Diálogo

dialogo1Las palabras, como si imitaran a las camisas o a los zapatos, sufren distintas modas. Últimamente vuelve a estar muy de moda la palabra diálogo y todos sus derivados: yo dialogo, tú dialogas, él dialoga, nosotros dialogamos…, y quizá por ello ninguna persona de las que viven de conseguir por uno u otro medio el favor (y el tributo, a veces muy alto) de las gentes del común se atreve a rechazar esta mágica palabra.
Pero ¿es el diálogo el valor supremo de ser humano? Antes de responder a esta pregunta, hagamos una pequeña disquisición.
Por supuesto es estupendo conjugar el verbo dialogar, propiciar el dialogo, llegar a acuerdos a través del diálogo, etc. Pero no olvidemos que no todos los diálogos tienen la misma naturaleza, no siempre el diálogo es entre dos iguales, no siempre se da entre dos partes bienintencionadas, no siempre el diálogo puede ser la última razón para defender una idea o un derecho. Pensemos, por ejemplo, en el diálogo que se da entre un padre y un hijo, entre un profesor y un alumno, entre un juez y un reo, entre el representante de un todo y el de una parte… tan diferentes al diálogo que se da entre esposos, entre compañeros de excursión, entre condiscípulos, entre socios igualitarios de una compañía, etc. Lo mismo que no es igual el diálogo entre dos negociadores que van con las cartas boca arriba y no pretenden engañarse mutuamente al que se produce entre dos negociadores que van con cartas ocultas o marcadas y con la decidida intención de engañarse o, todavía más grave, entre un negociador honrado y uno tramposo. Es evidente que acudir a un diálogo o negociación civil dónde una de las partes pone una pistola sobre la mesa (o, lo que es peor, sabemos que la tiene dispuesta un sicario que nos espera a la salida del «diálogo») es muy peligroso y debemos rechazarlo aunque nos acusen de poco dialogantes…
Volvamos ahora a la cuestión, ¿es el diálogo el valor supremo de ser humano? ¡No! Hay otros valores superiores. Por ejemplo, la bondad; por ejemplo, la libertad; por ejemplo, la justicia; por ejemplo, y quizá sobre todo, la dignidad, el valor que define al ser humano. De forma que, si no buscamos votos espúreos, seguidismos tontos o negocios turbios, hemos de sostener, contra viento y marea, que si, individual o colectivamente, nos vemos obligados a elegir entre diálogo y dignidad elegimos, sin ninguna duda, la dignidad.
Evitemos, pues, la fascinación por el diálogo: dialoguemos todo lo que sea necesario y posible pero pongamos claramente por encima del diálogo la justicia, la ley y, sobre todo, la dignidad.

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