (la demagogia organizada y persistente de una gran parte de nuestra clase política y no pocos medios de comunicación social) nos tiende cada día.

 

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