Napoleón

En la tertulia del Marcapáginas (Gestiona Radio) del viernes pasado, al ser preguntado por David Felipe Arranz por mi juicio sobre Napoleón, dije, sin ambages, que lo consideraba un aventurero y un fracasado. Sé que en el breve tiempo que puede dedicar un programa de radio por muy bien dirigido que sea, como es el caso, estas afirmaciones rotundas pueden escandalizar y reclamar una mayor explicación. Tampoco da para mucho una nota en el blog (sin contar con que yo no soy un especialista en Napoleón y que el personaje es de los más controvertidos en nuestra historia reciente) pero algo puedo añadir a lo que dije el viernes.

Lo que caracteriza al aventurero político es su desmesurada ambición, su autoestima de iluminado, su capacidad para enrolar en su aventura a muchos seguidores leales, fanáticos incluso pero a los que, en la mayoría de los casos, podrá despreciar o sacrificar según sus intereses. Napoleón tenía esas «virtudes» (véase cualquier biografía de las que desmienten o matizan las «Memorias» que él dictó en Santa Elena) y con ellas y su audacia, osadía, arrojo… pero, sobre todo, su ausencia de escrúpulos, logró formar su imperio a partir de su condición de militar de bajo rango.

Por supuesto, es obligado reconocer que Napoleón tiene grandes capacidades militares, es legendaria su habilidad estratégica (aunque también hay que decir que fracasó estrepitosamente en España y en Rusia), y políticas (bajo su mando se producen extraordinarios avances en la modernización del Estado y en la organización social, como el famoso Código Civil) pero no hay que olvidar que su aventura produjo terribles guerras, con el sacrificio de militares y civiles (según algunos cálculos, dos millones y medio de muertes en un continente cuya población total no alcanzaba los ciento noventa millones de habitantes). Y, sobre todo, que su aventura, como otras que se habían producido antes en Europa o que se producirían después en el siglo XX, acabó en fracaso, con una vuelta al punto de partida (aunque, justo es reconocerlo, con notables avances). De forma que, en conclusión y siempre en mi modestísima opinión, se puede decir que, independientemente de otros reconocimientos, Napoléon debe ser considerado como un aventurero fracasado, y peligroso, igual que otros personajes que nos muestra la historia de nuestro continente en los que todos sus sueños imperiales acaban en quimeras imposibles y, a pesar de ciertos avances, en terribles sufrimientos para la población.

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