El hombre, nuestra especie, nació desnudo y evidente y así se mostró a todo el mundo. En las cuevas, o en campo abierto, todos los individuos comían, defecaban, dormían, copulaban, nacían y morían «en público», a la vista de todos. En lo fundamental, miles de años después, a pesar de nuestros uniformes y nuestros disfraces, nuestros edificios «inteligentes» y nuestras leyes protectoras de la intimidad, así seguimos. E Internet, con sus millones de ventanas abiertas y sus paredes transparentes, parecería demostrar una necesidad y un deseo profundos de mantener aquellos orígenes… Y, sin embargo, igual que entonces, en el interior de cada persona millones de células, millones de conexiones desafían a cualquiera que pretenda esclavizarlas. De la misma forma que nadie podía saber qué pasaba en lo más recóndito de cada cuerpo, de cada mente, en los pliegues más inaccesibles de cada alma de nuestros antepasados, tampoco ahora podemos llegar con nuestra mirada a los lugares más profundos de su interior. Porque el hombre, como el universo, es inabarcable e indomable: depositario de todos los sonidos, todas las formas, todas las palabras, todos los horizontes, todos los sueños, también es depositario de todos los misterios.
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