Vida-muerte-vida

Tejo_barondillo1Como he tenido ocasión de declarar varias veces, admiro sinceramente a Antonio Muñoz Molina y aunque no entro mucho en Twitter siempre que lo hago miro sus tuits… que en muchas ocasiones me llevan a su magnífico blog. Hoy he visto que recomendaba vívidamente el artículo de Jesús Mosterín «Una cita con la Parca». Unos minutos antes había conocido la muerte de Eleonor Domínguez Ramírez, colega y amigo desde hace casi 40 años y padre de Ramiro, un íntimo amigo mío. También había leído hace un mes el artículo de Oliver Sacks (catedrático de neurología y autor de libros de éxito sobre el tema) «De mi propia vida». Así mismo, en estos días se ha cumplido un año de la muerte de mi entrañable amiga Ángeles Zamacois y según estoy redactando estas notas me llega la terrible noticia de una tragedia aeronáutica más: el airbus que (en viaje de Barcelona a Düsseldorf) se ha estrellado en los Alpes con 150 personas a bordo (otra vez la contabilidad siniestra de las tragedias colectivas). Muerte por todos los lados, muerte individual o colectiva, esperada o súbita, natural o absurda, cercana o alejada… pero siempre presente. Muerte para hacernos reflexionar, para ayudarnos a comprender. Muerte para filosofar o para poetizar… ¡Pero muerte que no puede vencer a la vida!
Recojo de Sacks, sus lúcidas reflexiones, su íntimo regocijo por una vida larga y generosa y su decisión de aprovechar hasta los últimos momentos para disfrutar de ella; con especial referencia a estos últimos años que «han sido tan ricos en el trabajo como en el amor», aunque «Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo.» Su orgullo por la forma en que ha pasado por este mundo: «soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.»
Recojo de Mosterín su defensa de una muerte tranquila, a ser posible programada y lo hago para admirar el buen talante del filósofo pero para oponerme radicalmente a ella. Mosterín hace referencia a la famosa partida de ajedrez entre la muerte y el caballero en la obra El séptimo sello de Ingmar Bergman… Realmente, esa partida se inicia desde que nacemos (no olvidemos el terrible porcentaje de niños que no completan su infancia) y permanece hasta en las personas centenarias; y así hay que tomar la vida, como un juego por prolongar nuestra existencia en este mundo. Pero yo no quiero que se pueda programar la muerte: quiero mantenerme yo mismo, capaz de luchar hasta el último aliento contra todas las enfermedades y sus consecuencias, porque esa es la naturaleza humana: combatir hasta el último segundo contra la muerte, como contra todas las pruebas duras de la vida. Incluso en la decrepitud cumplimos un papel importante: mostrar a los nuestros dónde se van a ver ellos y «exigirles» que nos acompañen todo el tiempo que sea necesario en el tránsito. Nada de una muerte programada; nada de facilitar la labor de la parca (naturalmente, sin llegar al encarnizamiento terapéutico), hay que forcejear con ella hasta que la partida se acabe, jamás tirar el rey, aunque esté rodeado y solo con algún peón para defenderlo. Hasta en esos últimos momentos la lucha por la vida, que debemos inculcar en todos nuestros allegados desde que nacen, tiene que ser una lucha decidida, sin cuartel, sin concesiones: la muerte tiene que saber que se tendrá que emplear a fondo y recurrir a todas sus artimañas y que a pesar de eso fallará en muchas ocasiones. Naturalmente ella creerá que siempre sale triunfante, porque para ella el ciclo es muerte-vida-muerte. Está totalmente equivocada: el ciclo verdadero es vida-muerte-vida. Así, hasta donde sabemos, fue en el origen y así será hasta el final de los tiempos.
Algunas culturas con una economía de mera subsistencia se pliegan a la idea de muerte a plazo fijo y los ancianos, de forma voluntaria o presionados, se apartan de la vida para facilitar la subsistencia de los nuevos habitantes. No es ese el caso de nuestra sociedad: nos sobran recursos para mantener a nuestros ancianos vivos todo el tiempo que sea posible y, si lo pensamos bien, necesitamos de ellos hasta su último aliento. Por eso estoy convencido de que ese componente, esa raíz de nuestra civilización que rinde un culto a la muerte como paso hacia un mundo mejor, un paraíso, donde todo es felicidad, amor, etc., está profundamente equivocada. En lo que tiene de símbolo de la búsqueda incesante del hombre por abarcar todo el universo, es muy aprovechable pero en lo que tiene de negación del vitalismo (término polisémico y controvertido pero que necesito emplear ahora), de amor a los sentidos y los sentimientos, a las «pasiones», es un error, un grave error. No podemos rendir culto a los sacrificios ni a los «valles de lágrimas», aunquedescarga debamos tenerlos en cuenta porque son una parte de la vida; pero una parte pequeña: nuevamente el ciclo no es, como quieren algunos, sufrimiento-placer-sufrimiento sino placer-sufrimiento-placer. Incluyendo el placer de saber que nuestros allegados idos perviven en el ciclo biológico renovador de las generaciones y, especialmente, en nuestra memoria y que así ocurrirá cuando nosotros nos vayamos.

Esta entrada fue publicada en Emociones, Reflexiones y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Vida-muerte-vida

  1. María Teresa Cervantes dijo:

    Muy estimado señor de La Torre (¿puedo llamarlo amigo?)
    Su texto “Vida, muerte, vida.” Me ha emocionado profundamente. Bello y, al mismo tiempo trágico, aunque real. Sí, como usted bien dice “la muerte es un desprendimiento, un desgarro de nosotros mismos.”Yo soy mayor que usted, tengo 83 años, bien llevados hasta hoy (soy de noviembre del 31). Durante mi juventud parecía como si el tiempo no pasase, como si estuviese detenido en algún sitio. Pasé los mejores días de mi vida en París, después me enviaría el Ministerio de Educación y Ciencia a enseñar nuestra Lengua y Literatura en Bonn. Recuerdo que tomé conciencia del paso del tiempo el día que cumplí 40 años.Y aquel día lloré, ya iba dejando de ser joven. Un matrimonio anciano, cuando le expliqué el motivo de mi tristeza me dijo:”eso no es nada.”Pero el tiempo siguió imparable, ningún mago pudo sujetarlo; y los años continuaron llevándose algo que yo amaba profundamente: mi propia vida. Esa es la naturaleza humana. Usted agrega “combatir hasta el último segundo contra la muerte, como con todas las pruebas duras de la vida. Los grandes y los Santos vieron la muerte de otra manera. Santa Teresa, recuerde aquellos versos suyos.
    “Oh muerte tan deseada,
    que no te sienta venir,
    porque el placer de morir…”
    O cuando escribe:
    “Vuestra soy, para Vos nací.
    ¿Qué mandáis, Señor de mí?”
    Este año se cumplen los 500 años de su nacimiento y le estoy echando una mirada a “Las Moradas”No soy ninguna beata y pongo muchas convicciones de la Iglesia en tela de juicio. Pero hay un empeño en mí que se encamina hacia la fe, que parece ser lo único que da sentido a la vida. Sin ella la noche es profundamente oscura y la luz de las estrellas no nos reconfortan; tampoco los humanos cuando la hora se acerca: cada uno está en lo suyo, en lo que no reflexiona si es duradero y por cuánto tiempo. Conocí a Octavio Paz en Bonn, no recuerdo en qué fecha, pero hará unos 25 años. hablando de la vida y de la muerte me dijo que notaba cómo el tiempo se iba imperceptiblemente alejando de su vida y, ante la trasformación que se iba produciendo en su naturaleza, se sentía profundamente impotente. He visto una de sus últimas fotografías en internet: su rostro arrugado, su mirada triste, de una tristeza impresionante: su expresión de hombre desilusionado, en las puertas de la eternidad. Días pasados presenté el libro de un periodista de La Verdad que ha estado en México y aludí a ese bellísimo libro de Octavio Paz: “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”México, la Nueva España de entonces, el Virreinato, Carlos V ya se había retirado a Yuste y desde allí seguía gobernando. Están ordenando mis archivos porque quieren poner en la Universidad Politécnica de Cartagena una sala de lectura a mi nombre. La archivera me decía” para que nada se pierda”Tchékov dejó escrito: “Para quién escribo, si los que me lean también van a morir”Pero un día pensó. “Mientras las alondras canten en el jardín…” Creo que hemos de pensar en acercar nuestro oído para escuchar todavía el canto de las alondras. Con mis atentos saludos María Teresa Cervantes Gutiérrez

  2. María Agra dijo:

    Querido José María,
    el eterno tema de la muerte que desde el nacimiento nos otorga la vida. Quizá, desde mi juventud parezca una visión lejana, algo remoto. Sin embargo, me parece hermoso el concepto de la muerte en aquellas palabras de Punset: “hay vida antes de la muerte”. Tener conciencia de que estamos vivos, y desear estar vivos, que todos los días tengan una emoción; con eso ya habremos vencido a la muerte, un día más. La muerte propia es sólo una consecuencia de haber estado vivo, que no se puede tener en cuenta en el momento de la enfermedad. Que el tiempo no tiene barreras, que la vida seguirá sucediendo en el mundo, y nuestra misión es perpetuar aquello que los mayores hicieron por nosotros, dignificar la vida de los que ya estuvieron, con nuestros actos y tener la conciencia de que debemos conseguir que alguien dignifique nuestra existencia para formar un ciclo infinito que sea mejora.
    “Muerte para filosofar o para poetizar… ¡Pero muerte que no puede vencer a la vida!”, con esa exclamación de alegría y esperanza me quedo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *