Patriotismo (uno de los 20 valores esenciales de Ediciones de la Torre)

Desde sus comienzos, Ediciones de la Torre –nacida al socaire del cambio de régimen en 1975 (pedimos los entonces obligados permisos para editar en el año 1975, en vida todavía de Franco, pero no nos los dieron hasta principios del año 1976)– hizo gala de una independencia política frente a todos los partidos que entonces proliferaban y que se iban definiendo poco a poco, aunque nos situamos en el campo del progresismo, de la izquierda.i
En ese contexto, cuando hicimos la lista de los valores que defendía la editorial para incluirlos en nuestros catálogos (destacamos 19, definiendo sucintamente cada uno), no pusimos el de patriotismo porque entendíamos que era un sentimiento todavía difuso y que la instrumentalización que había hecho el anterior régimen de la nación, la patria, sus símbolos, etc., obligaba a, o al menos aconsejaba, evitar un pronunciamiento nacionalista, desde luego, pero también, por extensión, patriótico.
A la vista de cómo ha evolucionado la política española en esta segunda parte de la Transición, parece claro que nuestra posición era equivocada y que no nos disculpa el triste hecho de que la gran mayoría de la izquierda española siga teniendo un sentimiento difuso hacia su patria (e incluso siga alimentando las quimeras de nuevas patrias inventadas). En efecto, las fuerzas centrífugas han aumentado su potencia, las fuerza centrípetas se han dejado acorralar o marginar y buena parte de la ciudadanía, de la gente del común, no reacciona ante el evidente peligro para el Estado y para la Nación que esas fuerzas centrífugas, separatistas y hasta antiespañolas representan… En este contexto, parece necesario y oportuno corregir nuestro error de omisión y destacar en nuestra lista de valores fundamentales el del patriotismo.
El amor a la patria, a la nación, es un sentimiento esencial, que tiene una parte de idealismo y de simbolismo pero que tiene también una gran dosis de pragmatismo, racionalidad y de defensa de los intereses legítimos. La nación, hoy por hoy, es el marco más sólido de la vida en sociedad, donde la ciudadanía adquiere todos sus derechos y comprende sus deberes, donde (sobre todo en un régimen democrático) cada ciudadano ejerce esos derechos y los contrasta con los de los otros ciudadanos. Por encima de la nación, las instituciones supranacionales, necesarias y generalmente positivas, no pueden garantizar el control de los ciudadanos; por debajo de la nación, es decir, las instituciones regionales o locales, nuestros derechos están forzosamente circunscritos al ámbito de la política local. En consecuencia, la soberanía –de donde nacen todos los derechos positivos y las leyes que los garantizan– solo puede ejercerse a nivel nacional y por el conjunto de todo el pueblo.
Sin duda hay que hacer una distinción entre nacionalismo y patriotismo. El nacionalismo –sobre todo cuando es manipulado por intereses criminales– puede entrañar un espíritu de supremacía, de sobrevaloración del país propio y de desprecio hacia los ajenos. Justamente por ello se ha dicho con razón que, en Europa y en muchas partes del mundo, el nacionalismo ha sido causa (aunque hay que reconocer que también efecto) de guerras espantosas. Por el contrario, el patriotismo, el amor a la patria, no conlleva, sino bien al contrario, el respeto por los demás países y sus ciudadanías.
Expresemos pues ese amor a la patria, declarémoslo de forma inequívoca y acorde con toda nuestra trayectoria. Y también de acuerdo con nuestra trayectoria, ayudémonos de los grandes poetas para reforzar algunos de nuestros argumentosii.

La patria como territorio:
Oh España, tierra eres. Tierra sólo,
pero en tu cálida insondable entraña
el sol corre por dentro y te ilumina,
y te arrebata.
(Carlos Bousoño: «Oda a España» – p. 40)

La madre patria:
Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
con todas las raíces y todos los corajes,
¿quién me separará, me arrancará de ti,
madre?
(Miguel Hernández: «Madre España» – p. 28)

Patria y libertad:
Escribo la palabra libertad,
la extiendo
sobre la piel dormida de mi patria.
(José Manuel Caballero Bonald: «Blanco de España» – p. 52)

Patria escuela:
Solo las patrias son la gran escuela
del ideal de la hermandad humana,
(Miguel de Unamuno: «Al dios de España» – p.28)

La patria como pasión:
Con los ojos cerrados,
con los puños cerrados, con la boca
cerrada, España, canto tu belleza.
Y con la pluma ardiendo y con la pluma
loca de amor rabioso canto y firmo.
(Ángela Figuera Aymerich: «Canto rabioso de amor a España en su belleza»)

Y dejemos fijada la definición del valor que incorporamos hoy, con todos los honores y todas las consecuencias, a la lista de Ediciones de la Torre:

«El buen amor, sin vanidad ni supremacismo, por el territorio nacional y su paisaje, por su diversidad y su unidad, por su ciudadanía y su historia, por su dignidad y su libertad.»

i En el periódico El País de aquella época hay un artículo firmado por José Luis López Aranguren que destaca, entre las nuevas editoriales, el carácter independiente de la nuestra.
ii Todas las citas de los poemas están tomadas de Antología poética del Paisaje de España (coordinada por Cayo González Gutiérrez y Manuel Suárez González), excepto el de Figuera Aymerich que se omitió en la primera edición de 2001 pero que será incluido en la segunda (en prensa).
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