Ciudad Universitaria (II)

gaudeamusNo es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo
encerrado. Su canto asciende a más profundo
cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.
Rafael Alberti

Creo que fue a principios de los años 60 del siglo pasado cuando paseé, por primera vez, por la Ciudad Universitaria de Madrid, por su Paraninfo y por los terrenos descuidados que, sobre todo al oeste, la flanqueaban. Había visitado muchas veces, a finales de los 40, la Dehesa de la Villa, por razones «laborales» (los niños pobres de las afueras de la capital nos ganábamos algunas pesetas como aguadores en los días de fiesta, recorriendo el parque, ofreciendo, «por la voluntad», la rica agua madrileña refrescada en botijo). Ese hermoso parque, entonces mucho más grande y menos oprimido que hoy por carreteras y urbanizaciones, linda con la Ciudad Universitaria, pero no recuerdo que entonces me hubiera acercado hasta el magnífico conjunto universitario.
A mediado de los 60, aun no siendo estudiante de la Complutense, asistí a algunas protestas y asambleas estudiantiles que se hacían, fundamentalmente en Derecho y en Filosofía y Letras, contra la Dictadura, que ya para entonces había aflojado la represión, de forma que los «grises» que se encargaban de mantenerlas dentro de un cauce «normal» no eran demasiado brutales. Y después, a principios de los 70, volví habitualmente durante dos cursos y medio a la Facultad de Derecho pero como «mal estudiante» porque «había que hacer la revolución», es decir, más asambleas, panfletos, carteles, carreras delante de los grises… y poco estudio. Y en los años posteriores, ya sin dictadura, he vuelto a muchos actos académicos, también a algunas protestas (la famosa campaña del NO a la OTAN) e incluso como profesor de un máster en Edición que organizó la complutense en colaboración con el Gremio de Editores…
Y siempre que voy por allí, algunas veces por el mero placer de pasear, recuerdo algunos de los momentos más emotivos de mi «vida universitaria»: alguna intervención  audaz en las manipuladas asambleas, la vez que protegí a una muchacha del policía airado, el forcejeo con «otro galán» para conquistar a la joven compañera de clase, la participación en alguna mesa redonda de especial valor…
Anteayer fue una de esas ocasiones especialmente emocionantes. Se trataba de asistir a la lectura de la tesis doctoral de Marina Casado Hernández «Oscuridad y exilio interior en la obra de Rafael Alberti», dirigida por el profesor José Ignacio Díez Fernández. En este caso en una de las salas de Filología D, ubicada en la parte ampliada al oeste, edificio luminoso que, aunque rompe las reglas arquitectónicas de las facultades fundadoras de la Ciudad Universitaria, lo hace con armonía. Por invitación de Marina, tuve el privilegio de integrarme en la asistencia discreta de una docena de familiares y amigos que queríamos apoyar psicológicamente a la doctoranda.
En la presentación de su tesis, la autora nos dio a todos una clase de oratoria, de dominio del tema y de defensa ponderada y sencilla pero extraordinariamente inteligente de su trabajo. Los cinco doctores miembros del tribunal (D. Gaspar Garrote, D.ª Dolores Romero, D. Eduardo Pérez-Rasilla, D. Jesús Ponce y D. Juan Matas) demostraron que habían leído detenidamente la tesis, la valoraron con amable rigor e hicieron preguntas y observaciones de gran interés y que dieron lugar a que, en su defensa, la doctoranda volviera a lucir sus evidentes cualidades oratorias y su capacidad para enfrentarse, con tanta humildad como firmeza, a la situación. Resultado final: «Sobresaliente cum laude»
Todo el acto me pareció de una calidad universitaria excelente. Soy de los que creen que nuestra Universidad necesita una gran regeneración, una lucha decidida contra el amiguismo, el nepotismo, la mediocridad,  la corrupción intelectual y otras diversas corrupciones; por ello, me pareció muy estimulante que el acto al que asistí demostrara que hay una gran parte de la universidad española (y en este caso de mi querida Complu)  que, manteniendo su lealtad al espíritu universitario (Quid Ultra Faciam? : ¿Qué más debo hacer?, como otra gran universidad de Madrid, la Autónoma, recoge en su lema), desarrolla un buen hacer universitario, es decir, un trabajo modesto pero profundo en pro de la Cultura, en pro de la Educación, en pro del conocimiento, mucho más que en pro de la carrera personal, de las ambiciones políticas; un trabajo, en definitiva, en pro de un país más culto y, por ello, más fotomarinaavanzado, más justo y convivencial, más limpio, más bello.
Una buena ocasión para reconciliarse con las gentes de la Universidad y con la Universidad misma, con esa actividad del ser humano que, aunque no ha conseguido erradicar todavía la brutalidad inicial de la especie, sí ayuda a que sigamos pensando que podemos conseguirlo.

(En la foto, de izquierda a derecha:  Ignacio Díez, Gaspar Garrote, Marina Casado, Dolores Romero, Eduardo Pérez-Rasilla, Jesús Ponce y Juan Matas)

Entradas relacionadas:

Esta entrada fue publicada en Crónicas, Emociones y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Ciudad Universitaria (II)

  1. Ana dijo:

    Mi querido amigo José María, con tu tierno relato describiendo aquella realidad, nos has trasladado a la época de tu infancia, de tu juventud..de tu paso por esa Ciudad Universitaria, por la actividad de los estudiantes en tiempos de la dictadura….
    Cuanto tiempo ha pasado, cuantas vivencias hasta llegar a tan agradable presentación, la tesis doctoral de Marina Casado y su merecido éxito !
    Humildemente creo que TODO en esta vida merece ser VIVIDO.
    Un abrazo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *