5. Muchos años después

Muchos años después, frente a uno de los muchos avatares de la vida, Inés había de recordar aquella mañana remota en la que su abu la llevó a conocer el barro. No el barro puro y limpio de los alfareros, no la arcilla exquisita con la que los hombres han homenajeado al Dios de la Biblia sino el barro sucio de los arrabales, el barro que convive con los yerbajos, los desechos de los paseantes de perros y los residuos urbanos que el viento arrastra hacia las afueras; el barro que mancha y que, incluso, en ocasiones transmite enfermedades a los niños no inmunizados. El barro que, como le contó su abuelo, es la plastilina, el mecano y la consola de los niños que tienen su cuarto de juegos en la calle, en los andurriales. Pero también recordó cómo el abu le había explicado que había cosas más contaminadas que ese barro y suciedades más profundas y perjudiciales; que ciertas pobrezas deben ser combatidas, superadas porque degradan a la persona y hacen que sufra, pero mucho más deben ser combatidas y superadas ciertas riquezas que deshumanizan y envilecen hasta amenazar con la destrucción de la sociedad misma.

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4. ¡Gracias!

Gracias, Toney: no sólo por tus palabras de aliento y estímulo sino, sobre todo, porque sin tu ayuda no hubiera iniciado este blog.

Gracias, Ana: espero abrazarte pronto en Madrid y prometo viajar a Berlin para pasear contigo la ciudad («Las ciudades son los libros que se leen con los pies» como dijo, creo, el poeta uruguayo Fungino.)

Gracias, Vera: intentaré hacerte caso… pero sigo esperando tus comentarios críticos, tan necesarios para mí.

Gracias, Elizabeth: ya sabes que aunque nos vemos y hablamos poco, nuestra amistad está a prueba de océanos y hemisferios.

Gracias, Esther: tu aportación (discreta, oportuna y bella como tú) ha enriquecido mi comentario sobre la hermosa foto de Alfonso.

Gracias, Agustín: aunque desde distintas circunstancias, es estupendo que compartamos mucho de la Utopía.

Gracias, Jorge: tu apoyo, viniendo de alguien tan convencido de las bondades de las nuevas tecnologías, me anima mucho. Espero que nos sigamos viendo aquí y en todos los grandes eventos del Libro.

Gracías, Chema: espero seguir combinando lo tecnológico y lo literario con algún interés para mis allegados.

Gracias Mercedes: me encanta que mi fecha de nacimiento te recuerde a otras personas queridas. Espero escribir cosas que te puedan interesar, a ti que eres una de esas personas privilegiadas que leen y escriben muy bien.

Gracias, Fany: tú eres de las personas que conoces el interior de mi corazón… y sabes que siempre estarás en él.

Gracias, Lesly: me alegra mucho que hayas visitado mi blog y me encanta tu felicitación.

Gracias a los a todos los que habéis pasado por aquí y pública o privadamente me habéis animado. Espero seguir escribiendo y dejar en este blog, al menos una vez a la semana, el testimonio de mi actividad y el de mi cariño por vosotros y espero seguir contando con vuestros comentarios para que esta modesta «red social» nos haga disfrutar a todos.

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3. La mujer casera

La mujer casera (Alfonso Sánchez García, Alfonso, 1904). Una buhardilla típica del Madrid de comienzos del siglo xx. La luz diurna, que entra por la ventana de la izquierda de la foto, ilumina la pequeña y modesta estancia; un basar al fondo con escasos utensilios caseros donde destacan dos planchas de las que había que calentar alternativamente en el fogón; en primer plano, una tinaja y un barreño de madera: la mujer, de frente, retuerce la ropa para dejarla lo menos mojada posible antes de pasarla al cubo que está a su izquierda y tenderla; se ve caer el agua sobre la tabla de lavar… Mientras el marido eleva a arte el resultado de las complicadas y pesadas máquinas de captar imágenes y fijarlas sobre el papel fotográfico, camino de convertirse en el más importante fotógrafo del siglo xx español, ella atiende la casa, pare y cría a los hijos, conservando, a pesar del duro trajín de cada día, su belleza serena y profunda de madre y esposa. Han pasado 113 años desde que la inteligente Olympe de Gouges publicara su «Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana», intentando, sin mucho éxito, que los artífices de la Revolución francesa comprendieran algo tan elemental como que la humanidad está compuesta de hombres y mujeres que deben tener los mismos derechos y deberes; y han pasado 4.000 años desde que, según los dogmáticos y torpes intérpretes de la Biblia, la mujer se presente como una inevitable pero peligrosa dependiente del varón… Pasarán siete años más hasta que se institucionalice un Día Internacional de la Mujer y llegaremos a nuestros días con inmensas zonas de esclavitud sobre la mitad de la humanidad por ser femenina y de injusticias de género más o menos evidentes en todo el mundo…

(La fotografía, de gran tamaño y perfectamente enmarcada, estaba en el estudio del hijo de Alfonso, donde un joven editor, a mediados de los setenta del siglo pasado, se quedó maravillado ante ella. La foto obtuvo el primer premio del Concurso Internacional celebrado en Nueva York en 1904 y ha sido publicada, por ejemplo, en Juan Miguel Sánchez Vigil: Alfonso, imágenes de un siglo, Madrid, Espasa, 2001. La mujer es la propia esposa del artista y el hijo se mostraba extraordinariamente orgulloso de ambos.)

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2. El hombre

El hombre, nuestra especie, nació desnudo y evidente y así se mostró a todo el mundo. En las cuevas, o en campo abierto, todos los individuos comían, defecaban, dormían, copulaban, nacían y morían «en público», a la vista de todos. En lo fundamental, miles de años después, a pesar de nuestros uniformes y nuestros disfraces, nuestros edificios «inteligentes» y nuestras leyes protectoras de la intimidad, así seguimos. E Internet, con sus millones de ventanas abiertas y sus paredes transparentes, parecería demostrar una necesidad y un deseo profundos de mantener aquellos orígenes… Y, sin embargo, igual que entonces, en el interior de cada persona millones de células, millones de conexiones desafían a cualquiera que pretenda esclavizarlas. De la misma forma que nadie podía saber qué pasaba en lo más recóndito de cada cuerpo, de cada mente, en los pliegues más inaccesibles de cada alma de nuestros antepasados, tampoco ahora podemos llegar con nuestra mirada a los lugares más profundos de su interior. Porque el hombre, como el universo, es inabarcable e indomable: depositario de todos los sonidos, todas las formas, todas las palabras, todos los horizontes, todos los sueños, también es depositario de todos los misterios.

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1. Natal

 

 

 

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