Los últimos días de Lenin

En 1993 una joven estudiante de Bachillerato internacional entregó como ejercicio de clase un texto bien documentado y argumentado bajo el título de «Los últimos días de Lenin».

En ese texto, y apoyándose en una bibliografía selecta y bien estudiada, se explicaba que Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, líder indiscutible de la revolución soviética (y que, después de sufrir un atentado y dos infartos y quizá una grave enfermedad venérea, pasó los últimos años de su vida en grave estado) había pedido, en sus últimos momentos, a su mujer, Nadezhda Constantinovna Krupskaya, «Nadya», que le leyera, una vez más, un cuento de Jack London, muy admirado por el revolucionario ruso, titulado «Amor a la vida».

La estudiante se preguntaba si no hubiera sido más lógico que, en vez de ese cuento, el moribundo (que conservó hasta el último momento su lucidez y sus ansias revolucionarias, su intento de controlar el partido bolchevique y su decisión de dejar a su muerte los principios de la Revolución Soviética seguros) hubiera pedido la lectura de otro cuento, también de London, que plantea justamente la tesis contraria del primero.

En «Amor a la vida» un buscador de oro en las duras tierras del norte de Canadá, que ha sido abandonado por su camarada, herido y enfermo, hambriento, se dirige a un barco que, en puerto seguro, puede recogerlo, atravesando un terreno inhóspito y peligroso… pero va seguido por un lobo, también moribundo, dispuesto a comerse al hombre cuando éste desfallezca. Hombre y bestia están exhaustos, y London deja bien claro desde el principio que puede ganar uno u otro. Pero al final el hombre, a pesar de contar con pocas fuerzas, como está decidió a vencer, acaba matando al lobo moribundo y bebe su sangre para sobrevivir. Así llega al barco: hambriento y herido pero triunfador.

En «Encender una hoguera», de tema parecido, otro explorador está empeñado en llegar al destino que se ha marcado atravesando, en pleno invierno, un terreno también inhóspito y lleno de peligros. De nada sirven las advertencias de los expertos que le aconsejan retrasar el viaje y buscar apoyo humano y recursos materiales. El hombre se siente héroe capaz de todo y decide ponerse en camino. Seguro de que alcanzará su meta. Pero no es así: en medio de su itinerario una tormenta le obliga a parar su marcha y amenaza con matarlo: sólo puede salvarse encendiendo una hoguera para lo cual ha de reunir hojarasca seca y alguna rama, cosa muy difícil de obtener en una montaña cubierta por la nieve y con la tormenta arreciando, pero el hombre, que también está decidido a triunfar como el anterior personaje del escritor norteamericano, acumula todas sus energías y las dedica a encender una hoguera: en ello va gastando sus cerillas y sus fuerzas hasta conseguir prender la escasa hojarasca que ha conseguido para luego alimentar el fuego salvador con alguna rama. Pero cuando ya ha consumido su último cerilla, un golpe de viento esparce la hoguera y el fuego se apaga… El hombre, habiendo comprendido que ha sido vencido por la Naturaleza, se dispone a morir.

En los días en que agonizaba Lenin no era extraño poner como bandera el primer cuento de London, a pesar de que la guerra civil (y antes la europea) había diezmado el ejército soviético y mermado decisivamente los recursos económicos del país; a pesar de que los soviets había perdido su naturaleza democrática inicial, de que se había producido la terrible represión sobre el levantamiento popular de Kronstadt; a pesar de que el partido bolchevique había tenido que recurrir a la «nueva política económica» (que chocaba frontalmente con los postulados económicos comunistas) y, sobre todo, a pesar de que no se veía claro quién podía sustituir al gran padre de la revolución, con luchas intestinas en el partido cuyo encono y ferocidad hacían prever crímenes mayores; a pesar de todo ello, todavía era posible ser optimista y pensar que el aventurero llegaría al puerto marcado.

Pero en los años en que esta estudiante analizaba la historia de la Unión Soviética estaba ya bastante claro el fracaso de la revolución: el régimen soviético y la propia URSS se deshacían, no por el acoso exterior sino por su debilidad interna. El sueño de Lenin y de todos sus seguidores se había acabado. El aventurero que había asegurado que podía atravesar con sus solas fuerzas un terreno inhóspito, extremadamente duro y en la peor época había fracasado. Por mucho que su aventura dejase un ejemplo de voluntad, determinación, capacidad de resistencia, etc. lo cierto es que, tal como habían previsto las personas con experiencia, su mayor ejemplo era que no sirve sólo la voluntad para realizar un proyecto por muy bello que este parezca.

A pesar de todo ello, ahora que la URSS es mera historia, no es inútil recordar que lo que se alcanzó, hace hoy 96 años justos, con el triunfo de la revolución bolchevique, nació de una necesidad de la humanidad de luchar contra la injusticia y promovió en el mundo entero ideales de liberación. Naturalmente, como todas las utopías, esa revolución marcaba metas inalcanzables en aquella situación histórica, como el héroe del segundo cuento, pero ello no debe llevarnos a despreciar a estas personas que las pusieron en marcha, incluso aunque lo hicieran movidos tanto por su egocentrismo como por su altruismo, porque, como nos demuestra la Historia, la humanidad ha ido avanzando de fracaso en fracaso, a veces guiados por soñadores, mesías o simples aventureros, en busca de una sociedad más libre y más próspera.

Lamentablemente el trabajo de la estudiante, que obtuvo la mayor calificación, permanece inédito pero no vendría mal que cuantos se interesen por este tema central en la historia de Europa y del mundo, cual es el nacimiento y la muerte de la Unión Soviética, reflexionen sobre la tesis que allí se exponía y dediquen algún tiempo a analizar el importante tema del leninismo.

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Carta a una vieja camarada

Querida amiga: el sábado 26 de los corrientes asistí al mitin de presentación del Movimiento Ciudadano en el moderno Teatro Goya, ubicado en el barrio madrileño de Puerta del Ángel. La zona, el ambiente, la expectación… me hicieron recordar, con cierta nostalgia, aquellos viejos tiempos en los que tú y yo coincidíamos, con otros jóvenes intrépidos a principios de los 60 del siglo pasado y en condiciones bien diferentes, en reuniones conspirativas, en manifestaciones ilegales, en detenciones, en juicios (recuerdo, como si fuera ayer, cómo busqué tu mano por detrás del acusado que estaba sentado entre nosotros para tener fuerzas para enfrentarme al juez de la dictadura). Teníamos entonces toda la fuerza de la juventud y podíamos arriesgarnos alegremente no sólo a sufrir el castigo de nuestros enemigos sino sobre todo, llevados de nuestra arrogancia, a meternos en cualquier error teórico o práctico, a caer incluso en ideologías tan reaccionarias como las que combatíamos (por muy críticos que fuéramos con el estalinismo, todavía lo veíamos con una fuerza revolucionaria y progresista; por mucho que hablásemos de democracia popular, todavía no habíamos advertido que ese tipo de democracia era la dictadura de un politburó; todavía no habíamos descubierto la cara siniestra del burocratismo que en los regímenes «socialistas» y también en los regímenes «democráticos», aunque con diferente forma, constituyen una gangrena para la sociedad). Nos podíamos equivocar pero nos sentíamos plenos de fuerza, de ilusiones y (todo hay que decirlo, en este caso en nuestro descargo) éramos honrados (aunque pudiéramos tener serias contradicciones en nuestra vida particular): creíamos en lo que hacíamos y hacíamos con grave riesgo lo que creíamos justo. Por eso en alguna medida también impulsamos la evolución del Régimen y su salida democrática y por eso pudimos sentirnos felices con la Transición y acudir bulliciosos a las fiestas «rojas y republicanas» de la Casa de Campo, colindante con el Barrio del Ángel… y por eso nos hemos podido sentir decepcionados con su última etapa donde la corrupción ha señoreado la vida política; el despilfarro, la vida social, y la demagogia y la trivialidad, la vida intelectual; donde el tribalismo ha alimentado y exacerbado unos nacionalismos que amenazan con deshacer el país, llevándolo hacia atrás, hacia el tiempo de las taifas.

Por todo ello y porque no quiero renunciar a mis ilusiones de libertad y progreso, de justicia e igualdad, me he mantenido atento a cualquier manifestación de regeneración, al surgimiento de cualquier fuerza política que pusiera en cuestión la situación degradada a la que hemos llegado en España. Por eso seguí de cerca la aparición de UPyD y por eso suscribí el Manifiesto que publicó hace dos semanas Ciudadanos y, como consecuencia de todo ello, acudí el sábado a su convocatoria.

Magnífico ambiente y palabras certeras. Más de 1.500 personas (de todas las edades y de diversa condición social) aplaudimos con entusiasmo las propuestas de un amable pero seguro, brillante pero modesto Albert Rivera que, llegado desde Barcelona, nos hablaba de pasar de la indignación a la acción, de promover una educación eficaz, no sectaria ni oportunista; de reducir la acción de los partidos a su justa medida, sin acaparar instituciones como la Justicia, los medios de comunicación, las cajas de ahorro, etc. Por eso asentimos cuando nos propuso participar todos en la «Conjura del Goya» y por eso nos sentimos llenos de fuerza cuando nos aseguró que esa regeneración de la vida social y política, que esa recuperación de la idea de España como una gran nación diversa pero unida, la conseguiríamos «por las buenas o por las urnas»…

Ya sabes: estas cosas rejuvenecen, revitalizan, te llenan de energía y de ganas de «hacer algo», aunque sea desde la «débil ancianidad»… Pero, ¡cuidado! Sabemos por experiencia que las palabras deslumbrantes pueden esconder intenciones confusas o capacidades débiles, que los partidos están sujetos a la ley no escrita pero tantas veces sufrida por la población de que «el poder pervierte», que personajes tan admirados por los jóvenes políticos como Kennedy u Obama (cuyo «estilo» podría estar influyendo en este movimiento) están sometidos a los «poderes fácticos», que adulteran o destruyen sus sueños juveniles. Evitemos, pues, caer ahora en el error de nuestra juventud de cegarnos con las palabras luminosas de los líderes y ofrecernos al estilo himmleriano («Creer, obedecer, combatir, eso es todo»); al contrario, sigamos una máxima bien diferente que, aunque la dijera Mao Zedong, me parece totalmente apropiada: «Osar pensar, osar hablar, osar obrar».

Acojamos pues con gratitud y alegría al Movimiento Ciudadano y suscribamos su manifiesto, pero mantengamos, desde la honradez que nos ha traído hasta aquí, una actitud crítica y vigilante que nos libre de sectarismos y sumisiones.

Con un gran abrazo.

 

 

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70. La mirada cuántica

fondodahlia1.jpg(Para MC, en su hermoso aniversario.)

Nunca he pertenecido a esa inmensa mayoría de hombres del primer mundo y varias generaciones que se han sentido fascinados por la belleza de Marilyn Monroe. Sin embargo (y aunque sé que, como todo mito, hay que analizarlo con mucho cuidado), cada vez me interesa más su personalidad y su biografía. Por eso he visto con mucha atención el documental Marilyn Monroe a su pesar, que dirigió Patrick Jeudy en 2002, donde se muestra cómo la mirada del gran fotógrafo Milton Green tuvo gran importancia en la vida y la obra de la estrella. Green supo buscar detrás de las curvas y la fotogenia deslumbrantes de Norma Jeane elementos y valores ocultos a una mirada vulgar; buscó el interior, el alma de la persona, en un intento de aprehender y comprender como forma de apropiarse de la Belleza sin consumirla. Puro arte, amor puro. Pero aún así, como ya sabemos, al mirar, por mucho respeto con que lo hagamos, influimos en lo mirado, lo modificamos… ¿Definimos esto como «la mirada cuántica»?

Quizá los dioses mitológicos, aburridos en su Olimpo (y a pesar de la afirmación del sabio Epicuro de que ellos no se ocupan de los hombres) comenzaron por mirar a los humanos y, fascinados por su belleza, acabaron mezclándose con nosotros, influyéndonos, modificándonos. Quizá el dios bíblico, que podía abarcar con su mirada todo el cosmos, sintió la necesidad de fijar su mirada en un hombre y una mujer que, bajo un hermoso árbol, se sentían impelidos al abrazo y, al mirarlos, les enseñó la vergüenza, el temor, un sentido trágico de la vida.

Quizá el hombre normal, que no tiene el genio del artista ni la fuerza del dios, tenga una mirada menos poderosa, más torpe… Pero, sin duda, siente también esa fascinación ante la Belleza, ese deseo intenso de acariciar con su mirada, ese anhelo de encontrar el interior, el alma de la persona contemplada y, como hacen el artista con la piedra, el lienzo, la película o el texto y el dios con su capacidad creadora, quisiera fijar en su mente la imagen que lo deslumbró. Y quizá, al hacerlo, modifica, por muy levemente que sea, a la persona que provocó su admiración. 

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69. Napoleón

En la tertulia del Marcapáginas (Gestiona Radio) del viernes pasado, al ser preguntado por David Felipe Arranz por mi juicio sobre Napoleón, dije, sin ambages, que lo consideraba un aventurero y un fracasado. Sé que en el breve tiempo que puede dedicar un programa de radio por muy bien dirigido que sea, como es el caso, estas afirmaciones rotundas pueden escandalizar y reclamar una mayor explicación. Tampoco da para mucho una nota en el blog (sin contar con que yo no soy un especialista en Napoleón y que el personaje es de los más controvertidos en nuestra historia reciente) pero algo puedo añadir a lo que dije el viernes.

Lo que caracteriza al aventurero político es su desmesurada ambición, su autoestima de iluminado, su capacidad para enrolar en su aventura a muchos seguidores leales, fanáticos incluso pero a los que, en la mayoría de los casos, podrá despreciar o sacrificar según sus intereses. Napoleón tenía esas «virtudes» (véase cualquier biografía de las que desmienten o matizan las «Memorias» que él dictó en Santa Elena) y con ellas y su audacia, osadía, arrojo… pero, sobre todo, su ausencia de escrúpulos, logró formar su imperio a partir de su condición de militar de bajo rango.

Por supuesto, es obligado reconocer que Napoleón tiene grandes capacidades militares, es legendaria su habilidad estratégica (aunque también hay que decir que fracasó estrepitosamente en España y en Rusia), y políticas (bajo su mando se producen extraordinarios avances en la modernización del Estado y en la organización social, como el famoso Código Civil) pero no hay que olvidar que su aventura produjo terribles guerras, con el sacrificio de militares y civiles (según algunos cálculos, dos millones y medio de muertes en un continente cuya población total no alcanzaba los ciento noventa millones de habitantes). Y, sobre todo, que su aventura, como otras que se habían producido antes en Europa o que se producirían después en el siglo XX, acabó en fracaso, con una vuelta al punto de partida (aunque, justo es reconocerlo, con notables avances). De forma que, en conclusión y siempre en mi modestísima opinión, se puede decir que, independientemente de otros reconocimientos, Napoléon debe ser considerado como un aventurero fracasado, y peligroso, igual que otros personajes que nos muestra la historia de nuestro continente en los que todos sus sueños imperiales acaban en quimeras imposibles y, a pesar de ciertos avances, en terribles sufrimientos para la población.

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68. Capitalismo, hazles reír.

Nunca fue el capitalismo un sistema fácil de entender. Desde sus orígenes, y en todas sus fases, nuestro sistema social y político (económico, ideológico, etc.) se caracteriza por la confusión. Confusión de teorías, de intereses, de resultados… En pleno huracán de una de sus crisis más fuertes (por lo menos para los que la sufrimos desde hace ya varios años) el Taller de Investigación Teatral Contemporáneo, bajo la dirección de Andrés Lima en colaboración con Joseba Gil y María Valls, nos propone la obra de Juan Cavestany Capitalismo, hazles reír: «un espectáculo de riesgo, de compromiso estético, de belleza perturbadora», que nos muestra un «grupo de artistas [¡17 individualidades estupendas formando un equipo trepidante!] multidisciplinares haciéndose preguntas sobre el mundo en que vivimos»; «actores bailando, bailarines en el trapecio, y lanzadores de cuchillo interpretando… una locura». Un excelente equipo de intérpretes entre los que yo destacaría a Aitana Sánchez-Gijón (más bella aún que en aquella mágica aparición en El hombre deshabitado) y a Silvia Marsó  que domina cualquier rol y cualquier escena.
Confusión. Las Torres Gemelas mostrando al mundo la vulnerabilidad del Imperio y el odio dogmático; la tortura y todos los abusos del Poder; la vida cotidiana, donde los seres normales psicosomatizan sus tensiones, sus problemas, provocando la inflación del sistema sanitario; las peleas familiares salpicadas de nostalgias, trufadas de generosidades y egoísmos; al fondo 1984 (Orwell) como lección magistral de la capacidad manipuladora del Sistema: la «gran amenaza» inventada desde el Poder para someter a la ciudadanía a sus designios y, de fondo, la vida como espectáculo: un tiovivo permanente de baile, música, contorsiones, etc. Ruido y movimiento desenfrenado para que las mentes no puedan analizar y la gente no pueda organizarse para resistir. Espectáculo en la vida real muy bien representado en la «pista» del Price: incluso en el intermedio, donde los actores se dedican a repartir cervezas (cobrándolas, por supuesto) y una impresionante Silvia (Marsó) Bombón «subastando» partes de su cuerpo y de su tiempo a los espectadores que puedan pagarlo. Todo en broma, claro, pero como al final la vida, nuestra vida, nuestro capitalismo, nuestra crisis, no pasa de ser una colosal broma, me quedó la duda de si debería haber pujado en un intento, posible o imposible, de haber tomado un hermoso brazo y un breve (pero intenso) minuto de Silvia Bombón.

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67. Somos más, tenemos más fuerza y mejores razones

Sí, somos más. Podemos oponer a los centenares, miles; a los miles, decenas de miles; a los centenares de miles, millones. En silencio o vitoreando, podemos llenar más calles y más plazas y, además, hacerlo mejor. Ya lo hicimos en otras ocasiones: llenamos las plazas y calles contra el golpismo, contra la guerra, contra el terror… No tengamos la menor duda: si se trata de salir a la calle para defender un régimen democrático que nos hemos dado entre todos y para todos, somos más, muchísimos más .
Sí, tenemos más fuerza. Tenemos la fuerza de la historia, la fuerza de contar con un Estado que se ha mantenido en pie durante siglos. Tenemos la fuerza de haber abierto, en lucha contra diversas tiranías, vías a la libertad en la época medieval y en la moderna y, más recientemente, la fuerza de haber conseguido, en una Transición que ha admirado al mundo entero, unas leyes democráticamente aprobadas que sostienen la legitimidad de la Nación, la garantía de la unidad del territorio y la seguridad de poder hacer cumplir todas las leyes que se derivan de la Constitución democráticamente aprobada en 1978. Una constitución que, por oportunismo o torpeza, dejó abiertas algunas vías para que algunos aventureros o iluminados pudieran debilitarla, pero que, por encima de eso, da suficientes fuerzas a quienes deciden vivir en una democracia pacífica y avanzada. Una constitución que puede defenderse con toda la fuerza frente a quienes la niegan y quieren destruirla sin atenerse a más leyes que la demagogia y la chulería.
Sí, tenemos mejores razones. No necesitamos inventarnos estados ni dirigentes falsos. No necesitamos jugar al victimismo demagógico. Tenemos una historia, naturalmente con luces y sombras, como todos los países del mundo, que sostiene muy honrosamente la situación actual a la que llegamos a la salida del régimen anterior, pero que arranca con toda legitimidad de la constitución del primer Estado central por la unión de las coronas de Aragón y Castilla, hace más de cinco siglos (uno de los primeros de Europa), que se reafirma en los siglos posteriores y que consigue una adaptación a la Modernidad, a través de las Cortes de Cádiz, hace ahora más de dos siglos. Tenemos razones muy poderosas, argumentos muy sólidos para defender, en un mundo globalizado y con grandes bloques que se mueven en torno a intereses muy fuertes, la necesidad de agruparse y no dividirse, la licitud y conveniencia de la unidad nacional, la integridad territorial, la soberanía inalienable de todo el pueblo español. Tenemos sólidos argumentos para explicar por qué una secesión de una parte de España tendría consecuencias dramáticas para la mayoría de la población de la parte en secesión (problemas económicos y sociales, familiares, enfrentamientos y divisiones…) y para todo el país en su conjunto. Podemos respetar y propiciar todas las diversidades pero todas, no sólo las que convengan a los que han hecho un negocio de reclamarse diversos, diferentes. España es una país con hermosas diversidades (como todos los países avanzados del mundo, sean grandes o pequeños), pero unido, económica, social y culturalmente, desde hace siglos, sin segregación ni guetos, sin colonias que puedan reclamar el «derecho de autodeterminación».
Sí, somos más, tenemos más fuerza y mejores razones. Sí, somos más, muchísimos más los que tenemos la legitimidad, el derecho y la fuerza para decidir. Naturalmente tenemos debilidades y amenazas: estamos gobernados por una clase política numerosa pero débil, lenguaraz y despilfarradora, con dos partidos nacionales enredados en una urdimbre de corrupciones, corruptelas y torpezas e incapaces de ponerse de acuerdo en temas tan fundamentales como la defensa de la Constitución o la formación de un frente común frente a las grandes amenazas exteriores o interiores. Amenazas reales: alguna gente en Europa y alguna gente en España saben que harían un gran negocio con la fragmentación y la debilitación de nuestro país. Pero no nos engañemos: aquellos que dirigen el ataque miserable al conjunto de la nación española tienen tanta o más corrupción como puede haber en nuestros dos grandes partidos españoles, son tanto o más torpes y, desde luego, mienten y manipulan a la gente mucho más que ellos. Y tenemos muchas fortalezas y oportunidades. Tenemos leyes e instituciones suficientes, tanto en nuestro entorno (Unión Europea, «mundo occidental») como en nuestro país. Tenemos el control de la hacienda, del ejército, de las fuerzas de seguridad, de las relaciones exteriores, etc. Se trata pues de, sin desmesura pero sin miedo, ejercer la autoridad que la ciudadanía ha otorgado y aplicar el poder ahí dónde haga falta porque hasta ahora son muchos más, muchos más millones los ciudadanos que necesitan y pueden defender la nación española, la patria española, las leyes españolas, el poder español frente a cualquier desafío de cualquier aventurero que intente amedrentarnos. Y, por supuesto, escuchando «a la calle», a todas las personas que, llevados por la emoción o por el interés, con acierto o sin acierto, se manifiestan reclamando cualquier cosa. Incluido el derecho a la «desafección» de lo español, el derecho a sentir o buscar una entidad diferente… Claro que el ciudadano tiene todo el derecho a salir a la calle a reclamar cualquier cosa y las fuerzas de orden público el deber de proteger ese derecho inalienable de expresión. Pero, los poderes públicos, nacionales, autonómicos o locales, no tienen ningún derecho a, saltándose las leyes democráticamente establecidas, instigar a esos ciudadanos a realizar movimientos ilegales, a embarcarlos en proyectos ilícitos, a promover odios tribales; no tienen derecho a, utilizando de forma artera los recursos que son de todos y empleando todo tipo de mentiras y artimañas, impedir el ejercicio de todos los derechos a todos los ciudadanos o negar las leyes y su aplicación en su ámbito respectivo.
Permítaseme, para concluir, una referencia personal. Llevo años reflexionando sobre el asunto que trato hoy y manifestando mi posición de la forma más clara que puedo. Por referirme a los últimos años:
En abril de 2010 escribí un poema sobre España como patria inclusiva y amable para todos:
http://www.edicionesdelatorre.com/boletines/ET-BI35.pdf,
en septiembre de 2011 publiqué una carta a un «hermano separatista», con el mayor respeto posible a sus pretensiones: http://librosyabrazos.wordpress.com/2011/10/16/juguemos-limpio-hermano/,
en septiembre de 2012 me manifesté claramente a favor de ejercer la autoridad con un poder tan legítimo como fuerte:
http://librosyabrazos.wordpress.com/2012/09/17/carta-abierta-a-pedro-crespo/ y a la necesidad de relacionar Ciudadanía y Patriotismo en la Educación:

http://librosyabrazos.wordpress.com/2012/09/25/educacion-y-patriotismo/ .

Al mes siguiente defendí la conveniencia de reivindicar una relación de fechas nacionales tan dignas de ser conmemoradas como otras fechas regionales:

http://librosyabrazos.wordpress.com/2012/10/11/12-o/,
y unos días después expresé mi posición sobre el tan traído y llevado «necesario diálogo»:
http://librosyabrazos.wordpress.com/2012/10/31/dialogo/
Es posible que, tras estas posiciones y pronunciamientos, algunos no vean sino un «nacionalismo español» grosero, una nostalgia de «pensamiento único». ¡Discutamos sobre esto! Enfrentemos los argumentos con datos ciertos y actitudes sinceras. Ya anticipo que el tema es complejo y que el nacionalismo encierra no pocos peligros… Pero, por supuesto, si alguien me obliga a elegir entre un nacionalismo que, apoyándose en un artificial «derecho a decidir», quiere dividir el país y llevar a las gentes al enfrentamiento y la aventura y otro que organiza la convivencia mediante una «Constitución [que] se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas», no tendré la menor duda y elegiré esta opción.
Por supuesto, ya sé que mi posición no tiene más importancia que la de cualquiera de los millones de ciudadanos que luchamos por conseguir y mantener una sociedad democrática, donde las leyes generales son más importantes que los intereses particulares, el todo más que las partes… No tiene más importancia pero tampoco menos.

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66. No todo se termina con la muerte

NO TODO SE TERMINA CON LA MUERTE

(Para Julia Trujillo)

No todo se termina con la muerte.
(La muerte no es el Todo, lo Absoluto,
porque el Todo, lo Absoluto, no existe
o, al menos, no podemos conocerlo.)

La vida permanece en la memoria,
en el surco que abrimos,
en el árbol plantado,
en la carta afectuosa,
en el canto alegre de la madrugada,
en el amor de los que quedan a este lado.

No todo se termina con la muerte
porque la vida siempre triunfa sobre ella,
porque sabemos que mucho de nosotros sobrevive
en aquellos que compartieron nuestra senda.

Pero, sí, la muerte es un golpe decisivo,
un tajo inexorable, una frontera,
un abismo sin fondo
que se abre y nos engulle,
sin resolver la duda que arrastramos
desde que nos pusimos en pie
y nos atrevimos a mirar a las estrellas.

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65. Amor, humor y muerte

  • ¡Privilegio! Después de unos días en las tierras, tan duras como bellas, de Soria, camino del bullicioso Mediterráneo, parada en Madrid y… ¡privilegio!: asistencia al ensayo de «Amor, humor y muerte», antología de textos clásicos y dramaturgia de Francisco Porres, en el pequeño y hermoso teatro Estudio 2 Manuel Galiana. Dos intérpretes en el desnudo escenario, con la mínima luz para poder leer y dos espectadores en las butacas. Dos intérpretes veteranos y de carrera plenamente consolidada: Julia Trujillo y Manuel Galiana. Teatro, cine, televisión, recitales, premios… a sus espaldas pero ellos han llegado puntuales y animados, con el mismo entusiasmo y la modestia de cuando eran principiantes. Como es natural en estos casos, no hay decorados ni focos que enmarquen o resalten la escena: la definición de Shakespeare se cumple plenamente aquí: el teatro es, esencialmente, dos actores, una manta y una pasión.

    ¡Pasión! A pesar de que se trata sólo de «pasar texto», al conjuro de las palabras hechas puro arte, actriz y actor se meten en situación y sus ojos se iluminan o ensombrecen, su voz vibra altanera en el orgullo o se quiebra en el dolor, y su mano se extiende solícita o acusadora en breve pero certero gesto, según convenga a la acción que se está relatando. Ya no son unos actores, ya no son Manuel Galiana y Julia Trujillo, ya sueltan «las amarras / y [entran] ya sin miedo / en el haz luminoso del teatro, / [y dicen] a los cuatro vientos / la múltiple belleza y locura de este arte». Ya son Juan Rana, deforme y licencioso; Rita Villalobos, famosa intérprete de jácaras; y Segismundo, que condensa en su monólogo la terrible tragedia de la pérdida de libertad; y Rosaura que se solidariza con él. Ya son los honrados aldeanos Casilda y Peribáñez, leyéndose mutuamente el abcedario de los recién desposados; ya son el cruel Enrique VIII repudiando a la española Catalina, su legítima esposa y víctima de la vesanía del monarca inglés… y son Pedro de Portugal e Inés de Castro, y son… Ellos dan vida a hombres y mujeres creados o recreados por los grandes autores del teatro clásico. En el escenario, ese mundo «de espejos mágicos», ya no está un actor del siglo XXI vestido con vaqueros y camisa sino el mendigo español del siglo XVII, cubierto de harapos y pidiendo «un maravedí» o, al menos, «medio mendrugo» en las gradas de San Felipe; o el Harpagón de Moliere, víctima de su avaricia. En el escenario, esa «patria de la imaginación», ya no está una actriz con ropa y belleza del siglo XXI sino una monja del siglo XVII, sor Juana Inés de la Cruz, que, en bellísimos optosílabos, da un imperecedero «aldabonazo en la conciencia» de los hombres: «Hombres necios que acusáis /a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis»; o la reina doña María, viuda del rey don Sancho, que defiende, como leona, sus derechos y a su hijo frente a los nobles ambiciosos; o la graciosa Clara de Lope de Vega, contándonos en alegre gatomaquia el parto de una gata.

    ¡Prodigio! El arte supremo del teatro, una vez más, hace el prodigio. Al conjuro de las palabras y los gestos de Manuel Galiana y Julia Trujillo, el teatro se llena de vida: «dos actores con una manta y una pasión» rompen todas las barreras de tiempos y espacios y dan vida sobre el escenario a todos los mundos: aquí está el ser humano y todas sus tragedias o comedias, sus farsas, sus verdades y mentiras enredadas durante siglos de civilización; aquí está la eterna búsqueda, y los eternos encuentros y desencuentros del hombre y la mujer; las tensiones inherentes a toda sociedad y sus imprescindibles pero imposibles equilibrios; los enfrentamientos entre pobres y ricos, pillos e ingenuos, viejos y jóvenes, poderosos y desheredados… Y ante ese prodigio, la sala se llena de seres procedentes de la Historia: aquí están Calderón y Lope, Tirso y Moliere, todos los grandes creadores y sus criaturas… Y todas las butacas se cubren con espectadores ávidos de dialogar con esos hacedores de mundos. ¡Bravo, bravo! Una vez más el Teatro es la Vida y la Vida es el Teatro.

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64. Santiago y la gente

¡La gente, las buenas gentes! Las personas sencillas que, habitualmente, se mueven por intereses e ideales «vulgares», que viven de forma sencilla, que pugnan por consumir un poco más o por dominar en las discusiones sobre fútbol, que se dejan atraer por los «famosos» de la tele, que rechazan las grandes discusiones sobre profundas cuestiones filosóficas o históricas… las gentes de «abajo», que son menospreciadas por los «intelectuales», por los poderosos, por los instalados en la parte de «arriba» de la sociedad, esas gentes que son explotadas por los grupos ociosos y parasitarios, que son manipuladas por los politicastros, nos dan, cuando llega la tragedia, un ejemplo supremo de compasión, de solidaridad: ellos acuden a socorrer al que sufre, ofrecen, de forma sencilla y espontánea, sincera, su sudor y su sangre, lloran con él, lo abrazan y consuelan, se olvidan de sus pequeños intereses y se convierten en grandes ejemplos de generosidad. Sea el 11-M o el 25-J, cuando la gente del pueblo encuentra la muerte masiva y estúpida, el dolor intenso, se encuentra, a la vez, con la gente «normal» que, antes que ninguna minoría «elevada», acude en su ayuda y le da el abrazo que necesita… ¡La gente, las buenas gentes! Una lección de humanidad que todos deberíamos aprender.

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63. Nelson Mandela

Nelson_Mandela-2008_(edit) Es hermoso llegar a los 95 años rodeado de la admiración y el respeto, del amor, de familiares y amigos; mucho más cuando estos amigos se cuentan por millones en todas las partes de la tierra. Es hermoso llegar a esa edad en esas condiciones, aunque sea luchando con la muerte, que acecha para cobrar su presa. Pero la muerte puede esperar un poco más a la puerta del hospital como esperó durante años a la puerta de los terribles calabozos donde Nelson Mandela (Madiba como lo llaman cariñosamente sus compatriotas) permaneció, en condiciones infrahumanas, durante 27 años de represión criminal por parte de la minoría blanca racista, explotadora y genocida que dominaba Sudádrica. Como esperó todos estos años en los que Mandela, una vez libre, dedicaba su vida a reconstruir un país y una sociedad que habían sido esquilmados y degradados hasta límites increíbles.
Sí, Mandela es un ejemplo imperecedero de resistencia a la estupidez y la crueldad humanas, de lucha inteligente por mejorar las condiciones de vida de las gentes normales y trabajadoras, por sacar de la miseria material y espiritual a los más débiles. Pero, sobre todo, es un ejemplo de cómo la rebeldía juvenil que produce la explotación e injusticia insitucionalizadas y que en tantas ocasiones cae en los mismos errores que combate, cómo esa rebeldía puede transformarse en una fuerza liberadora.
Hay muchos héroes en la Historia pero los más admirables son aquellos que han sido capaces de resistir en las circunstancias de soledad y tortura y los que han comprendido que la maldad humana, la explotación y la injusticia suprema de ciertos regímenes y sistemas no se resuelven con venganzas o chalaneos sino, bien al contrario, con el mantenimiento de los grandes principios de libertad y justicia, por un lado y, por otro, con la renuncia a la venganza; con el amor a los amigos y la reconciliación con el enemigo cuando éste abandona su proyecto de dominación ilícita. Mandela es sin duda, el mejor ejemplo contemporáneo de estos valores, el gran héroe del siglo XX y su ejemplo nos ilumina. Su titánica voluntad y su inteligente generosidad frente a la injusticia merece nuestra más sincera gratitud. Él consigue que recuperemos la confianza en la capacidad humana.
¡Felicidades, Señor, por estos hermosos y radiantes 95 años, que deseo se prolonguen cuanto sea posible! Permítame que una mi modesto canto al de los millones de sudafricanos y amigos de todo el mundo que celebran su onomástica, que sume a ellos mis deseos ardientes de que usted sobreviva una vez más al dolor y la muerte. Permítame que en este día festivo para la humanidad entera declare, con humildad pero con firmeza, que usted es la persona más ejemplar que dio el siglo XX, el más digno de ser admirado y seguido, la referencia más adecuada para luchar contra las injusticias y miserias de nuestra civilización y para desarrollar los grandes valores humanos que ella contiene; que usted se encuentra ya y se mantendrá, de manera destacada, en ese friso de la Historia donde se sitúan aquellos que, desde su individualidad, comprenden que somos una especie necesitada de vivir en sociedad, y que luchan honestamente porque en esa sociedad haya más libertad que represión, más igualdad que injusticia, más fraternidad que hostilidad.

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