Una gran nación

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Como me sé vehemente (además de reconocerme otras carencias y debilidades para ejercer la crítica) intento refrenar mis primeros impulsos ante un discurso o una manifestación política que me parecen importantes y darme un tiempo para formar un mejor criterio y manifestar públicamente mi posición. A veces ese tiempo puede ser de días (¡o de años!), a veces, de horas o de minutos. El día 24, después de escuchar y ver el Mensaje de Navidad de Felipe VI, consideré que debía manifestar mi aprobación a ese acto de tanta relevancia política y, sólo cinco horas después, utilicé la posibilidad que da la web de la Casa Real de escribir, después de releer el discurso, un breve texto en el Libro de Visitas virtual que, se sobreentiende, después de los necesarios filtros, podrá ser objeto de algún resumen informativo para la Jefatura del Estado. Ese mismo texto lo coloqué, junto con el correspondiente enlace, en mi muro de Facebook, manteniendo el calificativo de «excelente», aunque había dudado de si escribir «oportuno», y un resumen del mismo también lo puse en mi cuenta de Twitter, donde «dialogué» con otros muchos miembros…
Consecuente con todo lo anterior, intentaré explicar ahora, en cuatro apartados, mi «entusiasmo» por este discurso de nuestro Jefe de Estado, teniendo en cuenta los muchos comentarios que el mensaje ha producido y después de releer el editorial de El Mundo, que agradece al Rey que cumpla escrupulosa y oportunamente las funciones que le asigna la Constitución; el de El País, con su inefable estilo de estos últimos años; el de ABC, que destaca el fuerte simbolismo de la puesta en escena de este año, y el de El Español, dando una de cal y otra de arena (al que hay que adjuntar el artículo de Ferrer Molina, echando aún más arena); también he tenido en cuenta el artículo de Federico Jiménez Losantos, muy contento, en esta ocasión, con la actitud regia. Todos estos escritos se pueden consultar siguiendo los correspondientes enlaces que pongo en nota al pie.
A. Marco. A diferencia de los años anteriores, el Rey graba este mensaje en el Palacio de Oriente. Y para los puristas (o pueriles) que quieran ver en ello un signo de ostentación, derroche o prepotencia, Don Felipe se anticipa: «Este Palacio es de todos los españoles y es un símbolo de nuestra historia que está abierto a todos los ciudadanos que desean conocer y comprender mejor nuestro pasado.[En este palacio] se recogen siglos y siglos de nuestra historia común.» «Y esa historia, sin duda, debemos conocerla y recordarla, porque nos ayuda a entender nuestro presente y orientar nuestro futuro». Pero lo importante es que se ha elegido el impresionante Salón del Trono (por cierto, trono que nunca ocupa el Jefe del Estado porque se entiende que está ocupado, simbólicamente, por el titular de la soberanía nacional: el pueblo español) porque es aquí donde se celebran «los actos de Estado en los que queremos expresar, con la mayor dignidad y solemnidad, la grandeza de España». Por supuesto, el Salón del Trono, todo el palacio, todo el Patrimonio Nacional (y bien harían en estudiar esta cuestión algunos ingenuos y muchos demagogos) es del titular de la soberanía nacional, el pueblo español; ni siquiera la Corona es propiedad de Felipe VI: el Rey constitucional tiene, por así decirlo, el usufructo, usufructo que podría ser revocado (siguiendo, por supuesto, los procedimientos establecidos y jamás por algaradas o pseudorrefrendos) por el pueblo soberano.
B. Grandeza. El poeta dijo, hace dos generaciones pero también en ocasión solemne, «Que trata de España». Sería bueno que, ahora, otros poetas tomaran el testigo para tratar de la grandeza de nuestra patria. Porque se trata de eso, de la grandeza de un país que, aunque sufre una clase política manifiestamente mejorable (y, dentro de ella, un sector miserable de separatistas y «antisistema» que utiliza los cuantiosos recursos que el Estado pone a su disposición para intentar destruirlo), aunque tiene serios problemas de estructura y funcionamiento, avanza democráticamente (es decir, merced al demos, a la gente) hacia un futuro mejor, futuro que, es evidente, no puede conseguirse con odios tribales, revanchismos, banderías… Bueno es que el Jefe de ese Estado, con lenguaje y gesto comedidos, pero de una forma inequívoca y concreta, recuerde a todos que «vivimos tiempos en los que es más necesario que nunca reconocernos en todo lo que nos une. Es necesario poner en valor lo que hemos construido juntos a lo largo de los años con muchos y grandes sacrificios, también con generosidad y enorme entrega. Es necesario ensalzar todo lo que somos, lo que nos hace ser y sentirnos españoles.» Nada, por consiguiente, de buscar tres pies al gato (encajes, federalismos asimétricos, plurinacionalidad…): sencillamente, reclamar el respeto por lo que somos:«Una gran nación definida por una cultura que ha traspasado tiempos y fronteras», «Un país que a lo largo de los siglos han tejido pensadores, científicos, creadores, y tantos y tantos hombres y mujeres, muchos de los cuales han dado su vida por España». Y, consecuentemente con esto, exigir el respeto por el régimen político, el Estado, que nos dimos, entre todos, hace cuarenta años, para superar la dictadura: «Y es también un gran Estado, cuya solidez se basa hoy en unos mismos valores constitucionales que compartimos y en unas reglas comunes de convivencia que nos hemos dado y que nos unen.»
C. La contradicción principal. Y puesto que estamos en lugar especial y en ocasión especial es imprescindible acotar bien la cuestión y expresarse con la mayor claridad posible. No sé si los preceptores del Rey cuando era príncipe habrán incluido en su educación referencias al trabajo didáctico de Mao Zedong sobre «la contradicción principal y el aspecto principal de la contradicción» pero, en cualquier caso, es evidente que aplica sus conocimientos de la política en general y de la política y sociedad españolas en concreto (y, por supuesto, el sentido común que debe aplicar cualquier persona que se encuentra en medio de una crisis colosal, que sabe que la supervivencia en situaciones límite depende de comprender bien el problema fundamental y acumular todas las fuerzas posibles para resolverlo) para intervenir con la mayor eficacia posible. Y sin duda el problema fundamental al que se enfrenta España es el desafío abierto al Estado por una alianza de la máxima representación del Estado en Cataluña (que utiliza de forma traidora todos los recursos que le da ese Estado, que son muchos, para intentar destruirlo) con movimientos de masas de una parte muy considerable de los ciudadanos de esa región de España que, por quimera o intereses mezquinos y bien manipulados, salen a la calle una y otra vez y votan legal o ilegalmente a favor de la sedición. Sea o no una revolución (intenté explicar esto en http://librosyabrazos.es/2014/11/26/de-revoluciones-y-otros-problemas-ii/) la situación es de extrema gravedad y exige el máximo esfuerzo para superarla. Pero el Rey, en un mensaje navideño, en este mensaje navideño, que es especial por la grave situación que vive el país pero que debe respetar la tradición de ser una recopilación del año que acaba y una manifestación de los deseos para el próximo, no puede, en mi opinión, ir más allá de recordar a unos y otros en qué país estamos, destacar nuestra grandeza y llamar a todos a sentirse orgullosos de España. Es posible que, a corto o medio plazo, si los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de nuestro Estado, no saben resolver la situación, la Jefatura del Estado tenga que intervenir más directamente… pero ahora, todavía, hay que mantener muy cuidadosamente todas las formas. No se puede sostener una buena estrategia de principios si no se combina esta con una táctica muy inteligente. Por eso, contra lo que han afirmado varios analistas, creo que hace bien el Rey en no citar expresamente a la parte separatista porque eso les corresponde a los tres poderes fundamentales del Estado, ya citados: es posible que llegado el momento, trágico, de un golpe de Estado abierto, descarado, el Jefe del Estado no tenga otro remedio que actuar de otra manera pero ahora se trata de plantear bien el problema, hacer un claro llamamiento al patriotismo… y «mantener el tipo». Y ello sin coquetear con terceras vías o enjuagues. Por eso habla de diálogo cuando se refiere a la necesidad de resolver el follón de la situación creada con el resultado complejo de las elecciones, pero no cuando se refiere implícitamente a la «contradicción principal», que exige «el respeto a la voluntad democrática de todos los españoles, expresada a través de la Ley, el fundamento de nuestra vida en libertad.»
Porque por mucho que unos, por estupidez, y otros, por intereses mezquinos, lo nieguen o lo escondan y algunos hayan tardado años en reconocerlo, la contradicción principal, el mayor peligro que sufre España, insisto a riesgo de ponerme pesado, es la estrategia de odio y destrucción de los separatistas que, siempre han sido un problema pero que ahora, por los graves errores que han cometido tanto el PP como el PSOE, y muy especialmente los cometidos por el Gobierno de Rodríguez Zapatero y el Tribunal Constitucional de entonces, han acumulado fuerzas como para poner en serio peligro la unidad de España. Y no nos engañemos y, concretamente, no se engañen los que tienen vergüenza de sentir patriotismo: una España desmembrada sufrirá una crisis de tal magnitud que tardará generaciones en recuperar el nivel de libertad y bienestar que disfrutamos ahora. Por eso el Rey, sin citar ni una sola vez la palabra patria o la palabra patriotismo, dedica la parte central de su discurso a convocar, con lenguaje y gestos muy comedidos (también en esto quiero ser insistente) a todos los ciudadanos que no sientan ese odio o desprecio por este país, por esta gran nación, por la patria que puede garantizarles, a pesar de todos los pesares, el mayor grado de libertad y bienestar que hemos conseguido en estos 40 años últimos.
«Nuestro camino es ya, de manera irrenunciable, el del entendimiento, la convivencia y la concordia en democracia y libertad. Por ello, respetar nuestro orden constitucional es defender la convivencia democrática aprobada por todo el pueblo español; es defender los derechos y libertades de todos los ciudadanos y es también defender nuestra diversidad cultural y territorial.
Por eso, esta noche quiero reiterar un mensaje de serenidad, de tranquilidad y confianza en la unidad y continuidad de España; un mensaje de seguridad en la primacía y defensa de nuestra Constitución.»
Lo que el Rey ha dicho es lo que se necesita decir ahora. Reafirmar la soberanía nacional y confiar en que el Estado sea capaz de garantizarla. Y, con lo que dice y con lo que hace, dar un ejemplo a unos y otros. Y con ello, ganarse la confianza, la aprobación de una ciudadanía que, sometida a una actividad política de los partidos cuanto menos mediocre, se siente bastante confusa y desanimada. Por eso creo que queda claro para todos la conclusión del mensaje: «[…] haremos honor a nuestra historia, de la que hoy somos protagonistas y cuyo gran legado tenemos la responsabilidad de administrar; y fortaleceremos nuestra cohesión nacional, que es imprescindible para impulsar nuestro progreso político, cívico y moral; para impulsar nuestro proyecto común de convivencia. Porque ahora, lo que nos debe importar a todos, ante todo, es España y el interés general de los españoles.» Y aquí el plural no es solamente mayéstático o retórico: por la grandeza de nuestra lengua, aquí hay polisemia, una hermosa polisemia: el plural señala a la más alta institución del Estado pero nos señala a todos; aquí cada ciudadano consciente tiene que sentirse incluido.
D. Individuo e institución. Por supuesto, no debemos ignorar que, cuando el Rey se posiciona como lo ha hecho en esta ocasión, en todas las ocasiones, está también defendiendo sus intereses (como hacen todas las personas, políticos o no, que ejercen su profesión dentro de la sociedad) ni que, igual que las instituciones, y mucho más rápidamente, cualquier persona, por muy seguro que nos parezca ahora, puede fallarnos. El Rey, también, y no sería el primer Borbón ni el primer Jefe de Estado que lo hiciera. Pero, si eso ocurre, no tendré el menor reparo en reconocer mi error de confianza y reprobar, con la misma energía que he alabado hoy, su conducta. Sin olvidar, claro, que el puesto de Jefe de Estado, aquí y ahora, es uno de los más difíciles que podamos imaginar. Esa persona que ocupa el palacete de la Zarzuela y que puede usar el histórico y colosal (y bastante incómodo) Palacio de Oriente es el que tiene el cargo más brillante… pero también el más difícil porque necesita revalorizarlo cada día, cada hora, cada minuto, porque hay fuerzas de uno y otro signo que no renuncian a derribarlo… No olvidemos que su padre tuvo que abdicar (después de haber declarado por activa o por pasiva que no lo haría) no tanto por cansancio o enfermedad sino porque había perdido, después de graves errores, la confianza de la mayoría de la ciudadanía.
Cualquiera que haya tenido la responsabilidad, por muy modesta que sea, de ejercer el poder y la autoridad, sabe lo difícil que resulta, si se es honrado y consecuente, tomar decisiones que afectan a los demás, a quienes de una forma u otra dependen de esa decisión. En esos momentos, uno tiene que afianzarse en los principios morales de su vida, equilibrar las emociones, hacer acopio de fuerzas… y decidir. Viene bien entonces no tener el agobio de los «enemigos» ni la adulación de los «amigos», pero es bueno saber que habrá personas que valoren, al menos, nuestra buena intención.
Confianza, pues, apoyo decidido, aplauso incluso… pero sin perder de vista que solo al final de una vida (y muchas veces bastantes después) podemos hacer un juicio definitivo de nadie… Y ahora a seguir de cerca la endiablada situación que el 20D nos ha dejado. No solo el Jefe del Estado tiene que tener buen cuidado de analizar bien la
situación y tomar la decisión más inteligente. Cada uno de los ciudadanos tenemos que hacer lo mismo si queremos 375px-Estatua_de_Felipe_IV_y_Palacio_Real_25-02-2013 (1)defender nuestros ideales y nuestros intereses. Y la combinación de todos los comportamientos individuales, para bien o para mal, resolverá, o no, el problema. Que nadie piense que da igual lo que haga: como diría la genial Mafalda (Joaquín Lavado, «Quino»): «Si no fuera por todos, nadie sería nada.»

 

http://www.elmundo.es/opinion/2015/12/24/567c1e1022601df6548b4646.html
http://elpais.com/elpais/2015/12/24/opinion/1450959938_407220.html
http://www.abc.es/espana/casa-real/abci-hablo-desde-palacio-real-201512242119_noticia.html
http://www.elespanol.com/opinion/20151224/89381063_14.html
http://www.elespanol.com/opinion/20151224/89371072_13.html
http://www.libertaddigital.com/opinion/federico-jimenez-losantos/el-discurso-del-rey-la-letra-buena-la-musica-mejor-77669/
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