Doña Rosita la soltera

doñarosita

(Con-para E.)

Residencia de Estudiantes, Madrid, 29-06-2015, escenario montado al aire libre. Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, de Federico García Lorca, interpretada por el Grupo de Teatro del Aula de las Artes de la Universidad Carlos III de Madrid. Una veintena de intérpretes (Claudia Caro y Carolina León, Doña Rosita; Laura Álvarez, La Tía; Lidia Peña, El Ama; Álvaro Ollero, El Tío…)  dirigidos por Abel González Melo, ayudado por Laura González Cortón y dirección musical de Antonio Dueñas. Una meritoria interpretación con algunas licencias como, por ejemplo, la incorporación de un coro formado por todo el elenco.
Doña Rosita… es la última obra estrenada en vida de Lorca y una de las tres que podrían ser calificadas de «amores fallidos», junto con Amor de don Perlimplín con Melisa en su jardín y Bodas de sangre, aunque mucho menos «sangrienta» que estas. Un espectáculo emocionante que realiza la «conjunción» de espacios y tiempos. 80 años después de su creación y en el mismo lugar en que Lorca vivió un tiempo muy significativo de su carrera y que hoy incluye entre sus remozadas instalaciones la sede de la fundación que lleva su nombre, unos jóvenes universitarios que reivindican el teatro como forma de enriquecer las Humanidades (en una noche calurosa pero bella ¡y sin ruidos exteriores! en el corazón de Madrid), nos regalan a las 400 personas asistentes el milenario arte del Teatro. En este contexto los hermosos octosílabos de Lorca nos llegan con toda su belleza: «Granada, calle de Elvira, / donde viven las manolas, / las que se van a la Alhambra, / las tres y las cuatro solas. […] ¿Adónde irán las manolas / mientras sufren en la umbría / el surtidor y la rosa? […] Deja que rumor extienda / sobre Granada sus olas.» (acto I)
Como es sabido, igual que otras obras de Lorca, Doña Rosita nos presenta un mundo aparentemente acotado pero simbolizando todo un universo social y humano de aquel tiempo y aquel lugar; en esta ocasión, la Granada de principios del siglo XX y con una ficción creada a partir de un hecho real que se dio en la propia familia de Lorca: una promesa de boda entre primos y una traición del varón hacia la muchacha que gastará su vida en esperar el cumplimiento de la promesa. Una sociedad cerrada, con un fondo aparentemente bucólico (el lenguaje de las flores) pero realmente dominado por la cháchara y el chismorreo como sustitutos de trabajo, cultura y reflexión. Una sociedad de «solteras cursilonas», de pretendientes absurdos. La sociedad española de hace 100 años, con todas sus miserias y la ternura que su parte más maltratada, la mujer, despierta ahora en nosotros…
Pero yo, a partir de esa ternura, preferí «leer» la obra pensando no en una mujer o en unas mujeres condenadas por la sociedad a la opresiva dependencia, a la falsa esperanza de que el «galán» ha de resolver su vida y, consecuentemente con la incapacidad de este, a la nostalgia, a la frustración, a la aceptación del fracaso de toda una vida… Preferí proyectar esto en nuestros días y no sobre la mujer en concreto sino sobre nuestra propia sociedad civil, también sumida en una vida aparentemente acomodada pero realmente llena de miserias (mucha cháchara y chismorreo, mucho pretendiente absurdo) y, como Doña Rosita, confiando en la promesa de un «galán» salvador  que nunca llega, a pesar de que regularmente envíe sus cartas renovando su compromiso de amor.
Nuestra pequeña doña Rosita se me antoja que podría ser nuestra pequeña burguesía (si empleamos cierta óptica, nuestra sociedad, apartando a la minoría opulenta de arriba y a la minoría anarquizante, antisistema de abajo,  podría quedar identificada como una pequeña burguesía dependiente y asustadiza y, en cierta medida, soltera cursilona). Una sociedad  ocupada en actividades «placenteras» pero poco productivas y dispuesta a entregarse   a quien le haga la promesa de felicidad más atractiva.
Por supuesto que doña Rosita tiene derecho a y debe casarse y que nuestra sociedad tiene derecho y debe contar con una dirección política honesta e inteligente pero, previamente, el personaje de Lorca y nosotros como sociedad civil hemos de encontrar la manera de de no ser dependientes del otro, de ser nosotros mismos, capaces de distinguir al falso del galán honesto, capaces de pensar, hablar y Sunplusactuar por nuestra cuenta. Si no lo hacemos así, diremos como doña Rosita «y en mi corazón sentí / agujas estremecidas» (acto I). Si no seguimos el consejo que le da La Tía: «Sal de tus cuatro paredes, hija mía. No te hagas a la desgracia.» (acto III), oiremos una y otra vez la voz de la frustración, la voz de la soledad: «sobre tu largo cabello / gimen las flores cortadas.» (acto II)

 

 

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