Veraneo

…Y los conejos silvestres huyendo a grandes saltos entre los arbustos ante la presencia intrusa de un paseante y su asustada perrita urbana. …Y los alborotos y cuentos de las activas nietas. …Y los cumples de los pequeños, con juegos y cantos. …Y las cigüeñas en la torre de la iglesia. …Y las noches estrelladas. …Y el olor de la tierra agradecida. …Y el mar, de día y de noche, con su lenguaje cósmico. …Y el vecino que te saluda alegre unas horas antes de sufrir un accidente que le causará la muerte dos días después. …Y los valles y las montañas del Sur. …Y la magnífica higuera ofreciéndonos sus frutos en la amanecida. …Y los naranjos, repletos de frutos en agraz. …Y el reflejo del astro rey orlando las sierras. …Y la charla distendida y evocadora con los amigos de hace más de 50 años. …Y Bertrand Russell intentando explicar las mil y una cuestiones sobre el Poder; y Mercedes Gallizo recordándonos que hay decenas de miles de presos en nuestras cárceles, la inmensa mayoría de los cuales deberían ser sustituidos por los grandes ladrones y estafadores, que tienen medios para burlar la Justicia; y Jane Austen con sus bellas historias sobre la «posesión compensada»…

…Ahora que el verano ha comenzado a despedirse, hagamos una breve pero emocionada remembranza de estas cortas y estimulantes vacaciones. Y volvamos, desde Ortigosa, desde Torrevieja, desde Alhaurín el Grande, al asfalto, a la prisa, a las aglomeraciones… Pero sigamos atentos: la Vida, la Belleza, también pugna aquí por mostrarnos el camino: en el tronco talado de una avenida, una hermosa rama se revela contra la muerte del árbol y lucha por sobrevivir. En el cruce de dos calles con abundante tráfico, una muchacha desarrapada y con gesto adusto, descansando de su labor de limpiaparabrisas, nos muestra lo bella y alegre que podría ser de contar con una tarea más gratificante. En el piso elevado de una casa de la periferia, desde donde se puede contemplar toda la capital, una jovencísima pareja ha dejado a su bebé dormido en el sofá y se funden en el beso, llenos de promesas y entusiasmos. La amiga casi nonagenaria, amable y lúcida, habla de los problemas de su edad sin ningún derrotismo, aunque con una cierta melancolía… Sí, conservemos en la memoria estos días que se han ido, sintiendo la gratitud por la maravillosa geografía de nuestro maravilloso país y la amable gente que, en todas partes, nos acoge con cariño. Y miremos hacia adelante. Con los mejores propósitos, con el ánimo renovado.

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4 de agosto

Puñetera especie la humana: capaz de elevarse a los cielos venciendo todas las leyes, incluida la de la gravedad y, al tiempo, capaz de hundirse en los más terribles infiernos. Individuos capaces de sobrevivir sin explotar a sus semejantes ni destruir la tierra al lado de individuos capaces de las mayores matanzas y destrucciones; genios creadores de obras sublimes, al lado de monstruos sin alma; masas capaces de autoorganizarse para enfrentarse a todas las tormentas y conseguir transformar la tierra al lado de masas manipuladas siguiendo a líderes o figuras damagogos y crueles…. Puñetera Europa: capaz de superar guerras y oscurantismos, de comprender al hombre y buscar sociedades justas, capaz de difundir su hermosa cultura por todo el mundo, pero también capaz de producir clases políticas mediocres y enfangarse en todas las crisis posibles… Sin embargo, después de que nuestro tatarabuelo homínido consiguiera dar un portentoso salto en la evolución y crear la cuna de la humanidad en África, y poner los cimientos de todas las civilizaciones en Asia, es en Europa donde, superado el siglo de las grandes guerras, se mantiene la esperanza y se puede pensar que la libertad, aunque imperfecta, no es imposible y que la «Oda a la Alegría» de Schiller puede ser cantada, con orgullo, siguiendo las notas gloriosas de Beethoven: «Elevaos, elevaos; podéis abrazar a las estrellas».

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Mejor, una bofetada

El día 3 de octubre de 2012 el diario ABC publicó un artículo de Carlos Colomer bajo el título «Cataluña: “Me voy de casa”» que ha circulado posteriormente por las redes sociales (yo lo he recibido, por partida doble, de dos personas amigas de muy distinta ideología). El periodista, después de informar de que mucha gente en España estaría dispuesta, para acabar con la pesadilla del separatismos catalán, a votar por la secesión en un referéndum a nivel nacional, cuenta la anécdota de que su hija adolescente lo amenaza de vez en cuando, cuando se pone rebelde, con irse de casa y explica que varias veces ha estado tentado de abrirle le puerta e invitarla a que lo haga para que la niña se enfrente a las consecuencias de su rabieta.

El texto de Colomer me recuerda lo que me contó en Soria, hace bastante años, un adversario político y sin embargo amigo sobre la bofetada que dio a su hija de unos 14 años cuando, tras una interminable y tensa discusión entre padre y adolescente (que culminaba una etapa de especial rebeldía en la niña), amenazó con tirarse por el balcón y se dirigió a él. El padre la siguió con cuidado pero sin apresurarse y cuando la niña, como era lógico, se paró en el balcón, él le dio un sonoro bofetón. La niña, que jamás había recibido un castigo corporal, que había sido educada en la tendencia de la escuela soviética que evitaba cualquier violencia, etc., se quedó totalmente perpleja durante unos segundos pero luego se abrazó a su padre llorando y le pidió perdón. Está claro que no lloraba por la bofetada sino porque, súbitamente, había comprendido lo estúpido de su comportamiento. Según me contaba mi amigo, aquella fue la primera vez que abofeteó a su hija (y hasta donde yo sé, también la última) y a partir de entonces la adolescencia de la niña fue mucho mejor. Además, la otra hermana, tuvo una adolescencia mucho más tranquila y la armonía familiar, tan delicada siempre, se fortaleció. Por cierto, pocos años después pude conocer a sus dos hijas, ya mujeres espléndidas, de gran personalidad y llenas de amor por su familia. Ninguna de las dos tenía la menor señal, física (¡claro!) ni psicológica de aquella bofetada.

Ya sabemos que las comparaciones pueden ser odiosas pero si, volviendo al texto de Colomer, todo fuera tan fácil como hacer un referéndum (para lo que habría que modificar o manipular la Constitución) y decirles a los separatistas: «Ahí tenéis la puerta: podéis marcharos cuando queráis.» para que sufrieran las consecuencias de su actitud y pudieran recapacitar, quizá mereciera la pena hacer el experimento… pero todos sabemos (o deberíamos saber) que los procesos de esta índole no son así de sencillos y que los grandes movimientos de masas (como demuestra sobradamente la historia de nuestro país) producen oportunismos y aventuras de todo tipo, corrimientos de muchas personas hacia los extremos, enfrentamientos alimentados por los mercaderes del odio, ajustes de cuentas… mucha, mucha violencia, muchas desgracias, que causan serias heridas y que cuesta luego generaciones restañar. Así que, susto por susto, mejor una bofetada. En todo caso, no se nos olvide que de lo que se trata es de evitar que la adolescente nerviosa (o la gente angustiada por la crisis y hábilmente manipulada por los traficantes del rencor y los charlatanes de feria, vendedores de pócimas milagrosas) se tire por el balcón.

No hay que tener un miedo religioso a la violencia. Por supuesto, como todo lo que está en la naturaleza (el instinto de supervivencia o el de conquista es parte de la naturaleza) y en la sociedad (llevamos miles de años de civilización y todavía no hemos encontrado la forma de erradicarla) hay que tener cuidado con la violencia: administrarla con gran prudencia, recurriendo a ella sólo cuando es imprescindible, etc… Pero no hay que ser cínico: aquí y ahora hay violencia por todas partes y nadie ha encontrado la fórmula para prescindir de la fuerza en muchos casos en los que hay que resolver los problemas que conlleva la sociedad. Se trata, por tanto, no de negar de forma romántica o, peor, cínica, la violencia en cualquier circunstancia sino de cargarse de razones antes de ejercerla, de agotar todas las vías que puedan evitarla, de regular su uso con extremo cuidado y sin espíritu de venganza (buenas leyes sobre el ejercicio del Poder) o ira (buenos controles para evitar abusos)… pero saber que en algún momento habrá de afrontarse ese problema. Cuando la gente decide traer hijos al mundo o ejercer la autoridad debe saber que, en circunstancias excepcionales tiene que sostener su rol mediante la fuerza… Y, en ultima instancia, siempre será mejor haberse equivocado en la ocasión o la medida que dejar que la persona (o la entidad) dependiente de nosotros se tire por el balcón.

Siguiendo con la analogía, sabemos que los adolescentes tienen un problema de entidad, una gran duda existencial sobre el camino que deben tomar en la vida, una rebeldía difusa que se reconduce a veces en un rechazo de sus mayores y de sus propios hermanos… Y sabemos que una gran medicina que necesitan es el amor, la atención preferente, todo eso… Pero eso entraña que pueden presentarse ocasiones en que tengamos que ejercer la disciplina, el castigo: no hay que tener miedo a esto, no hay que ser pusilánime. Y hay que estudiar muy bien sus reacciones para saber qué medida oponer a su rebeldía: porque aunque lo normal es que la niña (la de Colomer o la de mi amigo, cualquier adolescente) no se atreva a «vivir su vida», en un mundo hostil y y manipulado, para el que no está convenientemente preparada, también puede ocurrir que, ofuscada y envalentonada, se arroje balcón abajo. En todo caso (sigamos utilizando las anécdotas) para «dar una bofetada en el balcón» no se necesita alterar la legalidad vigente y para abrir la puerta e invitar a la rebelde a marcharse, sí. Se me podrá argüir que la bofetada puede ser denunciada ante un juez… pero estoy seguro de que cualquier justo aceptará como legítimo que ante una adolescente que amenaza con tirarse por el balcón, el padre debe reprenderla incluso mediante un oportuno bofetón o que, digámoslo directa y claramente, ante la situación de que una parte de una nación consolidada durante siglos pretenda una secesión manipulada, ilegal, suicida… y de gravísimas consecuencias para todos, cualquier juez justo, insisto, considerará plenamente legítimo que esa parte secesionista se encuentre con una total prohibición de hacerlo, incluyendo para ello si fuera necesario, la fuerza.

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Las Ramblas de Barcelona, verano de 2014

El fotógrafo (Carles Ribas, El País, 24 de julio de 2014) nos presenta siete personas en primer plano y detrás de ellas la multitud que día y noche llena el cosmopolita paseo de la hermosa Barcelona. Una multitud que en la inteligente foto está significativamente de espaldas. Cuatro mujeres y tres hombres (con la clásica colocación «chica/chico») que nos miran de frente con gesto amable al tiempo que decidido. Son personas que viven en Cataluña, que se integran en organizaciones cívicas, que proclaman con orgullo su identidad catalana y española y que se atreven (en un ambiente que desde hace 30 años persigue generar una tribu exclusiva y excluyente y que desde hace tres reclama machaconamente el derecho a la secesión) a sostener su postura de forma democrática aunque, obviamente, no cómoda. No sabemos cómo se desarrollarán los acontecimientos de aquí en adelante pero es tiempo de rendir homenaje a Sonia, José, Marita, Juan, María, Josep y Susana… y a otros muchos miles de ciudadanos honrados que, vencido el miedo o la inercia iniciales, se enfrentan al separatismo y que, si perseveran, conseguirán que la gran multitud que ahora se vuelve de espaldas ante el problema más grave que tiene Cataluña o que, lo que es mucho peor, camina ofuscada hacia un choque brutal, se vuelva hacia ellos y los acompañe. En todo caso, por sus miradas y por lo que significan, el grupo parece invitarnos a que desde cualquier punto de España los acompañemos, colaboremos con su necesario esfuerzo, nos comprometamos… No tanto por solidaridad cuanto por nuestro propio interés de mantenernos en un país de ciudadanos legalmente (y legítimamente) libres e iguales.

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«La indomable palabra»

Instituto Cervantes, sede central en Madrid. 8 de julio de 2014. Presentación del libro José García Nieto, Poesía. Antología conmemorativa del centenario del nacimiento, en excelente edición de Joaquín Benito de Lucas, editado por Fundación Banco Santander en su colección Poesía Fundamental, bajo la responsabilidad literaria de Francisco Javier Expósito. El magnífico salón repleto de un público atento y una mesa de lujo (Joaquín Benito de Lucas, poeta y responsable de la edición; el director del Cervantes, Víctor García de la Concha; el presidente de la Fundación Banco Santander, Borja Baselga, y Paloma García Nieto, presidenta de la Fundación José García Nieto) con  cuatro magníficas intervenciones.
«Ahora que te veo tan iluminada e indefensa, que parece que me invitas a que te cobije, y que no entiendo del todo el puente que hay de mis brazos a los tuyos, la distancia infinita que los separa; ahora que por tu orilla pasa un viento indomable, un relámpago de luz prometedora; ahora que ensayas palabras que solo tú comprendes, pienso en el día grave de un mañana en el que yo no podré consultar el metal indescifrable de tus ojos donde me miro y te estoy mirando.» (p. 453.)
Como tantas veces ocurre, lo más pequeño puede explicarnos la grandeza de todo el universo; así, esta frase del poeta que acabo de transcribir, en una carta a su nieta Sara, que ha permanecido hasta hoy inédita, puede reflejarnos toda su poesía, toda su poética (que él sabe que no se puede explicar), todo su tremendo intento de ubicarse humanamente (con más o menos acierto, con más o menos coraje) en una sociedad que intentaba superar una terrible guerra civil y que necesitaba, para no pudrirse, sacar a la Poesía de las trincheras y llevarla al corazón de los hombres… De los hombres de su tiempo y de los tiempos que habrían de venir; para hablarles «de la indomable palabra, la esperanza, vencedora de todos los desencantos» (p. 454.) Porque el poeta sabe que es en el futuro, sólo en el futuro, donde pueden resolverse algunas graves cuestiones que el hombre se ha planteado desde que se puso de pie… y que ese futuro ya no es de los que nos vamos sino de los que están viniendo, de esos niños que, como su nieta, con «cada gesto y cada movimiento y cada sonrisa tuyos están creando el mundo [porque] Sólo en ti, en ti, tan niña, en todos los niños como tú está la pura, la incontaminada señal de la existencia.» (p. 454.)
Por supuesto, hay que leer toda la poesía de José García Nieto y su biografía, sus esfuerzos (Garcilaso, Canto, Escorial…) «con más o menos acierto, con más o menos coraje» por generar un diálogo entre poetas, por reunirlos en un territorio donde no hubiera exilios ni rencores, por liberar a la Poesía de fosos y fronteras. Pero hoy atendamos solo a esta bellísima carta, a ese hermoso mensaje para su nieta (¡qué privilegio escucharla directamente de los labios de la propia Sara, qué emoción reunir en un momento mágico el pasado, el presente… y el futuro!), para todos los niños del mundo que vendrán después de nosotros, para sus «diez, [sus] veinte, [sus] treinta años. O más, o más.» (p. 456.) Sabiendo que «el mundo que te rodee entonces no sé cómo será.» (p. 454.) Nadie lo sabe: desde luego, los que nos vamos, por mucho que nos esforcemos, no sabemos cómo será el mundo: quizá en muchos sentidos, mejor que el nuestro o quizá a nuestros nietos les esperen guerras y calamidades peores de las que vivimos en nuestra infancia, en nuestra juventud; quizá… Sin embargo, podemos asegurar que en esos mundos por venir siempre será el hombre, el ser humano, el centro de todas las cuestiones y siempre será la poesía en forma de esperanza (la esperanza en forma de poesía) «la indomable palabra […] vencedora de todos los desencantos.»

 

 

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De cómo la peor paella puede convertirse en el mejor banquete…

(Para AM)

Nos reunimos un grupo de amigos en una casa de Parla y tomamos a risa que la paella ha sido «la peor que hemos comido nunca»… Pero estamos contentos porque hay buen ambiente, «buenas vibraciones». Gentes de distintos orígenes, ideologías, condición y circunstancias, alrededor de una comida, en una casa modesta pero acogedora, donde sólo faltan los niños (si bien están presentes en los comentarios de las enamoradas abuelas), aunque tres perrillos falderos (¡y dos palominos ocupas!) nos traen la ternura de los seres primigenios, puros, espontáneos y vitales. Bromas, abrazos, juegos, charlas sobre lo divino y lo humano.

e influir en el imperio USA. Sí, porque, por una casualidad (o quizá porque algún ser invisible maneja los hilos para que así suceda), a la vuelta de tan extraordinario banquete, veo la película Juegos secretos (Little Children, Todd Field, 2006, basada en la novela, del mismo nombre, de Tom Perrota), que refleja un mundo bien distinto. Un suburbio de clase media de Boston, de casas de bastante nivel, de personas acomodadas, con muchos niños que serán educados para convertirse en renovadores de la clase media USA, verdadera columna vertebral del país, con sus mediocridades pero con sus pasiones, sus angustias, sus adulterios, sus linchamientos, tan comunes en aquella sociedad… Pequeñas tragedias que forman la gran tragedia humana de todo tiempo y todo lugar. No tan distintos al grupito que se reunía en torno a una paella fallida… pero con una gran diferencia: en la casa de Parla la gente nos tocábamos, nos gastábamos bromas, reducíamos al máximo las distancias, nos hacíamos fotos abrazados; alguna pareja bromeaba, dándonos envidia de su gran momento de hacía pocas horas; de pronto, una de las comensales abrazaba a otro; en una de las fotos de grupo apretado, alguno se atrevía a escribir con la «mano deliberada» (Alberti), en la comisura de alguna una petición de cita… Como todavía no hemos alcanzado, en nuestras clases medias, la «mediocre opulencia», como algunos podemos recordar cuando comíamos en Auxilio Social (o en los basureros) o cuando faltábamos al colegio para ayudar en las labores agrícolas, o cuando nuestras madres nos enseñaban (con el mejor método: la práctica) «austeridad, reciclaje y mantenimiento»… por estos pagos tenemos la ventaja de ser más naturales, más humanos. Así que debemos aconsejar a nuestros amigos estadounidenses que se reúnan, con la mínima tensión y la máxima predisposición, para comer paella y que se relajen aunque no les quede el arroz en su punto, para evitar las terribles tensiones contenidas (sexo reprimido, indiferencia ante el vecino, hostilidad contra el diferente, violencia…) que, cuando estallan, pueden arrastrarlos a la tragedia. Por eso necesitan solidaridad, respeto, ternura… y eso lo puede conseguir una paella… aunque sea «la peor paella del mundo», si es compartida en un ambiente de alegría y amistad.

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Los «Cuentos de Tokio», una lección magistral sobre la decepción

images (2)Como toda obra maestra, Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, Yasujiro Ozu, 1953) permite, y necesita, múltiples lecturas: como las grandes narraciones escritas o representadas, las pinturas y esculturas más bellas e inteligentes, las músicas más sublimes, como los grandes poemas que han sido capaces de encerrar en unos pocos versos toda la grandeza (y toda la miseria) humana, esta película nos llama una y otra vez a contemplarla, a intentar comprenderla, a incorporarla a nuestra sensibilidad, a nuestro pensamiento y, en suma, a nuestra vida.
En una ocasión veremos sus 139 minutos de película (200.000 fotogramas perfectos), para hacer el mismo viaje (Desde Onomichi a Tokio) que hacen los ancianos Shukishi y Tomi Hirayama, para ver a sus hijos, quizá por última vez, con la intención de compartir sus vidas; para sentir junto a nosotros esos personajes tan reales, tan humanos y, al tiempo, tan arquetípicos, tan representativos de una época y de un lugar… y de todos los lugares y épocas que habita el hombre; para percibir bien sus lentos movimientos, sus expresiones comedidas, sus palabras amables… para acariciarlos, porque todos y cada uno de ellos son todos y cada uno de nosotros.
En otra ocasión necesitaremos fijarnos bien en la magnífica interpretación que, bajo la dirección del maestro y siguiendo el guión del propio Ozu y Kôgo Noda, realizan
Chishu Ryu (el padre), Chiyeko Higashiyama (la madre), Setsuko Hara (Noriko, la nuera bondadosa), So Yamamura (Koychi Hirayama, hijo muy ocupado), Haruko Sugimura (Shige Kaneko, hija pragmática), Kuniko Miyake (Fumiko, esposa de Koychi ) y Kyoko Kagawa (Kioko, la hija que vive en Onomichi)… y otros interpretes de parecido nivel que encarnan personajes secundarios pero no menos importantes.
Quizá queramos ver el filme otra vez porque sentimos la necesidad de analizar profundamente la historia que nos cuenta Ozu, de vivirla internamente como si fuera una crónica fiel de nuestra propia historia. Y, así, nos trasladamos a vivir al Japón de la postguerra y nos dejamos inundar por la suave pero profunda melancolía al comprobar el foso que hay entre padres e hijos, al tener que reconocer que tenemos diferentes itinerarios, diferentes intereses e ideales, diferentes ritmos vitales, diferentes pasados y futuros y, por todo ello, diferente presente: que hay, ¡ay!, una mutua decepción. Que no se puede forzar la convivencia y que, por mucho amor que se tenga, una generación tiene que aceptar que la otra se despegue, se aleje…
Sí, una mutua, universal, decepción. Decepcionamos a nuestros padres porque no tuvimos suficientemente en cuenta sus consejos, porque respondimos a su generosidad con nuestro egoísmo, porque no alcanzamos todas las cumbres que ellos habían soñado para nosotros, o porque, al alcanzarlas, nos hemos olvidado de ellos, los hemos dejado al margen de nuestras vidas… Y decepcionamos a nuestros hijos porque ellos, cuando niños, nos habían creído superiores, poderosos, invencibles y, luego, nos han visto flaquear, equivocarnos; a diferencia de cuando su territorio estaba dentro de nuestro territorio, ahora nos ven no como el caballo alado que podía llevarlos a dominar todos los mundos sino como el perro de hogar por el que tenemos ternura pero que, en tantas ocasiones, nos estorba y nos hace perder el tiempo.
Sí, nos decepcionamos mutuamente una y otra vez y unos y otros nos preguntamos si hemos dedicado el tiempo y la inteligencia necesarios a nuestros antepasados y a nuestros descendientes. Y quizá nos conformamos con la idea de que el hombre, nuestra especie, llega con su deseo y su imaginación a todos los confines del universo pero luego, por nuestra naturaleza, por todos los condicionamientos de nuestra vida en sociedad, nos arrastramos por la tierra, chocamos unos con otros, salimos como podemos de las mil circunstancias a las que nos enfrentamos cada día…
Sí,
una mutua, y dolorosa, decepción. Y, sin embargo, como nos enseña el maestro Ozu, por encima de esa decepción, puede, ¡debe! prevalecer el cariño, la ternura, el amor. Porque, salvo raras excepciones, nuestros padres son dignos de nuestro respeto y admiración, de nuestro amor. Porque sus errores siempre son menos importantes que el hecho de habernos dado la vida y haberse esforzado por prepararnos para desenvolvernos en una sociedad tantas veces hostil. ¡Y todavía pueden ayudarnos mucho en la vida! Su experiencia, su natural dominio de las pasiones, la sabiduría que da la edad, pueden compensar con creces su pérdida del vigor físico o intelectual. Nuestros padres mejor que nadie pueden enseñarnos, para cuando nos llegue la ocasión, cómo se recorren los último tramos de la vida y demostrarnos que esa etapa puede tener también una gran felicidad.
Porque a pesar de que podamos sentirnos poco valorados o atendidos por nuestros hijos, sabemos que en ellos está la prolongación de nuestra vida y nuestro mejor apoyo para encarar nuestra etapa de vejez e, incluso, de decrepitud. Por eso, aunque en muchas ocasiones no acabamos de comprender su comportamiento y sentimos su alejamiento con dolor… tenemos que reconocer que nuestros hijos están en circunstancias bien diferentes a la nuestra y no pueden coincidir plenamente (salvo que anulen su personalidad) con nuestros intereses y sentimientos; en todo caso, nunca debemos olvidar que ellos no pueden ser perfectos, como no lo fuimos nosotros, que tenemos que asumir que sus errores o limitaciones son, en una medida determinante, la consecuencia de los genes que les hemos transmitido y, sobre todo, de la educación que les hemos dado. En suma, por mucho que la decepción nos hiera, hemos de reconocer, por encima de todo, que ellos son la prolongación de nuestra vida, que, por muy decepcionados que nos encontremos, siempre debemos sentir la alegría de la paternidad como la sentimos en el momento sublime en que vimos su nacimiento, aunque ahora ya no podamos tomarlos en brazos y prometerles que conquistarán todos los mundos que soñamos para ellos. Sentir esa inmensa alegría…aunque tengamos que disfrutar de sus éxitos, participar de su vida, a cierta distancia y con la mayor discreción.
Sí, puede y debe prevalecer el cariño, la ternura, el amor. Tenemos tiempo e inteligencia suficientes para ocuparnos, un poco más y un poco mejor, de nuestros padres y de nuestros hijos y, al hacerlo, superar la decepción y la melancolía. Podemos imitar a Noriko, siempre amable y cariñosa, podemos acompañar a Shukishi y Tomi en su viaje de vuelta a Onomichi para, con ellos y con el maestro Ozu, demostrar una vez más que el amor es tan humano como la decepción y mucho más poderoso.

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Cinco momentos con la Reina Sofía

JovenSi yo fuera monárquico, Señora
con cuanto honor, con cuanta gallardía,
con permiso del Rey, os llamaría
la de altos hombros, cimbreada aurora.
(Del soneto publicado por Rafael Alberti
en el diario El País, el 2 de julio de 1989.)

 1. Patio de la Universidad de Alcalá de Henares, después de la entrega del Cervantes, en los primeros años de la Transición. Don Juan Carlos rodeado de jóvenes muchachas, haciendo gala de su ya famosa campechanía; doña Sofía en un corrillo más serio, y yo en otro corrillo cercano. El Rey se dirige a la Reina en voz alta y le dice algo así como: «Sofíííaaaa, voy a por ti, voy a rescatarte»; la Reina, «altos hombros, cimbreada aurora», sonríe y mantiene toda su (también famosa) compostura mientras él, con su gran estatura, hace gestos como de ir a saltar por encima de las muchachas, que lo contemplan arrobadas. Escolio: Esta reina, quizá frágil y tierna por dentro, mantiene la actitud adecuada y ejerce cabalmente su profesión.
2. Feria del Libro de Madrid, a finales del siglo pasado. Doña Sofía se acerca a la caseta de Ediciones de la Torre y pregunta por libros de Filosofía. Le hablo del programa de Matthew Lipman, Filosofía para Niños, y adquiere, pagándolos, las principales obras del gran pedagogo. Escolio: ¡Buena lectora y amable cliente!
3. Premio Iberoamericano de Poesía que preside Su Majestad la Reina doña Sofía. En el «besamanos», mientras espero, me pongo a pensar en algo ajeno al acto y, totalmente distraído cuando llego ante ella, saludo con un inadecuado (poco «honor» y poca «gallardía») «¡Hola!»; ella sonríe y con el mismo tono pero sin perder su prestancia responde, amablemente, en el mismo tono: «¿Qué tal?», resolviendo de la mejor manera posible la situación. Naturalmente, sigo andando pero pensando en cómo disculparme por mi metedura de pata. (Nota: A mi madre le habría hecho gracia la anécdota y quizá hubiera presumido de que su hijo «republicano», igual que saludó una vez al Rey muy erguido, hubiera saludado con una familiaridad descarada a la Reina.) Mejor el silencio, mejor esperar una ocasión en que, en otro saludo similar, pueda demostrar que un «republicano» puede ser respetuoso con las instituciones democráticas. Habrá que esperar a enero de 2008, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la que, como presidente del jurado del Premio Antonio de Sancha, cuya entrega van a presidir los Príncipes de Asturias, tengo que recibir y saludar a ambos, cumpliendo, correctamente, el protocolo. Comedido con el Príncipe pero especialmente cálido y respetuoso, reverencia incluida, con la Princesa. (Nota: A Doña Sofía, seguro, le habría gustado ver ese gesto.)
4. Proclamación de Felipe VI como nuevo Rey de España, después de la abdicación de su padre. Esperanzador discurso, con especial inteligencia en el elogio a su madre. Ella, en su papel como siempre, recibe los aplausos con expresión de gratitud pero sin perder su real compostura… sin embargo, en un determinado momento, se lleva los dedos a la boca y envía a su hijo un beso.
Interpretación personal de ese gesto: Como hija de rey, esposa de rey, hermana de rey (destronado) y madre de rey, sé que tengo una profesión complicada; por supuesto, profesión que me gusta y asumo con todas las consecuencias, y que me proporciona no pocos disgustos pero también muchas alegrías y beneficios: no puedo explicar mis aciertos o mis errores y, sobre todo, no puedo perder la compostura ni cuando tengo que cumplir un papel meramente accesorio con el Rey, ni cuando tengo que soportar las consecuencias de su testosterona borbónica. Pero como Madre de Rey, sé que he procurado una educación para mi hijo que tiene que ayudarlo a ejercer con eficiencia su profesión: ese es mi premio, ese es mi éxito: mi hijo tendrá más capacidad que mi padre, más suerte que mi hermano, más inteligencia que mi esposo.
5. A pesar de que la ceremonia de la proclamación ha sido deliberadamente sobria, algunos miles de personas se concentran en la Plaza de Oriente para recibir el saludo de la Familia Real, reducida (parece que por expreso deseo del nuevo rey) a sus padres y las hijas de Don Felipe y Doña Leticia: seis personas, de tres generaciones, en el balcón saludando alegremente (quizá pensando en los problemas que los esperan). Don Juan Carlos, que ha salido después de los nuevos reyes y sus hijas y que se retirará antes, aparece cansado, quizá abrumado. Entonces se produce el segundo gesto, suave y delicado pero cargado de significado, de doña Sofía: se desplaza de un extremo a otro del balcón y besa cariñosamente a su marido.
Interpretación personal de ese gesto: Se acabaron las jefaturas y las aventuras (cinéticas o71 años eróticas) que las acompañaron: somos dos ancianos que hemos cumplido, con mayor o menor éxito, nuestro cometido; por mi parte no hay rencor, solo ternura; una ternura que quizá yo no supe expresar a tu gusto o quizá tú no has sabido valorar suficientemente pero que, como has tenido que reconocer, te ha servido mucho para desempeñar con éxito tu papel… y así seguiremos por mi parte hasta que, como juramos, la muerte nos separe.

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Marcela

¡Persevera, Marcela, persevera! Mantén tu dignidad frente al marido maltratador, las miserias de los progenitores analfabetos (15 hijos, 5 de ellos muertos), el desarraigo de la emigración (desde Rumanía a España), el maltrato estructural de una sociedad que (aparentemente) promete el paraíso para quienes traspasen las fronteras pero que (realmente) no puede ni siquiera garantizar la supervivencia, mucho menos la educación, la integración social… la dignidad humana. Persevera, Marcela, persevera, vive de tu trabajo, aprende a reclamar ayuda, cuida de tus tres hijos y de tu nueva pareja, cuida tu cuerpo y tu espíritu… y jamás, jamás, pierdas tu optimismo natural, tu bondad natural, tu mirada franca, tu expresión, tu voluntad de vivir de tu trabajo, tu coraje. Persevera para que los que, desde posiciones menos duras, sentimos la presión de una sociedad injusta y el peligro siempre latente de ir a peor, podamos ver en tu ejemplo de resistencia y superación una ayuda. Ayúdanos, Marcela, para que podamos ayudarte, apartando poco a poco la basura que nos rodea a todos y llenando nuestros polígonos industriales, nuestras barriadas mal urbanizadas, nuestras calles hostiles, nuestros corazones, de primavera.

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«¡El autor, el autor!»

(Para LM, de familia de grandes autores)

lopedevegaDesde los orígenes del teatro, en los luminosos tiempos de la Grecia clásica, cuando la representación gustaba al «respetable público» (o cuando querían abuchearlo), se oía «¡El autor, el autor!». Porque, por encima del trabajo, a veces magistral, de intérpretes, director, escenógrafos, tramoyistas, etc., e independientemente de la calidad de la sala donde la obra se representa… es decir, más allá de cuantos intervienen en la acción teatral a partir de la obra original, al final, quedan frente a frente los dos grandes artífices de toda creación: el autor y el público; el autor que, después de percibir la realidad, la analiza, la piensa y la refleja de forma artística, y el público, que no sólo recibe la obra sino que la juzga, la sostiene y, por ello, la mantiene viva. Como ocurre con el libro, como ocurre con todas las artes, es el binomio creador y público (espectador, lector, etc.) el que hace posible la obra artística. Y por ello no es aceptable que, por parecer más «modernos» o por querer enfatizar el marco donde se presenta la obra o el trabajo de interpretación, dirección, etc., el autor quede oscurecido o casi ignorado.

Todo esto viene a cuento de que en los Teatros del Canal (Sala Verde) se representan estos días (del 20 de feb
rero al 16 de marzo) las obras de Lope de Vega
El perro del hortelano y El castigo sin venganza. Centrándonos en la primera, buena puesta en escena de la compañía Fundación Siglo de Oro (RAKATá), con ajustada dirección de Laurence Boswell y Rafael Díez-Labín y correctas interpretaciones de Elena González (la fría y egoísta Diana, condesa de Belflor), Fernando Gil (sustituyendo, por enfermedad, a Rodrigo Arribas en el papel del inmaduro y oportunista Teodoro, secretario de Diana), Alejandra Mayo (Marcela, doncella de la condesa, que representa los valores –con sus luces y sombras– de la gente de abajo) y Alejandro Saá (quizá el mejor de los cuatro anoche, en Tristán, uno de los típicos «graciosos de Lope», pleno de sabiduría y picardía populares), secundados por Jesús Fuente (Otavio/Conde Ludovico), Julio Hidalgo (Marqués Ricardo), Daniel Acebes (Conde Federico), Alicia Garau (Dorotea), Andrés Bernal (Celio), Silvia Nieva (Anarda), Pablo Cabrera ( Leónido/Furio/Camilo) y Diego Santos (Favio).

Todo un espectáculo digno de verse… pero aunque, por supuesto, el nombre de Lope de Vega figura en los carteles y en los programas, se hace de forma tan «discreta» que es muy posible que los espectadores no habituales del teatro y de la literatura, recuerden la sala y los interpretes mucho más que el autor o, en el mejor de los casos, lo consideren uno más de la larga lista de los que intervienen, dentro o fuera del escenario, en la obra. Pero, insisto: el autor no es uno más, el autor es el primero y fundamental; solo él y su aliado imprescindible, el público, son superiores y permanentes: los demás, son necesarios colaboradores con un altísimo mérito… pero siempre inferior al del autor. No me parece de recibo, pues, que en la nota del programa firmada por Laurence Boswell, llena de autoelogios, no se cite ni una vez a Lope de Vega.

Y estas cuestiones, creo, tienen hoy, quizá, más vigencia que nunca, cuando intereses «tecnológicos», empresariales o políticos, empujan en la dirección de volver a los tiempos en que los autores (salvo una minoría privilegiada) tenían que vender su obra (y a veces con ello, su alma) a los comerciantes del arte, o contemplar cómo su creación era manipulada o adulterada por los poderosos gestores y traficantes de la Cultura; cuando el creador de la música sublime, el drama o la comedia genial, el cuadro innovador o el libro profundo y sabio, podía vivir de la forma más precaria (pasar hambre incluso) mientras que los que se aprovechaban de su obra medraban.

Y por eso hay que seguir rindiendo tributo a Lope por estas obras que hoy podemos ver en los Teatros del Canal. Escritas hace cuatro siglos, ambas tienen plena vigencia: las situaciones que presentan y los personajes que las desarrollan (sin necesidad de actualizar vestuario, ni proyecciones complementarias en pantalla) son nuestras situaciones. Ciñéndonos a la comedia, podemos ver ahí la siempre difícil comunicación entre hombres y mujeres y entre distintas posiciones sociales y culturales, por mucho que hayamos alcanzado un grado de igualdad considerable; los juegos del amor, los celos, los engaños, las pugnas entre pretendientes, los intereses aflorando entre los sentimientos (y viceversa)… todo ello hace que (independientemente del valor histórico de la sociedad que refleja) nos podamos codear o identificar con los Teodoros (sus mediocridades y sus falsas anagnórisis) y Tristanes (sus trucos y picardías); con las Dianas (sus mezquindades) y Marcelas (su ingenua pasión), y con todos los personajes lopianos. El perro del hortelano tiene, pues dos protagonistas principales: el autor y su público; todos los demás, por muy brillantes que sean o parezcan, son secundarios.descarga

Sigamos pues, gritando «¡El autor, el autor!» cuando de teatro (de cine, de pintura, de arquitectura, de escultura… ¡de literatura!) se trate. Con los autores vivos, sacándolos a escena para recibir el aplauso más importante y con los muertos, guardándolos en nuestro corazón con gratitud. Y con todos ellos, manifestando nuestro reconocimiento y escribiendo su nombre en programas, críticas y referencias con las letras más destacadas, para que nadie, ni comerciantes ni gestores poderosos, pueda medrar a su costa.

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