Cibeles, Colón, Urquinaona… y Paseo de la Castellana

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(Con un recuerdo de profundo respeto y sincera admiración para el
capitán Borja Aybar, que murió por accidente de su eurofighter,
tras participar en el desfile del Día de la Fiesta Nacional.)

Fui a Cibeles el 30 de septiembre, con bandera, para manifestarme a favor de la unidad de España y de la soberanía popular que, según la Constitución española de 1978, solo puede residir en el Congreso de los Diputados y en el Senado, representantes legítimos del pueblo español. Era la primera vez en mi vida que portaba una bandera aunque había ido a otras muchas manifestaciones.


Y lo repetí al sábado siguiente en Cibeles. Mucha más gente y muchas más banderas y siempre con cantos y vivas democráticos, en defensa de la Constitución, de la unidad nacional, de la soberanía del pueblo español.
Recuerdo mi primera manifestación –en 1963 o 64, frente a la embajada norteamericana en la calle Serrano de Madrid organizada por el grupo marxista-leninista Proletario– a la que asistí con mucho miedo (podía ser detenido por ello, puesto que ese tipo de manifestaciones estaban prohibidas por el Régimen) pero con mucha determinación y, afortunadamente sin otra consecuencia –aunque muy importante– de que al ver cómo se redactaba la nota para enviar a la «prensa internacional» comprobé que también en aquellos grupos de izquierda que se situaban a la izquierda del PCE también se mentía descaradamente.
Recuerdo también algunas otras manifestaciones importantes: ya en pleno proceso democrático, a principios de 1977, contra el asesinato de los abogados de Atocha; en febrero de 1981, contra el golpe de Estado y por la consolidación de la democracia; en 1991, contra la guerra del Golfo… Contra la OTAN, en 1986; contra el horrible asesinato de Miguel Ángel Blanco, en 1997; y, sobre todo, la impresionante manifestación posterior al 11M de 2004, que conmovió a todo el país.
Todas importantes pero quizá ninguna tan necesaria como la de Urquinaona, donde nos convocan unos compatriotas que están sufriendo una terrible dictadura que, además, pone en riesgo a la propia nación, y nos piden que vayamos a solidarizarnos con ellos, a parar el peor proceso que puede darse en una nación: la siembra del odio al diferente, la vuelta a la tribu, el nacionalismo excluyente, el fascismo.
Por eso, a pesar del cansancio del Liber y de un catarrazo tan fuerte como hacía años que no tenía, busqué una forma barata de viajar a Barcelona y me apunté a unos autocares que salían del Bernabeu a las doce de la noche del sábado, organizados por voluntarios atendiendo el llamamiento de la Sociedad Civil Catalana (a la que sigo en Twitter desde hace tiempo) y a la que se sumaba Libres e Iguales (a la que sigo desde su constitución).
Viaje duro, de 10 horas, pero agradable al ver la cantidad de gente que se movilizaba desde Madrid (conté más de 15 autocares), y recordando la cantidad de veces que había estado en Barcelona, sobre todo en la década en que era miembro del Comité Liber y de la Federación de Gremios de Editores de España. Nunca encontré sectarismo u hostilidad por lo español en la gente pero sí en muchos organismos públicos, en los rótulos en el metro, en los paneles informativos de los museos… y, en los últimos años, una proliferación ofensiva de banderas ilegales, con su estrella hiriendo la señera y tapando la corrupción del 4%… Cientos de anécdotas a favor de una gente hospitalaria y en contra de unos políticos miserables que pretendían a toda costa enfrentar a la ciudadanía por razón de su procedencia, su apellido, su lengua materna o simplemente por sentirse español.
A las 11 de la mañana salimos del autocar y nos dirigimos Pau Claris abajo hacia Urquinaona, donde nos había citado la SCC. Pocas esteladas en los balcones, muchas señeras y banderas nacionales y alguna europea; saludos entre los que marchamos, ya en grupos compactos, y los que nos apoyan desde los balcones. Un agente de la Policía simpatiza con nuestro grupo y le explico, con orgullo, que yo combatí al régimen anterior, llegando incluso a la cárcel, pero que ahora veo este peligro de secesión más grave que aquello. Un compañero del grupo, a preguntas de una TV catalana que quiere enredarlo, les dice con firmeza que estamos allí para oponernos a un golpe de Estado.
Al llegar a Urquinaona, hay tanta gente que no consigo avanzar más y me quedo clavado en el tramo de la calle Pau Claris que atraviesa la plaza. El sol y la presión de la gente me obligan a hacer un esfuerzo para alcanzar un poco de sombra en la esquina de Sant Pere. A mi lado se producen, en un periodo de 15 minutos, dos desmayos y los gritos de la gente pidiendo si hay algún algún médico; afortunadamente no es necesario que la ambulancia que hay unos cientos de metros en la calle Pau Claris llegue hasta allí porque hubiera sido prácticamente imposible. Una multitud impresionante ocupando el centro de Barcelona. Luego vendrán las batallas de cifras pero hay un cálculo bastante objetivo que se aproxima al millón y unas tomas aéreas que lo respaldan.
En el estrado que han montado, canciones en castellano como «Amigos para siempre» o «Que viva España». La gente canta con ardor y corea consignas como «Somos españoles, no fachas», «Soy español, español y catalán», «Sí, sí, España porque sí». Vivas constantes a España y Cataluña, a la democracia, a la Constitución, al Rey…
Y un hermoso y eficaz ondear de banderas. Una gigantesca bandera de 20 o 30 metros pasa de mano en mano por encima de nuestras cabezas… Brota el verso (de mucho menos valor poético que personal), que grabo en mi móvil y que ahora termino de darle forma:

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Después de más de dos horas en Urquinaona, hacia las dos de la tarde consigo conectar la radio en mi móvil y me entero de que han comenzado los discursos de Vargas Llosa y Josep Borrell, que escucho de forma entrecortada. Por supuesto, en estos momentos, me interesa mucho más la gente que me rodea que los discursos… pero tendré que estudiarlos a fondo porque ciertas expresiones u omisiones no acaban de entusiasmarme. Pero sí me entusiasma el anciano con acento catalán que proclama su españolidad; la familia de acento andaluz que canta y baila con su alegría meridional; la mujer de mediana edad (y excelente agilidad) que se encarama a una farola para sacar fotos con más perspectiva… Me entusiasma la gente sencilla y optimista que siente su identidad sin sectarismo y que siente un amor natural (muy superior al de las élites y la clase política) por su patria.
No sé por qué, quizá para superar la emoción, en el agobio de la plaza me acuerdo de Fabricio del Dongo, el personaje de Stendhal en La cartuja de Parma, donde el joven soldado no consigue salir del escondite donde se ha metido, abrumado por el estruendo de la batalla, y no se entera siquiera de que pasa por su lado su admirado Napoleón. Como dijo Luis Landero en El País de 2-2-1992, «Estuvo allí, en efecto, pero no sabría contar otra cosa que el asombro de no haber conseguido encontrar Waterloo en Waterloo.» A ver si me va a pasar a mí algo remotamente parecido…
¡No! Y
o he visto España, dolorida y traicionada, pero claramente España; la diversa pero una España: y la he visto especialmente firme y hermosa en Urquinaona. Y espero también que, aunque mi crónica es la crónica de un hombre atrapado entre la multitud, ello no le haya impedido comprender cabalmente la batalla en la que está involucrado y comprometido. El Waterloo de los catalanes rebeldes está al alcance de la mano y cualquier patriota puede entenderlo. Si el Gobierno aplica contundentemente la Constitución democrática que nos hemos dado entre todos y que estamos defendiendo todos en plazas y redes sociales (y, muy decisivamente, en el Palacio de La Zarzuela), la secesión será abortada y los rebeldes serán confinados en una especial Santa Elena para ellos.
Por supuesto ya sé que en toda manifestación uno puede ser manipulado… pero también puede serlo si se queda en casa, silencioso, porque los mismos oportunistas y aventureros que se aprovechan de la gente que se manifiesta en las calles también se aprovechan de los que no participan.
Por eso
, y ya termino, volví el día 12 a salir con mi bandera a participar con alegría y determinación en el Día de la Fiesta Nacional. Y volví a sentir el orgullo de ser ciudadano de una nación que hunde sus raíces en el Imperio Romano, que fue capaz de formar uno de los primeros estados de Europa y luego un imperio propio que (con sus luces y sus sombras) hizo avanzar a la humanidad; que dio una lección de patriotismo y libertad con una de las primeras constituciones democráticas del mundo y que supoWhatsApp Image 2017-10-16 at 09.29.47 pasar, de forma fundamentalmente pacífica y legal, de un régimen autoritario (que había salido de una terrible guerra civil y había permanecido imbatible durante 40 años) a un régimen democrático, que causó la admiración del mundo entero.

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