Los últimos días de Lenin

En 1993 una joven estudiante de Bachillerato internacional entregó como ejercicio de clase un texto bien documentado y argumentado bajo el título de «Los últimos días de Lenin».

En ese texto, y apoyándose en una bibliografía selecta y bien estudiada, se explicaba que Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, líder indiscutible de la revolución soviética (y que, después de sufrir un atentado y dos infartos y quizá una grave enfermedad venérea, pasó los últimos años de su vida en grave estado) había pedido, en sus últimos momentos, a su mujer, Nadezhda Constantinovna Krupskaya, «Nadya», que le leyera, una vez más, un cuento de Jack London, muy admirado por el revolucionario ruso, titulado «Amor a la vida».

La estudiante se preguntaba si no hubiera sido más lógico que, en vez de ese cuento, el moribundo (que conservó hasta el último momento su lucidez y sus ansias revolucionarias, su intento de controlar el partido bolchevique y su decisión de dejar a su muerte los principios de la Revolución Soviética seguros) hubiera pedido la lectura de otro cuento, también de London, que plantea justamente la tesis contraria del primero.

En «Amor a la vida» un buscador de oro en las duras tierras del norte de Canadá, que ha sido abandonado por su camarada, herido y enfermo, hambriento, se dirige a un barco que, en puerto seguro, puede recogerlo, atravesando un terreno inhóspito y peligroso… pero va seguido por un lobo, también moribundo, dispuesto a comerse al hombre cuando éste desfallezca. Hombre y bestia están exhaustos, y London deja bien claro desde el principio que puede ganar uno u otro. Pero al final el hombre, a pesar de contar con pocas fuerzas, como está decidió a vencer, acaba matando al lobo moribundo y bebe su sangre para sobrevivir. Así llega al barco: hambriento y herido pero triunfador.

En «Encender una hoguera», de tema parecido, otro explorador está empeñado en llegar al destino que se ha marcado atravesando, en pleno invierno, un terreno también inhóspito y lleno de peligros. De nada sirven las advertencias de los expertos que le aconsejan retrasar el viaje y buscar apoyo humano y recursos materiales. El hombre se siente héroe capaz de todo y decide ponerse en camino. Seguro de que alcanzará su meta. Pero no es así: en medio de su itinerario una tormenta le obliga a parar su marcha y amenaza con matarlo: sólo puede salvarse encendiendo una hoguera para lo cual ha de reunir hojarasca seca y alguna rama, cosa muy difícil de obtener en una montaña cubierta por la nieve y con la tormenta arreciando, pero el hombre, que también está decidido a triunfar como el anterior personaje del escritor norteamericano, acumula todas sus energías y las dedica a encender una hoguera: en ello va gastando sus cerillas y sus fuerzas hasta conseguir prender la escasa hojarasca que ha conseguido para luego alimentar el fuego salvador con alguna rama. Pero cuando ya ha consumido su último cerilla, un golpe de viento esparce la hoguera y el fuego se apaga… El hombre, habiendo comprendido que ha sido vencido por la Naturaleza, se dispone a morir.

En los días en que agonizaba Lenin no era extraño poner como bandera el primer cuento de London, a pesar de que la guerra civil (y antes la europea) había diezmado el ejército soviético y mermado decisivamente los recursos económicos del país; a pesar de que los soviets había perdido su naturaleza democrática inicial, de que se había producido la terrible represión sobre el levantamiento popular de Kronstadt; a pesar de que el partido bolchevique había tenido que recurrir a la «nueva política económica» (que chocaba frontalmente con los postulados económicos comunistas) y, sobre todo, a pesar de que no se veía claro quién podía sustituir al gran padre de la revolución, con luchas intestinas en el partido cuyo encono y ferocidad hacían prever crímenes mayores; a pesar de todo ello, todavía era posible ser optimista y pensar que el aventurero llegaría al puerto marcado.

Pero en los años en que esta estudiante analizaba la historia de la Unión Soviética estaba ya bastante claro el fracaso de la revolución: el régimen soviético y la propia URSS se deshacían, no por el acoso exterior sino por su debilidad interna. El sueño de Lenin y de todos sus seguidores se había acabado. El aventurero que había asegurado que podía atravesar con sus solas fuerzas un terreno inhóspito, extremadamente duro y en la peor época había fracasado. Por mucho que su aventura dejase un ejemplo de voluntad, determinación, capacidad de resistencia, etc. lo cierto es que, tal como habían previsto las personas con experiencia, su mayor ejemplo era que no sirve sólo la voluntad para realizar un proyecto por muy bello que este parezca.

A pesar de todo ello, ahora que la URSS es mera historia, no es inútil recordar que lo que se alcanzó, hace hoy 96 años justos, con el triunfo de la revolución bolchevique, nació de una necesidad de la humanidad de luchar contra la injusticia y promovió en el mundo entero ideales de liberación. Naturalmente, como todas las utopías, esa revolución marcaba metas inalcanzables en aquella situación histórica, como el héroe del segundo cuento, pero ello no debe llevarnos a despreciar a estas personas que las pusieron en marcha, incluso aunque lo hicieran movidos tanto por su egocentrismo como por su altruismo, porque, como nos demuestra la Historia, la humanidad ha ido avanzando de fracaso en fracaso, a veces guiados por soñadores, mesías o simples aventureros, en busca de una sociedad más libre y más próspera.

Lamentablemente el trabajo de la estudiante, que obtuvo la mayor calificación, permanece inédito pero no vendría mal que cuantos se interesen por este tema central en la historia de Europa y del mundo, cual es el nacimiento y la muerte de la Unión Soviética, reflexionen sobre la tesis que allí se exponía y dediquen algún tiempo a analizar el importante tema del leninismo.

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