Difundiendo el alba y mayo

Para E.S., que me acompaña (aunque en esta ocasión a distancia);
para mis amigos de las veladas hernandianas de Orihuela,
que no pudieron (en esta ocasión) acompañarme.


LonjaVine, ayer, a Orihuela, una vez más, a hablar de un hombre cuya vida se extinguió hace ahora 75 años pero cuya obra crece y se expande universalmente: Miguel Hernández. Participaba en uno de los muchos e interesantes actos organizados dentro del X Salón del Libro Infantil y Juvenil que se celebra del 1 al 22 de marzo en el magnífico Centro Cultural La Lonja, que
este año tiene como figuras y acontecimientos principales el 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández y el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes. El acto de ayer se titulaba «Las miradas de Miguel. Interpretación y difusión de la obra de Miguel Hernández» y consistía en una mesa redonda presidida por la concejala de Educación y Urbanismo Begoña Cuartero y formada por José Luis Ferris, conocido biógrafo de Hernández; Francisco Estévez, que dirige la cátedra Miguel Hernández en la Universidad del mismo nombre de Elche; Álvaro Jiménez García, profesor de Lengua Castellana y Literatura en el Instituto Gabriel Miró de Orihuela; Aitor Larrabide, director de la Fundación Cultural Miguel Hernández, y yo mismo. (Hay referencia de las distintas intervenciones en diversos medios de Internet.)
Titulé mi charla «Con Miguel Hernández, difundiendo el alba y mayo» y la comencé refiriendo con orgullo que había tenido el privilegio de leer alguno de los poemas de Miguel Hernández en parecidas circunstancias a las que él sufría cuando los escribió. Los privilegios, ya se sabe, hay que aprovecharlos generosamente: leer a Pessoa en uno de los bares donde el escribía en el barrio lisboeta del Chiado o leer las palabras fundacionales del idioma castellano en el monasterio de Yuso, por poner dos ejemplares dispares, no debe solo deleitarnos sino que debe estimularnos a leer mejor y comprender a fondo lo que quiso decir el creador y predisponernos a difundir eso que se ha leído y comprendido.
La primera vez que vine a Orihuela fue también por un motivo hernandiano. En aquella fecha, ya lejana, después de visitar su casa-museo me subí a los cerros que hay a la espalda de esa casa donde, según todas las biografías, Miguel niño apacentaba sus cabras; yo iba buscando los ecos, las sensaciones de lo que podía haber vivido ese niño y de alguna forma me identificaba con él por cuanto yo también había pasado por la experiencia de ser niño trabajador cuidando a los animales que se criaban entonces en mi casa (una cabra o una oveja, algunos cerdos y gallinas y una docena de conejos que teníamos que alimentar mi hermana y yo, yendo a buscar pesadísimos haces de hierba al campo).
En otra visita más reciente imaginé la relación que hubiera tenido Miguel con alguna de las personas que yo conocía y publiqué en este blog un texto que fue muy elogiado por mis amigos oriolanos: «La mesonera de Orihuela». Hoy he paseado por el barrio de Miguel Hernández: he ido tomando fotos de casas muy modestas, de tendederos humildes, de pequeños corrales arañados a la sierra… Desde el interior de una de las casitas, una hermosa voz con acento hispanoamericano (peruana) cantaba una cancioncilla alegre. Una joven con chador y con apariencia de llevar poco tiempo en España a la que he preguntado si conocía la Casa-museo de Miguel Hernández, me responde, en un español rudimentario, correctamente…
Orihuela tiene hoy por todas partes referencias de Miguel Hernández hasta el punto de que el poeta es quizá el mayor reclamo turístico de la ciudad; por ejemplo, el elegante restaurante del elitista Casino se llama «Las nanas de la cebolla» y otro restaurante cercano, «Las huellas de Miguel Hernández». Por supuesto, en todos los carteles turísticos y en bastantes comercios aparecen fotografías y versos del poeta. Quien haya leído las distintas biografías o notas o referencias biográficas de Miguel Hernández, unas más hagiográficas otras más críticas, coincidirá conmigo en que Miguel se sentiría más identificado con las zonas más marginales de su ci2017-03-15_2350udad que con el casino… aunque, sin duda, tambien aceptaría que su poesía deba difundirse en todas partes, utilizando todos los medios posibles incluyendo las superestructuras que se asientan sobre la Cultura, aunque ello conlleve el peligro de alimentar esa «sociedad del espectáculo» que denunciara, ya en 1967 Guy Debord
.
Pero lo que sí parece innegable es que Miguel nos pediría, nos exigiría, una lectura sincera, profunda, comprometida de su obra, tan sincera, profunda y comprometida como fue su escritura.

 

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