Croniquilla del agobio

Era urgente entregar unos libros en un colegio de Pozuelo de Alarcón y salí muy temprano a llevarlos… con tan mala suerte que mi distracción, alimentada por un trazado antipático de calles, obras entorpecedoras…, me tuvieron más de media dando vueltas y teniendo que portar las cajas a mano bastante tramo.
Después, ya en la oficina, buscando unas facturas impagadas que exigían más esfuerzo del normal, por lo que la media jornada de la mañana resultó bastante dura y me devolvió a casa bastante cansado…
Pero la de la tarde fue mucho más reconfortante… porque colocando y fichando los libros de la (preciosa) colección Lírica me llené de emociones poéticas. En un momento determinado me canso de la labor burocrática, tan necesaria como tediosa (o viceversa), y y ojeo los libros y recuerdo cómo fueron pasando, cada uno, del genio de su creador al taller del editor y, desde él, con la colaboración de tantos otros profesionales, a la biblioteca, al corazón vivificante de los lectores.

Por ejemplo:
El poemario de Maite García-Nieto, Hilos de colores, con una cubierta tan bella como atrevida, con un magnífico estudio del profesor Fernando Carratalá y unos preciosos dibujos a todo color de Ales Santos y unos hermosos poemas en verso libre, con la palabra, el ritmo y la medida precisos.

Solos nosotros y la noche;
detrás el mundo irrazonable,
nuestra inocencia frente a todo,
nuestra ilusión contra su miedo.

Los despertares de Marina Casado, su primer poemario, que yo reivindiqué en una disputada «Nota del editor», con versos tan frescos como profundos, tan nostálgicos como esperanzadores.

Alicia antes, cuando lloraba, inundaba las salas
y daba a luz ríos dramáticos de lágrimas
que le ayudaban a cruzar
las diminutas puertas de su País.
Se erigía este tan pequeño, tan vulnerable,
que un solo llanto lograba desequilibrarlo.
Pero era un buen refugio para huir de las lágrimas.

Y, sobre todo, la Crónica del asedio, impresionante colección de 100 sonetos del maestro José López Rueda, en una cuidadísima (re)edición de Patrocinio Ríos Sánchez y con prólogo de Juan Cano Ballesta. Un honor haber rescatado esta obra del exilio y que tuvo la mejor recepción de Gerardo Diego en una carta que dirigió al autor en enero de 1984. Un honor haber trabajado junto a estas personas para publicar una obra de tanto valor, una remembranza especial de algunos momentos en ese proceso, con Pepe y Patrocinio, lamentablemente ya fallecidos. La buena poesía, la poesía que nos ayuda a vencer (hasta donde podamos) al agobio:

Si todo lo visible es triste lloro
y aquí nadie la angustia nos ensalma,
dime fray Luis, dónde hallaré la calma,
dónde la Santa Faz y el sacro coro.

Sí, en esa búsqueda constante para hallar la calma, que es la vida humana, nada mejor que la Poesía. Como ya dije en la nota editorial de otro gran libro que tuve el honor y el placer de editar, Poesía cada día: «Poesía en toda ocasión y lugar: en la fiesta y en el duelo, en la plaza pública y en el más íntimo rincón de nuestro cuarto; en el colegio y en la Universidad, en el mercado y en el tajo, en el campo y en la ciudad…» Poesía descargando cajas y clasificando papeles, poesía para sobrellevar el agobio…

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