El discurso del Rey

I

En la película El discurso del Rey, Tom Hooper, Reino Unido, 2010 (con guion de David Seidler), con la gran eficacia didáctica que ofrece el arte cinematográfico, se explica la enorme importancia que puede tener un discurso de un rey en una situación crítica.

En el filme de Hooper el rey es Jorge VI, que ocupó la Jefatura del Estado en la Gran Bretaña entre 1936 y 1952 (tras la abdicación de su hermano Eduardo VIII, que renunció al trono 325 días después de acceder a él para poder casarse con la norteamericana, dos veces divorciada, Bessie Wallis Warfield, y cuya grave tartamudez le hacía casi imposible hablar en público) y la situación crítica, la necesidad de pronunciar una arenga patriótica, en 1939, dirigida a las fuerzas armadas, tras la declaración de guerra entre la Alemania nazi y el Reino Unido…

¿Alguna coincidencia con el mensaje navideño que anoche dirigió Felipe VI a todos los españoles? Creo que sí. Desde luego, la fecha, los personajes, la autoría y la responsabilidad , el motivo, la fecha, el contexto político y social, la audiencia y la expectación… son muy diferentes; y, sobre todo, son totalmente diferentes, antagónicos incluso, el Gobierno que estaba detrás del rey británico y el que está detrás del rey español.

Pero hay coincidencias: la alocución es solemne y determinante: un fallo en la dicción, un simple matiz positivo o negativo puede influir en miles de personas; el orador se dirige a un auditorio invisible e indeterminado y no puede recibir, ni mientras está hablando ni posteriormente (por mucho que hagan los especialistas y los estudios demoscópicos), información suficientemente fidedigna de cómo son recibidas sus palabras… y, sobre todo, ninguno de los dos jefes de Estado pueden hacer otra cosa que hablar porque las prerrogativas ejecutivas, el Poder, no está en sus manos sino en manos ajenas.

II

En efecto, el jefe del Estado de un reino con un régimen de Monarquía parlamentaria no puede hacer otra cosa que hablar, sus armas son las palabras: no tiene ministerios con miles de funcionarios ni Boletín Oficial del Estado… Palabras, solo palabras (con algunos gestos que puedan corresponderse con ellas) que, además (aunque en el caso del mensaje navideño tenga mayor iniciativa y autonomía) no dejan de ser palabras controladas por el poder ejecutivo y, lo que quizá es más importante, por unos medios de comunicación social que, en su mayoría, están controlados o influidos muy poderosamente por fuerzas políticas poco propicias a fortalecer esa monarquía.

Pero Felipe VI, hasta hoy (siempre según mi criterio, claro, y en el bien entendido de que no hay, tras el discurso, chalaneos u otras conspiraciones), maneja bien esas armas limitadas de que dispone. Como todo buen estratega, sabe cuándo debe poner sus tropas –sus palabras y gestos– en disposición de avance, de consolidación de una posición ganada… o de una retirada táctica a posiciones más seguras. Él sabe (siempre según mi…) que su histórico discurso de 3 de octubre del año pasado, enfrentándose valientemente al ataque de los rebeldes sediciosos en Cataluña y el consecuente mensaje navideño de ese año, reafirmando la necesidad y la obligación de que la administración del Estado en Cataluña volviera a la senda constitucional, él sabe, porque pudo experimentarlo directamente, que el Gobierno entonces presidido por Mariano Rajoy (en un acto que muchos han calificado de cobardía y no pocos hemos calificado de traición) permitió la fuga del jefe de los golpistas y su consiguiente campaña internacional de desprestigio del Estado Español, maltrató a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, permitió que los Mossos d’Escuadra y los chiringuitos de agit-prop se rearmaran y la rebelión se hiciera más cínica y victimista al tiempo que más arrogante… En definitiva, la cobardía o traición (quizá ambas cosas a la vez) facilitó la reorganización del secesionismo y neutralizó en gran medida la reacción que alentó el discurso del Rey.

Por eso (siempre según…) el Jefe del Estado dispone sus palabras navideñas de este año de forma que se evite una nueva denuncia directa contra el secesionismo catalán –que, además, pondría en evidencia que el nuevo Gobierno, ahora presidido por Pedro Sánchez y empeñado en un juego de «diálogo humillante», está cayendo en mayor cobardía o mayor traición (quizá ambas cosas a la vez) y provocaría una crisis institucional incontrolable– pero poniendo el énfasis en la necesidad de respetar la Constitución y, dentro de ella, de mantener una convivencia que asegura el normal funcionamiento de la sociedad.

Evitando el «cuerpo a cuerpo», que sería muy contraproducente en la actual coyuntura y propiciar la acumulación de fuerzas dirigiéndose a todos, pero con especial énfasis a los jóvenes (aunque me pregunto si no ha habido una cierta desmesura en los halagos a esta generación e insuficiente referencia a la necesidad de que se comprometan con su país) que son los obligados a hacerse cargo del futuro.

III

Merece la pena dedicar unas palabras a la puesta en escena del mensaje, que considero muy eficaz por dos detalles aparentemente secundarios pero muy significativos: la foto de la princesa Leonor leyendo el artículo 1 de la Constitución, en el solemne homenaje que se rindió por sus 40 años de vigencia, y la habitual colocación de la bandera nacional junto a la de Europa… pero con una casi imperceptible preeminencia sobre ella. La nación y sus símbolos con total respeto a todas las diversidades internas y lealtad a las organizaciones supranacionales pero como centro y eje de toda la acción política. Ni más, ni menos.

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