Puños y claveles

25 ABRILMayo de 1975. Un grupo de jóvenes idealistas fuimos a celebrar el primer aniversario de la Revolución de los Claveles. Enamorados de la situación, soñando con que se repitiera en nuestro país, entramos en Lisboa cantando «Grandola, vila morena» y las consignas del momento («El pueblo unido jamás será vencido»…) Recorrimos algunos lugares emblemáticos (historia de siempre o del momento) y nos sentimos felices de estar participando en una fiesta que llenaba de luz y esperanza la ciudad y a la gente… Nosotros, naturalmente, no conocíamos los entresijos pero percibíamos que, en esos momentos, la Revolución estaba en una terrible encrucijada: unos y otros tenían que decidir si se situaba al país en una órbita u otra. Vasco Gonçalves, al que yo veía un poco como al Negrín de los últimos meses de nuestra Guerra Civil, iba a pronunciar un importante discurso en el (si no me falla la memoria) Pavillón dos Sports. Fuimos y tuvimos que acceder a la pista central porque todas las gradas estaban ya repletas (25.000 personas). Entré y miré: gente enfervorizada, calentando el ambiente, estruendo de gritos y consignas, puños en alto, decisión en las miradas… Entonces sentí miedo, un miedo impreciso pero fuerte y profundo que se metió en mí al mismo tiempo que los eslóganes coreados. Esas masas, intuía yo, podrían realizar grandes hazañas revolucionarias pero, también, hábilmente manipuladas por los poderosos, antiguos o nuevos, podían cometer todo tipo de desmanes y, sobre todo, podían cometer graves errores y abortar cualquier proceso que condujera a la verdadera liberación, al verdadero bienestar de las gentes, cambiando (una vez más, como tantas veces en la Historia antes de Lampedusa y después de Lampedusa) todo para que todo siga igual… Otras veces he tenido esa sensación pero nunca tan intensamente: quizá porque cada vez canto menos y observo (y reflexiono) más.

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