Pasado (y futuro) imperfecto

imagesNo recuerdo con precisión cómo pasé yo la jornada de las primeras Elecciones Generales, hace hoy 40 años… pero sí recuerdo muy bien una de las historietas contenidas en la obra de de Carlos Giménez España, una; España, grande, y España, libre que publiqué, muy poco tiempo después, en tres volúmenes (que inauguraban nuestra magnífica colección Papel Vivo). La historieta, con guión de Ivá (uno de los mejores guionistas de cómic de entonces) y los dibujos característicos de Gimenez, se titulaba «Pasado imperfecto de indicativo» y nos presentaba a un personaje, un trabajador llamado Mariano, en la fila para votar. Mientras le llega su turno de depositar su papeleta, va recordando diversas fechas: 1936, el estallido de la guerra civil; 1939, la derrota y el exilio; 1940, la resistencia frente al nazismo; 1956, la salida de prisión; 1960, resistencia obrera; 1976, amnistía; 1977, ¡Elecciones!… Por fin, deposita su papeleta y un amigo con el que se encuentra a la salida le pregunta: «¿Y qué…? ¿Qué te ha parecido el asunto?» «Me ha sabido a poco…» responde y se aleja con paso triste.
Sí, a Ivá, a Carlos Giménez, a mí y a mucha gente que habíamos sufrido (en Auxilio Social, en las condiciones más duras del trabajo, en la cárcel…) las consecuencias del Régimen nacido de la guerra civil, nos supo a poco toda aquella época: veíamos el vaso medio vacío, manteníamos todavía la pesada losa del maniqueísmo y el revanchismo para analizar el pasado… y para enfrentar el futuro.
Pero nos equivocábamos: debimos ser mucho más optimistas, sentir mucha más alegría, disfrutar plenamente de aquel prodigioso triunfo del pueblo, de la gente (mucho más de la gente que de las minorias de uno y otro signo, mucho más del sentido común y del hambre de vivir que de los diseños de salón para dar «la vuelta a la tortilla»). Debimos comprender que habíamos conseguido lo máximo que –teniendo en cuenta nuestra historia reciente, el contexto en el que nos desenvolvíamos y la realidad de nuestra sociedad– podíamos conseguir, que habíamos encontrado la mejor manera de superar una larga etapa de dogmatismos maniqueos y enfrentamientos cainitas, que podíamos encarar el futuro con grandes posibilidades. Por supuesto que con el nuevo régimen no se acababan las injusticias ni se neutralizaba de un golpe a los que se aprovechan criminalmente de ellas… pero con la llegada de un régimen de libertades, con la posibilidad de hacer política sin necesidad de vivir en la clandestinidad, se daba un salto gigantesco. Por supuesto que la sociedad tenía que sufrir todavía los zarpazos de la violencia de uno u otro signo, pero se abrían cauces que durante 40 años habían estado cegados y, si aprendíamos a utilizarlos correctamente, podríamos alejar para muchas generaciones el fantasma de los odios y las luchas fratricidas.
Cuatro décadas después de aquella fecha es bueno que rindamos honores a quienes se habían sacrificado por llegar a ese salto inmenso; que hagamos público nuestro agradecimiento a quienes, desde una u otra posición, consiguieron hacer viable la Transición, que tanta admiración produjo a los que nos seguían fuera de España, y que sintamos el orgullo de haber colaborado, aunque fuera con alguna torpeza, en la medida de nuestras fuerzas, a que aquella jornada histórica, aquel acto político entonces excdepcional, sea hoy parte consustancial a nuestra realidad cotidiana.
A los jóvenes que, por no haber estudiando bien la Transición, no saben valorarla; a los nostálgicos que siempre les parecerá que que estamos en el mismo punto que estaban dos o tres generaciones anteriores, hay que intentar darles datos, argumentos, razones para que salgan de su error. Y a los que – teniendo toda la información necesaria– han hecho de la negación de aquella hermosa etapa de nuestra historia su negocio político (y económico), hay que desenmascararlos con toda contundencia, porque justamente son ellos quienes más dificultan el progreso de nuestra sociedad, los mejores cómplices del régimen anterior. 
Porque siempre habrá un pasado (y un futuro) imperfecto… en modo indicativo, en modo subjuntivo o en modo imperativo, pero la manera de «perfeccionarlos», de mejorarlos, no puede ser el culto a la ignorancia, a la mentira, a la demagogia, al aventurerismo político, sino, bien al contrario, reconocer lo que hemos avanzado, consolidarlo y seguir abriendo camino con pasos honrados.

espanaunagrandelibre

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