Muchos años después, frente a uno de los muchos avatares de la vida, Inés había de recordar aquella mañana remota en la que su abu la llevó a conocer el barro. No el barro puro y limpio de los alfareros, no la arcilla exquisita con la que los hombres han homenajeado al Dios de la Biblia sino el barro sucio de los arrabales, el barro que convive con los yerbajos, los desechos de los paseantes de perros y los residuos urbanos que el viento arrastra hacia las afueras; el barro que mancha y que, incluso, en ocasiones transmite enfermedades a los niños no inmunizados. El barro que, como le contó su abuelo, es la plastilina, el mecano y la consola de los niños que tienen su cuarto de juegos en la calle, en los andurriales. Pero también recordó cómo el abu le había explicado que había cosas más contaminadas que ese barro y suciedades más profundas y perjudiciales; que ciertas pobrezas deben ser combatidas, superadas porque degradan a la persona y hacen que sufra, pero mucho más deben ser combatidas y superadas ciertas riquezas que deshumanizan y envilecen hasta amenazar con la destrucción de la sociedad misma.
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