El año de Carabanchel

23-05-2010-acto-antigua-carcel-de-carabanchel-foto-la-memoria-viva-fuen13¿Te pegan, hijo, te pegan? Mi madre estaba obsesionada con ese peligro, más que con la posible hambre o el frío, típicos de las cárceles. Ella sabía que en los tres días en la sede de la Dirección General de Seguridad (el histórico edificio en la Puerta del Sol que hoy, afortunadamente, se dedica a tareas mucho más democráticas) sí me habían pegado, sí me habían torturado (aquel sádico puñetazo de Yagüe que me tuvo vomitando bilis dos días, aquellas esposas retorcidas en las muñecas que me dejaron los tendones de la mano derecha heridos durante años… y, sobre todo, el terrible miedo a no poder resistir y confesar datos que llevarían a nuevas detenciones). Pero en Carabanchel, no: ella podía estar tranquila porque su hijo allí tenía un estatus especial, el de «preso político», no reconocido legalmente pero aceptado de facto en las cárceles de la Dictadura. El terrible Cayón (ex policía preso, según se decía, por haber violado a una muchacha y matado a su novio en un parque en las afueras de Madrid, mientras estaba de servicio) sí torturaba, pero a los presos por delitos comunes (de hecho, cuando en la primera huelga de hambre, al sexto día, me inyectaron a la fuerza suero mientras un grupo de presos sicarios me sujetaban, él actuó con especial cuidado). Para ellos, para los presos comunes (unos 1.500 frente a menos de un centenar de presos por motivos políticos, en 1966) sí había malos tratos, físicos y psicológicos; para ellos todavía se ejercían todas las represiones de la dictadura, que se habían venido dulcificando para luchadores o rebeldes políticos y no para los sociales ni para los que simplemente eran delincuentes.

No pegaban. Vivíamos presos, injustamente privados de libertad, pero con un nivel de vida que, en algunos casos como en el mío, era superior al de la propia casa. Se podía leer (de hecho, los mejores libros de política estaban en las cárceles, en las bibliotecas personales de los presos), estudiar, jugar en el patio, tener reuniones políticas (generalmente discretas pero en algunos casos ostensibles, como cuando entró el mítico Marcelino Camacho)… Naturalmente los «vis a vis», que luego se han generalizado en nuestras cárceles, no eran entonces posibles, de forma que los problemas de la pulsión sexual (que en muchos casos se incrementan en la cautividad) se resolvían o en los brazos de Morfeo o en las «visitas al doctor Onán».

Dos días al año, coincidiendo con el día del Carmen («Fiesta de la Caudilla») o el día de la Merced (Patrona de Instituciones Penitenciarias), los hijos, nietos o sobrinos de los presos podían visitar la prisión y ello constituía el momento más feliz para todos, incluyendo los que, no teniendo esos familiares, podían jugar y conversar con los pequeños que nos visitaban.

La alimentación era deficiente (¡aquellas espantosas lentejas que mi «comuna» en pleno, con muy buen acuerdo, decidió tirar y sustituirlas por una cena más digna con latas de nuestra modesta despensa!… Lástima que yo ya me había comido la mitad de mi plato cuando me llegó el aviso), pero la muy meritoria ayuda de las familias y los amigos nos permitía completarla.

Las comunicaciones con la familia eran muy deseadas y muy reconfortantes pero muy incómodas debido al pasillo que había entre las dos telas metálicas (tras una los presos y tras otra los familiares), pero permitían que uno se sintiera arropado por la solidaridad de familias y amigos. Las comunicaciones con la familia se hacían en esas visitas y mediante cartas. ¡Maravillosas cartas que dirigía aparentemente a mi hermana y que acababan, de hermana a hermana, en las manos de mi novia (a las novias no estaba permitido escribirles), presa también en la cárcel de Yeserías!; el censor no le prestaría mucha atención a esas cartas porque si no hubiera pensado que había un incesto apasionado por medio… Igual que no se percató de que la manía del preso por citar referencias bibliográficas, teléfonos de amigos o sumas de gastos encerraba mensajes políticos cifrados que luego la familia pasaba a «los camaradas». Tampoco miraban demasiado la ropa, porque en las chaquetas u otras prendas que se mandaban a la madre para que cosiera, zurciera o arreglara iban textos políticos (algunos muy amplios) escritos en servilletas de papel (más tarde, utilizaríamos sistemas de «tinta invisible»).

¿Fugas? En las Salesas (donde la policía, después de los tres días que la ley permitía interrogarnos en la DGS, nos presentó ante el temido juez del Tribunal de Orden Público) podíamos habernos escapado, porque era de madrugada y en Semana Santa, había pocos funcionarios y un barullo que nos habría permitido salir disimuladamente. Pero mis compañeros de expediente se negaron, temiendo que, en llegando a la calle, la policía nos estuviera esperando para ametrallarnos. En Carabanchel parecía muy difícil. Habría que esperar a Soria para proponer una fuga primero en helicóptero (que también fue rechazada) y luego mediante túnel (¿dónde se esconde la tierra que se saca del túnel en una cárcel bien vigilada?), que dejamos a la mitad cuando nos trasladaron a unos cuantos rebeldes (segunda huelga de hambre, 9 días) a otra prisión.

Un año intenso en Carabanchel, desde primeros de abril de 1966 hasta la primavera de 1967 (más otros tres en Soria y Segovia)… Una experiencia dolorosa e inolvidable pero no una palanca para el rencor y el dogmatismo sino para todo lo contrario. Estoy seguro de que mi madre, de cuya muerte se cumplen hoy 12 años, estaría plenamente de acuerdo conmigo o, aun sin estarlo, me apoyaría, como hizo en aquella difícil etapa de mi vida, plenamente y sin tener en cuenta el sacrificio que eso le acarreaba.

(Redactado, el 23 de abril de 2009, a petición de la Asociación de Vecinos de Aluche, que pugna por mantener la «memoria histórica» de la Prisión de Carabanchel. Llamábamos «comuna» a un grupo de presos con despensa propia. Había dos, entonces: la más numerosa y mejor dotada del PCE y la nuestra, minoritaria y mucho menos nutrida, que agrupaba a grupúsculos y disidentes.)

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4 respuestas a El año de Carabanchel

  1. ana calle dijo:

    Querido José María:

    No sé qué decir tras la lectura de tan tremendos recuerdos tuyos… Tal vez expresarte mi admiración por cómo has vivido todo y cómo lo recuerdas.
    Un abrazo y hasta pronto… en Madrid.
    Ana

  2. Tonery Molmar dijo:

    Relato cojonudo… con perdón. Y lo más importante es que esa crudeza que recoge el realto está exenta de rencor. Creo que podría ser el germen de una buena novela.

  3. Vera dijo:

    45 años de ese día… Fíjate todas las vueltas que la vida ha dado desde entonces, hasta llegar a Inés y a Clara. ¡Y las que dará!

  4. Mercedes Alonso Merino dijo:

    Es increíble cómo uno puede sobrevivir a tales experiencias. Claro que lo bueno de lo malo es poder apreciar lo bueno de lo bueno. ¡Todo en la vida está tan caro..!

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