Ortega Lara

Ayer hizo 25 años que fue liberado, por la Guardia Civil, José Antonio Ortega Lara, tras permanecer, secuestrado por ETA, 532 días encerrado en un zulo subterráneo de 3 x 2 m.
Ortega Lara salió desorientado, con 23 kilos menos y en un estado psicológico fácil de imaginar. Solo los cuidados médicos y el amor de su familia consiguieron, después de mucho tiempo, volverlo a la normalidad (aunque, como es inevitable, con terribles secuelas). Como declaró en su momento, en varias ocasiones mientras estaba cautivo pensó que no resistiría más e intentaría quitarse la vida. Solo su fe religiosa y el amor por su familia lo salvaron.
Hay que destacar que, de acuerdo con sus declaraciones y por diversos testimonios, recuperada, al menos en parte, su vida normal no ha sentido un odio personal invencible hacia sus secuestradores ni un deseo incontenible de tomarse la justicia por su mano (lo que hubiera sido perfectamente comprensible). Por ello, y en esta fecha tan significativa, quiero dejar testimonio de mi sincera compasión con el sufrimiento de Ortega Lara, mi profunda admiración por su heroico proceder y mi absoluto desprecio por sus torturadores.
ETA ha cometido crímenes horrendos desde su nacimiento pero para cualquiera que haya pasado por la experiencia de estar en un calabozo sin saber cuándo lo van a soltar o qué van a hacer con él, cualquiera que ha pasado por una cárcel y soportado periodos de aislamiento, por muy cortos que hayan sido, sabe que se necesita una crueldad especial, un frialdad inhumana para tener a un hombre 532 días en un agujero. Incluso la persona que no haya tenido alguna experiencia, por mínima que sea, de ese tipo, tiene que sentir que alguien capaz de hacer algo así ha de tener una mente podrida, una ausencia total de humanidad.
Mucho más si se tiene en cuenta que los terroristas secuestradores de Ortega Lara (Bolinaga y compañía), cuando fueron identificados y detenidos por la Guardia Civil, se negaron a dar cualquier pista sobre el zulo y, consiguientemente con ello, estaban dispuestos a dejarlo morir de hambre y de sed. Infamia sobre infamia, crueldad hasta límites difícil de comprender.
Difícil de comprender también que los herederos (y muchos de sus miembros) de aquella banda asesina estén hoy envalentonados y acomodados en la clase política y en las instituciones del Estado que intentaron (y siguen intentando) destruir, imponiendo un «relato» cada día más revisionista y que la respuesta a todo ello sea, mayoritariamente, la equidistancia, el compadreo y el relativismo… incluso la burla soez, mezquina, inhumana de algunos «progres» como la patulea de El Jueves.

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