Viaje a Salamanca

Visitamos Salamanca ciudad y algunos de los pueblos más bonitos de la comarca de la Sierra de Francia (La Alberca, Mogarraz, San Martín del Castañar, Sequeros y Miranda del Castañar) en los primeros días de julio. Las impresiones del viaje y las notas que fui tomando deberían haber producido una amplia y detallada crónica… pero, por diversas razones, solo quedan el guion y unas pocas fotos.
Con razón, Salamanca («Ciudad Patrimonio de la Humanidad» en 1988 y «Capital Europea de la Cultura», en 2002) se enorgullece de ser una de las ciudades más excepcionales de España (donde hay tantas) por su acervo histórico, artístico y cultural. La piedra, que hace prodigios en sus dos catedrales y en toda su rica arquitectura; los ecos de Fray Luis de León, que volvió sin rencor de su largo exilio («Decíamos ayer…»); la huella de don Miguel de Unamuno, que intentó desesperadamente comprender a Castilla y a España entera y que se enfrentó a ambos bandos de la guerra civil; el huerto de Calixto y Melibea, que nos demuestra por enésima vez que «No todo se termina con la muerte», porque Fernando de Rojas y sus personajes se nos aparecen de pronto entre los árboles y los rosales y sus pasiones se reproducen en los troncos: «I wish you saw me the way I see you… so you will never ever leave me. You and me for ever.» (Desearía que me vieras como yo te veo… para que nunca me dejes. Tú y yo para siempre.)
En los pueblos visitados, limpios, de hermosa arquitectura serrana y calles solitarias, junto a la emoción de la historia y el paisaje, la herida que se abre en la sociedad (y en el visitante atento) entre la ciudad cosmopolita y acomodada y la que ahora se denomina «la España vacía»: varios pueblos de esta comarca (y de otras muchas del país) han perdido dos tercios de su población en el transcurso del último siglo.

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