Carta a mis amigos peregrinos de Medjugorje

Medjugorje1Queridos amigos:

En las vísperas de vuestro nuevo viaje a Medjugorje os saludo, os agradezco una vez más que me invitarais a ir y os deseo un viaje agradable y provechoso.

Por supuesto, me hubiera encantado ir con vosotros porque me gusta viajar con amigos pero creo que habrían surgido tensiones y problemas contraproducentes. Como os he explicado tantas veces en tantas discusiones, yo no creo en seres superiores al hombre y no necesito, por ello, buscar la protección de ningún dios, de ninguna virgen ni ningún santo y mucho menos la de cualquier clérigo de cualquier religión… Sin embargo, y quizá por ello, cada día necesito más a mis amigos, a mis familiares, a mis compañeros: sin ellos me siento frágil y vulnerable y con ellos, animoso y fuerte; disfruto con su cariño y los quiero profundamente… Por eso, ¡salud, amigos! Buen viaje y nos vemos a la vuelta para que me contéis vuestras impresiones e intentéis, con fuerzas renovadas, convencerme de que la solución a todos los problemas y agobios está en aquella lejana zona de la península balcánica.

Y yo, a mi vez, os repetiré que vuestro afán por volver allí, por encontraros una vez más con María y con cuantos la festejan, es una combinación de vuestro miedo ante la vida y la muerte, de vuestra falta de confianza en vosotros mismos, y en los demás, para enfrentaros a los grandes problemas (y a los pequeños: en muchas ocasiones el creyente abusa y reza para obtener favores o privilegios relativos a naderías) del hombre… De eso y de la portentosa capacidad de las religiones para prometer mundos maravillosos (aquí y en el «más allá»), la habilidad comunicativa (hipnótica en muchas ocasiones) de los profesionales de la religión para hacer visible lo invisible, razonable lo absurdo o, al menos, para presentarse como las personas elegidas, superiores, para entender los misterios indescifrables y los mensajes incomprensibles. Esa combinación de vuestras debilidades y de las fortalezas de ellos (debilidad y fortaleza que son consustanciales a la naturaleza humana) unida a la educación que en esta parte del mundo hemos recibido desde la cuna es, estoy convencido, lo que explica vuestra ideología… pero también la mía.

Por supuesto, cuando hablo de lo que yo considero vuestras debilidades, bien sabéis que no lo hago ridiculizando vuestra fe, vuestra necesidad de sentiros meras criaturas de un Todopoderoso. Es tan inabarcable el Universo, tan misterioso y tan poderoso que desde que los primeros hombres se atrevieron a mirar a las estrellas o simplemente a enfrentarse a la montaña inaccesible, al río turbulento o al mar inmenso, es lógico que sintieran, por un lado, una admiración intensa pero, por otro, un miedo profundo, un pánico invencible, es lógico que buscaran a seres superiores, a alguien capaz de crear y dirigir todo aquello… Y, por otra parte, hay tantos problemas de convivencia, tantas personas con las que no nos entendemos, a las que sentimos más como peligro que como oportunidad de cooperación y amistad, que nos gustaría que hubiera un juez supremo que diera a cada uno su merecido, que ejerciera una justicia cierta, absoluta. Siendo así desde el origen de la civilización y a pesar de que hemos dado pasos gigantescos, merced a la Ciencia, en el conocimiento del cosmos y de nuestro propio planeta, de la Naturaleza en suma, y a pesar de que algo hemos avanzado en la lucha contra la injusticia, es comprensible que tanta gente necesite encomendarse a fuerzas superiores, y es lógico que, al pensar en ellas, se las represente a su imagen y semejanza…

Así que, a vuestro regreso, seguiremos discutiendo como buenos amigos y sé que, aunque lamentaréis mi «contumaz ateísmo», me seguiréis demostrando afecto. Porque os consta que no os acompaño al templo o al santuario pero estoy dispuesto a pelearme con cualquiera que pretenda prohibiros vuestra fe; sabéis que siempre me mostraré respetuoso con vuestras creencias y vuestros ritos y, sobre todo, que siempre me esforzaré por comprender vuestros motivos y vuestros comportamientos. En definitiva, estoy convencido de que nunca me encontraréis en los cielos ni en los infiernos pero siempre me tendréis a vuestra disposición en la tierra. No conseguiréis que busque con vosotros a Dios ni a ningún ser celestial o infernal pero siempre estaré a vuestro lado si buscáis al Hombre, a nuestra especie. Porque en esos miles de individuos, varones y hembras, niños y adultos, personas en suma, con los que nos cruzamos cada día, podemos ver todas las fuerzas del Universo, los mayores prodigios, los más increíbles milagros que se puedan imaginar; porque podemos dialogar con esos semejantes directamente, sin intermediarios, con lenguajes humanos, podemos amarlos y ser amados, ayudar y ser ayudados…

Naturalmente, también será del hombre, de los semejantes de donde recibiremos dolores y frustraciones, pero si somos inteligentes comprenderemos que esa dualidad es inherente a todo lo existente: el sol nos da luz y calor pero puede también abrasarnos; de la nube viene el agua que limpia y fecunda la tierra pero también el rayo destructor; el mar nos permite comunicar los continentes pero también, en ocasiones, nos engulle. Las personas, por tanto, nos ofrecen todos los valores y conquistas de la especie, todas sus grandezas, pero también todas sus miserias: combatir éstas y aprovechar aquéllos, enriqueciéndolos en la medida de nuestras modestas posibilidades es nuestra verdadera misión en este mundo.

Porque el Universo y el más allá son inabarcables y sólo parcialmente comprensibles pero el más acá, el aquí y ahora, nuestro mundo, tiene una dimensión humana y nos permite actuar en él con responsabilidad, con inteligencia, con amor. ¡Y hay tantas cosas que podemos hacer! Hay tantas tareas que podemos abordar y tanta gente, tan buena gente, creyentes o no, con la que nos encontraremos que merece la pena buscarlos. Y si es así, poco importa que algunos afronten esas tareas pensando que la medida de todo es el hombre y que es en el hombre, en la persona, en la sociedad, donde podemos encontrar las soluciones a nuestras angustias yMedjugorje2 que otros lo hagan encomendándose a un dios que consideran todopoderoso y justo.

Abrazos y mis mejores deseos para vuestro viaje. Nos vemos a la vuelta.

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4 respuestas a Carta a mis amigos peregrinos de Medjugorje

  1. tmolmar dijo:

    José María: me ha encantado, un texto maravilloso. Envidiable tu capacidad de comprensión y tolerancia. Felicidades. Cada vez escribes mejor.

    • ¡Gracias, amigo! Me estimula mucho tu lectura generosa… Y seguiré esforzándome por escribir lo mejor posible, y siempre de manera sincera que, estoy seguro, mis amigos de Medjugorje habrán sabido valorar en esta ocasión.
      Un abrazo,
      JM

  2. ASUN dijo:

    No se trata de tolerar sino de respetar, incluso de valorar positivamente y amar la diferencia. Cada persona interpreta de forma distinta la misma realidad. ¿He dicho la misma? Quizás no, quizás la realidad dependa tambien de los ojos que la contemplan, de las circunstancias que conforman el yo de cada intérprete y no haya nada objetivo ,ni objetivable. La comprensión y el aprovechamiento del rico crisol de aspectos que nos brinda la vida se hacen más completos cuando se abordan desde ángulos variados. Ponerse en la piel del vecino puede ser de gran ayuda para evitar o resover conflictos y también para sacarle todo el jugo a la realidad. Intentar comprender las razones de otros es imprescindible, aunque llegar a hacerlo del todo desde uno mismo se me antoja imposible. Aún así, cuando las razones no se comparten, siempre es posible compartir un afecto y un respeto sinceros con esos semejantes que no iguales. ¡VIVA LA DIFERENCIA!

  3. Gracias por tu comentario, Asun. Me ayuda mucho que la gente joven me lea y me ayude a seguir esforzándome por expresar, respetuosamente, ideas que puedan servir para un debate que nos enriquezca a todos.
    Un abrazo,
    JM

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