Julio Anguita

Ha muerto Julio Anguita, que ejerció de máximo dirigente comunista en la última década del siglo pasado y consiguió los mejores resultados para su formación (más del 10% del electorado). Yo lo conocí el 14 de diciembre de 1988, en el entierro de María Teresa León, en Las Rozas (Madrid). Coincidió con la gran huelga general que los sindicatos hicieron contra el gobierno de Felipe González y solo nos reunimos en torno a Rafael Alberti una quincena de personas, entre ellas un matrimonio de apariencia burguesa: la señora saludó a Anguita y lo presentó a su marido: «Mira, Julio Anguita, el Califa Rojo». Julio, que era tímido, la miró fría pero cortesmente (o viceversa), y respondió: «Rojo… no sé… pero Califa, desde luego que no.» Años después, cuando era un personaje respetado por tirios y troyanos, me lo encontré en la cola para recoger la comida en una de las famosas fiestas del PCE en la Casa de Campo pero me limité a saludarlo… aunque quizá debía haber aprovechado la ocasión para suscitar una discusión política. Su honradez y su exigencia de «Programa, programa, programa», su coherencia personal (que mantuvo hasta el final de su vida, no dudando en denunciar la corrupción de tantos socialistas y comunistas) no consiguió detener el deterioro general de su partido y de la izquierda en general, al no haber sido capaz de realizar una autocrítica radical del movimiento comunista. DEP.

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