Dos obras de rabiosa actualidad

(Creo que merece la pena recuperar para este blog el artículo que publiqué en el número 16 de la Revista Aprender a Pensar, el 21 de diciembre de 2017.)

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Dos obras de rabiosa actualidad

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Jacinto Benavente, (Madrid, 12-08-1866/14-07-1954) es uno de los mejores escritores (además de decenas de obras de teatro, escribió guiones de cine, cuentos, poesía, ensayo y numerosos artículo periodísticos) en lengua española, premio Nobel en 1922, con algunas de sus obras de éxito mundial y reconocido en la Europa del convulso siglo XX como uno de los más grandes dramaturgos[i].

Olvidado hoy por la cultura oficial y por la cultura popular, ignorado por la derecha y por la izquierda, Benavente es casi desconocido para la actual generación. Y ninguna fuerza política, salvo excepciones, lo cita ni, mucho menos, lo reivindica. Y podrían y deberían hacerlo[ii]. A pesar de su medroso compromiso personal en la vida política (apoyó a la República durante la guerra civil pero luego, para evitar la represión franquista, renegó de ello) Benavente ha escrito páginas que nos llevan a la raíz misma de los dramas de nuestra sociedad (por ejemplo, en El nido ajeno, Señora ama, La malquerida o La honradez de la cerradura, por citar diferentes estilos, épocas y contextos), dio muestras de un arriesgado feminismo avant la page y, sobre todo, analizó como nadie la grave cuestión de la corrupción económica que deviene en corrupción política hasta poner en peligro a la entera sociedad, muy especialmente en las dos obras que analizo en este artículo. Por eso hablo de «rabiosa actualidad» (y el adjetivo va más allá del tópico).

Se trata de Los intereses creados y su segunda parte La ciudad alegre y confiada, ambas de don Jacinto Benavente; la primera estrenada en el Teatro Lara de Madrid, el 9 de diciembre de 1907 y la segunda, en el mismo teatro, el 18 de mayo de 1916. Aunque la más universal, traducida y representada en los principales países de nuestro entorno cultural es, sin duda, Los intereses creados, me sumo al criterio de diversos críticos que sostienen que la segunda parte es tan importante como la primera y completa el mensaje que Benavente quería transmitir a la sociedad de su tiempo, a la que ponía –de forma sutil pero muy inteligente– frente a un espejo (el sublime espejo de la obra de arte) para que se viera tal como era[iii].

En la primera parte, son los individuos los que salen a escena para mostrarnos sus mezquinos negocios, sus chalaneos, sus mentiras, sus corruptelas, su trama de intereses creados que ensucian toda la vida y que solo se resuelve mediante la corrupción de la propia justicia. En la segunda parte es la ciudad entera –la nación– la que sale a escena, y se muestra trufada por las mismos corrupciones, socavadas la autoridad y las instituciones por los mismos intereses creados, debilitada hasta el extremo la moral y el derecho… con una situación de la que solo es posible salir con grandes quebrantos.

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Los intereses creados
Es muy conocida la historia que cuenta Benavente en su famosísima obra Los intereses creados. Leandro y su criado Crispín, fugitivos de la Justicia y sin dinero, llegan a una ciudad donde Crispín, venciendo los escrúpulos de Leandro, consigue presentarlo como un gran señor en una misión secreta de alta política y que producirá pingües beneficios a quienes se pongan a su servicio. Crispín sabe excitar la avaricia y la vanidad de todos y cada uno de los habitantes de esa ciudad hasta el punto de que compiten entre ellos para halagar al falso gran señor y facilitar que viva como si efectivamente lo fuera, tejiendo una red de intereses creados en la que están involucrados todos: el comercio, la intelectualidad, la milicia, la nobleza, los nuevos ricos…
Corrupción generalizada, que anidaba en lo más recóndito del alma misma de cada personaje, a la espera de la oportunidad de salir a la superficie… aunque enmascarada.  Crispín, pícaro pero inteligente, se lo explica así a Colombina: «Ya me iréis conociendo. Solo os diré que por algo juntó hoy el destino a gente de tan buen entendimiento, incapaz de malograrlo con vanos escrúpulos.» Y un poco más adelante: «Mi señor y yo, con ser uno mismo, somos cada uno una parte del otro. ¡Si así fuera siempre! Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos pensamientos, capaz de todo lo grande y de todo lo bello… Y a su lado, el servidor humilde, el de las ruines obras, el que ha de emplearse en las bajas acciones a qué obliga la vida… Todo el Arte está en separarlos de tal modo, que cuando caemos en alguna bajeza podamos decir siempre: no fue mía, no fui yo, fue mi criado.» (p. 68, escena II del cuadro segundo).

El resultado final es también muy conocido: la red de corrupciones y corruptelas ha llegado a una situación en que puede ser más beneficioso para todos –al menos a corto plazo y con sacrificio de la Ética y de la Ley– que alguien encuentre la forma de evitar la Justicia: «Se trata de que todos estáis interesados en salvar a mi señor, en salvarnos por interés de todos.» Acto II, escena VIII (p. 162).
La genialidad de Benavente encuentra la fórmula mágica en la famosa modificación de una coma (y una tilde), hábilmente manejada por alguien capaz de interpretar las leyes y manipular el lenguaje…, alguien capaz de haber previsto que los intereses creados pueden prevalecer sobre cualquier valor: «Mi previsión se anticipa a todo. Bastará con puntuar debidamente algún concepto… Ved aquí: donde dice… “Y resultando que si no declaró…”, basta una coma, y dice: “Y resultando que sí, no declaró… Y aquí: “Y resultando que no, debe condenársele…”, fuera la coma, y dice: “Y resultando que no debe condenársele…”» (Acto II, escena IX, p. 172).

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La ciudad alegre y confiada
Mucho menos conocida y aplaudida, esta segunda parte de Los intereses creados tiene tanta importancia como la primera, como se dijo más arriba y como, sin duda, opinaba el propio autor. Los principales personajes de la primera y otros necesarios para completar la historia se dan cita, después del «feliz desenlace» de la aventura de Leandro y Crispín, en la ciudad alegre que vive confiada, según la denuncia del profeta bíblico[iv], y según la denuncia del personaje –el Desterrado–  que el autor crea para fustigar a los ciudadanos que viven solo pendiente de disfrutar de un buen nivel de vida –que le tiene que garantizar la ciudad– pero que desprecian cualquier deber de preocuparse y ocuparse de la organización, de la seguridad, de la defensa de la ciudad (la nación):

«Y muchos se enriquecen. Lo sé. Por lucrarse hoy empobrecen al mañana. Hoy venden a buen precio lo que mañana han de necesitar y no podrán hallarlo a ningún precio. ¡Ay del que asesora del tesoro de la Ciudad!; que cuando la ciudad se pierda, ¿dónde esconderá a su tesoro su tesoro?» (Cuadro I, escena II, p. 196). Y poco antes había afirmado: «que la verdadera fuerza es la espiritual, que solo el espíritu es quién pone en las espadas luz de inteligencia, en las inteligencias temple de espadas.»  (Cuadro I, escena II p. 195)
El Desterrado, la conciencia patriótica de esa ciudad «ciudad alegre y confiada» (sin la menor duda, la España de principios del siglo XX) sabe, por supuesto, que no solo la ciudadanía es responsable: «Os digo ¡desdichados!, porque no es vuestra toda la culpa; de otro modo, os diría ¡miserables!» (Cuadro I, escena III, p. 210), pero también sabe que sin el sentimiento patriótico de esos ciudadanos acomodados y adormilados no habrá solución y la Ciudad se perderá: «Mirad mi rostro enrojecido de vergüenza al escucharos maldecir de esta noble Ciudad, que es nuestra patria.» (Cuadro I, escena III, p. 211). Por ello denuncia los dos pecados fundamentales (soberbia y envidia) que ve en sus conciudadanos: «¡A cuánto llega la soberbia, pecado de los ángeles rebeldes; a cuánto llega la envidia, pecado de las almas ruines!… Porque eso sois, soberbios y envidiosos.» (Cuadro I, escena III, p. 212). Por soberbia se culpa al extranjero de las limitaciones propias y por envidia no se reconocen los méritos de los de fuera: «Cuando veis estimados y aplaudidos a los que trabajan con fe, a los que luchan con entusiasmo, entonces es la envidia la que os mueve, y por empequeñecer a los que valen, no dudáis en empequeñecer a vuestra patria.» (íbidem)

El autor fustiga a la sociedad entera pero sobre todo a su clase dirigente y nos presenta una elite política débil y a la greña como la responsable última de la desgracia que se cierne sobre la ciudad. Crispín, el antiguo pícaro devenido dirigente de éxito, no ha conseguido, sin embargo, estructurar una clase política digna de tal nombre (es decir que en vez de pensar principalmente en sus intereses particulares piense en los intereses generales del Estado) y aunque se enfrenta valientemente a las fuerzas centrifugas internas y a la voracidad exterior, no consigue salvar a su ciudad, a su Estado.
Sin embargo, Benavente tiene buen cuidado de no caer en la demagogia; por eso el Desterrado le dice a la cara al populista Publio: «Tú le mantienes [al pueblo] en la ilusión de que todos sus males solo provienen de estar mal gobernado…» y cuando el demagogo replica «¿Y no lo está?», el Desterrado no puede ser más claro: «Tú lo sabes mejor que nadie, que de eso vives… El día en que el pueblo no tuviera por qué quejarse y los gobernantes no tuviera por qué temer… habías concluido.» (Cuadro I, escena VII, p. 231)

Y con igual claridad denuncia a los industriales y comerciantes cuya única patria es el beneficio inmediato, dispuestos a venderse al mejor postor, aunque eso provoque la caída de la ciudad: «¡Son hombres listos, hombres emprendedores! Con todo trafican, con todo negocian. Lo mismo venden las reliquias de nuestras glorias pasadas… pinturas, tapices, imágenes de palacios y templos, que trafican y negocian con todo lo presente y todo lo futuro… Son muy listos, muy hábiles… La Ciudad se empobrece, la Ciudad se arruina… Cuando la ciudad se hunda sobre todos… veremos si tienen la misma habilidad para salvarse ellos con sus hijos y sus riquezas… Entonces sí podremos decir que han sido hombres listos, que han sabido vivir. Veremos entonces si saben negociar con escombros y muertes cuando los escombros sean los de su casa y los muertos propios hijos…» (Cuadro I, escena VII, p. 235)
Pero quizá la crítica más aguda que hace Benavente es a los intelectuales sin principios sólidos (los que llamaríamos hoy «apesebrados»), incapaces de comprometerse. «Nada diría yo de vuestros defectos si os viera decididos a luchar por ellos, a defenderlos como algo que es tan vuestro como una virtud… Pero veo que de ellos hacéis debilidad, humillación; que ante los extraños tratáis de disculparos como algo vergonzoso… Y yo quisiera que ellos fuera una razón más de vuestra vida. ¿No sabéis lo que dijo Lutero de los pecadores? “Ya que pequéis, pecad enérgicamente.” Y bien dijo, que quizá probamos en nuestros pecados la voluntad que hemos de poner en la virtud algún día. Pero el vicio cobarde y desmayado, el pecador que peca y desfallece, ni es de Dios ni es del diablo. Así pusierais tanta voluntad, tanta pasión en vuestras culpas que estuvierais dispuestos a encenderlas con vuestra propia vida. A la hora de combatir, que me den hombres que luchen por algo, virtud o vicio. Con chusmas de bandoleros se fundaron grandes ciudades, se conquistaron mundos; con virtudes discretas y vicios temblorosos fueron desvaneciéndose como niebla pueblos y razas, que ni siquiera espantaron al caer, porque no fue caer el suyo, fue desmoronarse…» (Cuadro II, escena IV, pp. 291-92)

Una sociedad con estos elementos es débil, sin alma. Por eso cuando la crisis está ya en la ciudad alegre y confiada y parece urgente encontrar una solución, el Desterrado exclama: «¡Pensar, pensar!… Todo debiera estar pensado, y ahora bastaría sentir, como siempre, los pueblos fuertes y unidos en el santo amor a la patria. Pero ahora, ¿dónde está el alma de la Ciudad? ¿En los que negociaron […] por asegurar sus negocios […,] en los que esquilmaron la Ciudad […,] en los que temblarán por su dinero […], los que querrán salvar el que atesoran o querrán ponerlo a mayor precio?… ¿Dónde encontraremos el alma de la Ciudad?»  (Cuadro II, escena IX, pp. 321-22)
No la encontrarán (no la encontraremos): la ciudad no tiene estructuras e instituciones sólidas, no tiene intereses generales sino particulares, no tiene alma… y está a merced de los intereses extranjeros. Por ello, a pesar de heroicas acciones personales la batalla se perderá y se caerá en la servidumbre:  «El alma de la ciudad despertó un momento al amor de la patria…; pero fue una sacudida estéril, como evocación del espíritu en un cuerpo muerto… Un fantasma, una sombra… La vida fuerte y vigorosa, la plenitud de vida, lo que era necesario para triunfar… no podía ser… Ya desespero que pueda ser nunca…» (Cuadro III, escena IX, p. 379)

 Y el desenlace es inevitable: derrota frente al enemigo exterior, paz deshonrosa y, enfrentamientos civiles, muerte de jóvenes inocentes.   «¡Ah! ¡Mi hijo! Han matado a mi hijo, y no fue el extranjero…  Ciudad desventurada, madre de fratricidas…, que al llorar por tus muertos has de llorar también por sus asesinos, que todos son tus hijos…» (Cuadro III, escena XI, p. 391).
Pero los miserables corruptos, y corruptores, solo lamentan sus pérdidas económicas: por ejemplo, el acaudalado y avaro Pantalón reclama enloquecido una y mil veces «Mi dinero! ¡Mi dinero!» Y el Desterrado, ha de responder (como la voz que es de las sociedades que han sido destruidas por la corrupción no solo económica sino sobre todo política): «No, eso no… ¡Patria mía! ¡Hijo mío!» (Final de la obra)

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Nota final. En ambas obras Benavente pone como solución a los problemas de la condición humana –de la miseria humana– el amor, el amor de los jóvenes que es capaz de mover energías, capaz de despreciar mezquindades y sacar a las personas corrompidas o tibias de sus intereses egoístas[v]. En la primera parte, un amor triunfante (entre Leandro y Silvia) que limpia la sociedad; en la segunda, un amor (entre Lauro y Julia) que perece en la tragedia colectiva…

Benavente veía con pesimismo (aunque no exento de ternura) el deterioro de la sociedad en la que él desarrollaba su arte y quizá hubiera visto con parecidos ojos la sociedad de un siglo posterior… ¿Se equivocaba entonces?, ¿se equivocaría hoy?

blogjm

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[i]Federico Sainz de Robles cita en su nota preliminar a la edición que utilizo para este artículo una frase de un prestigioso crítico inglés, Lenux Robrusson, que dijo en 1925 en The Observer: «No vacilo en declarar que no hay hoy en toda Europa dramaturgo tan perfecto y acabado como Benavente […] Ningún dramaturgo puede leer alguna de sus obras sin sentirse presa de envidia y admiración.» Benavente, J.: Los intereses creados – La ciudad alegre y confiada – Cartas de mujeres, Madrid, Aguilar, 19607, nota preliminar de F.S.R. [Federico Sainz de Robles], colección Crisol, núm. 22. (p. 14).
[ii]«Pocos espíritus han sido capaces de calar tan hondo y certeramente en el pensamiento europeo contemporáneo.» Ibídem (p. 11).
[iii]«Para la terrible gente burguesa, para la aristocracia que hacía pinitos europeos a la chita callando, el teatro de Benavente fue un convulsivo y un repulsivo, respectivamente.» Ibídem (p 12).
[iv]   «Esta es la ciudad alegre que vivía confiada, la que decía para sus adentros: “Yo, y solo yo.”» Sofonías, 2-15, Sagrada Biblia, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2014, p. 1.188.
[v]Tema importante en ambas obras que dejamos para otra ocasión para centrarnos, en esta, en una lectura fundamentalmente política.
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Una respuesta a Dos obras de rabiosa actualidad

  1. Luz Macías dijo:

    Bien traído, José Maria. Muy interesante.

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