«¡El autor, el autor!»

(Para LM, de familia de grandes autores)

lopedevegaDesde los orígenes del teatro, en los luminosos tiempos de la Grecia clásica, cuando la representación gustaba al «respetable público» (o cuando querían abuchearlo), se oía «¡El autor, el autor!». Porque, por encima del trabajo, a veces magistral, de intérpretes, director, escenógrafos, tramoyistas, etc., e independientemente de la calidad de la sala donde la obra se representa… es decir, más allá de cuantos intervienen en la acción teatral a partir de la obra original, al final, quedan frente a frente los dos grandes artífices de toda creación: el autor y el público; el autor que, después de percibir la realidad, la analiza, la piensa y la refleja de forma artística, y el público, que no sólo recibe la obra sino que la juzga, la sostiene y, por ello, la mantiene viva. Como ocurre con el libro, como ocurre con todas las artes, es el binomio creador y público (espectador, lector, etc.) el que hace posible la obra artística. Y por ello no es aceptable que, por parecer más «modernos» o por querer enfatizar el marco donde se presenta la obra o el trabajo de interpretación, dirección, etc., el autor quede oscurecido o casi ignorado.

Todo esto viene a cuento de que en los Teatros del Canal (Sala Verde) se representan estos días (del 20 de feb
rero al 16 de marzo) las obras de Lope de Vega
El perro del hortelano y El castigo sin venganza. Centrándonos en la primera, buena puesta en escena de la compañía Fundación Siglo de Oro (RAKATá), con ajustada dirección de Laurence Boswell y Rafael Díez-Labín y correctas interpretaciones de Elena González (la fría y egoísta Diana, condesa de Belflor), Fernando Gil (sustituyendo, por enfermedad, a Rodrigo Arribas en el papel del inmaduro y oportunista Teodoro, secretario de Diana), Alejandra Mayo (Marcela, doncella de la condesa, que representa los valores –con sus luces y sombras– de la gente de abajo) y Alejandro Saá (quizá el mejor de los cuatro anoche, en Tristán, uno de los típicos «graciosos de Lope», pleno de sabiduría y picardía populares), secundados por Jesús Fuente (Otavio/Conde Ludovico), Julio Hidalgo (Marqués Ricardo), Daniel Acebes (Conde Federico), Alicia Garau (Dorotea), Andrés Bernal (Celio), Silvia Nieva (Anarda), Pablo Cabrera ( Leónido/Furio/Camilo) y Diego Santos (Favio).

Todo un espectáculo digno de verse… pero aunque, por supuesto, el nombre de Lope de Vega figura en los carteles y en los programas, se hace de forma tan «discreta» que es muy posible que los espectadores no habituales del teatro y de la literatura, recuerden la sala y los interpretes mucho más que el autor o, en el mejor de los casos, lo consideren uno más de la larga lista de los que intervienen, dentro o fuera del escenario, en la obra. Pero, insisto: el autor no es uno más, el autor es el primero y fundamental; solo él y su aliado imprescindible, el público, son superiores y permanentes: los demás, son necesarios colaboradores con un altísimo mérito… pero siempre inferior al del autor. No me parece de recibo, pues, que en la nota del programa firmada por Laurence Boswell, llena de autoelogios, no se cite ni una vez a Lope de Vega.

Y estas cuestiones, creo, tienen hoy, quizá, más vigencia que nunca, cuando intereses «tecnológicos», empresariales o políticos, empujan en la dirección de volver a los tiempos en que los autores (salvo una minoría privilegiada) tenían que vender su obra (y a veces con ello, su alma) a los comerciantes del arte, o contemplar cómo su creación era manipulada o adulterada por los poderosos gestores y traficantes de la Cultura; cuando el creador de la música sublime, el drama o la comedia genial, el cuadro innovador o el libro profundo y sabio, podía vivir de la forma más precaria (pasar hambre incluso) mientras que los que se aprovechaban de su obra medraban.

Y por eso hay que seguir rindiendo tributo a Lope por estas obras que hoy podemos ver en los Teatros del Canal. Escritas hace cuatro siglos, ambas tienen plena vigencia: las situaciones que presentan y los personajes que las desarrollan (sin necesidad de actualizar vestuario, ni proyecciones complementarias en pantalla) son nuestras situaciones. Ciñéndonos a la comedia, podemos ver ahí la siempre difícil comunicación entre hombres y mujeres y entre distintas posiciones sociales y culturales, por mucho que hayamos alcanzado un grado de igualdad considerable; los juegos del amor, los celos, los engaños, las pugnas entre pretendientes, los intereses aflorando entre los sentimientos (y viceversa)… todo ello hace que (independientemente del valor histórico de la sociedad que refleja) nos podamos codear o identificar con los Teodoros (sus mediocridades y sus falsas anagnórisis) y Tristanes (sus trucos y picardías); con las Dianas (sus mezquindades) y Marcelas (su ingenua pasión), y con todos los personajes lopianos. El perro del hortelano tiene, pues dos protagonistas principales: el autor y su público; todos los demás, por muy brillantes que sean o parezcan, son secundarios.descarga

Sigamos pues, gritando «¡El autor, el autor!» cuando de teatro (de cine, de pintura, de arquitectura, de escultura… ¡de literatura!) se trate. Con los autores vivos, sacándolos a escena para recibir el aplauso más importante y con los muertos, guardándolos en nuestro corazón con gratitud. Y con todos ellos, manifestando nuestro reconocimiento y escribiendo su nombre en programas, críticas y referencias con las letras más destacadas, para que nadie, ni comerciantes ni gestores poderosos, pueda medrar a su costa.

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4 respuestas a «¡El autor, el autor!»

  1. beasansone dijo:

    José María, muy razonable y justa tu reflexión, pues al autor le debemos todo. Aplaudo tu nota.

    • ¡Gracias, Beatriz! Aunque corren malos tiempos para los autores, hemos de seguir insistiendo… ¿Irás por la Feria del Libro de Madrid? Lo digo para aprovechar la ocasión y charlar amigablemente.
      Un abrazo,
      José María

      • beasansone dijo:

        Gracias, José María, recuérdame en qué días se realiza la Feria del Libro de Madrid. Es posible que vaya, aunque me acabo de mudar a Tarragona, y estamos encantados. De nuevo mis felicitaciones.
        Beatriz

  2. Hola, José María; como siempre, un placer leerte. Esta obra me encantó cuando la vi por primera vez, es verdad que es intemporal, o mejor dicho, eterna. Me gusta el paralelismo que surge de tu escrito, con el del leit motiv de la editorial, el que no hay literatura sin los lectores, un abrazo 🙂

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