Gente

crowdLa palabra gente me parece especialmente compleja y polisémica… y de mucho uso en los últimos años. A pesar de ello, no parece haber atraído suficientemente al mundo académico. El DRAE la define escuetamente como «Conjunto de personas», como segunda acepción, «Nombre colectivo que se da a cada una de las clases que pueden distinguirse en la sociedad.» y, como acepción coloquial, «Familia».

El Diccionario ideológico de la lengua española, de Julio Casares, que por los años sesenta y setenta del siglo pasado estaba considerado como una gran autoridad, le da un buen espacio en el apartado alfabético (definiciones) pero no le da mayor importancia en el analógico (que es la parte fundamental del libro: «de la idea a la palabra, de la palabra a la idea»), poniéndola, dentro del grupo sociedad, sin destacarla, como sí hace con palabras como pueblo, raza, nobleza o burguesía. Y por cierto, tampoco he visto en ninguno de los dos diccionarios la expresión «gente o gentes del común», que figura en diversos textos y que a mí me gusta emplear cuando creo que viene al caso. Por último, y si no me equivoco, tampoco Ferrater Mora recoge la voz gente en su Diccionario de Filosofía (5 tomos).
Pero dejemos la filología y vayamos a la sociología, manteniendo el sustantivo gente sin utilizar sinónimos como masa, multitud u otros posibles. Aquí hay mucha gente, y muchos que se dirigen a esa gente para obtener su favor o su neutralidad. Hay halagos y riñas por doquier, consejos y advertencias, desde distintos ámbitos, a esa gente, a esas gentes del común, que asisten, actualmente muy desconcertadas, a la actividad de los que no son gente, de los elegidos, de los que, por una u otra vía, se han aposentado en las élites. Y hay todo un discurso (un sistema de discursos) conducente a convencer a la gente de que delegue en y financie a esas élites, que serán las que resuelvan los problemas… Incluso los que se encaraman en la parte privilegiada de la sociedad con la verborrea de estar con la gente, vivir para liberar a la gente de los poderosos («servir al pueblo» decían los maoístas) en cuanto consiguen «moqueta y coche oficial», se ocupan de su negocio particular que es, justamente, vivir de la gente. No todos, claro no seamos extremistas, no caigamos en el maniqueísmo; pero si analizamos con cuidado, vemos muchos casos en los que la gente es un pretexto para acceder o mantenerse por encima de la gente. Ciertamente, no pocos individuos cuya profesión es dirigir la sociedad desde arriba cumplen con su trabajo y desarrollan una actividad a favor de la gente. Se trata, por tanto, de ver quiénes respetan a la gente y quieren pretenden aprovecharse de ella; o, dicho de otra manera, quienes viven con/como la gente y quiénes viven de la gente.
Porque la gente es muy importante no solo por su número sino por su condición. La gente es la base fundamental de la sociedad y sobre la que, a la postre, recae en gran medida los problemas y las soluciones de esa sociedad. Sobre que es la gente la que soporta más que nadie los problemas de la sociedad no parece que sea discutible; pero también creo que hay que reconocer que es la gente, sobre todo, la que aporta las soluciones: por activa o por pasiva, apoyando o rechazando a ciertas individualidades, con resistencia arriesgada o sutil al proyecto de los que la oprimen. En este sentido, creo que merece la pena que reflexionemos un poco sobre los acontecimientos en el País Vasco durante los últimos 40 años y en Cataluña durante la última década o sobre la última crisis financiera y económica que todavía no hemos superado. Las conclusiones no son sencillas pero creo que, con todos los matices necesarios, confirman lo que, con más o menos acierto, he dicho.

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