Ruth y José

Os trajeron a un mundo convulso, donde la estulticia y el rencor señorean pero vosotros, naturalmente, no lo sabíais. Y aprendisteis a caminar y a hablar, desde vuestra inocencia, sin dejar de reír. Sin dejar de reír, con ansias de crecer, de asir el mundo, de cabalgarlo, de someterlo a vuestras fantasías, como si fuera uno de vuestros juguetes. Avanzabais a zancadas, como todos los niños, y cada día crecía vuestro cuerpo y vuestra inteligencia… Pero no llegasteis a comprender a qué pozo de odio estabais destinados. Quizá no supisteis de él ni siquiera en el momento de abandonar este mundo. Corta y trágica vida habéis tenido, queridos Ruth y José, pero os ha dado tiempo a dejarnos un mensaje valioso: la inocencia está siempre en peligro, la infancia de cada individuo y de la propia especie no tienen garantizada la supervivencia: amenazada por el odio y la estupidez puede ser víctima en cualquier momento. La gente que sólo se mira a sí misma, despreciando al género humano, que no comprende el pasado, que no sabe de dónde venimos y que es incapaz de mirar con ilusión el futuro porque se aferra únicamente a sus deseos del presente puede cometer los peores crímenes: odia la infancia, la inocencia, lo nuevo, la Vida en definitiva, porque tiene su cabeza seca, su corazón podrido, su alma muerta. Vuestro sacrificio, que ocupará las portadas de todos los medios de comunicación durante unos días, no debe pasar al olvido: el llanto que hoy provoca en tanta gente de buena voluntad debe ser una lluvia persistente capaz de limpiar un poco de la basura hedionda en la que nos movemos y de hacernos capaces de atender a tanta infancia sacrificada en todas las partes del mundo.

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