9 meses de condena… y de amor

2018-01-01_1811Aunque yo la he visto hoy, fue el pasado sábado 30 de diciembre de 2017 cuando TV2 emitió la película 9 meses… ¡de condena! (Albert Dupontel, Francia, 2013) que, a pesar de estar nominada a 5 premios Cesar (equivalente a nuestros Goya) y conseguir los correspondientes a la mejor actriz y al mejor guion (también de Dupontel), parece que no tuvo mucho éxito de público y crítica en España.


 Posiblemente tengan razón algunos críticos cuando hablan de «disparejo ritmo» (Lucero Solórzano, Excélsior) o «algo irregular, pero regocijante» (Javier Ocaña: Diario El País) y supongo que la afirmación de que «se olvidará con la misma facilidad con que se contempla» (Jordi Batlle Caminal, Fotogramas) se podría aplicar a la inmensa mayoría de las películas europeas. En todo caso, a mí me parece una buena comedia y por lo menos una de sus escenas no me será fácil olvidarla porque la he recogido para mi colección de escenas de amor.
La escena se desarrolla en c
inco minutos (0:42 a 0:47) de los 82 totales de la cinta. El atracador (considerado por la sociedad, y por él mismo, como un tarado y un retrasado) descubre que es el padre del niño que lleva dentro la juez con la que ha tenido una relación ocasional (en una noche de borrachera y sin que ninguno supiera la identidad del otro) y de la que ahora depende su salvación de una condena extrema por un delito atroz que se le atribuye, aunque él no lo ha cometido. Si exhibe su paternidad podrá salvarse pero él (que siente que no es digno de la mujer) considerando que con ello complicará gravemente la vida personal y profesional de ella (y también la del hijo), decide ocultar esa relación y entregarse a la policía, aunque sabe que será maltratado y condenado.
El momento mágico se produce cuando él le dice a ella que se va de la casa en la que están eventualmente conviviendo (escondidos) y ella, que sabe que fuera del refugio está la desgracia de él, intenta retenerlo y, por primera vez estando ambos sobrios, le toma de las manos y él se mueve hacia ella como si fuera a besarla… pero la sor
tea y se va a entregarse. Por amor.

En el día de hoy, los católicos conmemoran la «Solemnidad de la Maternidad divina de María». Parece que no habría mucha relación entre esa historia que nos relata el Nuevo Testamento sobre un hombre y una mujer, que tuvieron que afrrontar el nacimiento de su hijo en condiciones muy adversas y la que nos cuenta 20 siglos después, con el complejo lenguaje cinematográfico, Dupontel… pero yo sí veo alguna relación. No es fácil formar una familia, no es fácil traer al mundo a un hijo en medio de una sociedad hostil, no es fácil cultivar el amor, ocasional o predestinado, «carnal o «divino», no es fácil cumplir una «condena» de 9 meses (o de muchos años) sin que haya una base sólida de amor. Amor incierto pero mágico amor; balbuceante amor, cósmico amor, humano amor.
María necesitaba el apoyo, la protección, el amor de José para tener a su hijo, igual que este necesitaba ejercer dignamente su paternidad (que hoy, según los textos sagrados, calificaríamos de «subrogada») para cumplir su destino. Como dos milenios después Ariane Felder (el personaje que interpreta Sandrine Kiberlain) necesita a Bob Nolan (Albert Dupontel) para tener al suyo y Bob necesita ejercer su paternidad para comprender que puede ser, que es, un hombre. Como todas las mujeres y como todos los hombres que con su fusión consiguen niños que reciben lo mejor de cada uno de ellos y aseguran la continuación de nuestra especie (aceptemos las excepciones necesarias para no caer en el dogmatismo).
Necesitamos todos humano amor… y una sociedad nada hostil, sino todo lo contrario, para la familia.

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